Devocional destacado
Recibir con gozo al Mesías inesperado
El tierno Cristo entra en sus vidas, de forma individual, si lo reciben.
Consideren el histórico Domingo de Ramos, en el que Jesucristo, el Rey de reyes, entró triunfante pero con humidad en la ciudad santa de Jerusalén.
Las calles de la ciudad estaban abarrotadas de personas que se habían reunido en Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Rápidamente se corrió la voz de que Jesús de Nazaret vendría y eso creó un gran revuelo.
¿Se imaginan cómo se habrán sentido los discípulos del Salvador? ¡Ese era el momento que habían estado esperando! Finalmente, la gente estaba reconociendo a Jesús como el Mesías prometido. ¡Por fin la espera había terminado! ¡Los hijos de Israel serían liberados porque su Rey había llegado!
Las personas estaban llenas de ansiosa expectativa, pero ¿esperaban las cosas correctas?
Expectativas erróneas
Con el tiempo, los gritos de alabanza y júbilo se apagaron, como sucede tan a menudo en la vida. Las multitudes se dispersaron. Las personas volvieron a sus actividades habituales.
Mientras tanto, Jesús tuvo una tranquila Última Cena con Sus apóstoles. Les enseñó, los animó y oró por ellos. Les dio la ordenanza de la Santa Cena, algo para recordarlo.
Después, caminó hasta un jardín llamado Getsemaní, y allí, a solas, tomó sobre Sí los pecados del mundo. Caminó “solo [por] el lagar”, y no había nadie con Él (Isaías 63:3).
Al final del día siguiente, Jesús estaba colgado en una cruz entre dos ladrones comunes, sufriendo una ejecución cruel y humillante. En lugar de adoración, ahora recibía burlas. “Si es el Rey de Israel”, decía la gente, “descienda ahora de la cruz, y creeremos en él” (Mateo 27:42).
Algunos observadores deben haber estado sinceramente confundidos. ¿No era este el mismo hombre que había causado toda esa conmoción hacía unos días? ¿No se suponía que Él era nuestro Libertador? ¿Cómo nos salvará Él si ni siquiera puede salvarse a Sí mismo?
Con la ventaja de la retrospectiva, podemos ver claramente que las personas tenían expectativas erróneas sobre la verdadera misión de Jesús.
Cuando las cosas no parecen encajar
¿No hemos experimentado todos una desconexión ocasional entre lo que esperamos en la vida y lo que realmente sucede? ¿No son las sorpresas inesperadas parte de nuestra vida?
El Evangelio de Jesucristo es un Evangelio de ideales elevados.
Pero no debería sorprendernos que no siempre coincidan con las realidades confusas y mundanas de la vida terrenal.
En un mundo perfecto, todos guardarían siempre los mandamientos de Dios. En un mundo perfecto, todos nos sentiríamos bendecidos y felices, y cada miembro fiel de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tendría un matrimonio y una familia fuertes y gratificantes.
Pero la realidad es que algunos de nosotros nos enfrentamos a desafíos muy complejos y desalentadores que hacen que esas bendiciones parezcan casi inalcanzables.
Entonces, ¿qué hacemos cuando los ideales hermosos, universales y eternos del Evangelio chocan con las dolorosas realidades individuales y terrenales de la vida?
Hay al menos dos cosas que deben recordar:
Nunca renuncien al ideal.
No desestimen lo real.
No es fácil para nuestra mente y corazón mortales aferrarnos a dos conceptos que parecen contradecirse entre sí.
Por lo tanto, para resolver la desconexión en nuestra mente, podríamos llegar a conclusiones precipitadas: “Si estoy sufriendo, es porque debo haber hecho algo mal”. O “Si no veo las bendiciones que esperaba, las promesas no deben ser reales”.
Pero tal vez haya otra manera de ver las cosas. ¿No dijo el Señor: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más [altos] que vuestros pensamientos” (Isaías 55:9)?
Escalen la montaña, vean las cosas de manera diferente
¿Alguna vez han notado lo diferentes que se ven las cosas desde una elevación mayor? Cuando llegan a la cima y miran hacia abajo al valle, ¿no es asombroso lo pequeño que se ve todo?
Dios nos invita a seguir Su camino hacia una perspectiva más elevada y santa. Verán el mundo y sus desafíos con otros ojos; verán las cosas en el contexto de toda la Creación y del Plan de Salvación.
Mis queridos amigos, ustedes se hallan en una parte de su vida en la que deben tomar decisiones importantes: elecciones trascendentales en cuanto a formación académica y ocupación, con quién casarse y cuándo empezar a tener hijos. Para todas esas decisiones necesitan las bendiciones del cielo y la guía del Espíritu Santo. La guía está ahí, está a su disposición. “Debes estudiarlo en tu mente; entonces […] preguntarme si está bien” (Doctrina y Convenios 9:8).
Tienen un cerebro y un corazón, y lo sabrán.
Así que, por favor, pidan a su Padre Celestial bendiciones y guía. Háblenle a Él de sus esperanzas, sueños y deseos. Pero al hacerlo, asegúrense de que no estén tratando de hacer que Él vea las cosas a la manera de ustedes. Pídanle que les abra los ojos para ver las cosas a Su manera. Es entonces cuando las respuestas comienzan a fluir. Es cuando suben a la montaña y comienzan a ver las cosas desde una perspectiva más elevada, incluso desde la perspectiva del Padre Celestial.
Verán que muchas cosas que parecían muy grandes y abrumadoras en realidad son mucho más pequeñas y ya no resultan tan amenazantes.
Al mismo tiempo, descubrirán el significado eterno de ciertas cosas que parecían pequeñas a sus ojos mortales.
En nuestras oraciones seguimos el ejemplo que el Salvador nos dio en el Jardín de Getsemaní cuando oró: “Padre […], no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).
Las respuestas a sus oraciones llegarán. De esto testifico. Tal vez no a la manera de ustedes, pero ciertamente a la manera de Él. A veces vienen por medio de un pasaje de las Escrituras, de un sentimiento sagrado o de las palabras de una persona de confianza, pero vendrán.
El Señor en verdad los conoce. Él conoce su corazón; Él conoce su nombre. Esos momentos pueden ser para ustedes como aquel momento santo y apacible de una hermosa mañana de primavera frente a un sepulcro vacío, cuando una joven lloraba y el Jesús resucitado la llamó por su nombre (véase Juan 20:16).
¿Pueden sentir que Jesús, con Su dulce voz, los llama por su nombre? Recuerden que el Salvador conoce su nombre. Él los ama.
“He aquí, tu Rey viene a ti”
El Domingo de Ramos, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén atrajo a una multitud. Fue un momento glorioso y emocionante. Pero aún más importante fue lo que Jesús hizo después de entrar en Jerusalén, a pesar de que gran parte de ello lo hizo en silencio, en privado, incluso sin que la mayoría de la gente lo notara.
Tal vez no fuera lo que el pueblo esperaba del Mesías; pero era lo que Dios había prometido. Era lo que el pueblo —la humanidad, ustedes y yo—, lo que todos necesitábamos. Era el don celestial y el sacrificio expiatorio que toda la humanidad, todos los hijos de Dios, necesitaban.
“He aquí”, dijo el profeta Zacarías, “tu rey viene a ti” (Zacarías 9:9).
Así como Él entró triunfante en Jerusalén, el tierno Cristo entra en su vida, de forma individual, si lo reciben.