2025
“Mis ojos ven por fin”
Noviembre de 2025


17:24

“Mis ojos ven por fin”

El impacto que el Libro de Mormón ha tenido en mi vida no es menos milagroso que la unción de saliva y tierra en los ojos del ciego.

Con amor genuino, todos nos hacemos eco del homenaje del presidente Oaks con motivo del fallecimiento del presidente Russell M. Nelson. Y con igual amor y profundo pesar, todos reconocemos las tragedias ocurridas recientemente en Míchigan y casi a diario en todo el mundo. Reconocemos estas cosas con amor y confianza en el Señor Jesucristo.

En el noveno capítulo de Juan se registra la experiencia de Jesús y Sus discípulos al pasar cerca de un mendigo ciego de nacimiento. Aquello llevó a los discípulos a hacerle a Jesús varias preguntas religiosas complejas en cuanto al origen y la transmisión de la limitación que ese hombre tenía. El Maestro respondió haciendo algo muy simple y sorprendente. Escupió en la tierra e hizo una pequeña mezcla de lodo, el cual untó en los ojos del hombre y le indicó que se lavara en el estanque de Siloé. El ciego hizo todo ello obedientemente y, “cuando regresó, ya veía”, dice el pasaje de las Escrituras. Cuán importante es la evidencia, a diferencia de los deseos, los argumentos o incluso la malicia que se opone a la verdad.

Y bien, temiendo que aquel milagro aumentara de nuevo la amenaza que Jesús ya representaba para su supuesta autoridad, los enemigos del Salvador confrontaron al hombre que acababa de recobrar la vista y dijeron con ira: “Sabemos que [Jesús] es pecador”. El hombre los escuchó por un momento y luego dijo: “Si es pecador, no lo sé; [pero] una cosa [sí] sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”.

Jesús dio la primera interpretación de esta escena al decirle a Sus discípulos que todo eso había sucedido “para que las obras de Dios se manifestasen”. Recuerden que en el relato dice dos veces, refiriéndose a la acción del Salvador, que “untó” [o ungió] los ojos del ciego, acto que debía completarse por medio del lavamiento. Esta descripción de que “las obras de Dios se manifesta[ban]” posiblemente podría sugerir que se trataba de una ordenanza.

Otra verdad que es evidente aquí son los instrumentos que usó el Creador del cielo y de la tierra, y de todo lo que en ellos hay, para proveer este milagro: ¡saliva y algo de tierra! Esos ingredientes tan poco probables declaran que Dios puede bendecirnos mediante cualquier método que Él escoja. Como Naamán que se resistía al río Jordán o los hijos de Israel que se negaban a mirar la serpiente en el asta, qué fácil nos es desdeñar la fuente de nuestra redención debido a que los ingredientes y los medios parecen ser vergonzosamente sencillos.

Sin embargo, recordamos, del Libro de Mormón, que algunas cosas son sencillas y preciosas a la vez, y que, antes de que Jesús naciera, se profetizó que “no ha[bría] parecer en él ni hermosura; y cuando le v[iér]amos, no habr[ía] en él atractivo para que le deseemos”. Cuán a menudo ha enviado Dios Su majestuoso mensaje mediante una recién llamada y muy ansiosa presidenta de la Sociedad de Socorro, o un muchacho sin instrucción en una granja en Nueva York, o un misionero nuevo, o un bebé acostado en un pesebre.

¿Qué importa si las respuestas a nuestras oraciones llegan de maneras sencillas o complicadas? ¿Estamos dispuestos a perseverar, a seguir tratando de vivir el Evangelio de Cristo sin importar cuánta saliva y lodo se requiera? Quizá no siempre sea claro para nosotros lo que se hace o por qué se hace y, de vez en cuando, todos nos sentiremos un poco como la hermana entrada en años que dijo: “Señor, ¿qué tal si me mandas una bendición que no sea encubierta con un mal previo?”.

Consideren la evidencia de otra verdad, esta vez con respecto al santo sacerdocio. Al documentar la organización de la Iglesia primitiva, Lucas dice en sus primeras líneas: “Y reuniendo a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad”, dones que no se confirieron a causa de títulos impresionantes y que no se determinaron por la tradición ni la primogenitura. No los confieren las facultades de teología ni los seminarios teológicos. Se confieren solamente por la imposición de manos de alguien a quien se le hayan impuesto las manos autorizadamente en una secuencia ininterrumpida hasta la fuente de autoridad divina, el Señor Jesucristo.

En una iglesia en la que se comprende el don de la misericordia, ¿no sería otra maravillosa evidencia de la veracidad de esa iglesia ver que esas bendiciones y convenios se extendieran a nuestros familiares fallecidos, a aquellos de nuestra familia que han partido antes? ¿Se les debe castigar por no haber tenido acceso al Evangelio o por haber nacido en épocas o lugares en que las ordenanzas y los convenios divinos no estaban a su alcance? La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene sagradas Casas del Señor dedicadas en las que se efectúa la obra de misericordia y salvación de manera vicaria cada día y cada noche por dichos difuntos, y donde también se ofrecen oportunidades de adorar y de realizar ordenanzas personales. Que yo sepa, esa evidencia en particular de la verdad de Dios, Su amor universal por las personas que viven o han fallecido, no se ha visto en ninguna otra parte del mundo, excepto en una iglesia que demuestra la verdad en ese aspecto en particular: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Mi primer encuentro con la evidencia real de la verdad que me permitió ver y me vivificó no se produjo con una unción de lodo ni en el estanque de Siloé. No, el instrumento de verdad que me brindó la sanación del Señor llegó en las páginas de un libro, sí, ¡el Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo! Lo que se afirma sobre este libro ha sido atacado y rechazado por algunos incrédulos, su ira a veces igualando el desdén de quienes dijeron al hombre sanado que no era posible que hubiera experimentado lo que él sabía que sí había experimentado.

Se me ha dicho enérgicamente que los medios por los cuales surgió este libro eran poco prácticos, inconcebibles, vergonzosos e incluso impíos. Ahora bien, esas son palabras fuertes procedentes de cualquiera que presuma conocer los medios mediante los cuales surgió el libro, en vista de que la única descripción que se ha dado en cuanto a dichos medios es que fue traducido “por el don y poder de Dios”. Solamente eso. Eso es todo. En todo caso, el impacto que el Libro de Mormón ha tenido en mi vida no es menos milagroso que la unción de saliva y tierra en los ojos del ciego. Ha sido, para mí, una barra de seguridad para mi alma, una luz de revelación trascendente y penetrante, una iluminación de la senda por la que debo caminar cuando vienen los vapores de tinieblas. Ciertamente han venido, y seguro que vendrán.

Y dada la capacidad que se me ha concedido de ver el amor universal y la gracia redentora de mi Salvador, comparto con ustedes mi testimonio, justificado aquí de la misma manera que los padres del hombre recientemente bendecido dijeron que se debía escuchar a su hijo, pues “edad t[enía]”; pues bien, yo también la tengo. Dieron a entender que él tenía edad suficiente como para que se le tomara en serio; pues bien, yo también la tengo. Estoy a dos meses de cumplir ochenta y cinco años. He estado al borde de la muerte y regresado. He caminado con reyes y profetas, con presidentes y apóstoles. Lo mejor de todo es que en ocasiones he sido inundado por el Espíritu Santo de Dios. Confío en que a mi testimonio se le dé por lo menos cierta consideración.

Ahora bien, hermanos y hermanas, he llegado a la convicción con toda el alma de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la verdadera restauración de la Iglesia del Nuevo Testamento —y más—, pues no podría negar la evidencia de esa restauración. Desde aquellas primeras experiencias, supongo que he tenido mil —¿o diez mil?— otras evidencias de que lo que he hablado hoy es verdad. De modo que me complace acompañar ahora a mi amigo, acurrucado en las calles de Jerusalén, donde con mi debilitada voz canto:

¡Sublime gracia del Señor,

que me salvó a mí!

Errante iba y Él me halló;

mis ojos ven por fin.

En el nombre de Jesucristo. Amén.