“Cómo me cambió la vida el cambiar mis pensamientos”, Liahona, febrero de 2025.
Jóvenes adultos
Cómo me cambió la vida el cambiar mis pensamientos
Cuando me concentré en ejercer mi albedrío con rectitud para sentir gozo, mi vida comenzó a cambiar.
Hace unos años, me encontré atrapada en una rutina mala. Tenía baja autoestima, me centraba solo en mis inseguridades y me comparaba constantemente con los demás.
Independientemente de cuánto leyera las Escrituras y orara, no podía deshacerme de mis abrumadores sentimientos de ineptitud. Tenía fe en Dios, pero no en mi capacidad para sentirme mejor.
Con el tiempo, me desesperé tanto por hallar alivio que consideré probar algo que generalmente veía con escepticismo: pensar de manera positiva.
Me di cuenta de que si quería cambiar mi vida, tenía que cambiar mis pensamientos.
Al intentarlo, me quedó claro que estaba ejerciendo con rectitud un invaluable derecho: estaba ejerciendo mi albedrío.
Vivir con gratitud
Es importante aclarar que pensar de modo positivo no significa vivir en negación de las cosas difíciles ni de las emociones difíciles. Ignorar los problemas no los soluciona.
Pensar de modo positivo tiene que ver más con aquello en lo que elegimos centrarnos, a pesar de las dificultades que enfrentamos.
Como enseñó el presidente Russell M. Nelson:
“El gozo que sentimos tiene poco que ver con las circunstancias de nuestra vida, y tiene todo que ver con el enfoque de nuestra vida […].
El gozo proviene de [Jesucristo], y gracias a Él. Él es la fuente de todo gozo”.
Debido a que mis pensamientos se centraban principalmente en mis temores e inseguridades, no sentía mucho gozo en mi vida. Oraba para que el Padre Celestial y Jesucristo eliminaran mis problemas, pero había olvidado que, de acuerdo con el plan del Padre Celestial, Cristo también había preservado mi capacidad para tomar decisiones.
Una clave para cambiar mi mentalidad y sentirme mejor fue decidir vivir con gratitud.
En lugar de decirme cosas negativas a mí misma, comencé a buscar activamente cosas buenas en mi día. A veces era algún comentario amable de un compañero de clase. Otras veces, era caminar a casa en una hermosa tarde de primavera o comer alguna buena comida.
Pronto me di cuenta de que poner en práctica la gratitud aumentaba mi gozo de la vida. ¡Pruébalo! El ser conscientes de cualquier acto de bondad que experimentemos multiplica su efecto (véase Doctrina y Convenios 78:19).
Reunía buenos momentos como si fueran tesoros y, al final de cada día, siempre me sorprendía lo bendecida y agradecida que me sentía. Las dificultades de mi vida no desaparecieron, pero comenzaron a perder su influencia negativa.
Decidir cultivar gozo
A menudo estamos tan absortos en lo que no podemos controlar que olvidamos todo lo que sí podemos controlar.
En Doctrina y Convenios 58:27–28, el Señor recuerda a los santos que “los hombres deben […] hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia;
“porque el poder está en ellos, y en esto vienen a ser sus propios agentes” (cursiva agregada).
Al decidir centrarme en los momentos de alegría, risas, paz e inspiración, me di cuenta de que podía decidir generar más de ellos. ¡El poder estaba en mí!
Podría hacerse de este modo:
-
Participar en actividades divertidas y planificarlas.
-
Recibir una bendición del sacerdocio.
-
Estar en contacto con la naturaleza.
-
Permanecer en lugares santos.
-
Aprender alguna nueva habilidad o pasatiempo.
-
Leer un buen libro.
-
Prestar servicio a los demás.
-
Pasar tiempo con personas que te elevan.
-
Hacer ejercicio.
-
Escuchar y ver contenido positivo en los medios de comunicación.
Reconozco que los desafíos de salud física y mental pueden ser barreras en la forma en que usamos nuestro albedrío. En esos casos, podemos seguir ejerciendo nuestro albedrío con rectitud al decidir buscar ayuda médica y profesional.
La terapia, la meditación, los cambios en el estilo de vida y la medicación, cuando se combinan con la oración sincera, el estudio de las Escrituras y la adoración en la Iglesia y el templo, pueden marcar una gran diferencia cuando tenemos dificultades. También podemos desacelerar el paso cuando nos sentimos agobiados o cansados, pedir ayuda a personas en las que confiamos, y buscar la guía y el consuelo del Padre Celestial.
Existimos para tener gozo
El Padre Celestial desea que tengamos gozo: un gozo que se encuentra en Jesucristo. ¡Es la razón misma por la que existimos! En 2 Nefi 2:25–26 se nos recuerda:
“Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo. […]
“Y porque son redimidos de la caída [por Jesucristo], han llegado a quedar libres para siempre, discerniendo el bien del mal, para actuar por sí mismos, y no para que se actúe sobre ellos” (cursiva agregada).
Jesucristo ha hecho posible que cultivemos gozo a través de nuestro albedrío. Al arrepentirnos, aprender de nuestros errores y esforzarnos por hacer cosas buenas, estamos cumpliendo la medida de nuestra creación. Estamos eligiendo el gozo.
Al pensarlo con detenimiento, tener ese poder es una bendición increíble.
El élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce Apóstoles, aconsejó: “No debemos esperar hasta alcanzar un punto futuro para ser felices únicamente para descubrir que la felicidad ¡ya estaba a nuestra disposición!, ¡todo el tiempo! El propósito de la vida no es valorarla solo en retrospectiva. ‘Este es el día que hizo Jehová […]’, escribió el salmista. ‘Regocij[émonos] y […] alegr[émonos] en él’ (Salmo 118:24)”.
Mi vida ha cambiado a medida que he elegido cambiar mis pensamientos. Tengo más confianza, soy más amable y más alegre. Estoy más dispuesta a probar cosas nuevas y aceptar oportunidades. Y puedo percibir mejor la mano del Señor en mi vida.
Con la ayuda del Padre Celestial y de Jesucristo, he llegado a mejorar en cuanto a tomar decisiones que me brinden verdadera felicidad y paz.
A medida que busques Su guía, sé que Ellos también te guiarán.