De la Publicación semanal para jóvenes adultos
Mis dificultades con el español me enseñaron a confiar en el Señor
El Padre Celestial puede ayudarnos a llegar a ser capaces, seguros y gozosos a lo largo de nuestro trayecto por la vida terrenal.
Hace dos años, regresé a casa de la misión. Serví en un lugar de habla hispana sin tener experiencia previa en español más allá de algún número o saludo ocasionales. Todavía recuerdo que, al cabo de solo unos meses, le expresé mi frustración a mi presidente de misión porque todavía tenía dificultades con el idioma.
¿Por qué no me bendecía el Padre Celestial con la capacidad para hablar con fluidez para que pudiera servir a Sus hijos de manera más eficaz? Seguramente eso era lo que Él quería.
De lo que no me di cuenta entonces era que mi misión no consistía en llegar a ser un instrumento perfecto de la noche a la mañana. Se trataba de aprender tres principios que necesitaría para servir al Padre Celestial durante el resto de mi vida.
Cosechar lo que sembramos
Las Escrituras describen un principio al que a veces se hace referencia como la ley de la cosecha: “Todo lo que el hombre siembre, eso también segará” (Gálatas 6:7).
Dios está interesado en nuestro proceso de llegar a ser más semejantes a Él. Al igual que una semilla que se debe plantar, regar y cuidar pacientemente antes de que dé fruto, la autosuficiencia se forja y se desarrolla gradualmente.
Al mirar atrás, veo que tener dificultades con el español me enseñó sobre el arrepentimiento diario, el establecimiento de metas y la perseverancia. Con el tiempo, mi capacidad para comunicarme creció mucho más allá de lo que originalmente pensé que sería posible.
Olvidarse de uno mismo y centrarse en los demás
A veces pensamos que la autosuficiencia significa hacer las cosas solos. Mi misión me enseñó que lo contrario es cierto.
En mi misión, mis relaciones con los demás crecieron de manera maravillosa al permitir que otras personas me ayudaran; pero ninguna relación creció tanto como la que tengo con mi Padre Celestial. Aprender a apoyarme en Él y confiar en Él me ha bendecido de muchas maneras.
Un domingo, tenía que enseñar una lección en español. Estaba muy preocupado porque no quería hacer el ridículo y me sentía frustrado porque no me salían las palabras con la fluidez que me hubiera gustado. Luego, cuando le tocó hablar a mi compañero, sentí que el Espíritu me recordaba: “Logan, esta lección no se trata de ti, sino de amar y enseñar a los demás. Olvídate de ti mismo y ponte a trabajar”.
Cuando centré mi atención en los demás, las palabras comenzaron a fluir. El Espíritu estaba presente, no porque de repente me hubiera convertido en un maestro perfecto, sino porque cambié mi enfoque de mí mismo a aquellos a quienes amaba y servía.
Confiar en el Jardinero
A veces me he preguntado: “Pero si Dios quiere que ejerzamos nuestro albedrío fijando metas y haciendo planes, ¿por qué a veces parecen arruinarse mis planes y metas?”.
En momentos como este, me gusta recordar una historia que el presidente Hugh B. Brown (1883–1975) contó una vez sobre podar un grosellero.
Se imaginó a grosellero diciendo: “‘Estaba creciendo tan maravillosamente […] y ahora me has talado’”.
¿Te suena familiar eso?
La simple respuesta del presidente Brown al grosellero fue esta: “‘Yo soy el jardinero aquí, y sé lo que quiero que seas. […] Algún día, cuando estés cargado de fruta, recordarás esto y dirás: “Gracias, señor Jardinero, por podarme, por quererme lo suficiente como para hacer que me doliera”’”.
He tenido momentos como ese, cuando las metas y los planes que me parecían buenos y justos de repente se desmoronaron. En esos momentos, he aprendido a confiar en que Dios es el Jardinero de mi vida. Él ve mi potencial aun cuando yo no pueda verlo. Su “poda” es siempre un acto de amor.
Me reconforta saber que mi amoroso Padre Celestial me está guiando hacia algo más grande de lo que puedo imaginar en este momento.
La autosuficiencia trae crecimiento
Lehi enseñó que “existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). Llegar a ser autosuficiente requiere fe, trabajo y paciencia, pero vale la pena.
Cuando fijamos metas, hacemos planes, actuamos “de [nuestra] propia voluntad” (Doctrina y Convenios 58:27) y confiamos en Dios lo suficiente como para permitirle cambiar esos planes cuando sea necesario, nos convertimos en las personas que Él desea que lleguemos a ser.
Estoy muy agradecido por las lecciones que aprendí durante mi misión, especialmente por haber aprendido un nuevo idioma. Aunque todavía espero activamente en el Señor en otros aspectos de mi vida, sé que puedo confiar en Él.
Dondequiera que te encuentres en tu camino hacia la autosuficiencia, recuerda: el Señor no espera que lo hagas todo solo. Invítalo a Él a formar parte del proceso. Apóyate en las personas que Él coloca a tu alrededor y ten paciencia contigo mismo.
Con el tiempo, mirarás hacia atrás y verás que, al confiar en Él, cada lucha, cada demora y cada cambio inesperado te ha ayudado a ser más capaz, compasivo y lleno de gozo.