Para la Fortaleza de la Juventud
Nunca pierdas la esperanza
Para la Fortaleza de la Juventud, marzo de 2026


Nunca pierdas la esperanza

Cuando pensamos en lo que el Salvador ha hecho por nosotros, podemos seguir ascendiendo con la certeza de que Él siempre nos acompaña.

entrenamiento de los Navy SEAL en el agua

Ilustración por Albert Espi

Imagina que tienes las manos atadas detrás de la espalda y los pies atados, y te arrojan a una piscina de tres metros de profundidad. ¿Qué harías? ¿Te esforzarías por mantenerte a flote hasta agotarte, o permanecerías tranquilo y buscarías una manera de superar esa difícil situación?

Aquellos que se entrenan para formar parte de los Navy SEAL (comando Mar, Aire y Tierra de la Armada de los Estados Unidos) se enfrentan exactamente a este desafío. Se llama “entrenamiento antiahogamiento”. El objetivo es demostrar su capacidad para sobrevivir en el agua en distintas situaciones. Una vez que son atados y lanzados al agua, una parte de la prueba requiere que se hundan hasta el fondo de la piscina sin entrar en pánico, usen los pies para tomar impulso desde el fondo, lleguen a la superficie y luego respiren rápidamente antes de volver a hundirse. Esto se repite durante un cierto período de tiempo.

La mayoría de nosotros no pasaremos por el entrenamiento de los Navy SEAL, pero tal vez podamos aprender algunas cosas de él, y quizás incluso obtengamos un mayor aprecio por Jesucristo y Su Expiación en el proceso.

Tu Salvador en todas las cosas

Los SEAL confían en su entrenamiento y acondicionamiento para superar esta rigurosa prueba, y deben completarla por su cuenta. Todos vamos a pasar por desafíos en la vida, pero, a diferencia de los SEAL en su entrenamiento, nunca tendremos que pasar por nuestros desafíos solos.

Cuando estemos atados por el pecado, la ansiedad, el dolor o cualquier otro desafío, y sintamos que nos estamos hundiendo, podemos acudir a Jesucristo. Cuando sintamos que estamos en el fondo y que nunca volveremos a subir, podemos recordar que el Salvador ya ha estado allí, y Él nos dará la fuerza para impulsarnos hacia arriba, respirar de nuevo y seguir adelante. Con Él, nunca perdemos la esperanza.

Jesucristo es tu Salvador del pecado y de la muerte. Jesucristo es tu Redentor cuando no estás a la altura y necesitas ser sanado espiritualmente. Jesucristo es tu Sanador de heridas y dolores emocionales, espirituales y, a veces, físicos, que solo Él puede sanar. Estos y otros nombres de Jesucristo nos demuestran que Él es Aquel a quien debemos acudir, sobre todo cuando la vida se pone difícil.

Al acercarse la Pascua de Resurrección, celebramos la Resurrección de Jesucristo. ¡Él vive! Y gracias a que Él vive, nosotros viviremos de nuevo y tenemos la promesa de la vida eterna. Pero antes de Su Resurrección, el Salvador sufrió en Getsemaní y murió en la cruz por nosotros, porque nos ama. Él “descendió debajo de todo”, sufriendo no solo nuestros pecados, sino también experimentando toda clase de dolor, pesar, aflicción y tentación, a fin de saber cómo ayudarnos (Doctrina y Convenios 88:6; véase también Alma 7:11).

Halla tu esperanza en Él

Cuando el Salvador fue crucificado, parecía que no había esperanza alguna. Sus discípulos estaban desolados; lo habían seguido y habían creído en Él, y ahora no estaba. Cuando Jesús fue colocado en un sepulcro, sintieron tristeza e incertidumbre, pero tres días después, el domingo, el sepulcro estaba vacío. ¡Jesucristo había resucitado! Lo que antes parecía perdido, ahora se convirtió en esperanza.

Si las cosas te parecen oscuras y desalentadoras, como si te hubieran arrojado a una piscina con las manos y los pies atados, y no ves ninguna salida, dedica un momento a hallar esperanza en Jesucristo y recuerda que aún no es el final.

El Salvador no llegó a ese gozoso Domingo de Pascua de Resurrección sin sufrir primero en Getsemaní y en la cruz tres días antes. Así que, si estás pasando por un momento difícil, ¡no te rindas! Como dijo una vez el élder Joseph B. Wirthlin (1917–2008), del Cuórum de los Doce Apóstoles: “En las tinieblas de nuestro pesar, el domingo llegará. […] No importa nuestro pesar, el domingo llegará”.

Por medio de Su sacrificio expiatorio y Su Resurrección, Jesucristo siempre está dispuesto a ayudarte a encontrar paz y ascender más de lo que podrías esperar.