Publicación semanal para jóvenes adultos
Cómo la Semana Santa me enseñó que siempre hay una razón para exclamar “¡Hosanna!”
Publicación semanal para jóvenes adultos, abril de 2026


“Cómo la Semana Santa me enseñó que siempre hay una razón para exclamar ‘¡Hosanna!’”, Liahona, abril de 2026.

De la Publicación semanal para jóvenes adultos

Cómo la Semana Santa me enseñó que siempre hay una razón para exclamar “¡Hosanna!”

“Hosanna” es una expresión de fe en la capacidad de Dios para salvarnos a nosotros, Su pueblo del convenio.

Jesucristo llega a Jerusalén

El Domingo de Ramos, que da inicio a nuestras celebraciones de Semana Santa, es un día de gozo. Marca la entrada triunfal de Jesucristo en la Ciudad Santa y los cristianos de Israel todavía la celebran hoy en día.

Ese día, los del pueblo “tomaron ramas de palmeras y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!” (Juan 12:13).

Como estudiante de intercambio en Jerusalén, participé en este evento conmemorativo. De pie, con una rama de palmera en la mano, me sentí inspirada por la cantidad de otros cristianos que habían viajado a la Ciudad Santa porque amaban a Jesucristo y querían honrarlo.

Las personas cantaban, vitoreaban, alababan y bailaban. Al igual que en la época de Jesús, agitaban sus hojas desde lo alto del monte de los Olivos hasta el valle de Cedrón, pasando por el Jardín de Getsemaní y entrando en la Ciudad Vieja. A lo largo de la procesión, escuché continuamente exclamaciones de “¡Hosanna!”.

Fue una experiencia que jamás olvidaré.

Unos años más tarde, otro Domingo de Ramos, me sentí mucho menos feliz. En lugar de agitar una hoja de palmera, yacía enferma en la cama. Reflexioné sobre lo feliz que había sido al exclamar “¡Hosanna!” en Israel; pero esa mañana, no estaba feliz.

En medio de mis quejas internas, me vino a la mente un pensamiento: “¿No tienes todavía grandes razones para exclamar ‘¡Hosanna!’?”.

“¡Hosanna!” es una exclamación de adoración, pero también puede ser una súplica: “Dios, sálvanos. Ayúdame, por favor”. Y a veces, “Hosanna” es una expresión de fe en la capacidad de Dios para salvar a Su pueblo del convenio.

El recordar los acontecimientos de la Semana Santa me ha enseñado que esas exclamaciones de “¡Hosanna!” son poderosas tanto en la desesperación como en el triunfo. A lo largo de cuatro días cruciales de esta semana, estoy aprendiendo a identificarme mejor con los sentimientos de quienes estuvieron presentes en Su entrada triunfal hace dos mil años.

Jueves: Él me enseñó acerca de la redención

El jueves, Jesús se reunió con Sus apóstoles para la Última Cena e instituyó la Santa Cena (véase Mateo 26:26–29).

Me encanta que la Santa Cena, instituida durante la última semana de la vida de Cristo hace miles de años, ahora sea parte de cada una de nuestras semanas. El presidente Jeffrey R. Holland, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “Esa hora decretada por el Señor es la hora más sagrada de la semana”.

Ya sea hace dos mil años en Israel u hoy en día en las bancas de tu barrio o rama local, el poder de Dios para santificar, liberar y redimir no ha cambiado.

Gracias a eso, puedo exclamar “¡Hosanna!”. Cada semana puedo suplicar la ayuda de Dios y el Salvador puede sanarme de nuevo.

Viernes Santo: Él venció los dolores de la muerte

El Viernes Santo recordamos los acontecimientos del juicio y la Crucifixión de Cristo (véase Alma 7:11–12).

Hace poco me enteré de que una joven esposa y madre falleció en un trágico accidente. Aunque casi no la conocía, lloré por esa pérdida. Lloré por la injusticia que rodeaba ese acontecimiento y por el milagro que no sucedió.

En mi dolor, estas palabras acudieron a mi mente una y otra vez:

“Cristo también puede sanar esto”.

Por eso digo: “¡Hosanna! Gracias a Jesucristo y a los acontecimientos del Viernes Santo, no estoy sola en mi desolación. ¡Hosanna! Jesucristo ha llevado mis pesares. ¡Hosanna! Él puede sanarme, sea cual sea el dolor que experimente”.

Sábado: Él me sostiene en la espera

Al igual que los discípulos de la antigüedad, he experimentado días en los que me sentía sin esperanza. Incluso me he sentido abandonada por Dios. Durante muchos años rogué que pudiera encontrar a alguien con quien casarme. Y luego, durante años después de casarme, que de alguna manera pudiéramos tener un bebé a pesar de los desafíos que enfrentábamos.

Aun así, siento un profundo dolor y anhelo por las promesas que por ahora parecen no cumplirse o no ser vistas ni escuchadas por Dios. He experimentado soledad e incertidumbre que no he sabido cómo afrontar.

Pero para mí, el sábado de Semana Santa representa un día de espera. Un día de sentir expectativas insatisfechas. Un día de… transición.

En preparación para cada día de reposo en Israel, muchos de nuestros amigos judíos se congregan en el Muro de los Lamentos. Allí los encontrarás vestidos con atuendos tradicionales, de pie, reverentes y con oraciones en la mano.

Escriben oraciones en tiras de papel y las colocan entre las piedras de ese muro. Año tras año, esperan al Mesías.

Ser testigo de su devoción en ese lugar santo cambió el enfoque de mis propios sábados de “transición”. Al adorar en el templo y orar, estoy aprendiendo que el silencio de Dios no equivale a la ausencia de Dios o a que se niegue a contestar nuestras oraciones.

Hay santificación en los sábados de nuestra vida debido a lo que viene después.

Estoy aprendiendo a decir “Hosanna” cuando todavía estoy esperando desesperadamente recibir lo que Dios prometió que podía brindar.

sepulcro vacío

Domingo de Pascua de Resurrección: Él triunfó sobre todo, para que yo también pueda triunfar

Amo a María Magdalena y me encanta cómo nos representa a todos en su anhelo por Jesucristo, en su dolor al esperarlo en el sepulcro, en su incapacidad para reconocerlo de inmediato y en que Él la conociera por su nombre (véase Juan 20:11–16). Y me encanta que ella se convirtiera en la primera testigo registrada de Cristo como el Señor resucitado.

En Jerusalén, sobre el sepulcro del huerto que se cree fue el lugar de sepultura de Cristo, está grabada esta inscripción: “No está aquí, porque ha resucitado”.

Ese es el mensaje por el que más vale la pena exclamar “¡Hosanna!”.

El sepulcro vacío es un recordatorio de que Jesucristo me salva. Él me salva del dolor del pecado, de fracasos devastadores, de la pérdida de seres queridos, de la soledad, del desánimo, de la desesperación y de todo lo que es injusto en la vida.

Y, en cambio, Él me bendice; me bendice con una paz que lo abarca todo, una esperanza que me sostiene, la promesa de sanación, gozosa anticipación, victoria y amor perfecto.

Ruego que, independientemente de dónde nos encontremos en nuestro esfuerzo por lograr la fe en Jesucristo, ustedes y yo encontremos razones para afrontar esta Semana Santa de la misma manera en que comenzó la primera:

“¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!” (Juan 12:13).

Notas

  1. Véase la Guía para el Estudio de las Escrituras, “Hosanna”, Biblioteca del Evangelio.

  2. Jeffrey R. Holland, “He aquí el Cordero de Dios”, Liahona, mayo de 2019, pág. 46.