Atracción hacia personas del mismo sexo
La historia de Ricardo


“La historia de Ricardo”, Atracción hacia personas del mismo sexo: Historias de miembros, 2020

“La historia de Ricardo”, Atracción hacia personas del mismo sexo: Historias de miembros

La historia de Ricardo

La historia personal de Ricardo

7:14

Ricardo: Me llamo Ricardo. Soy un Santo de los Últimos Días; soy padre de seis hijos y siento atracción hacia los hombres. Debo decir que me he pasado la vida tratando de descubrir el panorama completo de las cosas. Recuerdo que de niño, me interesaba por el arte. Ese era mi escape, el crear cosas. Los amigos que conocía o los niños de la escuela jugaban al fútbol y otras cosas que no me gustaban mucho. Recuerdo la primera vez que mi padre me hizo ir a su habitación y me dijo: “Cuida tus gestos. Debes hablar más como los hombres. Tienes que hacer lo que hacen los varones”. Y después de eso, me fui a mi habitación y empecé a llorar. No podía entender cuál era el problema en ser yo mismo.

Hice lo que se supone que cada niño Santo de los Últimos Días debe hacer: recibir el sacerdocio, repartir la Santa Cena, servir en una misión. Lo hice, pero nunca me sentí lleno del todo. Luego de servir una misión de la Iglesia por dos años, vine a los Estados Unidos para estudiar diseño gráfico. En ese tiempo, conocí a mi esposa. Desde el primer día, sentí una atracción real hacia ella.

Elizabeth: Me acababa de mudar a un apartamento cuando conocí a Ricardo. Era mi último año de universidad y no le di importancia. Entonces, él me invitó a salir, y fuimos progresando.

Ricardo: Había algo impresionante en ella y me gustaba cómo me sentía a su lado. Y pensé: “Quiero eso; quiero sentirme así todo el tiempo”. Al ir más en serio, pensé que era importante hablarle de mis pensamientos y sentimientos hacia los hombres, pero no lo dije así: “Me siento atraído por los hombres”. Me daba terror decirle eso.

Elizabeth: Sí. Eso fue una sorpresa. Fue un shock. No me lo esperaba. No creo que nadie se espere algo así. Pero sabía el tipo de persona que él era y eso no cambió mis sentimientos por él. Yo aún lo amaba y quería continuar nuestra relación.

Ricardo: Muchas personas se preguntan: “¿Cómo dices que te sientes atraído por tu esposa y dices que te sientes atraído por los hombres?”. Admito que no tengo una explicación para eso. Todo lo que puedo decir es que así nací yo. Hace unos años, me contrataron como director creativo para la Iglesia y, en una reunión de trabajo, conocí a un colega que era gay declarado. Y me impresionó verlo hablar con confianza y sin vergüenza sobre su atracción hacia personas del mismo sexo. Recuerdo que fuimos a almorzar y empecé a contarle cosas, y me sentí bien al poder hablar con alguien con quien podía sentirme identificado, que me ayudó a encontrar ayuda y que me ayudó a entenderme mejor a mí mismo, porque él había pasado por eso.

Estaba experimentando un completo despertar en mi alma y en mi corazón. Gracias a este proceso, empecé a conectar las piezas del cuadro de mi vida y comencé a crear una gran red de amigos y de apoyo.

Elizabeth: Él empezó a hacer amigos y a asistir a charlas y regresaba realmente feliz y lleno de energía. Me dijo que se sentía más equilibrado. Pero para el verano, yo ya estaba cansada. Se la pasaba enviando mensajes y planeando cosas, y yo me alegraba porque era bueno para él, pero al mismo tiempo me sentía desplazada.

Ricardo: Ella me dijo que estaba feliz de que yo me sintiera más seguro, más sereno y en paz, pero que ella se sentía como una madre soltera, porque yo trabajaba tantas horas y al llegar a casa me llamaban o escribían esos amigos y ella necesitaba de mi tiempo y atención. No me había dado cuenta de cuánto tiempo le robaba a mi familia y a mi esposa. No estábamos yendo juntos en este proceso. Me comprometí a dejar de lado mi teléfono en casa, para dedicarme a los niños y a ella. Y eso ayudó.

Elizabeth: Creo que le tomó al menos cuatro meses, después de haberse abierto y sincerado con respecto a todo, para establecer relaciones sanas con otros hombres; pero yo necesitaba equilibrio en nuestra vida.

Ricardo: Al contemplar todas las imágenes que conforman mi vida, el cuadro se ha ido definiendo, con Dios en el centro de mi vida y yo estirándome hacia Él por entre las espinas espirituales de mi vida. La imagen completa, de ser gay y Santo de los Últimos Días, ahora tiene un significado diferente para mí. Antes, el solo hecho de tener esas atracciones me hacía sentir muy desconectado de Dios y del Salvador. Pero era la percepción que tenía de mí y cómo me veía en relación con el Salvador. Nunca me sentía completamente digno de Él. Me he liberado, ya que puedo hablar de esto con mi esposa y con personas queridas y obtener su apoyo. El poder ser yo mismo ha sido lo más asombroso: que no necesito ser perfecto, que en realidad puedo reconocer la atracción y seguir adelante con mi vida. Hay poder en sacar a la luz mis sombras y permitir que la luz de Cristo las toque y las sane. Es como completar el cuadro. Es como estirarme y avanzar hacia la luz. No es un proceso solitario. Yo diría que es un proceso familiar; de una comunidad. El apoyo de mi obispo, de mi esposa y de mis amigos y colegas en el trabajo; el sentir su amor y apoyo en mi vida; por medio de ellos siento el amor y apoyo de Dios.

Las atracciones no van a desaparecer; van a estar allí toda mi vida. Pero no siento que me esté perdiendo algo en la vida. Para mí, eso es ser auténtico. Es hallar esa felicidad fundamental en tu interior. Y para mí, es importante que esa felicidad concuerde con mis creencias en el Evangelio. Eso es lo que ha funcionado para mí.

La historia de Ricardo (continuación)

No siempre es fácil abrirse. Exponerse a los demás es complejo y requiere de mucho valor. Este año ha sido importante porque finalmente admití que me siento atraído hacia los hombres. Siempre lo he sentido, aunque no lo entendía realmente, ni sabía cómo vivir de forma genuina. Que uno acepte esto puede resultar difícil de entender para algunos Santos de los Últimos Días. Puede dar la impresión de que por aceptar mi atracción hacia personas del mismo sexo estoy quebrantando los mandamientos. Para mí, no hay nada más lejos de la realidad. Esa comprensión y autenticidad otorga paz a mi vida.

Permítanme compartir con ustedes mi historia para ilustrar cómo mi atracción hacia personas del mismo sexo ha pasado de ser algo doloroso, penoso y vergonzoso a ser una bendición. Sí, ¡una bendición!

Me siento feliz de saber en mi corazón que mi atracción hacia personas del mismo sexo no me define como persona ni como hijo de Dios. Y me ha provisto de herramientas para bendecir la vida de los demás en tanto que sigo al Salvador.

Mi historia comenzó cuando tenía cuatro años. Nací y crecí en la Ciudad de México, siendo el mayor de cinco hermanos. Crecí en un ambiente atestado de personas, con poca privacidad y con muchos familiares y visitantes entrando y saliendo.

Dos hombres que estuvieron viviendo con nosotros abusaron sexualmente de mí haciéndolo parecer un juego de niños. A esa edad, yo no podía entender lo que estaba sucediendo; solo recuerdo que me sentía conectado con ellos por las sensaciones que provocaban en mí. Fue algo extremadamente potente y confuso para mí. No hubo agresión, por el contrario, me daban caramelos y me brindaban atención.

El arte de Ricardo

Esa atención era algo que yo ansiaba y agradecía. Desafortunadamente, era algo que alteró mi alma e influyó durante toda mi vida en la manera en que percibía a los hombres y me relacionaba con ellos. No estoy seguro de si esos hechos fueron la causa de mi atracción física hacia los hombres, pero sí contribuyeron a que tuviera sentimientos y hábitos que me han acosado por años.

Debatir sobre la causa de mis sentimientos no me interesa. Lo importante para mí es que ahora puedo entender cómo afectó esa experiencia a la manera en que me veo a mí mismo como hombre y como hijo de Dios.

Siempre me he sentido en conflicto con mis sentimientos de dignidad. ¡Conviví con la vergüenza durante más de cuarenta años de mi vida! Afortunadamente, me crie en un hogar amoroso. Siempre fui miembro activo de la Iglesia. Eso realmente me ayudó y me otorgó esperanza. Dicho esto, siempre me sentí indigno del Salvador.

Al crecer, sentía como si yo tuviera una perspectiva y una valoración diferente de las cosas. Me encantaba dibujar, ser creativo y comprensivo y valoraba la belleza y lo estético en todo lo que me rodeaba. Recuerdo que confeccionaba vestidos para las muñecas de mis hermanas usando servilletas de papel. ¡A ellas les encantaban esos vestidos! Claro que tenía que hacerlo sin que mi padre me viera. En más de una ocasión, mi padre me decía que hablara más como los hombres, que jugara al fútbol, que tuviera una novia y me interesara por las cosas de los varones. Esto me hizo llorar muchas veces, ya que no entendía por qué eso era tan importante; no le estaba haciendo daño a nadie. Sé que él me decía esas cosas por amor, pero sus comentarios hacían que sintiera más vergüenza y que me sintiera más y más diferente. Creo que por eso, hasta ahora, nunca me sentí con fuerzas para hablar con él acerca de mis sentimientos de atracción hacia las personas del mismo sexo. Mi padre era muy amoroso y lo sigue siendo, pero nunca sentí una conexión estrecha con él; eso es algo en lo que estamos trabajando.

En la escuela me fijaba en chicos atractivos, así como en algunas chicas, pero este conflicto me atormentaba. Fue un conflicto que mantuve en secreto, escondido detrás de capas de muros que construí para protegerme.

Una de esas capas protectoras fue la comida. Llegué a pesar en algún momento de mi vida más de 140 kg (300 libras). No me sentía atractivo ni tenía confianza; me sentía muy inseguro en mis relaciones, tanto con los hombres como con las mujeres. Esta lucha también produjo heridas en mi alma. Sabía que el Salvador estaba dispuesto a ayudarme, pero no sabía cómo allegarme a Él. Lo único que me infundía valor era visualizar que el Salvador me llevaba cargado.

Asistí a la universidad en los Estados Unidos y allí me esforcé por saber qué era lo que sentía, especialmente por los hombres con quienes me relacionaba. Uno en particular dejó un vacío en mi alma cuando se fue a la misión. Recuerdo que pensaba y me decía: “¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué me siento así?”. Sabía que necesitaba ayuda, pero no sabía por dónde comenzar. Me armé de valor para hablar con un terapeuta de la universidad, que me ayudó a abordar la cuestión del abuso sexual, algo que ya me resultaba bastante difícil, pero yo no estaba listo para hablar sobre la atracción hacia personas del mismo sexo.

A los veintisiete años comencé a sentir que necesitaba un propósito mayor en mi vida. Me daba mucho miedo siquiera pensar en el matrimonio. Sinceramente, pensaba que me iba a quedar soltero toda la vida. Le pedí al Padre Celestial que me ayudara a seguir el Espíritu para identificar a la persona con la que debía casarme. Poco después, conocí a mi esposa. Recuerdo vívidamente el día en que nos conocimos. Me sentí atraído hacia ella desde el primer día. Parecía feliz, hermosa y segura. También tenía paz en su semblante y yo deseaba esa paz en mi vida.

Ricardo pintando

Comenzamos a salir. A veces, me resultaba emocionalmente difícil estar con mi novia en un espacio público y ver a hombres que me parecían atractivos. Detestaba sentir eso. Me sentía desesperanzado e indigno de ella y de Dios. Cuando empezamos a formalizar nuestra relación, le hablé a mi novia acerca del abuso sexual y de mis sentimientos hacia los hombres. En ese entonces, yo no tenía las palabras ni las herramientas para explicar apropiadamente mis sentimientos.

Ella me dijo que lamentaba que yo tuviera que pasar por esto solo, pero que eso no influía en lo que ella sentía por mí. No obstante, ella no sabía hasta qué punto esos sentimientos de atracción hacia personas del mismo sexo me habían afectado. Ella me dijo que me amaba tal como yo era y el Espíritu le confirmó que yo era el hombre con el que debía casarse. Nos comprometimos y nos casamos en el Templo de Oakland, California.

Puedo decir que, durante toda mi vida, siempre sentí que necesitaba permanecer cerca del Señor en la medida de lo posible. Sentía en mi alma que mi vida tenía un propósito, independientemente de mis pruebas. Creer en este propósito me dio esperanza, pero no fue hasta que cumplí los cuarenta y tantos años cuando comenzó mi proceso de curación.

Mi vida empezó a cambiar para bien en una reunión de trabajo. Un colega de trabajo mencionó durante la reunión su experiencia en cuanto a la atracción hacia personas del mismo sexo. Recuerdo que lo vi y noté que él irradiaba una gran seguridad en sí mismo; no se estaba disculpando ni se le veía avergonzado. Iba con la cabeza bien alta y hablaba sobre ese asunto como si no fuera una gran cosa. Vi mucha paz en sus ojos y pensé: “Quiero esa paz. Deseo la libertad de ser yo mismo, sin tener que disculparme por algo que yo no elegí”.

Por primera vez en mi vida, estaba sentado frente a alguien con quien me podía identificar. Fuimos a almorzar juntos y tuve una buena conversación con alguien que entendía lo que me pasaba. Nos hicimos amigos y, poco a poco, comencé a abrirme y sentí su apoyo.

He sentido temor al abrirme tanto sobre un tema que toda mi vida había mantenido en secreto. Sin embargo, a medida que me he vuelto más genuino, mi confianza ha aumentado grandemente. Las personas de mi entorno han reaccionado con amor, comprensión y apoyo. Algunos, incluso, manifiestan un sincero deseo de saber más.

un hombre riendo

He descubierto que conforme comparto mi historia, el Espíritu se hace presente y da testimonio. Parece que conmueve los corazones y las mentes y nos hace entender que todos somos hijos de Dios. Independientemente de las luchas de cada quien, todos somos dignos de la Expiación. Me siento enormemente bendecido por ello.

El apoyo de mi esposa ha sido determinante en mi progreso. Este nuevo estado de concienciación y esta autenticidad han cambiado la dinámica de nuestro matrimonio. Ha sido difícil a veces; hemos tenido que aprender a comunicarnos mejor. Nos hemos dado cuenta de que ninguno de los dos puede satisfacer todas las necesidades del otro. Hemos tenido que hacer ajustes, conforme he ido haciendo amistades que me han apoyado en mi proceso. Ella se alegra de que yo haya ganado confianza, pero me ha recordado que necesita saber que ocupa el primer lugar en mi vida. Yo no me había dado cuenta de cuánto he cambiado por esta experiencia.

Ciertamente, necesitaba ayudarla a acompañarme en mi proceso y debía asegurarme de que ella se sintiera amada, necesaria, atractiva y segura.

Mi esposa es mi mayor apoyo y el amor de mi vida. Es la única persona con la que he construido un lazo eterno e inquebrantable, que nadie puede romper. Se requiere esfuerzo, comunicación, entendimiento y equilibrio mientras avanzamos juntos por esto. Nuestro matrimonio está progresando; nos fortalecemos mutuamente al ser más genuinos y verídicos. La clave de la fortaleza de nuestro matrimonio es colocar al Salvador en el centro de nuestra vida.

1:47

Mi proceso continúa. No lo tengo todo resuelto, pero sé que este nuevo estado de concienciación, mi autenticidad y mi relación con el Salvador nos está ayudando. Es maravilloso sentirme digno de la expiación del Salvador y no atormentarme más por mi atracción hacia personas del mismo sexo. Puedo verme a mí mismo por lo que soy: un hijo de Dios, un verdadero hombre, digno de las bendiciones de la vida eterna. Ahora comprendo que en mi corazón y en mi alma no hay nada roto o dañado que necesite reparación.

Puedo decir que estoy experimentando la promesa hecha a Moroni en Éter 12:27: “y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos”.

Siempre me ha encantado este pasaje de las Escrituras y he deseado desesperadamente aplicarlo a mi vida, pero no sabía cómo convertir esta debilidad en bendiciones. Ahora comprendo que mi atracción hacia personas del mismo sexo no tiene por qué ser una debilidad.

Ahora entiendo que, mediante estas experiencias, he crecido y puedo ayudar a impulsar la obra del Señor. Su Espíritu está siempre conmigo.

Ha valido la pena tener el valor de abrirme. Sin lugar a dudas, ¡ha valido la pena!

La historia de Elizabeth: la esposa de Ricardo

Elizabeth supo que Ricardo era el hombre con el que debía casarse. Su matrimonio no ha sido perfecto, pero los dos son ahora mejores personas gracias a ello. Uno de sus desafíos ha sido la experiencia de Ricardo con la atracción hacia personas del mismo sexo. En ocasiones, el difícil proceso de llegar a entender cómo amarse y apoyarse mejor el uno al otro ha sido muy doloroso, pero al confiar en la Expiación y al mantener abiertas las líneas de comunicación, ellos han logrado crecer juntos.

3:1
Mujer sonriendo

Nací y me crie en California, en el seno de una familia de Santos de los Últimos Días. Me crie con cinco hermanos. Cuando era muy joven, decidí que cuando me casara, no lo haría con alguien que me recordara a mis hermanos. Ricardo no me recuerda a ninguno de mis hermanos.

Conocí a Ricardo en el verano de 1997. Estaba comenzando mi último año en la universidad y tenía la meta de graduarme la primavera siguiente en estadística. Estaba tan centrada en mi graduación, que cuando conocí a Ricardo, no pensé realmente en nada. Él era solamente un amigo de mi compañera de habitación. Una noche, él vino a visitar a mi compañera, quien era una estudiante internacional, al igual que Ricardo. Yo estaba en la cocina preparándome la cena y haciendo tareas de matemáticas en la mesa. Como ya habíamos conversado un par de veces, me sentí cómoda con que él se quedara e incluso lo invité a cenar conmigo esa noche. Lo pasamos estupendamente, conversando y conociéndonos. Esa noche, mientras Ricardo hablaba, yo tuve una experiencia especial. Recibí una revelación de nuestro Padre Celestial de que Ricardo era el hombre con el que iba a casarme.

¡Nunca había sentido algo tan profundo en mi vida! En ese momento, no dije nada a nadie. Esa noche, Ricardo me invitó a salir por primera vez. Después de esa noche, yo lo veía de una forma totalmente diferente.

Ricardo y Elizabeth

Fuimos conociéndonos poco a poco, en el transcurso del verano. Cuando comenzó el semestre de otoño, nos hicimos novios. Poco después de que lo dimos a conocer oficialmente, mientras preparábamos la cena juntos en mi apartamento, Ricardo me dijo que deseaba decirme algo importante. Fue entonces, cuando me habló acerca del abuso sexual que vivió cuando era un niño de cuatro o cinco años. Él no entró en detalles en esa ocasión, tan solo dijo que tenía esos pensamientos y sentimientos, y a veces, pesadillas. Me dio mucha tristeza que le hubiera pasado eso, pero mis sentimientos por él no cambiaron. Le expresé compasión y le aseguré que el haber compartido lo que le había pasado no cambiaba lo que sentía por él. Él no reveló más detalles y yo no hice preguntas. Me sentí privilegiada de que él se sintiera con la suficiente confianza para abrirse en cuanto a un tema tan delicado y difícil.

Pronto comenzamos a hablar acerca del matrimonio. Una noche, a finales de enero de 1998, Ricardo me propuso matrimonio. Estuvimos comprometidos unos seis meses y medio. Durante ese tiempo, asistimos juntos a un curso de preparación para el matrimonio en BYU, yo me gradué de mis estudios y él completó unas prácticas de dos meses en la ciudad de Nueva York. Nos sellamos en el Templo de Oakland, California, a finales del verano.

Fotografía familiar de Ricardo y Elizabeth

Pronto comenzamos a tener hijos y ahora tenemos seis hermosos hijos. En esos años, no tenía ni idea de su atracción hacia personas del mismo sexo ni nunca había escuchado esa expresión. Hubo extensos períodos de tiempo en los cuales él nunca se refirió a esos pensamientos y sentimientos que mencionó al comienzo de nuestra relación. Ocasionalmente, decía que había tenido un mal sueño, y eso era todo. Realmente yo no tenía ni idea de lo avergonzado que se sentía todos esos años. Siempre estuvimos activos en la Iglesia y ocupados en la crianza de nuestros hijos. Cada vez que íbamos al templo, él decía que yo llegaría al Reino Celestial, pero que él no. Yo no entendía a qué se debían esos comentarios.

Es una persona amorosa y trabajadora, y siempre ha desempeñado sus obligaciones como esposo y padre. Yo nada sabía de su atracción hacia personas del mismo sexo y de lo avergonzado que se sentía por causa de ello.

Creía que él no debía ser tan negativo. Siempre que expresaba esa inquietud, yo le decía que él no era culpable del abuso que había sufrido y, en mi opinión, esas ideas y esos sentimientos no eran culpa de él.

Con el tiempo, intentamos usar etiquetas, pero nunca nos sentimos cómodos. El término gay tiene una connotación negativa en la mayoría de las religiones cristianas, al igual que la palabra bisexual. A comienzos de 2015, Ricardo conoció a un colega en el trabajo que era abierto en cuanto a su atracción hacia personas del mismo sexo, que está felizmente casado y tiene cuatro hijos. Fue entonces cuando Ricardo se puso en contacto con un grupo de apoyo y comenzó a hacer nuevos amigos. Gracias a esas amistades, ha podido sentir cómo la Expiación obra en su vida. Ya no se avergüenza en cuanto a su atracción hacia personas del mismo sexo.

Yo me siento feliz de que finalmente él se siente pleno y puede ver dónde encaja en el plan eterno de Dios para él, y con nosotros como familia.

Sin embargo, este nuevo despertar en Ricardo también produjo algunos conflictos en nuestro matrimonio. Ambos teníamos muchas preguntas y sentíamos que no teníamos todas las respuestas. Ricardo empezó a hacer nuevos amigos, en particular entre quienes sentían atracción hacia personas del mismo sexo. El comienzo fue bueno, pero ha sido una experiencia difícil para los dos.

Fotografía de Elizabeth

Algo que me ayudó realmente a apoyar a Ricardo en este sendero fue el consejo que me dieron mis padres cuando era adolescente: que me casara con mi mejor amigo.

Así que cuando Ricardo y yo conversamos sobre diversos aspectos relacionados con su atracción hacia personas del mismo sexo, yo procuro escucharle como su mejor amiga, no como una esposa celosa. Hemos procurado crear un ambiente seguro en el que podemos hablar de nuestros pensamientos y sentimientos.

Me gusta escucharlo, sin juzgar cada comentario que va surgiendo. Sé que es importante que él pueda expresar sus opiniones, experiencias, frustraciones, atracciones y pensamientos conmigo, de modo que pueda seguir avanzando hacia otros temas. Muchas veces, él solo necesita que lo escuche, sin que necesariamente tenga que arreglar algo.

Algo que escuché en nuestra clase de preparación para el matrimonio, en la universidad, y que no voy a olvidar nunca, es que “un gran esposo o una gran esposa solo pueden satisfacer hasta un 80 % de las necesidades de su cónyuge”. Eso me permite comprender que no tengo que ser experta ni terapeuta, solo debo manifestarle amor y respeto.

Por un tiempo, me sentía incluida en el mundo de Ricardo, pero conforme pasaba el tiempo, comencé a sentirme reemplazada. Se la pasaba mandando mensajes de texto cuando volvía a casa por la noche, luego de pasar diez horas en el trabajo. O bien, yo tenía que salir después de una breve cena para cumplir con mi llamamiento en la Iglesia, o él tenía que salir para cumplir con su llamamiento. Durante un par de meses, él asistió a un grupo de apoyo una vez por semana. Así que, cuando llegaba el viernes, yo estaba agotada y necesitaba un descanso. Me resultaba muy difícil que él se centrara tanto en sus nuevas amistades del grupo de apoyo. Cuando él estaba en casa, sentía que él no estaba presente, ni para mí ni para los niños. A veces, me sentía como una madre sola, levantando y preparando a seis niños para ir a la escuela, llevándolos en coche a donde tuvieran que ir, trabajando con ellos en su progreso en los scouts y en el programa Fe en Dios, comprobando que terminaran sus tareas escolares, lavando la ropa, cocinando y limpiando, y luego, preparándolos para acostarse por la noche. Ese ciclo se repetía incesantemente y yo no estaba durmiendo lo suficiente. Así que lloraba mucho mientras los niños estaban en la escuela y Ricardo en el trabajo. Un día, finalmente, él “captó el mensaje”, porque le mandé un correo electrónico mientras él estaba con unos amigos. Conversamos durante varias horas y me dijo que lo iba a dejar todo por mí. Para ayudarlo a eliminar la vergüenza que ha sentido toda su vida, fue necesario que hubiera mucha comunicación y comprensión, que ambos nos informáramos más, que hiciéramos compromisos y, por encima de todo, que compartiéramos siempre todo el uno con el otro.

Elizabeth y Ricardo hablando

Finalmente, llegué a sentir, después de un tiempo, que yo era lo más importante de su vida. Que él decidiera dejar de lado su teléfono celular cuando llegaba a casa, para estar unas horas con los niños y conmigo, marcó una gran diferencia. También prometió dedicarme diez minutos de su atención exclusiva luego de que los niños se fueran a la cama. Él aún sigue esforzándose al respecto. Ambos llevamos vidas muy ocupadas, pero he visto que ha hecho esfuerzos por hacerme sentir segura, amada, atractiva e importante en su vida. Constantemente nos comunicamos y conversamos. No dejamos nada para las especulaciones.

En una ocasión, estaba conversando con la esposa de un hombre que asistía al grupo de apoyo comunitario, que me dijo que ella prefería que su esposo hablara con ella acerca de su atracción hacia personas del mismo sexo a que él buscara a otra persona para hablar y recibir apoyo.

Creo que nosotras, las esposas de maridos que luchan con la atracción hacia personas del mismo sexo, estamos en una posición única. Podemos ser un buen apoyo y ayudar a nuestros esposos a hallar un fundamento sólido en Cristo, o podemos distanciarnos y perder la oportunidad de acercar nuestro matrimonio, a nuestro cónyuge y a nosotras mismas al Salvador.

Realmente es una experiencia que nos llena de humildad. No somos mejores que nuestros maridos y ellos no son mejores que nosotras.

Sean cuales sean las circunstancias o dificultades que enfrentemos, ningún matrimonio podrá prosperar a menos que la pareja pueda permanecer unida con amor, comprometidos plenamente con las sagradas obligaciones contraídas en el templo.

Elizabeth hablando con Ricardo

Ricardo es muy claro y me expresa diariamente cuánto me ama. Nunca tengo que adivinar sus sentimientos. Me siento muy bendecida de tener un esposo como él.

Sé que, tanto para él como para mí, nuestro matrimonio prospera cuando pasamos tiempo el uno con el otro, mantenemos abiertas nuestras líneas de comunicación y nos expresamos amor. ¡Yo lo amo!

La historia de Mark: el obispo de Ricardo

Mark ha sido algo más que el obispo de Ricardo; ha sido su amigo y confidente, por lo que se siente muy agradecido de que Ricardo haya tenido suficiente confianza para compartir con él su historia de atracción hacia personas del mismo sexo.

Fotografía de Mark

Con el correr de los años, he tenido la oportunidad de servir con muchas personas maravillosas. Todas ellas me han permitido apreciar la bondad y el amor genuino que hay en cada persona, y que todos tenemos las mismas necesidades básicas de amar y ser amados. Ricardo Rosas es una de esas personas.

Ya antes de ser llamado como obispo, serví con Ricardo en muchos llamamientos. Hemos sido testigos de las luchas y los logros del uno y del otro. A veces, a las personas les resulta difícil confiar en un obispo o un buen amigo y contarle sus cosas, porque temen que se lleven una impresión negativa y se desilusionen si ellos revelan cierta información personal. Por ello, agradezco que Ricardo haya tenido suficiente confianza en mí para contarme su atracción hacia personas del mismo sexo. Esto nos ha permitido a los dos aprender lecciones que no hubiéramos aprendido de otra forma.

Mark y Ricardo se estrechan la mano

Parece que Ricardo estaba algo indeciso al principio. Siempre he valorado a las personas que están dispuestas a buscar ayuda cuando se sienten tristes, solas, deprimidas o confusas, o piensan que no se les ha perdonado. No solo le fue aligerada la carga que llevaba sobre sus hombros, sino que me permitió entender muchas cosas. Comprendí que puede haber otras personas que están en la misma situación, o tienen otras preocupaciones, y se guardan eso dentro de sí.

El que Ricardo me haya revelado sus sentimientos de atracción hacia personas del mismo sexo no ha disminuido el respeto que siento por él. Ni me ha hecho cambiar de opinión en cuanto a su capacidad de servir, amar y ayudar a los demás.

Ha servido en diversos llamamientos, mantiene un amoroso matrimonio en el templo, conserva su dignidad para el templo y cría a sus hijos en rectitud. Algunas personas de la Iglesia quizás eviten hablar de sus sentimientos de atracción hacia personas del mismo sexo por temor a que los demás las consideren “malas” o “indignas”. En Ricardo he visto lo contrario. Estos miembros no son malos. Se los ama y, como todo el mundo, intentan sobrellevar los altibajos de la vida.

Todos somos tentados de una u otra forma. Incluso el Salvador fue tentado.

Si fueran las tentaciones las que definieran la naturaleza espiritual de las personas, no habría esperanza para nadie.

Con respecto a Ricardo, me viene a la mente un pasaje del Libro de Mormón muy conocido. En el Libro de Mormón, el Señor revela una doctrina profunda al profeta Moroni. En Éter 12:27 dice: “y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos”.

El arte de Ricardo

Ricardo ha convertido una debilidad, o lo que él percibía como debilidad, en fortaleza al acercarse al Señor, humillarse y buscar comprensión por medio del Espíritu.

Quiere compartir su historia con otras personas, no para lograr el reconocimiento personal, sino para que otros sepan que pueden tener esperanza, por medio de la expiación de Jesucristo, en que recibirán felicidad en esta vida y en la vida venidera.

Hay mucho más en la historia de Ricardo, pero es él quien debe compartirlo. Sé que es una persona genuinamente más positiva. Tanto él como yo hemos aprendido mucho acerca de la compasión, el valor, la comprensión y la fe en el Señor Jesucristo.

La historia de Nick: el amigo y colega de Ricardo

Por ser amigo de Ricardo, Nicholas se ha visto en la necesidad de revisar la forma en que ve a la comunidad LGBT, y en particular, a los Santos de los Últimos Días que son gais. Después de todo, ¿por qué no podría ser que un buen Santo de los Últimos Días tuviera que lidiar con la atracción hacia personas del mismo sexo, aunque tuviera fe y un testimonio y viviera dignamente?

Ricardo y Nick

No siempre me ha resultado fácil hacer amistades. Cuando era niño, mi familia se mudó muchas veces. Si bien esto me dio oportunidades de conocer a gente nueva y hacer nuevos amigos, hizo que me resultara prácticamente imposible desarrollar amistades duraderas y significativas. Parecía que cada vez que comenzaba a establecer relaciones, mi familia volvía a mudarse y empezaba en un nuevo lugar y con una nueva aventura. Debido a mi crianza, las personas que puedo considerar mis amigos son escasas.

El haberme criado de este modo ha dado pie a profundas reflexiones en cuanto a mi vida y me ha infundido el deseo de tener amigos con los que pueda conectar y compartir experiencias personales; amigos a quienes pueda llamar “amigos de toda la vida”.

En este momento, puedo decir con toda honestidad que he encontrado un amigo así. Ricardo y yo estuvimos trabajando juntos por un buen tiempo antes de que conectáramos. Siguiendo las delicadas indicaciones del Espíritu, y más tarde, las insistentes peticiones de mi esposa (que es una persona muy sociable), decidí invitar a Ricardo a hacer algo juntos con nuestras familias. Nos llevó unos meses acordar los detalles y encontrar una fecha en la que pudieran reunirse ambas familias.

La familia de Nick

Antes de esta reunión social entre nuestras familias, mi esposa me preguntó en cuanto a Ricardo. Le conté un par de cosas que sabía acerca de él: que era de México, que era el director creativo en la empresa, que era muy cordial y que sus hijos tenían aproximadamente la edad de los nuestros. Luego, medio en broma, le dije a mi esposa: “Si él no trabajara en la Iglesia y no tuviera una familia, yo pensaría que es gay”.

Recuerdo claramente esa conversación, porque cuando Ricardo me hizo la confidencia posteriormente, como se podrán imaginar, me vi en la necesidad de revisar mi opinión sobre muchas cosas, entre ellas, lo que conocía de las personas LGBT y lo que pensaba sobre las demás personas. No me resultó difícil aceptarlo tal como era; él era mi amigo y eso no iba a cambiar. Me inquietaba el hecho de que yo pensaba que un “buen mormón” no podía sentir atracción hacia personas del mismo sexo.

Pronto me llegó el pensamiento: “¿Por qué no podría ser que un buen mormón tuviera que lidiar con esto, aunque tuviera fe y un testimonio y viviera dignamente?”.

Nick y Ricardo sonriendo

Después que Ricardo me hizo la confidencia de que era gay, nos hicimos incluso más amigos. Hemos almorzado juntos varias veces desde entonces y hemos tenido conversaciones muy interesantes. Los dos tenemos intereses y puntos de vista similares. La confianza que me manifestó Ricardo al revelarme su “secreto” hizo que confiara más en él. Me siento honrado de que él se sintiera cómodo y compartiera esa parte de su vida conmigo, cosa que no debe haberle resultado fácil.

En ocasiones, Ricardo ha tenido sus dificultades con la forma en que se percibe a sí mismo y la forma en que percibe cómo lo ven los demás. Tiene días que son más difíciles que otros. Como amigo, es doloroso para mí ver cómo se esfuerza por arreglar las cosas. A veces, la gente no es muy amable con las personas de la comunidad LGBT. Una vez, Ricardo parecía estar muy afectado. Conversamos durante unos minutos sobre cómo iban las cosas. Él comenzó a disculparse por ser un amigo con tantos problemas y por estar tan “dañado”. Eso me sorprendió. No creo que las personas puedan estar dañadas. Naturalmente, todos tenemos que enfrentar situaciones diferentes y puede que, en ocasiones, nos sintamos así, pero no estamos dañados.

Le aseguré eso a Ricardo, le dije que era mi amigo y le di un abrazo.

Él afirma que yo lo he ayudado de muchas maneras. Probablemente sea más cierto decir que yo he aprendido de él y que él me ha ayudado de muchas más formas que yo a él. Me siento agradecido por tener a Ricardo como amigo y seré leal a esa amistad todo el tiempo que él desee que yo permanezca a su lado.