2025
Luchando con las comparaciones
Junio de 2025


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Luchando con las comparaciones

Mediante una conciencia plena y el amor puro de Cristo, podemos superar la tentación de comparar.

Tomado de un devocional para alumnos de la Universidad Brigham Young en Provo, Utah, EE. UU., el 7 de mayo de 2019. Para ver el discurso completo, visita speeches.byu.edu.

Cristo habla a Sus discípulos

La tendencia a comparar es algo en lo que pienso a menudo porque lo hago todo el tiempo. Pero incluso esa afirmación es un poco engañosa. Decir: “Lo hago todo el tiempo” es como decir: “Respiro todo el tiempo”. Simplemente sucede sin que yo lo piense. Casi puede parecer instintivo, casi innato. Quizás por eso es tan molesto. Gracias a Mosíah 3, sabemos que cuando se nos deja a merced de nuestro estado “natural”, se nos dificulta el “somet[ernos] al influjo del Santo Espíritu” (versículo 19).

Entonces, ¿qué nos persuade a hacer el Espíritu Santo?

En primer lugar, tenemos que identificar el problema. Permítanme describirlo al revelar cómo solía yo visualizar la narración de las Escrituras en Doctrina y Convenios 7. Esta sección relata cómo Juan expresó su sincero deseo de tener “poder sobre la muerte, para que viva y traiga almas a [Cristo]” hasta que Jesús volviera (Doctrina y Convenios 7:2; véase también Juan 21:20–23). En la sección 7 de Doctrina y Convenios aprendemos que Pedro, por otro lado, había deseado poder “venir presto a[l Señor] en [Su] reino” (Doctrina y Convenios 7:4).

Así es como he imaginado que se desarrollaría esa escena. Pedro se acerca al Salvador un poco vacilante y le pregunta en voz baja: “¿Cuál era el deseo sincero de Juan?”. Pedro se entera de que Juan deseaba permanecer en la tierra hasta la Segunda Venida para predicar el Evangelio. Puedo ver a Pedro manteniendo una sonrisa forzada y diciendo: “Vaya, eso es fantástico”. Pero en su mente realmente está pensando: “¡Ah! ¡Qué tonto soy! ¿Por qué no pedí eso? ¿Por qué ni siquiera lo pensé? ¡Juan es mucho más justo que yo! ¡Sin mencionar que corre más rápido que yo! ¿Por qué siempre tengo que ser tan impulsivo y precipitarme en todo?”.

En este relato, uno podría suponer que Doctrina y Convenios 7:5 diría lo siguiente: “Te digo, Pedro, que [tu deseo de entrar prestamente en mi reino] fue un buen deseo; pero mi amado [Juan] ha deseado hacer más, o sea, una obra mayor aún entre los hombres, de la que [tú has hecho, haragán]”. Me di cuenta de que, por supuesto, el versículo no decía eso. Esto es lo que dice: “Te digo, Pedro, que este fue un buen deseo; pero mi amado ha deseado hacer más, o sea, una obra mayor aún entre los hombres, de la que hasta ahora [él] ha realizado” (Doctrina y Convenios 7:5; cursiva agregada).

Siento esto con la contundencia de la verdad: nuestro Dios perfecto y amoroso no hace el tipo de comparaciones horizontales que yo había estado imaginando en esta escena. En ese versículo, Jesús solo comparó a Juan con el Juan de antes, Juan con el viejo Juan. Solo comparó a Pedro con el viejo Pedro, con el antiguo Pedro. Y Él solo me compara a mí con mi viejo yo.

Ya sabemos todo sobre esto, ¿verdad? Pero si conocemos estas verdades, si nos hacen sentir tan tranquilos, ¿por qué es tan difícil recordarlas? ¿Qué podemos hacer nosotros?

El proceso de tomar conciencia

Bueno, por un lado, podemos ser conscientes. Así que, primero, prestemos atención a nuestra tendencia a comparar. He aquí algunas cosas que notamos:

Percibimos que la comparación puede conducirnos a todo tipo de problemas. Por un lado, puede generar arrogancia. Puede generar engreimiento. Puede generar desdén y desprecio. Puede generar autosatisfacción, complacencia y apatía. Por otro lado, puede generar desesperación. Puede generar desesperanza. Puede generar sentimientos de falta de autoestima y vergüenza. ¡Es un instrumento muy potente para el pecado y la miseria!

Podemos adoptar el enfoque de Nefi. Podemos decir: “¿Por qué sucumbiré a las tentaciones, de modo que el maligno tenga lugar en mi corazón para destruir mi paz y contristar mi alma?” (2 Nefi 4:27).

Podemos darnos cuenta de lo falsas que la mayoría de las veces estas comparaciones son, es decir, que a menudo se basan en falsedades y en premisas erróneas, tanto de los demás como de nuestra propia creación. Vale la pena señalarlo, vale la pena confrontarlo y vale la pena recordarlo constantemente.

Demasiadas variables

La conversación que Korihor tuvo con Alma recibe, con razón, mucha atención en las lecciones y en los discursos de la Iglesia. Sin embargo, creo que una de las afirmaciones de Korihor no recibe suficiente atención por lo claramente falsa que es. Korihor afirmó que “todo hombre prosperaba según su genio, todo hombre conquistaba según su fuerza” (Alma 30:17). Esa afirmación sencillamente no es cierta y, si somos sinceros con nosotros mismos, sabemos que no lo es.

Lo que quiero decir es que nadie puede decir legítimamente, en el estricto sentido de la palabra: “Prosperé gracias a mi genio” o “Conquisté gracias a mi fuerza”. Sabemos que, en realidad, hay muchas variables implicadas. Dónde nacemos, cuándo nacemos, nuestra raza, nuestro sexo, las escuelas disponibles para nosotros, el nivel educativo de nuestros padres, los factores genéticos como la altura y la masa muscular, el momento en que presentamos nuestra solicitud y el grupo de aspirantes a un programa o un puesto de trabajo. Hay tantas cosas que están fuera de nuestro control. Todos estos factores influyen en el grado en que siquiera tenemos la oportunidad de “prosperar” o “conquistar”. Y para el caso, ¿qué significa definitivamente “prosperar” o “conquistar”?

¿Podemos ver por qué las comparaciones no son justas, ni para nosotros ni para los demás? Hay demasiadas variables involucradas.

Todo esto quiere decir que ciertamente deberíamos ser más compasivos con todos porque no sabemos qué cargas llevan o qué cargas de la vida los agobian. Y ciertamente deberíamos ser más humildes cuando tenemos éxito.

Centrarnos menos en nosotros mismos

Tengo cuatro hijos maravillosos —Parley, Marshall, Truman y Ashley— y he aprendido muchas lecciones de ellos. Una imagen tan vívida en mi mente hoy como lo fue cuando sucedió hace más de quince años es un juego de pelota en el patio trasero con mis dos hijos mayores, Parley y Marshall. Parley tenía cinco o seis años; Marshall probablemente tenía tres años. Les lanzaba la pelota a cada uno de ellos por turnos. Parley atrapaba el balón casi siempre. Marshall, no tanto.

Puedo ver a Marshall concentrándose, observando la pelota y luego fallando cada vez. No importaba cómo lanzara la pelota, parecía que siempre le golpeaba en la cabeza al pasar entre sus manos, las cuales se acercaban a la pelota demasiado pronto o demasiado tarde. Por suerte era un balón de fútbol americano muy blando y suave. Pero esto es lo que nunca olvidaré: Marshall animaba, saltaba y gritaba de alegría cada vez que Parley lo atrapaba. Todavía puedo oír su vocecita gritando: “¡Buena atrapada, Par!” o “¡Eso fue genial, Par!”. Y luego él fallaba el siguiente lanzamiento que le llegaba. Pero, de alguna manera, eso no disminuyó su entusiasmo por el éxito de Parley. De alguna manera sabía que su competencia no era con Parley. Podía alegrarse por el éxito de Parley. ¿Cómo podemos recuperar ese sentido de celebración infantil por la buena fortuna de los demás?

Cuando nuestros motivos son puros, cuando actuamos con un corazón puro y cuando nuestra única intención es bendecir a los demás, las comparaciones llenas de orgullo quedan sin poder alguno. No tienen influencia en nuestra manera de pensar. Cuando estemos llenos de caridad, seremos como el Salvador. ¿Por qué los motivos puros eran tan naturales para Él? Simplemente porque Él sabía quién era y Él sabe quiénes son ustedes y quién soy yo. Eso lo cambia todo.

Si nos preguntamos si Jesús se comparaba a Sí mismo con los que lo rodeaban o si encontraba consuelo en donde se encontraba “en la escala del éxito” y en quién estaba por debajo de Él, la pregunta se vuelve instantáneamente ridícula. ¡Recordamos que este es el Salvador que busca hacernos, en el lenguaje de Doctrina y Convenios 88, “iguales con Él”! (versículo 107). No hay celos, ni competencia. Si la tentación de compararse asomó la cabeza, Él “no hizo caso” (Doctrina y Convenios 20:22). Y podemos ser como Él.

Lo que realmente importa

Van a recibir mensajes de correo electrónico, mensajes de voz o de texto, tal vez incluso hoy mismo, notificándoles que alguien ha sido contratado para un trabajo, que alguien ha sido elegido para el equipo, que alguien no está interesado en una segunda cita, que alguien ha sido llamada como presidenta de la Sociedad de Socorro, etc. Pero no lo tomen como una señal de su valor. Las decepciones duelen, pero también pueden ser maravillosamente educativas. “Para los que aman a Dios, todas las cosas [realmente pueden obrar] juntamente para su bien” (Romanos 8:28). Pero no permitan que la tentación de compararse otorgue a esas decepciones un poder destructivo. Estas comparaciones son falsificaciones; no miden —no pueden medir— adecuadamente lo que realmente importa. Cuando llegan las decepciones, respiramos hondo y recordamos lo que realmente importa.

Recuerdo que me sorprendió mucho la primera vez que escuché a alguien citar lo que dijo el presidente David O. McKay acerca de imaginar nuestra futura entrevista con el Señor. El presidente McKay hizo hincapié en que el Señor no nos preguntará acerca de nuestra profesión, sino solo acerca de nuestra integridad. No nos pedirá nuestro currículum de llamamientos en la Iglesia, sino solo nuestro interés por ministrar a los demás. Estas son las cosas que realmente importan.

Busquemos un espejo. Mirémonos. Repitamos: “Mi contienda no es con nadie más; mi contienda es conmigo mismo. La carrera es contra el pecado, no unos contra otros”. Luego debemos orar con toda la energía de nuestro corazón para ser llenos del amor puro de Cristo (véase Moroni 7:48), de Aquel que es “el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2; véase también Moroni 6:4). Debemos negarnos a permitir que las mentiras “interrump[an] [nuestro] gozo” (Alma 30:22) por sobre las verdades que son más profundas y convincentes que las falsedades de las comparaciones. Y entonces debemos salir por la puerta, olvidarnos de nosotros mismos y empezar a concentrarnos en los demás.

Notas

  1. Ezra Taft Benson, “Cuidaos del orgullo”, Liahona, julio de 1989, pág. 7.

  2. David O. McKay, citado por Robert D. Hales, “Understandings of the Heart” (discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, 15 de marzo de 1988, págs. 7–8), speeches.byu.edu.

  3. Véase Boyd K. Packer, That All May Be Edified, 1982, págs. 51–52; véase también Jeffrey R. Holland, “El otro hijo pródigo”, Liahona, julio de 2002, pág. 72.

  4. Véase Susan W. Tanner, “La santidad del cuerpo”, Liahona, noviembre de 2005, pág. 15.