Yo creo
Debido a que era sorda, me sentía como una extraña. Encontré un sentido de pertenencia en la Iglesia
Llegar a ser miembro de la Iglesia del Señor me ha enseñado que, independientemente de los desafíos que enfrentemos, la fe y la esperanza en Él pueden conducirnos a la paz, a encontrar un propósito y a hallar un sentido de pertenencia.
Al crecer como persona sorda, a menudo me sentía invisible y desconectada del mundo que me rodeaba, insegura de si alguna vez encontraría un espacio en el que realmente encajara.
A pesar de esos desafíos, me negué a rendirme. Creía que había más en la vida que las dificultades que afrontaba, y estaba decidida a encontrarlo.
Encontrar la Iglesia
Hace unos años, estaba buscando un propósito en la vida y descubrí una página de Facebook llamada “Seguidores de Jesucristo en lengua de señas estadounidense en Washington D. C.”.
Nunca había oído hablar de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pero sí conocía el lenguaje de señas estadounidense (ASL, por sus siglas en inglés) y había algo en esa página que me parecía interesante. Dejé un comentario en una publicación y, para mi sorpresa, recibí una respuesta. Las hermanas misioneras que dirigían la página me hicieron dos preguntas:
“¿Cómo nos encontró?”.
“¿Qué sabe sobre Jesucristo?”.
Fui sincera en mi respuesta: no tenía fe, esperanza ni autoestima. La respuesta de las misioneras lo cambió todo. Me animaron a centrarme en confiar en el Padre Celestial y en Jesucristo, prometiéndome que Ellos me ayudarían en mis dificultades. Aunque al principio fui escéptica, sentí que sus palabras tenían sentido para mí.
Conforme exploraba el Evangelio, me di cuenta de que la vida es un trayecto de regreso al Padre Celestial, lleno de altibajos, giros y vueltas, pero que con fe y esperanza en Jesucristo, podía recorrer ese trayecto y hallar paz y felicidad (véase 1 Nefi 17:13).
Durante los meses siguientes, trabajé con las misioneras de lengua de señas estadounidense en D. C., aprendiendo sobre el Evangelio y aumentando mi fe. Asistí a la iglesia, participé en actividades e incluso visité el Templo de Washington D. C. durante el programa de puertas abiertas. Cuando entré en el salón celestial por primera vez, sentí una paz y tranquilidad que nunca antes había experimentado.
Al continuar mi trayecto, me enfrenté a nuevos desafíos y oportunidades. Me trasladé a una universidad nueva en Nueva York, donde no solo conocí nuevos amigos, sino que también profundicé mi fe. Durante ese tiempo, tomé la decisión de ser bautizada, una decisión que transformó mi vida para bien.
Hallar fe y un sentimiento de pertenencia
Cuando me uní a la Iglesia, sentí que finalmente había encontrado mi lugar.
Las palabras del élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles, han sido un recordatorio constante de la esperanza que ahora tengo: “Nuestra esperanza en la vida eterna está asegurada por medio de la gracia de Cristo y nuestras propias decisiones”. Esas palabras me ayudan a sentir la seguridad de que no estoy sola y de que el sacrificio de Jesucristo me da la oportunidad de arrepentirme y regresar a mi Padre Celestial.
Aunque me sentí como una extraña durante gran parte de mi vida, la Iglesia me dio un sentido de pertenencia y propósito. Por medio de la fe en Jesucristo descubrí que soy una hija de Dios, digna de amor y de felicidad eterna. Donde antes me sentía aislada y sola, ahora siento un profundo sentido de pertenencia, pues sé que nunca estoy sola, sin importar los desafíos que enfrente.
Si estás buscando paz, pertenencia y propósito en tu vida, te animo a dar el primer paso de tu propio trayecto explorando el Evangelio de Jesucristo y profundizando tu fe en Él.
Descubre la esperanza que proviene de aceptar tu identidad divina. Ten presente que nunca estás solo, y que el Padre Celestial y Jesucristo te ayudarán en tus dificultades.