“Limpios por la luz”, Liahona, abril de 2026.
Voces de los Santos de los Últimos Días
Limpios por la luz
Cómo un percance en la lavandería se convirtió en mi parábola del lápiz rojo, para recordarme el poder expiatorio de Jesucristo.
Ilustración por Elia Sampò, prohibida su reproducción
Al efectuar las ordenanzas en el templo, los obreros del templo registran cada una de ellas y marcan con un lápiz rojo la tarjeta con nombres. Un día, después de efectuar una ordenanza, coloqué el lápiz dentro del bolsillo de la chaqueta blanca de mi traje. Cuando volví a la oficina, guardé el lápiz.
Más tarde, cuando lavé la chaqueta, ¡salió manchada de rojo! Descubrí que la punta del lápiz rojo se había roto en el bolsillo de la chaqueta. No podía creer que un pequeño trozo de grafito pudiera causar tanto daño.
Mi esposa me dijo que la chaqueta estaba arruinada, pero decidí tratar de blanquear las manchas rojas. Sin embargo, cuando saqué la chaqueta de la solución de lejía, se había vuelto amarilla.
Oré: “Padre Celestial, ¿qué debo hacer ahora?”. En mi mente, pude ver el descolorido tractor rojo de mi tío, que había pasado toda su vida bajo el sol de la pradera. Recordé que el sol desvanece la mayoría de los colores. Así que puse mi chaqueta al sol brillante, exponiendo cuidadosamente a la luz la zona más amarilla. Sorprendentemente, después de muchos días, se volvió blanca otra vez.
El sol, que ilumina la oscuridad, hizo que la chaqueta de mi traje volviera a ser blanca. El Hijo, que ilumina el mundo (véanse Doctrina y Convenios 88:6–13; Juan 8:12), puede hacernos limpios de nuevo. Como el Señor declaró a través de Isaías: “Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).
Alma explica este principio: “Nadie puede ser salvo a menos que sus vestidos hayan sido lavados hasta quedar blancos; sí, sus vestidos deben ser purificados hasta quedar limpios de toda mancha, mediante la sangre de aquel de quien nuestros padres han hablado, el cual habrá de venir para redimir a su pueblo de sus pecados” (Alma 5:21).
Tenemos el privilegio divino de arrepentirnos y llegar a ser limpios mediante la Expiación de Jesucristo. Al arrepentirnos, Él nos quita la mancha de pecado o cualquier otra cosa que obstaculice nuestro progreso espiritual.
La Pascua de Resurrección es una oportunidad especial para recordar el poder purificador de Cristo que obra en nuestra vida. Así como el sol hizo que la chaqueta de mi traje volviera a ser blanca, celebramos el hecho de que el sacrificio expiatorio del Hijo de Dios hará que nuestros pecados sean blancos como la lana.