Mensaje de la Presidencia de Área
De buenos padres y líderes
He reflexionado muchas veces sobre las palabras de buenos padres y profetas en las Escrituras. Como dijo Enós: “He aquí, aconteció que yo, Enós, sabía que mi padre era un varón justo, pues me instruyó en su idioma y también me crio en disciplina y amonestación del Señor —y bendito sea el nombre de mi Dios por ello” (Enós 1:1).
O, en palabras de Nefi: “Yo, Nefi, nací de buenos padres y recibí, por tanto, alguna instrucción en toda la ciencia de mi padre” (1 Nefi 1:1).
A pesar de las circunstancias, mi madre, quien me crio sola, cumplió con ese rol de manera extraordinaria.
Hace treinta y cinco años, un buen miembro de la Iglesia compartió con mi mamá, quien en ese momento sostenía sola a dos hijos adolescentes, un artículo de la revista Liahona titulado “Cuidaos del orgullo”. Al leerlo, quedó tan impresionada que le preguntó a su amigo quién era el autor. Para explicarle mejor, él le envió a los misioneros. Y el resto, como suele decirse, es historia.
Apenas unos meses después, siendo un joven de quince años, yo jugaba al vóley en el equipo de mi ciudad, Neuquén. Rubén, un maestro de Seminarios e Institutos, me invitó a un “superseminario de estaca” que coincidía con una competencia provincial. Recuerdo que me dijo: “Si te quedas, tendrás una experiencia espiritual que justificará no asistir a la competencia provincial”. Sus palabras y la seguridad con que las dijo me impactaron profundamente. Finalmente, decidí quedarme en la actividad de la Iglesia y tuve una experiencia espiritual sumamente grata que marcó mi juventud y, sin duda, el resto de mi vida.
Cuando llegó el momento de decidir renunciar al equipo nacional para servir en una misión, pude replicar aquel mismo modelo con cierta facilidad. ¡Cuán agradecido estoy de ese buen hermano que se interesó sinceramente en mi bienestar espiritual y me invitó a elegir lo que era mejor para mí! A veces me pregunto cómo habría sido el curso de mi vida sin esas intervenciones amorosas.
Al reflexionar sobre esos dos hombres que intervinieron tan positivamente en nuestra familia, vienen a mi mente las palabras del Señor a Enoc: “Abre tu boca y se llenará, y yo te daré poder para expresarte […]. He aquí, mi Espíritu reposa sobre ti; por consiguiente, justificaré todas tus palabras; y las montañas huirán de tu presencia, y los ríos se desviarán de su cauce; y tú permanecerás en mí, y yo en ti; por tanto, anda conmigo” (Moisés 6:32, 34).
Hoy, junto a mi esposa, Gaby, recordamos con gratitud nuestra juventud y deseamos ser esos padres que testifican y prometen a sus hijos que el Señor ama el esfuerzo y bendice a quienes ponen su confianza en Él. Pienso que, como padres y líderes, debemos esforzarnos por conocer los desafíos que ellos enfrentan e invitarlos a poner a prueba la virtud de la palabra de Dios. Y declararles con humildad que el Señor justificará en el futuro cada uno de sus sacrificios con bendiciones y milagros en abundancia.
Testifico que Russell M. Nelson es un profeta de Dios; me encanta su optimismo y entusiasmo al hablarnos del futuro: “Lo mejor está por llegar, mis queridos hermanos y hermanas, ¡porque el Salvador viene de nuevo! Lo mejor está por llegar porque el Señor está apresurando Su obra. Lo mejor está por llegar conforme volvamos por completo nuestro corazón y nuestra vida a Jesucristo”.
Es increíble la seguridad y las oportunidades que vienen a nuestras vidas al seguir las invitaciones de los profetas y apóstoles de Dios en cada conferencia general. Testifico que hoy, más que nunca, debemos seguir la invitación del Salvador: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” .