2025
¿Qué significa arrepentirse de verdad?
Para la Fortaleza de la Juventud, diciembre de 2025


Solo en formato digital: Respuestas de un Apóstol

¿Qué significa arrepentirse de verdad?

Estas son tres verdades fundamentales para ayudarte a entender mejor el arrepentimiento.

Tomado de un discurso pronunciado en el seminario para líderes de misión el 27 de junio de 2020.

Jesucristo con la mujer sorprendida en adulterio

Arrepentirse es la primera consecuencia natural de depositar nuestra confianza en el Salvador. Descrito de la manera más simple, el arrepentimiento es alejarnos del mal y volvernos a Dios. Conforme ejercemos fe en el Señor, nos volvemos a Él y dependemos de Él. Por tanto, el arrepentimiento es confiar y depender del Redentor para que Él haga por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos.

Ahora quiero resaltar tres verdades fundamentales.

Verdad nro. 1: El arrepentimiento requiere del Redentor.

El arrepentimiento produce cambios en las actitudes y el comportamiento, pero el simplemente cambiar las actitudes y el comportamiento no es arrepentirse.

Durante mi servicio como presidente de la Universidad Brigham Young–Idaho, conversé con un obispo del campus un domingo por la tarde. Sin divulgar la identidad de la persona, me explicó que había recibido una confesión de un joven que dijo lo siguiente: “Obispo, violé la ley de castidad el viernes por la noche. Hablar con usted es el último paso de mi lista para arrepentirme. Ahora que he confesado, me siento bien”.

Reconocer el pecado y abandonarlo; sentir remordimiento y efectuar restitución por el pecado; así como confesar los pecados a Dios y, según sea necesario, a nuestros líderes del sacerdocio, son elementos necesarios e importantes del proceso de arrepentimiento. Sin embargo, esos pasos esenciales no constituyen una simple lista de verificación de la conducta que podamos completar de modo mecánico, rápido y despreocupado. Si hacemos esas cosas pero no reconocemos ni dependemos del Redentor ni de Su sacrificio expiatorio, incluso nuestros mejores esfuerzos son en vano.

En ocasiones me he preguntado si, como miembros de la Iglesia, memorizamos los pasos del arrepentimiento —tales como reconocer el pecado, sentir remordimiento y restituir— y omitimos tener en cuenta lo más importante de todo: al Redentor. Apartarse del mal sin volverse a Cristo no produce la sanación espiritual.

A menudo se habla del Salvador como el Gran Médico; y ese título tiene gran importancia simbólica.

Consideren el pecado como una herida espiritual que provoca culpa o, como lo describió Alma, un “remordimiento de conciencia”. La culpa es para nuestro espíritu lo que el dolor es para nuestro cuerpo: una advertencia de peligro y una protección contra daño adicional. Del Salvador y Su Expiación proviene el reconfortante bálsamo que puede curar nuestras heridas espirituales y quitar la culpa. Sin embargo, ese bálsamo solo puede aplicarse mediante los principios de la fe en el Señor y el arrepentimiento. Los resultados del arrepentimiento sincero son paz, consuelo, y sanación y renovación espirituales.

Los presidentes de estaca, misión y distrito; los obispos y los presidentes de rama, actuando bajo la autoridad de las llaves del sacerdocio que recibieron cuando fueron apartados, son representantes comisionados por el Redentor que brindan una ayuda esencial en el proceso de arrepentimiento y sanación. Estos líderes son los asistentes del Médico y pueden diagnosticar enfermedades espirituales y recetar los medicamentos y tratamientos necesarios.

Las heridas espirituales graves requieren tanto un esfuerzo sostenido como el paso del tiempo para sanar de manera completa y plena. El proceso de sanación en sí mismo puede ser doloroso.

Cuán agradecidos deberíamos estar al meditar en las promesas que se encuentran en las Escrituras de que Cristo “se levantará de entre los muertos, con sanidad en sus alas; y todos los que crean en su nombre serán salvos en el reino de Dios”.

Verdad nro. 2: El arrepentimiento requiere un corazón sincero y verdadera intención.

Conforme nos arrepentimos y nos volvemos al Señor, es importante ser sinceros con nosotros mismos. Debemos trabajar para superar las excusas, el culpar a los demás y el racionalizar, ya que pueden impedirnos volvernos verdaderamente al Señor.

Además, a medida que nos arrepentimos y nos volvemos al Señor, debemos tener verdadera intención y ser sinceros con Aquel cuyo perdón buscamos. La confesión genuina a Dios y, cuando sea necesario, a los líderes del sacerdocio, debe ser cabal y completa.

Algunas personas que no comprenden la naturaleza del arrepentimiento creen que pueden pecar de una manera calculada y deliberada, esperando confesar convenientemente al obispo y luego proceder a ir al templo, al campo misional y otros destinos espirituales.

Como líderes en la Iglesia restaurada del Señor, tenemos la solemne obligación de enseñar a los miembros a no ser seducidos por esa idea falsa. ¿Cómo puede una persona arrepentirse y procurar el perdón con verdadera intención cuando, de hecho, su verdadera intención era pecar? ¿Cómo puede una persona volverse al Señor con íntegro propósito de corazón cuando el arrepentimiento es casual, superficial o calculado para evitar la vergüenza pública? Este comportamiento, similar al del hijo pródigo, premeditado y planeado, es una burla de la Expiación de Jesucristo. El perdón de dicho pecado de cierto es posible, pero el camino que se debe seguir no es fácil, y el trayecto no es corto.

Verdad nro. 3: El arrepentimiento, los convenios sagrados, las ordenanzas y el poder santificador del Espíritu Santo hacen posible retener siempre una remisión de los pecados.

En las Escrituras se hace repetido hincapié en la conexión constante entre el principio del arrepentimiento, la importancia de los convenios y ordenanzas sagrados, el poder santificador del Espíritu Santo y la gloriosa bendición de retener siempre una remisión de los pecados.

Como miembros de la Iglesia restaurada del Señor, somos bendecidos por nuestra limpieza inicial del pecado, que viene con el bautismo y la recepción del don del Espíritu Santo. Esa primera bendición se magnifica mediante el potencial de una limpieza continua del pecado, que es posible por medio de la compañía constante y el poder santificador del Espíritu Santo: el tercer miembro de la Trinidad. Estas gozosas bendiciones son vitales porque “ninguna cosa impura puede morar con Dios”.

La ordenanza de la Santa Cena es una invitación sagrada y recurrente a arrepentirnos sinceramente y ser renovados espiritualmente; es algo esencial en el proceso de la santificación continua.

El acto de participar de la Santa Cena, en sí mismo, no produce la remisión de pecados; pero al prepararnos conscientemente y al participar de esta sagrada ordenanza con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, tenemos la promesa de que siempre tendremos el Espíritu del Señor con nosotros. Y mediante la compañía constante del poder santificador del Espíritu Santo, podemos retener siempre una remisión de nuestros pecados.

Nuestro Padre Celestial y Su Amado Hijo no tienen la intención de que experimentemos la renovación y restauración espirituales solo una vez en la vida cuando somos bautizados, recibimos el don del Espíritu Santo y somos confirmados como miembros de la Iglesia restaurada del Señor. El bautismo por inmersión, la imposición de manos para conferir el don del Espíritu Santo, y la Santa Cena no son ordenanzas aisladas y separadas.

Más bien, son elementos de un patrón interrelacionado y acumulativo de progreso hacia la redención. Cada convenio y ordenanza sucesiva eleva y aumenta nuestro propósito, deseo y desempeño espirituales.

La secuencia del discipulado es sencilla y directa: ejercer fe en el Salvador, arrepentirse, recibir los convenios y las ordenanzas esenciales, cambiar, esforzarse por retener siempre una remisión de los pecados y seguir adelante fielmente en la senda de los convenios. El plan del Padre, la Expiación del Salvador y los primeros principios y ordenanzas del Evangelio proporcionan la gracia que necesitamos para progresar línea por línea y precepto por precepto hacia nuestro destino eterno.

Testimonio

El arrepentimiento y la remisión de los pecados son bendiciones supremas hechas posibles mediante el sacrificio expiatorio infinito y eterno del Señor Jesucristo. Estos principios son reales y verdaderos. Doy testimonio de la divinidad del Salvador, de Su realidad viviente y Su inigualable amor por nosotros.