Liahona
Más que vacaciones: una lección de fe
Liahona, abril de 2026


Voces de los miembros

Más que vacaciones: una lección de fe

Teníamos tres hijos de 5, 8 y 9 años, pocos recursos económicos y muchas ganas de acampar y pasar unos días de licencia en verano, cerca de la playa. En nuestra capilla había un matrimonio mayor —Heber y Rosa— que eran amigos nuestros y tenían una casa de veraneo a dos cuadras de la playa… ¡Un día nos invitaron!

Fuimos en un triciclo: una moto de tres ruedas con caja cerrada y capacidad para todos. Llevamos a nuestros hijos, bolsos llenos de comida y ropa, y muchas ganas de disfrutar.

Ellos estaban construyendo su casa, así que solo tenían una habitación y un pequeño baño junto a un patio grande techado que hacía las veces de cocina-comedor. Ellos, contentos con la compañía; nosotros, igual; ¡pero los niños estaban fascinados con la playa, la arena, el agua, los árboles y la exploración!

Ese año fue particularmente lindo… y a la vez de un aprendizaje impresionante. Las largas caminatas a lo largo de la orilla del mar, las ranas croando en la noche… y los dulces que Julio —hermano de Heber, que vivía al lado— les regalaba a los niños.

Armamos la carpa en el fondo, bajo un árbol frondoso que nos cubría del calor abrasador durante el día. Allí cerca había un pequeño bosque de eucaliptos muy, muy altos, que le daban un aspecto más natural al paisaje.

Habíamos pasado unos días fantásticos y ya se estaban terminando las vacaciones… ¡nadie quería volver! Sol, aire, playa… Nos fuimos a dormir esa noche: Oscar a la entrada de la carpa; los niños y yo al fondo.

En la madrugada se levantó viento y comenzó a llover. La carpa iglú era impermeable y tenía sobretecho, así que no nos preocupamos demasiado… hasta que la tormenta se acrecentó y los rayos apenas nos iluminaban lo suficiente como para vernos a los ojos.

Los niños aún dormían. Las paredes y los caños de la carpa comenzaron a doblarse, acompañando el viento. Sentimos algo… nos miramos en la oscuridad… una advertencia silenciosa… sí, ¡era el Espíritu!

Oscar abrió la carpa, despertamos a nuestros hijos y los llevamos con abrigos al patio de Heber, bajo una mesa de cemento. Oscar volvió a bajar la carpa para que no se rompieran los caños… y amanecimos allí, en el patio techado, rogando que se calmara la tormenta.

Salió el sol. Siempre sale el sol después de cada tormenta. Heber y Rosa nos rezongaron por no despertarlos.

¡Qué sorpresa!… ¿o no? Tal vez ya lo sabíamos… El árbol se había caído en la madrugada, atravesando toda la carpa. Dimos gracias y aprendimos que, si el Espíritu te indica algo… hay que hacerlo AHORA.

El Señor tenía el poder de hacer que la tormenta cesara, pero ese no era el propósito. Había que aprender a escuchar… y a obedecer… en el momento.