2025
Mi epifanía sobre el discipulado en una familia que no está activa en la Iglesia
Julio de 2025


De la Publicación semanal para jóvenes adultos

Mi epifanía sobre el discipulado en una familia que no está activa en la Iglesia

Ser discípulo de Jesucristo tiene más que ver con amar a los demás que con tratar de cambiarlos.

Una familia sentada en el suelo jugando

A medida que iba creciendo, la dinámica de mi familia era compleja. Para cuando salí a la misión, mi mamá y yo éramos las únicas miembros activas de la Iglesia.

Cuando mi misión concluyó, sentí que era mi responsabilidad ayudar a mi padre y a mis dos hermanas a reencontrar su fe. Pensé que sería como enseñarles a los extraños que se cruzaban en mi camino cuando era misionera.

Más que nunca, esperaba ayudar a mi familia a sentir el gozo que yo sentía al vivir el Evangelio. Y, sobre todo, tenía la esperanza de que finalmente pudiéramos sellarnos como familia en el templo, algo que había deseado desde que era niña.

En cambio, las relaciones en mi familia eran tensas. La contención llenaba mi hogar, mis expectativas seguían sin cumplirse y las comparaciones que hacía con otras familias alimentaban mis sentimientos de culpa. Experimenté sentimientos abrumadores de ineptitud, y hubo amigos y familiares que estaban prestos a señalar mis errores como exmisionera.

No podía ver en absoluto cómo mi fiel servicio estaba ayudando a mi familia. ¿Estaba haciendo algo mal?

Amor cristiano

Después de un tiempo de luchar con este tema, tuve una epifanía sobre el discipulado. Me di cuenta de que el Evangelio es mucho más que lograr que las personas asistan a la Iglesia; se trata de fortalecer las relaciones interpersonales y de mostrar amor cristiano. Ese cambio de perspectiva no significaba que me hubiera rendido, sino que estaba escogiendo centrarme en el amor.

La hermana Tamara W. Runia, Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes, dijo lo siguiente: “Aunque nuestras familias no sean perfectas, podemos perfeccionar nuestro amor por los demás hasta que se convierta en un amor constante e inmutable, en un amor que existe pase lo que pase, el tipo de amor que favorece el cambio y permite crecer y volver a nuestro Padre Celestial”.

Sabía que algo debía cambiar. En lugar de tratar de hacer que mi familia viviera el Evangelio, me concentré en amarlos y en fortalecer mi vínculo con ellos. Decidí amarlos no por lo que hicieran o dejaran de hacer, sino porque simplemente quería mostrar caridad por aquellos a quienes más amo en este mundo.

Preguntas sin responder

Incluso con este cambio de mentalidad, tengo muchas preguntas sin responder sobre cómo será la eternidad para mi familia. Soy una persona que planifica y me da miedo no saber lo que me depara el futuro.

Una cosa que me ha traído consuelo es mi testimonio del Plan de Salvación. Aunque yo no puedo ver el futuro, Dios, quien es perfectamente sabio, amoroso y misericordioso, sí puede verlo. Aunque todavía tengo preguntas sobre cómo saldrán las cosas exactamente, sé que las cosas saldrán bien.

El élder Dale G. Renlund, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dio el consejo siguiente: “Podemos tratar de guardar nuestras preguntas sobre cómo y cuándo para más adelante, y centrarnos en cultivar la fe en Jesucristo, en que Él tiene el poder de rectificar las cosas y en que anhela hacerlo”. No puedo describir el alivio que proviene de entregar toda mi incertidumbre y pesares al Salvador.

Sé que “todo lo que es injusto en la vida se puede remediar por medio de la Expiación de Jesucristo”. Creo que el plan de Dios es perfecto y, dado que somos Sus hijos, Él desea que seamos felices. Nada me ha brindado más gozo y seguridad que vivir el Evangelio de Jesucristo.

Y nada me ha permitido llenar mi corazón de un amor más genuino por mi familia y amigos que seguirlo a Él.