2025
Dos experiencias me enseñaron que Dios ama a todos por igual
Marzo de 2025


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Dos experiencias me enseñaron que Dios ama a todos por igual

Nuestro Padre Celestial nos valora y aprecia como personas, estemos casados o solteros.

Jesus Christ in a crowd of people [Jesucristo en medio de un grupo de personas]

Por Minerva Teichert.

Durante toda mi vida, un principio me ha ayudado a encontrar la felicidad a pesar de mis circunstancias: la certeza de que Dios me ama y desea lo mejor para mí. Permítanme explicarlo.

Mis padres hicieron del tiempo en familia una prioridad cuando mis dos hermanas y yo éramos niñas. Ahora que somos adultas, esto continúa como parte de nuestra cultura familiar. El tiempo que pasamos juntos es divertido y está lleno de tradiciones como carreras y juegos, con eventos que incluyen una competencia de lanzamiento de tortillas de harina y soplar burbujas.

Al crecer, gané confianza al pasar tiempo con mi familia y sentí que yo era esencial. Sentía que mis contribuciones eran deseables y necesarias. Sin embargo, poco después de regresar de la misión, la forma de pasar tiempo juntos cambió. La razón: mi hermana mayor se casó unos meses antes de que yo regresara a casa.

Estaba feliz por ella y emocionada de tener un hermano por primera vez, pero me di cuenta de que mis padres comenzaron a tratarnos a mi hermana menor y a mí de manera diferente. Sentía que, por no estar casada, se me hacía a un lado y se me trataba como a una niña. Con el tiempo, hablé con mis padres sobre los cambios en nuestra familia. Llegamos a la conclusión de que nuestras situaciones personales no tienen nada que ver con nuestro valor. Todos somos esenciales en nuestra familia, independientemente de la edad, el sexo, la situación económica, los talentos o el estado civil.

Mi mente se abrió a la idea de que nuestro Padre Celestial nos ama y aprecia individualmente. El Padre Celestial desea que establezcamos y nutramos relaciones familiares fuertes, pero nuestro valor individual no proviene de nuestra familia. Debido a que somos hijos amados de Dios y miembros de Su familia, nuestro valor es infinito y eterno. Jesucristo demostró esto al dar Su vida por cada uno de nosotros (véase Doctrina y Convenios 18:10–11).

El élder Alan T. Phillips, de los Setenta, nos instó: “Sepan quiénes son ustedes y conozcan su verdadera identidad divina. En el plan de felicidad de Dios, ustedes son lo importante. Ustedes son Sus hijos preciados y son de inmenso valor. Él los conoce y los ama”.

A medida que pasaban los años y acumulaba experiencias en mi vida, comencé a ver evidencias del amor de Dios hacia todos los que me rodeaban, pero no siempre esperaba ni reconocía Su amor hacia mí. Me cuestioné mi valor como persona.

¿Merecía yo menos?

En julio de 2008, sentí la fuerte impresión de dejar un trabajo que ya no era bueno para mí. No tenía otro trabajo, pero me hallaba al principio de mi vida laboral y las opciones parecían ilimitadas. Además, debido a mi inspiración, confiaba en que el Padre Celestial me ayudaría a encontrar la oportunidad correcta.

Semanas después, el mundo entró en una crisis financiera y las tasas de desempleo se dispararon. A medida que pasaban las semanas y luego los meses, comencé a sentir pánico. Escuché historias desgarradoras de padres y madres que perdieron sus empleos. Estaba soltera y nadie dependía de mí, así que me preguntaba si otras personas necesitaban y merecían un empleo más que yo.

Una noche, llevé mis preocupaciones al Señor. Le dije que necesitaba un trabajo para cuidar de mí misma, pero que podía ver que había familias con mayores necesidades. Era como si me estuviera imaginando a todos haciendo fila para recibir las bendiciones del Señor y, debido a que era soltera, se esperaba de mí que permitiera que las familias me adelantaran en la fila.

Mientras oraba, el Espíritu me enseñó que eso no era lo que se esperaba de mí. No hay filas para llegar a nuestro Padre Celestial. Él invita a todos Sus hijos a venir a Él, porque “todos son iguales ante [Él]” (2 Nefi 26:33). Me vino a la mente la idea muy clara de que el Padre Celestial no está limitado por ninguna circunstancia de nuestro mundo y que Él ayudará a toda persona que venga a Él y a Jesucristo.

En ese momento, recordé que no existe un sistema de clases sociales entre los hijos del Padre Celestial. Él nos bendice cuando elegimos hacer y guardar convenios con Él y con Jesucristo. Todos somos amados e importantes para Él, independientemente de dónde estemos en la senda de los convenios.

Poco después de eso, me ofrecieron un trabajo que puso mi carrera en el camino en el que se encuentra ahora.

“Somos importantes para Dios no por nuestro currículo, sino porque somos Sus hijos”, dijo el élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce Apóstoles. “Él nos ama a cada uno, incluso a los imperfectos, rechazados, torpes, apesadumbrados o quebrantados”.

Trato de prestar atención a las circunstancias, estar atenta a los sentimientos y recordar las experiencias que me recuerdan el amor de Dios por mí. Es difícil en el mundo y cada día parece traer una nueva lucha. Centrarme en el amor que Dios tiene por mí me ayuda a ser feliz independientemente de mis circunstancias. Al andar en bicicleta, girarás hacia lo que estás mirando. Elijo centrarme en el amor de Dios y dirigir mi vida hacia él, porque sé que soy Su hija amada.