Liahona
Simón de Cirene, quien llevó la cruz
Liahona, abril de 2026


“Simón de Cirene, quien llevó la cruz”, Liahona, abril de 2026.

Conocían al Salvador

Simón de Cirene, quien llevó la cruz

Al igual que Simón, tal vez descubramos que las cargas que llevamos en obediencia se convierten en el mayor honor de nuestra vida.

Ilustración de Simón de Cirene

Ilustración por Laura Serra, prohibida su reproducción

En una de las escenas más humanas de la vida ejemplar del Salvador, Simón de Cirene se convirtió en testigo ocular del “amor y dolor sin medida”.

En medio del torbellino de polvo y gritos que llenaban las calles de Jerusalén ese fatídico viernes, Simón fue sacado de entre la multitud y obligado a cargar la cruz del condenado Jesús de Nazaret. Simón provenía de una ciudad del norte de África y posiblemente era un judío devoto que peregrinaba para celebrar la Pascua.

“Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz”, registra Marcos (Marcos 15:21).

En el lugar y el momento oportunos

Simón no se ofreció como voluntario. Era, según todos los indicios, un forastero. Y, sin embargo, fue escogido. En el caos de la procesión de la Crucifixión, mientras Jesús tropezaba bajo el peso de la cruz, Simón estaba allí.

Sabemos muy poco de Simón, pero es agradable imaginar que, cuando el cielo dispuso los detalles de la eternamente significativa Expiación de Jesucristo, alguien que pudo haber sido “contado entre los creyentes” fuera escogido para caminar junto al Salvador en Su momento de necesidad.

Según la costumbre romana, el condenado llevaba su cruz hasta el lugar de la ejecución. La cruz, toscamente tallada en madera común, tal vez de olivo o sicómoro, no estaba elaborada con cuidado sino con crueldad. Era un instrumento de vergüenza y muerte, construido apresuradamente, suficiente solo para soportar el peso del sufrimiento de un hombre.

“Y así, Jesús, cargando su cruz, fue conducido por el doloroso camino a un lugar de sepultura, de calaveras, de muerte. Cuatro soldados romanos iban a Su lado”, para humillarlo y asustar a los demás. Un letrero, colgado del cuello del Salvador o llevado por un soldado, declaraba Su supuesto delito.

Jesús, ya azotado y sin dormir, estaba físicamente debilitado más allá de lo imaginable. El peso de la cruz no era Su única carga: representaba la culminación de la agonía en Getsemaní, la traición, la brutalidad y la burla. El agotamiento y la angustia mental habían agotado sus fuerzas corporales.

Él tambaleó y tropezó. Entonces no pudo seguir adelante.

En ese momento, los impacientes soldados obligaron a Simón. Él no formaba parte de la procesión, pero lo agarraron y lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.

Humillación y honor

Llevar la cruz de un condenado era una señal de degradación. Ningún romano ni judío se habría ofrecido como voluntario para tal tarea. Cada detalle de la crucifixión estaba diseñado para degradar. Sin embargo, Simón soportó la humillación.

¿Qué pudo haber sentido? ¿Confusión? ¿Compasión? ¿Se encontró con la mirada del Salvador? ¿Percibió el carácter sagrado del momento?

En ese breve camino hacia el Gólgota, Simón entró en el centro mismo de la Pasión. ¿Podría haber tenido una experiencia así y no haber sido transformado por ella? Tal vez llegó a Jerusalén como peregrino, pero se fue como testigo.

Simón había estado cerca del Cordero de Dios en Sus últimas horas. Había tocado el madero de la cruz. Los acontecimientos de ese día habrían sido muy reales para él mientras ayudaba a cargar esa cruz hacia el Calvario.

Nosotros también somos llamados a llevar las cargas los unos de los otros. A nosotros también se nos pide “tom[ar] [nuestra] cruz” y andar con el Salvador (véase Mateo 16:24), aun cuando el camino sea difícil y la carga sea pesada. Y, al igual que Simón, tal vez descubramos que las cargas que llevamos en obediencia se convierten en el mayor honor de nuestra vida.

“Para ser seguidor de Jesucristo, a veces se debe llevar una carga, la propia o la de otra persona, e ir donde se requiera sacrificio y el sufrimiento sea inevitable”, dijo el presidente Jeffrey R. Holland, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles. Él añadió: “Al tomar nuestra cruz y seguirlo, sería en realidad trágico si el peso de nuestros desafíos no nos hiciera estar más atentos a las cargas que llevan los demás y a ser más empáticos con ellos”.

Notas

  1. ¡Murió! El Redentor murió”, Himnos, nro. 117 (en su versión en inglés).

  2. Véase James E. Talmage, Jesús el Cristo, 1975, págs. 700–701.

  3. James E. Talmage, Jesús el Cristo, pág. 687.

  4. Véase Bruce R. McConkie, The Mortal Messiah: From Bethlehem to Calvary, 1981, tomo IV, pág. 206.

  5. Véase Bruce R. McConkie, The Mortal Messiah, tomo IV, pág. 206.

  6. Véase James E. Talmage, Jesús el Cristo, págs. 686–687.

  7. Véase James E. Talmage, Jesús el Cristo, pág. 687.

  8. Jeffrey R. Holland, “Levantado sobre la cruz”, Liahona, noviembre de 2022, págs. 78–79.