2025
La ley de castidad no es un obstáculo, ¡es una bendición!
Febrero de 2025


Solo para versión digital: Jóvenes adultos

La ley de castidad no es un obstáculo, ¡es una bendición!

El autor vive en Ulán Bator, Mongolia.

Parecía que las personas que no guardaban la ley de castidad eran más felices que yo.

Ilustración de un hombre que intenta seguir un camino y queda detenido ante un abismo que lo interrumpe

Siempre he sido una persona curiosa.

Al crecer, tuve grandes preguntas sobre cómo se creó la tierra, cómo se formó la vida humana y por qué estamos en este planeta. Cuando conocí y acepté el Evangelio de Jesucristo a los catorce años, encontré muchas respuestas y un mayor significado para mi vida. Hice todo lo posible por guardar los mandamientos de Dios y sentí verdadero gozo al vivir el Evangelio.

Seguí progresando de muchas maneras emocionantes: serví en una misión, asistí a la universidad y mucho más. Sin embargo, al acercarme a los treinta años, me desanimé porque no había tenido la oportunidad de casarme. Aunque vi a muchas personas a mi alrededor escoger vivir en contra de la ley de castidad, me mantuve firme en mi compromiso de guardar mis convenios y prepararme para el matrimonio en el templo.

Creía que la felicidad proviene de la obediencia (véase Mosíah 2:41), pero miraba a mi alrededor a mis amigos que elegían no guardar la ley de castidad y parecían más felices que yo. Tenían nuevas experiencias en cuanto a salir en citas y en cuanto a las relaciones interpersonales, y me sobrevino una sensación de que aquello era injusto. Como persona curiosa y bien educada, sentía frustración, pues mis amigos ahora parecían más sabios y maduros que yo.

Los mandamientos comenzaron a sentirse menos como una bendición y más como un obstáculo que me impedía llevar la mejor vida que podría llevar.

Después de un tiempo, me sentí tentado a alejarme de la idea del matrimonio en el templo y de llevar una vida centrada en el Evangelio. La ley de castidad parecía demasiado difícil de cumplir al estar rodeado de un mundo que no veía la intimidad física de la misma manera que yo.

Centrarnos en el porqué

En el momento en que más dificultades tenía al respecto, mi maestro de Instituto me relató una anécdota sobre una ocasión en la que invitó a cenar a los misioneros. Compartió cómo toda su familia se preparó y participó en el pensamiento espiritual que compartieron los misioneros.

En ese momento, me di cuenta de que, más que nada, quería formar una familia que pudiera disfrutar todas las bendiciones del Evangelio.

Todo cobró sentido. La ley de castidad no era un obstáculo que me impidiera experimentar el don de la sexualidad, era una bendición que me mantenía orientado hacia el templo y hacia mi familia eterna.

El élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “¿Está mal tener reglas? Desde luego que no. Todos las necesitamos a diario, pero es incorrecto centrarse solo en las reglas, en lugar de centrarse en el Salvador. Tienen que conocer los porqué y los cómo, y luego considerar las consecuencias de sus decisiones”.

Cuando recordé al Salvador y Su sacrificio por mí, decidí que valdría la pena esperar las bendiciones de guardar mis convenios, incluso la ley de castidad y casarme en el templo. La verdadera felicidad no consiste en hacer cualquier cosa que a uno le plazca, se trata de ser dignos de tener la compañía del Espíritu Santo.

Puede haber otros casos en los que nos sintamos tentados a quebrantar nuestros convenios. ¡Vivir el Evangelio no siempre es fácil! Pero los convenios que hacemos y los mandamientos que guardamos fueron establecidos por un Padre Celestial amoroso al que le preocupa lo que es mejor para nosotros. Podemos confiar en que Él sabe mucho más que nosotros y en que seguirlo a Él en lugar de seguir al mundo siempre nos conducirá al gozo.

Confiar en el tiempo de Dios

Me siento agradecido de haberme enamorado y haberme casado en el templo recientemente. Me alegro de haber sido dedicado a los mandamientos de modo que ahora pueda disfrutar de las bendiciones del matrimonio eterno.

Por supuesto, la obediencia no funciona como una máquina expendedora. No recibimos cierta bendición inmediatamente después de guardar un mandamiento. Como declaró el presidente Jeffrey R. Holland, Presidente en Funciones del Cuórum de los Doce Apóstoles: “Algunas bendiciones nos llegan pronto, otras llevan más tiempo, y otras no se reciben hasta llegar al cielo; pero para aquellos que aceptan el Evangelio de Jesucristo, siempre llegan.

Tengo un testimonio de que Dios nos conoce a cada uno de nosotros y de que Él cuidará de nosotros. Aunque puede ser difícil sentirse seguro o ser diferente de tus pares, especialmente en un mundo que no es casto, creo que “para los que aman a Dios, todas las cosas obrarán juntamente para su bien” (Romanos 8:28). Sé que el gozo verdadero y duradero no solo proviene de obedecer los mandamientos de Dios, sino de cultivar una relación con Él.