“¿Trabajo o adoración?”, Liahona, febrero de 2025.
Voces de los Santos de los Últimos Días
¿Trabajo o adoración?
Con el trabajo de mis sueños en juego, tenía que tomar una decisión importante.
Ilustración por Katy Dockrill
Después de la universidad, encontré la oportunidad de trabajar en la empresa de mis sueños. El primer día, le dije a mi gerente lo entusiasmado que estaba. También le dije que honrar el día de reposo era importante para mí.
Me dijo que organizaría mi horario para asegurarse de que no tuviera que trabajar los domingos. Dijo que la compañía respetaba las creencias de la gente.
Disfrutaba el trabajo y daba mi máximo esfuerzo. Me veía trabajando en la empresa en los años venideros.
Un día, unos meses después de haber comenzado, la gerente me dijo: “Necesito que vengas el domingo. Necesitamos a todo el equipo junto para terminar el trimestre con fuerza y enviar buenos resultados a la casa matriz”.
Se me hizo un nudo en el estómago.
“Ya hablamos de esto antes”, respondí. “Entiendo que quieras que todo el equipo esté presente, pero trabajar el domingo va en contra de lo que creo”.
Luego me miró fijamente y dijo con aspereza: “Parece que estás dispuesto a renunciar a este trabajo por tus creencias”.
Por mucho que me gustara mi trabajo, estaba decidido a demostrar mi amor por el Señor evitando trabajar los domingos (véase Doctrina y Convenios 59:9–10).
“Tendrías que trabajar el domingo solo esta vez”, agregó la gerente.
Eso no importaba. Yo lo sabría, y el Padre Celestial lo sabría.
“Lo siento, pero para mí no es así. Creo que el domingo es un día sagrado para adorar a Dios”, le dije.
“Bueno, estás despedido”.
Las palabras me impactaron fuertemente. Sin embargo, mientras me alejaba, sentí el Espíritu Santo en el corazón. No trabajar los domingos era una señal que yo había escogido darle a Dios lo que yo pensaba que era “apropiad[o] para el día de reposo”. Sabía que Él me bendeciría por ello. Al poco tiempo, encontré otro gran trabajo que me permitió santificar el día de reposo.
En 1 Nefi 17:13, el Señor promete: “Y también seré vuestra luz en el desierto; y prepararé el camino delante de vosotros, si es que guardáis mis mandamientos”.
Puede que los vientos del mundo traten de desviarnos de la senda que sigue al Salvador, pero a medida que lo sigamos con fe y nos esforcemos por obedecer Su palabra, hallaremos fortaleza para vencer al mundo.