“La historia de Tonya”, Atracción hacia personas del mismo sexo: Historias de miembros, 2020
“La historia de Tonya”, Atracción hacia personas del mismo sexo: Historias de miembros
La historia de Tonya
La historia personal de Tonya
Tonya: Estas son bolsas de menús, pegatinas y tarjetas de sitios donde hemos estado o vivido. Como SPAM. Vivíamos a cuarenta minutos del Museo SPAM.
Andy: Y la fábrica.
Tonya: En Minnesota, donde ofrecen “spamples”. Me llamo Tonya Baker Miller. Soy licenciada en Ciencias de la familia. Andy fue una feliz sorpresa. Unos seis meses después, me dije: “¡Oh, esto no es gripe! Ajá. De acuerdo, aquí vamos”.
Dylan: Soy Dylan Miller. Soy el papá de Andy y el esposo de Tonya. Andy es sorprendente. Es leal, brillante, bondadoso, siempre ha sido todo lo que unos padres pudieran desear.
Tonya: Me encanta ser la mamá de Andy. Él es fabuloso. Estudia negocios internacionales, administración de aviación y español, y trabaja a tiempo completo. Está en la presidencia del cuórum de élderes y es un buen hermano mayor. Es asombroso.
Andy: Me llamo Andy Miller. Tengo veintiún años. He sido miembro de la Iglesia toda mi vida y soy gay. No digo que eso no me defina, porque sí es una gran parte de lo que me caracteriza. Pero, como todo el mundo, para mí hay mucho más en la vida que eso. Declarar mi opción sexual es un proceso; así lo hice, sin ostentación ni rueda de prensa.
Tonya: Él lo hizo por razones pragmáticas; solo quería que dejáramos de pedirle que saliera en citas. Íbamos en el auto una noche y dijo algo que me hizo decir: “Oh, ¿eres gay?”. Y me dijo: “Sí”.
Andy: Le tomó unos segundos entender lo que había dicho.
Tonya: Dije: “Bueno”.
Andy: Había imaginado ese momento más hermoso y dramático; que me abrazaría y me diría que me ama.
Tonya: Le dije: “Bueno, ¿qué hay de las jovencitas que parecían gustarte?”.
Andy: Su reacción no fue la que yo esperaba.
Tonya: Soy la supermamá ¿cierto?
Andy: Declararse gay es incómodo; no hay cómo hacerlo bien.
Tonya: Me estaba abriendo su alma sobre algo que le aterra, pero que forma parte de él.
Andy: Luego, claro, siguió la pregunta de cómo afectaba eso a mi vida y ninguno de los dos supimos responderla en ese momento. El que ella no lo supiera me asustó un poco.
Tonya: Planeamos las vidas de nuestros hijos mucho antes de que nazcan. Ellos van a hacer esto y esto, y luego, con cada hijo te enfrentas a sorpresas, y dices: “Ya veo… Yo no lo decido todo”. Lo que puedes darles es amor. No tengo las respuestas; quisiera tenerlas. Siempre oro: “Padre Celestial, esto es lo que quisiera saber hoy”. Entre Andy, Dylan y yo hemos aprendido a reírnos, y eso ayuda; realmente ayuda.
Andy: Se requiere mucha fe para poner tu vida en las manos de Dios y decir: “Confío en que la guiarás adonde debe ir”.
Tonya: No creo que ninguna persona heterosexual pueda imaginarse el dolor de alguien que, como Andy, tiene un testimonio pero no logra entender su situación. ¿Cómo logré conciliar las cosas? Fui al templo una y otra, y otra, y otra vez, y salía sin recibir mucha revelación, sin grandes experiencias; pero no perdí mi testimonio. Ese ha sido el principal don para mí desde entonces.
Cada quien tiene su propia experiencia; en mi caso, pude llegar a entender la Expiación como nunca antes. Mi relación se ha vuelto mucho más personal con Cristo gracias a ello.
Dylan: El pasaje de Proverbios acerca de “confiar en el Señor con todo tu corazón” se convirtió en nuestro lema. Vimos que no teníamos todas las respuestas y que quizá nunca las tendremos en esta vida, pero debemos seguir con lo que sabemos: que amamos a nuestro hijo Andy y que el Padre Celestial también lo ama.
Tonya: Iba al templo constantemente y la pregunta que yo hacía cada vez era: “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”. Con el tiempo, aprendí que esa no era la pregunta. La pregunta que uno puede hacer, según aprendí del Espíritu Santo es: “¿Cómo puedo ser la madre que este hijo de Dios necesita?”. Para cada persona, cada niño, hay un plan. No conozco todas las respuestas, pero Él sí. Cuando pude aceptar eso, que entendí… Bien, viviré con ambigüedad espiritual, esa va a ser mi situación, y me pregunté “¿Cómo? ¿Cómo puedo ayudar?”.
Andy: Todos merecemos el amor y el apoyo de los demás y así es como debe ser la Iglesia de Jesucristo. No solo en el contexto de los LGBT, sino en los demás también. Vivir el día a día —sin centrarse en el mañana, porque no podemos saber qué traerá el mañana, cómo nos sentiremos, qué sabremos que ahora no sabemos—; eso trae mucha paz. Te permite sacar el máximo provecho del presente. A la larga, el centrarme en lo que puedo controlar y en lo que más sé, hace que las cosas mejoren.
Tonya: Ahora mismo, Andy tiene veintiún años y está activo en la Iglesia. Él no piensa cambiar eso hoy. Él es lo suficientemente sabio como para decir: “Voy actuando de día en día” y “No sé dónde estaré en veinte años”, ni nadie lo sabe. Mi trabajo como madre es amar a mis hijos, sin condiciones. Así es, y nada lo puede cambiar.
Dylan: Estamos en oración permanente y así seguiremos. Puedo decir que siempre lo amaré y deseo lo mejor para él.
Tonya: Dylan y yo lo amamos. Eso no cambiará nunca, nunca. Él averiguará con el Padre Celestial los detalles de su misión en la tierra y nosotros solo estamos para apoyarlo y amarlo cada día. Lo amamos de día en día.
La historia de Tonya (continuación)
Según Tonya Miller, el declarar la orientación sexual es un proceso, no un hecho concreto. Por lo menos, eso es lo que ella ha presenciado con su hijo Andy. Y, a pesar de la ambigüedad espiritual que aún acompaña al hecho de ser Santo de los Últimos Días y gay, lo importante es que Andy se siente seguro siendo él mismo, y esto es algo que él nunca había experimentado.
Mi hijo Andy se identifica como Santo de los Últimos Días y gay. Sería muy conveniente que yo pudiera escribir acerca de mi experiencia de ser la madre de Andy, como si contara la historia con la sabiduría que brinda la retrospectiva y el beneficio de la resolución. En cambio, resulta difícil escribir una relación de acontecimientos, pensamientos y sentimientos que están profundamente conectados con cada aspecto de mi vida. Por tanto, lo que sigue solo son experiencias individuales extraídas de una historia eterna que aún está en pleno desarrollo.
Hubo varios momentos en la vida de Andy, incluso desde la infancia, en los que tuve la fuerte impresión de que él era gay.
Saber ese tipo de cosas desconcierta, por lo que hice lo que hacen muchas personas con las inspiraciones que producen más confusión que revelación al momento de recibirlas: intenté ignorarlas.
El declarar la orientación sexual es un proceso, no un acto concreto.
Andy habló conmigo al respecto el verano en que se graduó de la escuela secundaria, antes de mudarse para asistir a BYU. Me dijo que era gay una noche que íbamos los dos solos en el auto a algún lugar. Se decidió a hacerlo mayormente por razones prácticas: él esperaba que así yo dejara de insistir en que saliera más con chicas. No recuerdo mucho los detalles de nuestra conversación. Al mirar atrás, sé que dije algunas cosas torpes y probablemente desconsideradas. Pero cuando volvimos a casa esa noche y acabó nuestra conversación, Andy sabía sin ninguna duda que yo lo amo y que mi amor no conlleva ningún tipo de condiciones. Ser su madre siempre me ha producido gozo y así será para siempre.
Esa noche, mientras Andy y yo íbamos hablando en el auto, me prometí a mí misma que jamás dejaría a Andy verme llorar porque él fuera gay. Por eso, en cuanto llegamos a casa, me fui a la cama, donde empecé a sollozar. Ya todos dormían en casa cuando llegamos. Dylan, mi esposo, se despertó y me preguntó qué me pasaba.
Yo: “¿Sabías que Andy es gay?”.
Dylan: “No”.
Yo: “Pues sí, lo es. Me lo acaba de decir”.
Dylan: “Vaya. ¿Hay algo que deba hacer ahora mismo?”.
Yo: “¿Quizás podrías ir a decirle que te lo he contado?”.
Dylan se levantó, bajó las escaleras, tocó en el cuarto de Andy y le pidió que lo dejara entrar. Le dio un abrazo y le dijo: “Mamá me lo ha contado. Te amo”. Y volvió a la habitación y se quedó dormido tres minutos más tarde. Andy describe esa experiencia como una de las más conmovedoras de su vida.
Menciono esta segunda historia porque refleja la creencia que llevo arraigada en mí de que Andy es nuestro hijo por designio divino. Dylan es científico, un médico entrenado para diagnosticar rápidamente y con precisión. Él percibe los aspectos más relevantes de la mayoría de las situaciones casi inmediatamente. Por mi parte, yo soy trabajadora social, terapeuta. Abordo los problemas considerando que tienen muchas facetas y muchos factores. Quiero explorar cada aspecto de una cuestión por el proceso en sí mismo, independientemente de su posible relevancia para lograr un buen resultado. Todas las historias son sagradas para mí. El hecho de que Dylan y yo lográramos transmitir el mismo mensaje de amor incondicional a Andy esa misma noche, cada uno a su manera, es un testimonio para mí de que el Señor nos ha guiado desde el primer día en nuestro proceso.
Independientemente del hecho de que mi amor por Andy no ha cambiado desde que él me hizo esa declaración, aún siento que se me movió el piso, espiritualmente hablando.
Yo tenía un montón de preguntas y muchos temores. Mi manera de hallar paz y las respuestas que anhelaba fue asistiendo al templo, muchas veces. La pregunta que llevaba al templo era la misma cada vez:
Quería que el Padre Celestial me enseñara la manera de ayudar a Andy a tener éxito en su misión terrenal.
Mis experiencias en el templo, en ese entonces, solidificaron mi fe en la expiación de Jesucristo. Asimismo, se robusteció mi conocimiento de que el Padre Celestial conoce íntimamente a cada uno de Sus hijos y nos ama individualmente, con más profundidad de lo que alcanzamos a entender. Muchas veces, salía del templo desilusionada por no haber experimentado un momento de iluminación del tipo “¡eureka!”. Pero una de las cosas que aprendí en ese tiempo fue que las respuestas a las preguntas espirituales, por lo general, solo vienen luego de mucho esfuerzo espiritual. El asistir al templo cada semana era solo una parte del esfuerzo que se requiere para desarrollar la relación que necesitaba para que el Salvador me guiara.
Entretanto, con frecuencia me sentía aislada y triste. Me preocupaba el hecho de que mi capacidad de recibir guía se viera entorpecida por una tristeza basada en el orgullo, al no poder ser capaz de producir la familia Santo de los Últimos Días perfecta, según el estereotipo. Satanás se sentía victorioso conmigo. Cada pregunta que yo me hacía sobre “El Plan” erosionaba mi confianza. Me sentía como en un subibaja emocional y espiritual, continuamente oscilando entre la euforia y la depresión. Ahora sé que esas experiencias fueron vitales para estar en condiciones de hallar y compartir la paz que finalmente obtuve.
Uno de los dones más importantes, que recibí en esa época de mi vida fue la capacidad de vivir con la ambigüedad espiritual, por no tener un mejor nombre para eso.
No tengo todas las respuestas a las preguntas espirituales que atañen a la atracción hacia personas del mismo sexo. Quiero las respuestas, pero no puedo obtenerlas por ahora.
El haber llegado a ese punto, en que mi fe no se veía afectada por la ambigüedad, fue esencial para hallar la paz que necesitaba.
Andy habló sobre su orientación sexual con sus líderes del sacerdocio antes de enviar su candidatura misional. Sirvió cinco meses en Uruguay antes de ser relevado honorablemente. Durante su misión, experimentó una depresión profunda y una grave ansiedad. Como parte del proceso de sanación de su enfermedad mental, Andy decidió que quería vivir en forma más auténtica, identificándose abiertamente como Santo de los Últimos Días y gay.
Dylan y yo le pedimos que esperara hasta que hubiésemos hablado de sus experiencias con los miembros de la familia, y él accedió gentilmente. Nos preocupaba la perspectiva de tener que explicarlo a sus hermanos. Andy es el mayor de nuestros cuatro hijos; en aquel entonces le seguían su hermana, de dieciséis años, y dos hermanos de once y siete años. El varón de once años tiene cierto grado de autismo. Luego de pensarlo y orar mucho, decidimos tratar el asunto en una noche de hogar. La conversación se centró en los hermanos menores de Andy y transcurrió más o menos de esta manera:
Dylan: “Chicos, ¿han escuchado alguna vez las palabras homosexual, gay o lesbiana?”.
Ambos hermanos: “¡Sí!”.
Yo: “¿Saben lo que significan?”.
Niño de once años: “Creo que es que ellos son ‘góticos’: se visten de negro y se hacen perforaciones en muchas partes del cuerpo”.
Yo: “Bueno, me imagino que hay homosexuales que también son ‘góticos’”.
Dylan: “Homosexual significa que alguien se siente atraído por otras personas del mismo sexo. Por ello, un hombre gay se sentiría atraído por los hombres, y una mujer lesbiana por las mujeres”.
Yo: “¿Conocen a alguien que sea gay?”.
Ambos chicos: “De ninguna manera”.
Yo: “De hecho, ¡sí conocen a alguien!”. Les daré algunas pistas y ustedes me dicen cuando lo hayan adivinado. El color favorito de esta persona es el azul. Su comida favorita es el ravioli. Habla español. Le encantan los aviones”.
Niño de once años: “¿Andy?”. (A esto le siguieron grandes risotadas).
Niño de siete años: “Qué va, ¿nos dices que tenemos un hermano gay?” (pasa a ser una risita).
Dylan: “Solo queríamos que lo supieran, chicos. Probablemente tendrán preguntas y podremos hablar de ello cuando quieran. No es ningún secreto ni nada parecido. No es algo malo. ¿Tienen alguna pregunta ahora mismo?”.
Niño de once años: “Yo tengo una. ¿Podemos volver abajo para jugar con la Nintendo?”.
Y así fue.
Luego de contárselo a nuestros hijos, enviamos un correo electrónico a nuestros padres y hermanos, titulado “Sobre la marcha”, en el que explicamos algunas cosas de las experiencias de Andy como Santo de los Últimos Días y gay; pero en el que principalmente expresamos nuestro amor por él y el gozo que trae a nuestra vida. No hubo anuncio en las redes sociales, ni en blogs; simplemente, dejó de ser un secreto.
Poco a poco, hemos ido compartiéndolo por aquí y por allá. En estos momentos, ninguno sabemos con seguridad quién lo sabe y quién no.
Lo importante es que Andy se siente seguro siendo él mismo; esto es algo que él nunca antes había experimentado.
Me conmueve particularmente verlo navegar por la vida en sus propios términos, sintiendo confianza en quién es él, adónde quiere ir y lo que desea llegar a ser.
Recuerdo un día, poco tiempo después de que Andy me declarara su situación, que yo me estaba preguntando: “Si tan solo pudiera saber cómo es ser como él, quizás podría entenderlo mejor. Quizás me preocuparía menos por él”. El Espíritu me habló en ese momento con claridad y me enseñó que mi pregunta no tenía sentido. La pregunta que debía formular era: “¿Cómo puedo ser la madre que él necesita?”.
Creo que, en esencia, esta es la pregunta que debe hacerse cada miembro de la Iglesia con respecto a este asunto: “¿Cómo puedo ser el hermano o la hermana en el Evangelio que esta persona necesita?”. Las respuestas serán tan individuales y únicas como lo son todos los hijos de Dios. Pero puedo decirles, sin lugar a dudas, que esta pregunta nos conducirá a una jornada espiritual hermosa y esperanzadora, que nos afirmará y nos hará reflexionar en cuanto a nuestros compromisos personales como discípulos de Cristo.
La historia de Andy: el hijo de Tonya
Mientras crecía, Andy Miller entendía que ser gay era simplemente algo muy, muy malo. El tema nunca se trataba de una manera abierta y sana. Al comenzar a darse cuenta de sus sentimientos por los hombres, se sentía atrapado en un vacío cada vez más profundo: la diferencia entre cómo actuaba exteriormente y cómo se sentía interiormente. No halló paz hasta que concilió esos sentimientos y comenzó a vivir en una manera auténtica.
Dicen que la primera persona ante quien reconoces tu homosexualidad es ante ti mismo. Mientras crecía, sabía que era un poco diferente a la mayoría de mis compañeros. Ser gay era algo de lo que nunca hablábamos; me refiero a hablar verdaderamente de ello, en una forma sana y abierta. Por lo general, solamente se mencionaba de pasada, siempre con las connotaciones más críticas y acompañado de definiciones cortantes solo cuando era necesario. En consecuencia, yo sabía muy poco acerca de lo que realmente significa ser gay o cómo era, pero según lo entendía, era muy, muy malo. La falta de comprensión me dejó sin nada a lo que pudiera recurrir para encontrar respuestas o apoyo.
Por suerte, las cosas eran un poco diferentes en casa. Atribuyo gran parte de mi fortaleza, confianza y percepción de mí mismo a la manera en que me crie. Mis amorosos padres fueron siempre un apoyo para mí en todo lo que amaba y todo lo que procuraba conseguir y ni una sola vez temí perder eso. Dicho esto, no teníamos muchas conversaciones sobre el tema en nuestra familia tampoco, no por temor ni en nombre de la rectitud moral, sino porque simplemente nunca surgía el tema.
Mirando hacia atrás, resulta fácil ver cómo esta fase de negación desempeñó un papel muy importante en mi proceso hasta declararme homosexual. Me permitió actuar como si todo fuera normal mientras asimilaba las cosas a mi propio ritmo, hasta que me sentí lo suficientemente confiado con mi identidad como para compartirla con los demás. Sin embargo, en un sentido más real, fue un poco más triste. Este método fragmentado de lidiar con mi realidad era más una táctica de supervivencia que un mecanismo de enfrentamiento práctico. Me encontraba atrapado en un vacío cada vez más profundo, una discordancia entre cómo actuaba exteriormente y cómo me sentía interiormente.
Ahora casi me parece una tontería que incluso llegara a considerar mi sexualidad como algo ambiguo, ya que era tan evidente en ese momento. Lo cierto es que mi negación, en realidad, no era solo externa. Verdaderamente yo mismo me lo creía. No pensaba que fuera a cambiar, pero tenía que estar seguro, no solo de que experimentaba atracción hacia personas del mismo sexo, sino de que no podía en ningún modo experimentar atracción por el sexo opuesto en ese momento de mi vida.
Llegué a ese punto en mi último año de secundaria, cuando ya me acercaba a la edad adulta. No habían cambiado mis sentimientos de atracción —más bien, eran más fuertes que nunca— y me di cuenta de que era auténticamente incapaz de mantener una relación verdadera y completa con una mujer. Tanteé esta inevitabilidad lentamente y aprendí a buscar maneras en que podría llevar una vida feliz y significativa como soltero. Adapté mis expectativas para el futuro y, en lugar de centrarme en el matrimonio y en formar una familia, me concentré en la formación académica, en mi familia inmediata y en viajar. Me había mudado muchas veces mientras crecía, así que ya había aprendido a lidiar con la soledad y a ser feliz por mí mismo. Las experiencias de sentirme solo y de no apoyarme en los demás para sentirme realizado en la vida me ayudaron a acercarme más a mi Salvador y a cultivar una fuerte percepción de mí mismo. Sabía que, aunque era probable que viviera toda mi vida sin casarme, nunca estaría verdaderamente solo. Esto me brindó un gran consuelo.
El primer año de mis estudios en BYU fue muy difícil; socialmente, me costó encontrar mi lugar. Comencé a afrontar una serie de problemas mentales muy pronto, los cuales persistieron a lo largo del curso escolar y repercutieron enormemente en mis notas. Si bien estos no eran el resultado de mis dificultades por el hecho de ser Santo de los Últimos Días y gay, esto ciertamente me complicó el afrontar esas cuestiones.
Poco después de terminar el curso escolar, fui llamado a servir en la Misión Uruguay Montevideo Oeste. Debía presentarme en el CCM de Argentina, en Buenos Aires, a finales de agosto de 2013. Sin embargo, durante ese tiempo, mi salud mental declinó gravemente; fui relevado honorablemente y volví a casa después de cinco meses de servicio.
Después de volver de la misión, comencé, poco a poco, a contar a más personas que era gay. Puedo decir sinceramente que esta franqueza solamente se vuelve más fácil hasta cierto punto, e incluso entonces, solo ligeramente más fácil. No voy diciendo mucho por ahí que soy gay, solamente lo menciono si es necesario. A pesar de ello, el hecho de hacerlo ha continuado aportándome paz y gozo en la vida, ya que me permite vivir de una manera más genuina.
A medida que me he abierto más en cuanto a mí mismo y a mis sentimientos, he notado que mis deseos han madurado y han llegado a ser más coherentes y sanos. Mientras crecía, mis atracciones me parecían más superficiales, más carnales y más difíciles de controlar. Sin embargo, al empezar a vivir en una manera genuina, me di cuenta de que mis deseos, e incluso mis atracciones, iban evolucionando a medida que me daba cuenta de lo que me traería la felicidad verdadera y duradera. Oigo a muchas personas que definen la atracción hacia personas del mismo sexo como una tentación. Según mi experiencia, esto es simplificar demasiado las cosas, tal como lo sería si se describiera así la atracción hacia personas del sexo opuesto. Naturalmente, existe una tentación inherente en ella, pero no es en sí y por sí misma una tentación. La única diferencia radica en el objeto del afecto. La atracción hacia personas del mismo sexo tampoco es una enfermedad.
El primer desafío y el más grande que he afrontado, tanto antes como después de “declararme gay”, es dolor en el corazón, en diversas formas. Una forma es la soledad. Al principio, estaba bastante comprometido con la idea de que viviría una vida célibe, ya que eso sería necesario para mantener todas las bendiciones del Evangelio. Hasta ese momento, principalmente solo conocía la atracción física. Sin embargo, cuando dejé de reprimir mis sentimientos y comencé a pensar en lo que realmente quería en la vida, llegué a percibir el tipo de gozo que se puede sentir al compartir la vida con alguien a quien amas de verdad. Algunos días es más fácil que otros afrontar la probabilidad de que pase por esta vida sin casarme.
En el gran plan de las cosas, sé que puedo vivir una vida feliz y satisfactoria como persona soltera. A pesar de ello, sin embargo, quizá mantenga siempre el anhelo de disfrutar de ese tipo de compañía.
A pesar de las pruebas que he superado y de los desafíos que enfrento, ser Santo de los Últimos Días y gay me ha enseñado lecciones en maneras profundas que nunca antes me habría imaginado. Podría decirse que las más importantes son las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Mis experiencias como Santo de los Últimos Días y gay han fortalecido mi fe al aprender a vivir con ambigüedades, a reconocer el Espíritu y a poner mi confianza en el Señor y en Su propio tiempo.
Una de las lecciones más hermosas que he aprendido es la de la esperanza. No tengo forma de saber si alguna vez podré encontrar a alguien con quien pueda pasar mi vida. De manera realista, las probabilidades no son muy altas. A pesar de ello, vale la pena que luche por ello y sea optimista al respecto. Lo mismo ocurre con el Evangelio. No tenemos manera de demostrar tangiblemente que muchas de las cosas que anhelamos se llevarán a cabo, pero luchamos por ellas contra viento y marea, ya que valen la pena. Por último, he aprendido la caridad a medida que he perseverado en mis propias dificultades y observado a los demás perseverar en las suyas.
He llegado a comprender el valor del amor puro de Cristo. Sé que Dios vive y que nos ama. Él nos conoce a cada uno de nosotros plenamente, ya que nos creó. Sé que Cristo expió no solo nuestros pecados, sino también nuestros dolores y aflicciones en la vida terrenal. Tengo fe en que estamos en Sus manos, que todo saldrá bien, ya que es Su designio divino. Tengo un testimonio del poder y la belleza de la caridad. Amo a mi Salvador y a mi Padre Celestial, y me siento agradecido cada día por las bendiciones y experiencias que se me han otorgado en esta vida.
La historia de Robin: el obispo de Tonya
Robin ve a Andy como todo obispo ve a un fiel miembro de su congregación. Todos tenemos desafíos; el de Andy es sentir atracción hacia personas del mismo sexo. Sin embargo, eso no lo excluye de tener un llamamiento y servir a su familia del barrio. De acuerdo con Robin, la presencia de Andy es una bendición para su barrio.
Mi relación con Andy y la familia Miller carece de cualquier dramatismo. Por mi parte, no ha habido ningún rescate emocional ni largas y angustiosas entrevistas con Andy. Él no ha pedido ninguna atención especial, y tanto él como su familia han hecho una enorme contribución a nuestro barrio desde su llegada. Digo esto porque me parece que Andy nunca ha querido hacer un gran problema de su orientación sexual.
Le gusta ser tratado como a los demás. Y ¿por qué no? Él no es distinto de ninguno de nosotros. Todos tenemos nuestras experiencias singulares y, juntos, nos apoyamos unos a otros.
El padre de Andy, Dylan, es nuestro presidente de Hombres Jóvenes. Su madre, Tonya, es maestra de Doctrina del Evangelio. Su hermana menor y sus hermanos están activos en sus respectivas clases y cuórums. Andy es consejero en el cuórum de élderes; es un apoyo para su presidente y sirve fielmente.
En realidad, mis consejeros y yo consideramos a Andy de la misma manera que consideramos a cualquier otro miembro del barrio o miembro de la comunidad. Él no ha hecho nada malo, hasta donde tengo conocimiento. Por supuesto que no es perfecto, pero ninguno de nosotros lo es. Todos esperamos beneficiarnos de la reconciliación con el Señor que es posible mediante la expiación de Jesucristo.
Andy vivía en su anterior barrio y estaca cuando envió sus papeles para la misión. El hecho de que Andy quisiera servir una misión indica que tiene un testimonio, una creencia en nuestro Salvador y en la restauración del Evangelio. Cuando llegó su llamamiento misional, Andy y su familia se enteraron que había sido llamado a servir en Uruguay. Me invitaron a acompañar a la familia cuando Andy fue apartado por el presidente Crandall. La escena fue como cualquier otro apartamiento al que he asistido. Se le dio a la familia la oportunidad de compartir sus sentimientos y consejos; rieron y lloraron. Andy hizo un esfuerzo valiente por servir como misionero de tiempo completo, pero por motivos que pueden estar relacionados o no con su atracción hacia personas del mismo sexo, no pudo terminar su misión de tiempo completo y se le dio un relevo anticipado. Deseo recalcar que no fue por causa de cualquier renuencia por parte del presidente de misión de que Andy continuara su servicio; más bien, se debió a algunos problemas de salud mental que Andy estaba sufriendo en ese momento.
Cuando regresó a nuestro barrio, sé que Andy estaba desilusionado por no ser capaz de terminar su misión. En una entrevista conmigo, expresó su deseo de permanecer fiel en la Iglesia y servir al Señor de otras maneras. Que yo sepa, la fe de Andy nunca ha flaqueado.
Poco después del regreso de Andy, su presidente del cuórum de élderes pidió que él fuera llamado para servir como uno de sus consejeros. Analizamos esto como obispado y sentimos que el llamamiento sería bueno para Andy y los miembros del cuórum. Sentimos que el llamamiento era inspirado e hicimos la recomendación al presidente de estaca. No tuvimos ningún motivo para negar a Andy esta oportunidad. Desde entonces, ha servido bien y fielmente. Asiste a las reuniones de presidencia, visita a los miembros del cuórum con los demás miembros de la presidencia y en general se comporta como un buen consejero. Cuando el presidente del cuórum de élderes no está disponible, Andy asiste a nuestras reuniones de consejo de barrio y de comité ejecutivo del sacerdocio.
El tiempo que ha estado en nuestro barrio, Andy ha sido aceptado por la congregación. Muchos no saben de la atracción hacia personas del mismo sexo que Andy siente. Aquellos que lo saben lo tratan con el amor y respeto que corresponden a cualquiera de los hijos de nuestro Padre. Andy lo facilita al corresponder con amabilidad y cordialidad.
Andy es el único que podría hablarnos de cómo ha sido para él vivir en un ambiente Santo de los Últimos Días experimentando atracción hacia personas del mismo sexo. Pero desde mi punto de vista, él es feliz y equilibrado, si bien es una persona tranquila y reservada. Tiene una familia que es increíblemente comprensiva y vecinos y amigos que lo tratan con bondad y amor. Su presencia ha sido una bendición para nuestro barrio.
Creo que el Salvador nos ama a todos por igual y se ha ofrecido a Sí mismo como rescate por todos los hijos del Padre. Él no hace acepción de personas y nos invita a todos a recibir las bendiciones de Su expiación. Creo que Él entiende y siente empatía por causa de los diferentes desafíos que enfrentamos, independientemente de su naturaleza.
Creo que Él está al tanto de Andy, lo conoce por su nombre y lo ama sin reserva alguna, tal como lo hemos venido haciendo en nuestro barrio.