Mi Hosanna
Cada uno de nosotros tiene algo en la vida que nos hace arrodillarnos.
Uno de mis capítulos favoritos del Nuevo Testamento habla de la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén. Las personas exclamaron: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mateo 21:9). Cada vez que leo eso, pienso: ¿cuál es mi hosanna?.
He tartamudeado toda la vida. En ocasiones me he sentido muy frustrada y desanimada porque no podía expresarme como quería, y he preferido no volver a hablar antes que hacerlo de manera imperfecta. Siempre me preocupo cuando hablo delante de otras personas o incluso cuando oro en voz alta. Muchas veces, en silencio, he suplicado recibir paciencia, paz y ayuda. Este es uno de mis hosannas personales: mi súplica por recibir liberación.
Así como Cristo no ignoró los clamores de la gente de Jerusalén, nunca ha ignorado los míos. No me ha quitado la tartamudez, pero me ha fortalecido de maneras que yo no esperaba. Me ha ayudado a sentir paz en momentos de ansiedad y a darme cuenta de que mi voz, por imperfecta que sea, es suficiente para Él.
Cada uno de nosotros tiene algo en la vida que nos hace arrodillarnos. A veces, podríamos sentir que no llegan las respuestas a nuestras súplicas, pero Él escucha todos los hosannas, y a Su manera y en Su tiempo perfectos, acudirá a ayudarnos.
En Getsemaní, Cristo sufrió por nuestros pecados y sintió nuestros dolores y nuestras dificultades, y continúa guiando y consolando a todos los que acuden a Él y al Padre Celestial. El mismo Cristo que sufrió por nosotros en Getsemaní y en la cruz también se levantó de la tumba y venció la muerte para que nosotros pudiéramos tener esperanza. Su Resurrección es la respuesta definitiva a todos los hosannas.
La autora vive en California, EE. UU.