Mensaje de los líderes de Área
El perdón con gozo
El perdón que Dios nos recomienda es majestuoso y apacible, incluso liberador y edificante. No tiene nada que ver con apretar los dientes y soportar el mal que hemos sufrido, ni con una generosidad fingida. El verdadero perdón amplía nuestra perspectiva, de modo que podamos reconocer y apreciar el plan de Dios para nosotros de manera personal.
Al principio, los hijos de Jacob pretendían matar a José, pero en lugar de ello lo arrojaron a un pozo vacío y luego lo vendieron como esclavo para sacarle provecho. En Egipto, fue encarcelado debido a sus principios morales. ¿No habría sido eso motivo suficiente para que José se amargara?
José fue liberado de la prisión tras interpretar el sueño del faraón sobre los siete años de abundancia que serían seguidos por siete años de escasez. Durante los siete años de abundancia, almacenó inmensas cantidades de grano. Durante los siete años de escasez, “hubo hambre en todos los países, mas en toda la tierra de Egipto había pan”. Su padre, Jacob, envió a sus hijos a Egipto a comprar grano, para que vivieran y no murieran. Al terminar la compra, José devolvió el dinero a los sacos de sus hermanos. La siguiente vez que fueron a comprar grano, sus hermanos quisieron pagar también el precio de la primera compra. Sin embargo, José se les adelantó: “Paz a vosotros, no temáis; vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os dio el tesoro en vuestros costales; yo recibí vuestro dinero”. De manera dramática, José logró traer a toda su familia a Egipto. Se mostró a sus hermanos entre lágrimas: “Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto. Ahora pues, no os entristezcáis ni os pese haberme vendido acá, porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros […]. Así, pues, no me enviasteis vosotros acá, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón, y por señor de toda su casa y por gobernador en toda la tierra de Egipto”. Desde entonces, José proveyó generosamente para todos sus familiares. Tras la muerte de su padre, Jacob, sus hermanos temieron que José buscara vengarse y le rogaron perdón: “te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban […]. Y les respondió José: No temáis, ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis hacerme mal, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener con vida a un pueblo numeroso”.
Para José, el perdón fue motivo de gozo: si sus hermanos no lo hubiesen vendido como esclavo en Egipto, nunca habría llegado a gobernar sobre toda la tierra de Egipto, ni habría podido salvar la vida de miles de personas con el grano almacenado. Cuando sus hermanos quisieron pagarle por el grano, él no aceptó el dinero, sino que consideró el reencuentro con ellos como una recompensa celestial. Ni siquiera se atribuyó el mérito de haber devuelto el dinero en secreto, sino que lo describió como un don de Dios a sus hermanos. Cuando se mostró ante ellos, José explicó y expresó su gratitud por el plan de Dios y por las responsabilidades que se le habían confiado. Por eso, no guardó rencor por la crueldad de sus hermanos, sino que la vio como la puerta mediante la cual podía ser una bendición para su familia y para miles de personas más. José nunca abandonó esta perspectiva. Incluso después de la muerte de su padre, Jacob, reafirmó ante sus hermanos que, aunque ellos habían obrado con mala intención, gracias a ello Dios le había dado la oportunidad de bendecir a muchas personas.
Esta manera de ver las cosas no pretende en modo alguno justificar, trivializar ni aprobar el mal. Pero sí resulta liberadora cuando invitamos a Dios a nuestras pruebas y le damos la oportunidad de ser una bendición para los demás a través de nuestro dolor. Pruébenlo. Decídanlo conscientemente. Vale la pena.