Sección Doctrinal
“Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba”
Leemos en el Evangelio según San Juan que, mientras Jesús enseñaba al pueblo en el templo, “los escribas y los fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio, le dijeron: “Maestro han sorprendido a esta mujer en el acto mismo de adulterio; y la ley de Moisés mandaba apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Pero decían esto para tentarle, y tener, así, de qué acusarle” (Juan 8:3-6).
Si Jesús les decía que estaba de acuerdo en que la apedrearan, traería las iras del pueblo, que estaba en contra de la aplicación de esa pena, antigua ya y cruel; y provocaría también un enfrentamiento con el imperio romano, que prohibía a los judíos aplicar la pena de muerte (cfr. Juan 18:31). Y, si les decía que no la apedrearan, mostraría que estaba en desacuerdo con la ley de Moisés, y le acusarían de pervertir y desobedecer las leyes santas del pasado. Ya sabemos cómo resolvió Jesús ese dilema en el que le habían puesto los hipócritas fariseos y saduceos. Es curioso que los fariseos y los saduceos estaban haciendo esa pregunta a Jesús, que era el Dios del Antiguo Testamento; porque leemos en el libro del Levítico que fue Él quien dio esta ley a Moisés, condenando a muerte “al adúltero y a la adúltera”; no sólo a la adúltera, como le decían esos hipócritas (cfr. Levítico 20:10).
El apóstol Pablo enseñó a los miembros de la iglesia de Galacia que la Ley de Moisés se dio para llevar a los hombres y a las mujeres a Cristo (cfr. Gálatas 3:24); pero con un propósito diferente al que tenían los fariseos y los saduceos en esta ocasión, porque ellos llevaban a la adúltera (¿dónde estaría el adúltero?) a Jesús para que la condenara. Pero Jesús dijo a la mujer, usando su autoridad divina: “Yo no te condeno; vete, y no peques más” (cfr. Juan 8:11). Por eso, Jesús dijo a los fariseos y a los saduceos, mostrando la misericordia del nuevo pacto que Jesús el Cristo traía al pueblo de Israel: “Vosotros juzgáis según la carne, pero yo no juzgo a nadie. Y, si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió” (Juan 8:15-16).
El capítulo ocho del Evangelio según San Juan termina con el testimonio de Jesús, diciendo lo siguiente: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, YO SOY” (Juan 8:58).
Al usar el nombre “YO SOY”, Jesús estaba reconociendo que Él es el Dios de Israel; porque con ese nombre se presentó Dios a Moisés en la zarza ardiente en el monte Horeb. Cuando Moisés preguntó cuál era el nombre del Dios de sus padres, le dijo: “YO SOY EL QUE SOY”. Y añadió que el nombre del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es YO SOY. (cfr. Éxodo 3:13-14).
Y esa es nuestra responsabilidad y nuestro llamamiento: ser “Santos” de los Últimos Días.
Pero la ley consideraba una blasfemia usar el nombre de Dios; y condenaba a morir apedreado al blasfemo (cfr. Levítico 24:16). Por esta razón, cuando los fariseos y los saduceos oyeron a Jesús decir “YO SOY”, tomaron piedras para arrojárselas (cfr. Juan 8:59). El tercer Mandamientos dice lo siguiente: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano” (Éxodo 20:7).
El diálogo que leemos de los fariseos y de los saduceos con Jesús en este capítulo ocho de Juan es el diálogo entre los hombres y Dios; es decir, entre los hombres y lo sagrado. Este diálogo con lo sagrado es imposible entre los hombres que viven de forma profana; por tanto, nos damos cuenta de que los fariseos y los saduceos no entendían a Jesús, porque, como les dijo el Señor: “Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo” (Juan 8:23): arriba está lo divino y sagrado, y abajo, lo mundano y profano.
Y Jesús añadió estas duras palabras: “¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque vosotros sois de vuestro padre el diablo” (Juan 8: 43-44). Jesús dijo a los fariseos, a los saduceos y a quienes rechazan la invitación del Señor de venir a Él: “Yo sé de dónde he venido y a dónde voy; pero
vosotros no sabéis de dónde vengo ni a dónde voy” (Juan 8:14). “A donde yo voy, vosotros no podéis ir” (Juan 8:21).
Esas palabras iban dirigidas a quienes no aceptaban al Señor; pero a los que creen en Él, les dice: “En la casa de mi Padre, muchas moradas hay. De lo contrario, yo os lo habría dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros, para que donde yo esté, vosotros también estéis. Ya sabéis a dónde voy yo, y sabéis el camino. Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie puede venir al Padre sino por mí” (cfr. Juan 14:2-6).
Jesucristo es el camino a la vida eterna. Para entrar en la morada del Padre y del Hijo, debemos seguir lo que enseñó el rey Benjamín: “La salvación viene por la sangre expiatoria de Cristo. El hombre natural es enemigo de Dios; y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo” (cfr. Mosíah 3:18-19). El hombre natural, que es el hombre profano y mundano, debe convertirse en un hombre santo o sagrado, con la ayuda del Espíritu Santo.
Jesús dice a los que creen en él: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8: 32). “Si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). ¿Libres de qué? El Señor nos lo dice muy claramente: “Todo aquel que comete pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8: 34).
Debemos abandonar lo profano o pecaminoso, y dejarnos dirigir por lo virtuoso o sagrado; sólo así podremos morar en la presencia del Padre y del Hijo para siempre. El Camino que representa el Señor es la senda de los convenios; debemos seguirlo, si queremos heredar la exaltación y la vida eterna. Debemos, pues, apartarnos del pecado, y alejarnos de lo profano: ser de arriba, no de abajo; estar en el mundo, sin ser del mundo, y demostrar que somos dignos del Reino más alto.