No abandonen su propia misericordia
Ustedes tienen acceso inmediato a la ayuda divina y a la sanación a pesar de sus defectos humanos.
Una maestra de escuela enseñó en cierta ocasión que una ballena, aunque sea grande, no podría tragarse a un ser humano porque las ballenas tienen gargantas pequeñas. Una niña objetó: “Pero a Jonás se lo tragó una ballena”. La maestra respondió: “Eso es imposible”. Sin estar convencida del todo, la niña dijo: “Bueno, ya se lo preguntaré cuando vaya al cielo”. La maestra se burló diciendo: “¿Y si resulta que Jonás fue un pecador y no fue al cielo?”. La niña respondió: “Entonces se lo puede preguntar usted”.
Nos hace gracia, pero no debemos obviar el poder que el relato de Jonás ofrece a todo el que “humildemente busca la felicidad”, especialmente a aquellos que tienen dificultades.
Dios mandó a Jonás que “[fuera] a Nínive” para declarar el arrepentimiento. Pero Nínive era el enemigo brutal del antiguo Israel, así que Jonás se dirigió rápidamente en la dirección totalmente opuesta, por barco, a Tarsis. Al zarpar y alejarse de su llamamiento, se desata una tormenta capaz de producir naufragios. Convencido de que su desobediencia es la causa, Jonás se ofrece como voluntario para ser arrojado por la borda. Esto calma el mar embravecido, lo cual salva a los otros tripulantes del barco.
Jonás escapa milagrosamente de la muerte cuando se lo traga un “gran pez” que el Señor “tenía preparado”, pero languidece en aquel lugar increíblemente oscuro y pútrido durante tres días, hasta que al fin es escupido a tierra firme. Entonces, él acepta su llamamiento para ir a Nínive. Sin embargo, cuando la ciudad se arrepiente y se libra de la destrucción, Jonás se resiente por la misericordia mostrada a sus enemigos. Dios le enseña pacientemente a Jonás que Él ama a todos Sus hijos y procura rescatarlos.
Aunque tropieza más de una vez con sus deberes, Jonás ofrece un vívido testimonio de que en la vida terrenal “todos han caído”. No solemos hablar de un testimonio de la Caída, pero es una gran bendición tener una comprensión doctrinal y un testimonio espiritual de por qué cada uno de nosotros lucha con desafíos morales, físicos y de las circunstancias. Aquí en la tierra crecen las malas hierbas; aun los huesos fuertes se quebrantan y todos están “destituidos de la gloria de Dios”. Sin embargo, esta condición terrenal —resultado de las decisiones que tomaron Adán y Eva— es esencial para la razón misma de nuestra existencia: “Para que tenga[mos] gozo”. Tal como aprendieron nuestros primeros padres, sin probar la amargura ni sentir el dolor de un mundo caído apenas podríamos concebir, y mucho menos disfrutar, la verdadera felicidad.
Un testimonio de la Caída no excusa el pecado ni un enfoque descuidado de los deberes de la vida, los cuales siempre requieren diligencia, virtud y responsabilidad. Sin embargo, debería atenuar nuestras frustraciones cuando las cosas simplemente van mal o cuando vemos una falla moral en un familiar, un amigo o un líder. Con demasiada frecuencia, cosas como esas nos hacen centrarnos en la crítica contenciosa o el resentimiento que nos roba nuestra fe, pero un firme testimonio de la Caída puede ayudarnos a ser más como Dios, tal como lo describe Jonás, es decir, “piadoso[s], tardo[s] en enojar[nos] y de gran misericordia” con todos, incluso con nosotros mismos, en nuestro estado inevitablemente imperfecto.
Incluso más que manifestar los efectos de la Caída, el relato de Jonás nos dirige poderosamente hacia Él, quien puede librarnos de esos efectos. El sacrificio personal de Jonás para salvar a sus compañeros de barco es, ciertamente, semejante al de Cristo. En tres ocasiones, cuando se le exige a Jesús una señal milagrosa de Su divinidad, Él responde como con voz de trueno que “señal no […] será dada, sino la señal [de] Jonás”, indicando que, como Jonás estuvo “en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches”. Como símbolo de la muerte en sacrificio y de la gloriosa Resurrección del Salvador, Jonás puede ser imperfecto. Pero eso es también lo que hace que su testimonio personal de Jesucristo y su compromiso con Él, ofrecido en el vientre de la ballena, sean tan conmovedores e inspiradores.
El clamor de Jonás es el de un buen hombre que atraviesa una crisis de la que es, en gran medida, responsable. Para un santo, cuando una catástrofe es fruto de un hábito, un comentario o una decisión lamentables —a pesar de tantas otras buenas intenciones y de esfuerzos sinceros de rectitud— puede ser especialmente devastador y lo deja sintiéndose abandonado. No obstante la causa o el grado de desastre que enfrentemos, siempre hay tierra firme para la esperanza, la sanación y la felicidad. Escuchen a Jonás:
“Clamé en mi angustia a Jehová […]; desde el seno del Seol clamé […].
“Me echaste a lo profundo, en medio de los mares […]
“[Y] entonces dije: Desechado soy de delante de tus ojos; mas aún veré tu santo templo.
“Las aguas me rodearon hasta el alma; me rodeó el abismo; las algas se enredaron en mi cabeza.
“Descendí a los cimientos de los montes; […] pero tú sacaste mi vida de la fosa […].
“Cuando mi alma desfallecía […], me acordé de Jehová; y mi oración llegó […] hasta tu santo templo.
“Los que siguen vanidades ilusorias su propia misericordia abandonan.
“Pero yo, con voz de alabanza, te ofreceré sacrificios; cumpliré lo que prometí. La salvación pertenece a Jehová”.
Aunque fue hace muchos años, puedo decirles exactamente dónde estaba sentado y exactamente lo que yo estaba sintiendo cuando, en lo profundo de un infierno personal, descubrí este pasaje de las Escrituras. Para cualquiera que hoy sienta lo que yo sentí entonces —que ha sido desechado, hundiéndose en las aguas más profundas, con algas enredadas en la cabeza y montes oceánicas rompiendo a su alrededor—, mi ruego, inspirado por Jonás, es que no abandonen su propia misericordia. Ustedes tienen acceso inmediato a la ayuda y a la sanación divinas a pesar de sus defectos humanos. Esta asombrosa misericordia viene por medio de Jesucristo. Dado que Él los conoce y los ama de manera perfecta, se la ofrece como si fuera “propia” de ustedes, lo que significa que se adapta perfectamente a ustedes, pues está diseñada para aliviar sus agonías individuales y sanar sus dolores particulares. Así que, por el amor de Dios y el suyo, no le den la espalda y acéptenla. Comiencen por negarse a escuchar las “vanidades ilusorias” del adversario, que los tentarían para que pensasen que el alivio se encuentra al alejarse de sus responsabilidades espirituales. En vez de ello, sigan el ejemplo del contrito Jonás. Clamen a Dios. Vuélvanse hacia el templo. Aférrense a sus convenios. Sirvan al Señor, a Su Iglesia y al prójimo con sacrificio y acción de gracias.
El hacer estas cosas nos brinda una visión del amor especial que Dios tiene por ustedes mediante convenio, lo que en la Biblia hebrea se denomina hesed. Verán y sentirán el poder de las leales, incansables, inagotables y “tiernas misericordias” de Dios que pueden hacerlos “poderosos […] hasta […] librarse” de cualquier pecado o tropiezo. Una angustia temprana e intensa puede nublar esa visión al principio, pero a medida que ustedes continúen “cumpl[iendo] lo que prometa[n]”, esa visión brillará más y más en sus almas. Y con ella no solo hallarán esperanza y sanación, sino que, de manera asombrosa, hallarán gozo aun en medio de su crisol. El presidente Russell M. Nelson nos enseñó muy bien que “si centramos nuestra vida en el Plan de Salvación de Dios […] y en Jesucristo y Su Evangelio, podemos sentir gozo independientemente de lo que esté sucediendo —o no esté sucediendo— en nuestra vida. El gozo proviene de Él, y gracias a Él”.
Ya sea que estemos enfrentando una catástrofe profunda, como la de Jonás, o los desafíos cotidianos de nuestro mundo imperfecto, la invitación es la misma: No abandonen su propia misericordia. Dirijan la mirada a la señal de Jonás: el Cristo viviente que se levantó del sepulcro después de tres días habiéndolo conquistado todo—para ustedes. Acudan a Él, crean en Él, sírvanle a Él, sonrían, pues en Él, y solo en Él, se encuentra la sanación plena y feliz de la Caída, sanación que todos necesitamos con tanta urgencia y que humildemente procuramos. Testifico que esto es verdad. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.