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Nuestro libro de la vida
Se escriben las páginas del libro de la vida a medida que vivimos día a día. No hay revisiones, ni ensayos. Todos nosotros, durante el transcurso de nuestras vidas, deseamos la felicidad, pero lamentablemente, en ocasiones, al tratar de alcanzarla, la confundimos con el placer. El élder James Talmage definió muy bien la diferencia entre el placer y la felicidad: “La felicidad no deja un sabor amargo en la boca, no viene acompañada de una reacción deprimente; no exige el arrepentimiento, no causa pesar, no produce remordimiento. El placer con suma frecuencia hace necesario el arrepentimiento, la contrición y el sufrimiento; y, cuando se le da rienda suelta, trae la degradación y la destrucción”.
Según Thomas Chalmers: “La felicidad consiste en tener algo que hacer, alguien a quien amar y algo que esperar”.
Quisiera hacer algunas reflexiones sobre cada una de estas “esencias de la felicidad”.
ALGO QUE HACER
El escritor Og Mandino escribió:
“Elige amar en lugar de odiar.
Elige reír en lugar de llorar.
Elige crear en lugar de destruir.
Elige perseverar en lugar de renunciar.
Elige alabar en lugar de criticar.
Elige curar en lugar de herir.
Elige dar en lugar de robar.
Elige actuar en lugar de aplazar.
Elige crecer en lugar de consumirte.
Elige bendecir en lugar de blasfemar.
Elige vivir en lugar de morir”.
En el Sermón del Monte, Jesús concluyó con la parábola del hombre sabio e insensato diciendo: “A cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Y descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos y azotaron aquella casa; pero no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Y a cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Y descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina”.
El élder Richard L. Evans dijo: “Delante de ti va un anciano que has de conocer. Se parece un poco a ti, habla y anda igual que tú. Tiene tu nariz, tus ojos, tu barba; y si te ama o te aborrece, te respeta o te desprecia, si está enojado o cómodo, se siente feliz o desdichado, depende de ti. Porque tú lo hiciste. Eres tú …hecho anciano”.
¿Qué regalo recibiremos al final de nuestros días? El que cada uno de nosotros desee. Somos nuestro propio obsequio.
A QUIÉN AMAR
Jesús enseñó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El amor a Dios se relaciona estrechamente con el amor al prójimo. Jesús enseñó en una de Sus parábolas: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”. Este amor se demuestra, por ejemplo, al ir con frecuencia al templo del Señor para sentirnos más cerca de Él y, al mismo tiempo, ayudar a aquellos que no han tenido la oportunidad de conocer Su Evangelio y hacer los convenios y las ordenanzas que Él ha dicho que son necesarias para volver a Su presencia.
ALGO QUE ESPERAR
La esperanza es la confianza que tenemos en conseguir una cosa. ¿Qué deseamos conseguir?
¿Concuerdan nuestros deseos con los propósitos de Dios? Nuestro Padre Celestial definió muy claramente cuáles son Sus deseos: “Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. Hemos recibido como gracia divina la inmortalidad, pero para lograr la vida eterna debemos “vivi[r] de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Aún seguimos escribiendo nuestro libro de la vida, podemos rectificar el rumbo, hacerlo más elevado, más próximo a nuestro Creador. Ruego que lo hagamos de tal forma que alcancemos la altura que nos propusimos lograr ante nuestro Padre Celestial y por la cual Él estuvo complacido. Que podamos hacer, amar y tener la suficiente esperanza, de tal manera que en nuestro libro de la vida se indique que, por la forma en que vivimos, conocemos a Jesucristo y, por consiguiente, tengamos algún día el privilegio de morar en la presencia de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo, por siempre jamás.