Atracción hacia personas del mismo sexo
La historia de Laurie


“La historia de Laurie”, Atracción hacia personas del mismo sexo: Historias de miembros, 2020

“La historia de Laurie”, Atracción hacia personas del mismo sexo: Historias de miembros

La historia de Laurie

Laurie siempre ha sabido que el Evangelio es verdadero, pero eso no ha hecho que las cosas sean fáciles. En realidad, su conocimiento parece haber hecho incluso más difícil muchas de las decisiones que le cambiaron la vida. Sin embargo, al pasar por todas esas pruebas y lágrimas, ha descubierto que está dedicada al Salvador y a Su evangelio.

La historia personal de Laurie

7:60

Soy Laurie Campbell y ahora vivo en Oceanside, California, con mi esposo y mi hijo.

Soy redactora de anuncios. Tomo mi silla, me siento con la computadora en la playa y tengo una hermosa vista del océano, esa es mi oficina. Para desilusión de mi familia, después de cuatro años de microbiología cambié por el arte, fui a California y estudié cuatro años más en el centro de arte.

Era tranquilizador, para ser sincera. Mantener mi salud mental me era muy difícil y esos proyectos de mosaicos [teselas], que decidí hacer, me ayudaron literalmente a mantenerme cuerda. En la secundaria, estaba muy deprimida y con ansiedad, así que consumí drogas y alcohol. Y la primera vez que me enamoré de verdad fue de mi entrenadora. Nunca fui correspondida ni pensé en hacer algo, porque soy mormona.

Sabía que Dios me ayudaría, así que oré para que me ayudara, pero no recibí nada. Oraba por una cosa y sucedía otra; o “ya no puedo seguir ni un día más” y tenía que seguir un día más. Para cuando fui a la universidad, estaba cansada de sentirme culpable. Comencé a salir con mujeres y me sentía bien. Terminé enamorándome de una mujer y pensaba que quería pasar el resto de mi vida con ella; me sentía bien. Pero aún había momentos en los que sentía que Dios no me quería en ese tipo de vida. Más de una vez me apunté con un arma, debido al conflicto de estar tan enamorada de una persona, y después sentir que debía terminar la relación porque Dios no quería eso; esa rotura era tan difícil.

Es como que hay dos cosas que más importan en la vida y están en esa dicotomía que es tan difícil de afrontar. Simplemente…, no quería vivir. Volver a estar sobria era mucho trabajo y fue tan difícil, que pasé mucho tiempo fallando en el intento. Fui a Alcohólicos Anónimos por un tiempo. Esa idea de poner a Dios en primer lugar y dejar todo en Sus manos me ayudó; decidí que quería comenzar a ir a la Iglesia de nuevo, porque eso es en lo que creo. Literalmente tenía ese parpadeo de luz, como si Cristo estuviera sosteniendo una vela, una pequeñita. Era como una señal de: “Puedes hacerlo. No va a ser fácil, pero puedes hacerlo”. Y Él tenía razón. No fue fácil. Aún estaba muy enamorada de ella y quería esa vida, me decía: “Creo en dos cosas: en nuestra relación y que Dios no me quiere en esta relación”. Y me dije: “Seguiré a Dios en esto”. Necesité mucha fe para comenzar a salir con hombres y ese era el problema. Salía con ellos y pensaba: “Oh, soy lesbiana”.

No podía… Esa fue una experiencia tan mala. ¡Auxilio!

Siento que la orientación sexual es categorizar a las personas y es importante para muchos. Para mí fue un escollo, no quería que lo que sentía fuera una etiqueta. Lo que no me ayudó, incluso entonces, fue cuando me decían: “La Iglesia cambiará y aceptarán las relaciones con el mismo sexo”. Eso era dañino para mí, porque era como: “Bien, si eso es verdad, entonces debería seguir con Tracy. ¿Qué fortaleza tengo para seguir adelante?”.

Lo que más me ayudó fue un obispo comprensivo que dijo: “Nunca he tratado esto, pero descifremos cómo hacerlo”. Por tres años, tres años, se estuvo reuniendo conmigo. Los amigos, la Iglesia, fueron importantes; orar, leer las Escrituras. Estaba terminando el manuscrito de mi vida cuando un amigo nuestro comenzó a regresar a la Iglesia. Solo hacíamos cosas para divertirnos y no intentó nada en lo físico, ni tampoco le di pie para hacerlo, así que era perfecto.

Además de estar enamorada de Tracy, siempre me gustó estar sola. Así que asumí que sería célibe. Un día él dijo: “Espero que podamos ser algo más”. Entré en pánico. Tomé ese manuscrito de 150 páginas de mi vida y le dije: “Creo que necesitas saber un poco más de mí. ¿Por qué no te lo llevas y lo lees?”. Todo ese fin de semana, mis amigos bromearon y dijeron: “Bien. Le diste el libro para que se fuera, ¿no?”. Respondí: “No estoy segura”. Le di las páginas y le dije: “Si aún quieres una relación conmigo después de leerlo, ven a cenar el domingo y nos vemos aquí a las seis en punto. Si no vienes, lo entenderé completamente”. Dije: “Ni siquiera tienes que llamarme si no quieres. ¡Está bien!”.

Él vino a las seis en punto, con los ojos llenos de lágrimas. Estaba llorando y me dijo: “Lamento mucho que hayas pasado por eso. Es horrible”. Y dijo: “Ojalá hubiera podido estar contigo cuando eras joven. Ojalá hubieras tenido con quién hablar”. Y me desmoroné, mientras él me sostenía, y simplemente me abrazó y lloró, y yo solo lloraba. De todas las reacciones que él podría haber tenido hacia ese libro donde yo contaba cómo bebía, tomaba drogas y tenía relaciones con mujeres…, de todas las reacciones que pudo haber tenido… Nos abrazamos y fue una sensación de unidad que nunca antes había sentido con otra persona, ni con una mujer ni con un hombre. Fue algo que nunca antes sentí. Me dijo: “Si aún consideras una relación conmigo, lo consideraría un honor”. Y fue realmente un milagro.

Pensar: “Oh, matrimonio y familia, se acabaron todos mis problemas…”, creo que fue una tontería pensar así. Esa ansiedad o depresión cuando algo salía mal con los niños: Esto pasa por estar casada y tener hijos. Algunas personas me dicen: “En realidad eres solo una lesbiana casada con un hombre y no estás siendo tú misma”. Y entiendo por qué lo dicen, porque me he sentido de esa manera antes. Pero ahora, lo que antes pensaba que era verdad para mí no era toda la verdad. Tengo que aceptar que será todo un reto, pase lo que pase, y hay que confiar en hacia dónde nos llevará el Señor.

La historia de Laurie (continuación)

Me di cuenta que me atraía mi entrenadora de secundaria a mediados de la década de 1970, cuando a los gais y las lesbianas los llamaban con nombres hirientes y degradantes. Pocas personas reconocían que eran gais porque era muy doloroso. El practicar deporte en la secundaria me ayudó porque tenía varias amigas lesbianas. No me atraía ninguna de ellas, pero me sentía más tranquila estando con ellas que con otras personas.

Me sentía culpable en la Iglesia porque, cuando tenía diez años, un primo mayor que yo abusó sexualmente de mí y también fui violada por un hombre que era “amigo de la familia”. A esto siguió una abrumadora cantidad de lecciones en la Iglesia sobre la ley de castidad que me hacían sentir como ajusticiada ante un pelotón de fusilamiento que me había declarado culpable. “Una vez que pierdes tu virginidad, nunca puedes recuperarla”. “¿Qué preferirías tener, un auto usado o un auto nuevo?”.

Nuestro “amigo de la familia” pedófilo me convenció de que la violación fue por mi culpa. Insistió en que si yo alguna vez se lo contaba a alguien, me metería en problemas; así que no le dije nada a nadie. Me sentía culpable, terriblemente culpable, pensando que había cometido “el peor pecado después del asesinato”.

una mujer en la playa

También practiqué deportes en la universidad y pasaba la mayor parte de mi tiempo con amigas que eran lesbianas. Debido a mi testimonio del Evangelio, evité salir en citas durante mi primer año en la universidad. Sin embargo, en mi segundo año, había dejado de ir a la Iglesia por completo y estaba bebiendo alcohol y consumiendo drogas. Me había cansado de sentirme culpable. Debido a que no estaba yendo a la Iglesia ni obedeciendo la Palabra de Sabiduría, pensé que también podría salir en citas con mujeres.

Lo hice pensando que probablemente se trataba de una fase; creía que, en algún momento en el futuro, dejaría de salir en citas con mujeres y regresaría a la Iglesia. Pero sucedió algo imprevisto: me enamoré de una mujer con la que había estado saliendo. Esto me sorprendió, porque realmente no pensaba enamorarme (aunque no estoy segura de qué pensaba que iba a suceder, ya que estaba saliendo en citas con mujeres). Pero a pesar de que mis sentimientos por ella eran muy fuertes, mi testimonio tenía una influencia poderosa en mí. Tenía la gran convicción de que el Evangelio era verdadero y esto también generaba conflictos en mi interior.

Después de estar juntas durante un año y medio, terminamos la relación. Comencé a salir en citas con otras mujeres para tratar de olvidarla, pero eso no salió muy bien. Cuando me mudé fuera del estado, tuve el sentimiento, la impresión de que debía buscar un barrio en la zona donde vivía e ir a hablar con el obispo. Ni siquiera estaba segura de qué decir, solo sentía que era importante.

mujer mirando al mar

En retrospectiva, puedo ver por qué. Por la gracia de Dios, ese obispo era en verdad semejante a Cristo. Utilizó el poder del sacerdocio en mi beneficio, tal como se había diseñado en el divino plan. Él vivía este pasaje de las Escrituras: “Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero” (D. y C. 121:41).

Ese obispo se reunió conmigo durante casi tres años, incluso cuando volví con mi novia por un tiempo.

Cuando yo cometía errores, él aumentaba su paciencia, longanimidad y amor sincero.

El estar enamorada de una mujer me transmitía una fuerte sensación de que “esto es lo correcto” y había muchas cosas buenas en esa relación. Así que me resultaba difícil creer en la impresión que me decía: “Esto está mal”, y era mucho más difícil actuar de acuerdo con ella. En realidad, sentía que lo correcto era incorrecto y que lo incorrecto era correcto. A veces, el conflicto casi me desbordaba y me planteé suicidarme. Me siento bendecida de seguir viva.

Con la ayuda del obispo, empecé a leer las Escrituras todos los días y a asistir a la Iglesia con mayor frecuencia, aunque me costaba mantener mi fe. Muchas veces no podía sentir la presencia de Dios. Las oraciones se parecían mucho más a monólogos que a diálogos.

mujer meditando

Siempre pensé que cada uno de nosotros tenía que soportar una cantidad limitada de dolor en esta vida. Se nos dice que no recibiremos más de lo que podamos soportar, pero cuando llegué al punto en el que estaba convencida de que no podía soportar nada más, cuando el dolor era más profundo —un tipo de dolor determinante y refinador—, este obró en mí como ninguna otra cosa. Comencé a adquirir la fortaleza necesaria para ejercer mi albedrío y elegir el plan del Evangelio.

Aun así, fue una decisión difícil.

Las perspectivas no eran buenas. No tenía el más mínimo deseo de pasar toda la vida con un hombre, y mucho menos la eternidad.

De manera que me quedaba solo una opción: permanecer célibe durante el resto de mi vida. Me ayudaba el hecho de que siempre he disfrutado de pasar tiempo a solas, dedicándome en especial a la escritura y la fotografía.

Sabía que el Libro de Mormón era verdadero; sabía que el evangelio de Jesucristo era verdadero; sabía que teníamos un profeta viviente sobre la tierra. De modo que continué avanzando en esa dirección.

Sin embargo, con frecuencia me sentía incómoda en la Iglesia. No conocía a nadie; todavía fumaba, bebía y consumía drogas, y mantenía ocultas mis atracciones sexuales. Sabía que no estaba viviendo “la vida recta” que suponía que vivían todas las demás personas en la Iglesia. Me sentía marginada, como si estuviera visitando un país extranjero.

Además del obispo, finalmente encontré una amiga en la Iglesia. Me la asignaron como maestra visitante. Su amor, aceptación y apoyo me ayudaron a sentirme más cómoda. Por fin tenía una amiga en la Iglesia que sabía cómo era yo, incluso todas las cosas que había hecho mal, y que no pensaba que yo era mala ni pervertida.

puesta de sol en el muelle y el mar

Me tomó varios años lograr la abstinencia de las drogas, el alcohol y el tabaco, y hallar consuelo sincero sin estar con otra mujer en mi vida. Cuando cumplí treinta años, estaba preparada para ir al templo. Entendía que iba a comprometerme a ser casta durante el resto de mi vida y tenía fe en que podía lograrlo.

Pero sentía que debía esforzarme por salir en citas con hombres, lo cual a menudo me empujaba hacia el otro lado, haciéndome pensar que definitivamente era lesbiana y que nunca podría estar con un hombre. Después de un tiempo, conocí a un hombre con cuya compañía disfrutaba. Era muy inteligente y era interesante hablar con él. Fuimos solamente amigos hasta que un día me dijo que quería una relación. Como en esa época había estado escribiendo un libro acerca de mi vida, le entregué mi manuscrito, que hablaba de los peores pecados que había cometido.

Pensé que quizás no volvería a verlo nunca más, pero el domingo por la noche, vino a cenar.

Él no solo aceptaba mi pasado, sino que estaba profundamente conmovido por este.

Llorando, se disculpó por no haber estado allí cuando yo era joven y no haberme podido ayudar.

Yo en verdad estaba asombrada y profundamente conmovida. Mis sentimientos por él cambiaron en ese momento. Desde entonces, he sabido que él es la persona correcta para mí, y es un hombre, lo que ha sido el aspecto más sorprendente.

Hasta el día de hoy, permito que, en ciertas situaciones, las personas conozcan mi historia cuando siento que debo educar e informar, para ayudar a aumentar la comprensión acerca de la atracción hacia personas del mismo sexo y sobre los Santos de los Últimos Días LGBT que esperan encontrar un sentido de pertenencia entre la comunidad de santos. A veces me tratan de manera diferente e incluso algunas personas me han evitado o rechazado. Son más los casos en que he hecho grandes amistades y he descubierto que tengo más cosas en común con los demás de lo que pensaba.

una pareja observa la puesta del sol sobre el mar

Admito que ha sido difícil cuando algunas personas te dicen: “Bueno, tú puedes vivir en rectitud porque te casaste; es más fácil para ti”. Eso me molesta, porque he vivido pruebas más recientes debido al trastorno por estrés postraumático y con la crianza de nuestros tres hijos, ya que cada uno lucha con ciertos desafíos, y eso ha resultado ser aún más difícil para mí. Ha sido peor soportar el dolor de mis hijos que el mío. “¡Por favor, háganme daño a mí si quieren, pero no a mis hijos!”.

Mi fe se ha fortalecido de muchas maneras. Al menos ahora sé que no debo suponer necesariamente que ya he pasado por mis desafíos más difíciles. Me siento agradecida por tener un esposo que me ama y me apoya, y que lo hace a un alto costo. Sé que él me ha hecho la vida más fácil al criar a nuestros hijos juntos, con todos los desafíos que conlleva.

Mi fe es ahora más madura. Dependo del Señor en todas las cosas y he llegado a confiar en que, de alguna manera, todo esto en verdad nos está sirviendo de experiencia. A pesar de que las puertas del infierno se han abierto varias veces de par en par a lo largo de mi vida para tragarme, tengo un conocimiento perfecto de que es para mi bien (véase Doctrina y Convenios 122:7).

Mi amor y dedicación al Salvador y a Su evangelio no pueden quebrantarse y no se quebrantarán nunca más.

La historia de Dallas: el esposo de Laurie

Dallas siempre deseó tener el mismo tipo de relación que él observó en sus padres, pero no creía que fuera posible… hasta que conoció a Laurie. El pasado de Laurie ciertamente lo alarmó, pero Dallas no tardó en comprender que si Laurie podía aceptarlo a él, a pesar de sus imperfecciones, él podría hacer lo mismo por ella.

un hombre sentado en una cocina

Recuerdo la conmoción que surgió cuando mi hermano mayor mencionó en un discurso de la reunión sacramental que nunca había oído discutir a nuestros padres. Algunas personas pensaron que exageraba; otros pensaron que era imposible. Sin embargo, nosotros no podíamos comprender el motivo de aquella conmoción. ¿No eran todos los padres como los nuestros? Yo estaba acostumbrado a un ambiente en el que sabía que mamá y papá se amaban y respetaban mutuamente, y sabíamos que ellos nos amaban. No sé bien cómo lo hicieron, pero fue un entorno maravilloso para crecer. Con una buena infancia como esa, cualquiera pensaría que mi vida habría sido excepcional. No fue así.

Habían transcurrido apenas dieciséis años después de volver de la misión cuando conocí a Laurie. Un amigo en común nos presentó, después de haber pasado varios meses animándome a que volviera al redil. Laurie me pareció muy atractiva y muy testaruda. No se dejaba llevar. Para esa época de su vida, ella había recorrido un largo y difícil camino para recuperar su fe e ir al templo. Había aprendido, por experiencia, qué era lo importante. Yo aún no había progresado hasta ese punto.

Durante un tiempo, salimos juntos una vez al mes. Yo disfrutaba inmensamente de su manera de ser. Ella era diferente, un tipo nuevo de persona para mí. Tras varios meses, yo aún seguía esperando con anhelo el tiempo que pasaba con ella. Creo que, al mismo tiempo, ella me estaba descubriendo, y no todo era positivo. Una noche me hizo saber que ella esperaba más, me dijo lo importante que el Evangelio era para ella y le preocupaba que no compartiésemos la misma perspectiva. Fue entonces cuando me di cuenta de algo sorprendente. Mientras conversábamos, de pronto comprendí que podía tener el mismo tipo de relación con ella que la que mis padres tuvieron. Nunca antes había pensado en eso; no sabía que fuera posible.

escribiendo a mano en un diario

Le dije que estaba interesado en algo más que nuestra situación en aquel momento. Ella respondió dándome material de lectura: la historia de su vida. Le prometí que lo leería mientras ella estaba fuera durante el fin de semana. Sin embargo, me lo llevé a casa y no quise tocarlo. Durante veinticuatro horas lo dejé ahí y eso me molestaba. Finalmente, motivado por los sentimientos que le había manifestado, lo abrí y comencé a leer (no fue sino hasta entonces que descubrí que también era muy buena escritora). Lo que leí aquella noche fue lo más duro que jamás haya leído. ¿Cómo podía una persona que me importaba profundamente haber experimentado ese tipo de tragedia y que yo no me hubiera enterado?

El libro también hablaba acerca de sus sentimientos de atracción hacia personas del mismo sexo y sus dificultades con la Palabra de Sabiduría. Al continuar leyendo, me topé con una frase inesperada: “No importa cuán cómodo, cuán conveniente, o cuán satisfactorio sea tu estilo de vida; si no te acerca más al Salvador, no importa a qué otro lugar te esté llevando”.

Si mis sentimientos por ella fueron la cuña, entonces esta frase fue el martillo. El golpe rompió la barrera protectora de mi corazón de par en par, y quedé expuesto a la vida, al mundo y al dolor. Con claridad, vi que tenía que tomar una decisión: podía continuar en el rumbo actual y morir, o podía elegir la vida. Eché una ojeada al precipicio y, con todo mi corazón, decidí vivir.

Supe en ese instante que yo no era digno ni apto para llevar una vida con Laurie, pero sabía que la amaba. Intenté cambiar tan rápidamente como pude. El cambio es una característica del gran plan de felicidad. Estoy muy agradecido por la bendición de poder cambiar.

Antes de casarnos, hubo momentos de preocupación. Ahora que conocía su pasado, ¿podría conseguir yo que el matrimonio funcionase?

Experimenté cierta inquietud. Después de todo, soy un hombre, y ella no sentía demasiado cariño por los hombres.

Sin embargo, cada vez que comenzaba a preocuparme, enseguida me acordaba de que yo no era perfecto y de que estaba agradecido de que ella me aceptara como era. ¿Si ella estaba dispuesta a hacer eso por mí, no podía yo hacer lo mismo por ella?

Tomé la decisión consciente de que evitaría preocuparme por su pasado y me he atenido a ello.

Después de dos décadas juntos, el hecho sorprendente ha sido que he pasado mucho más tiempo preguntándome por qué no he tenido que preocuparme, que el que realmente he dedicado a preocuparme. Casi sobra decir que no ha habido una razón para preocuparse; por lo menos en lo referente a su pasado.

Sin embargo, al comenzar nuestra vida de casados, descubrimos muchas otras cosas por las que preocuparnos: los hijos, las finanzas, los hijos, la salud, los hijos. Las cosas que pensábamos que serían motivo de gran preocupación pasaron al final de la lista a medida que las exigencias familiares se convirtieron en nuestras prioridades. Su experiencia en el restablecimiento de sí misma en el sendero del Evangelio hizo que su fe se volviera fuerte y muy práctica. Su fortaleza espiritual me reconfortó. Para los dos fue devastador un tiempo en el que ella perdió el sentimiento de estar acompañada por el Espíritu al estar sumida en una depresión (por mencionar uno de los varios diagnósticos que recibió). Aun así, ella se mantuvo fiel contra todo pronóstico.

mujer mirando al mar

Me siento bendecido por estar con Laurie. Nuestra vida juntos ha sido desafiante, pero buena. No he alcanzado el nivel que lograron mis padres, pero lo he intentado. A nuestro modo, hemos hallado nuestro mundo juntos. Disimuladamente, siempre me emociono cuando la oigo decir: “El Evangelio no ha hecho que me sienta atraída por los hombres, pero me ha ayudado a sentirme atraída por un hombre”. Ese soy yo. Es más de lo que yo podría haber esperado jamás.

La historia de la amiga de Laurie

El arrepentimiento puede ser una tarea difícil, pero es necesaria. Laurie solamente necesitaba estímulo… un estímulo que solo una amiga podía darle; alguien que permaneciera leal a ella a pesar de su comportamiento en ese momento y de sus decisiones posteriores.

primer plano de una flor

Conocí a Rip, así es como llamo a Laurie, cuando ella empezó a asistir, de tanto en tanto, a nuestro barrio de adultos solteros. Me empezó a caer bien luego de escucharla compartir un testimonio muy divertido acerca de una maestra visitante que ella tuvo cuando iba a la universidad. Fue el relato más gracioso, y conmovedor a la vez, que jamás había escuchado acerca de las maestras visitantes.

No pasó mucho tiempo sin que el destino dispusiera que yo fuera llamada a ser su maestra visitante.

Gracias a su sentido del humor, llegué a conocerla muy rápidamente. Nos hicimos amigas y ella fue compartiendo conmigo sus pruebas y frustraciones. Yo la escuchaba comprensiva y empáticamente conforme me relataba sus diversos problemas.

Ella deseaba, con vehemencia, dejar de hacer ciertas cosas y en varios frentes: tenía problemas con la Palabra de Sabiduría y mantenía una relación con otra mujer. Pero se veía incapaz de hacerlo, como se lamentaba con frecuencia.

Yo quería ser su amiga, sin importar su comportamiento en ese momento ni sus decisiones posteriores.

Más o menos al año de conocernos, la invité para salir a comer juntas. No tenía en mente nada concreto, solo pensé que sería una manera divertida de hacer la visita. Aún nos reímos al recordar aquel día. Luego de que nos tomaran el pedido, ella empezó a quejarse de los numerosos obstáculos que continuamente le impedían arrepentirse. En un momento de la conversación, ella dijo medio en serio, medio en broma: “Bueno, no hay una razón para que yo tenga que arrepentirme ahora mismo, ¿cierto? Me quedan años para ponerme al día”.

En ese momento, me quedé callada, y antes de que me diera cuenta, le dije que había llegado la hora de dejarse de bobadas con el Señor y de no seguir postergando el día de su arrepentimiento. Le dije que, como ella era inteligente y tenía una comprensión cabal de sus compromisos, el Señor esperaba que ella dejara de hacer las cosas que la estaban destrozando.

Fui muy dura, más de lo que hubiera querido, de no ser por la impresión que tuve de que ella necesitaba escuchar lo que yo debía decirle. No probó la comida durante el tiempo que permanecimos en el restaurante. Yo nunca había hablado de nada con Laurie con tal rigor y seriedad.

En ese momento, no sabía en qué terminaría eso. No obstante, sabía que lo que le dije le había llegado al corazón. Ella no esperaba que yo fuera tan brutalmente sincera con ella y que le llamara la atención por su actitud de “puedo dejarlo ahora y arrepentirme más adelante”.

Si bien ella se tomó muy en serio lo que le dije, no hubo una transformación inmediata. No tenía un camino fácil por delante; aún lo tiene difícil, aunque ahora sea por motivos totalmente diferentes. Pero quería cambiar y por fin había entendido que no podía seguir hablando de cambiar sin ponerse a cambiar.

Le tomó años, pero pienso que en aquel momento, ella hizo el compromiso de dejar de jugar con las palabras y comenzar a construir nuevas sendas y actuar de un modo que trajera cambios importantes y duraderos a su vida.

Ella sabía que nosotras seguiríamos siendo amigas, aunque ella no cambiara. Somos ese tipo de amigas que podemos retomar la amistad en el punto donde la dejamos.

Ambas tuvimos que mudarnos de la zona y no pudimos seguir en contacto porque nuestros números no aparecían en los listados de las guías telefónicas (esto fue antes de la era de las redes sociales). Las dos tratamos de encontrarnos, pero nos hallábamos separadas por grandes distancias y no nos resultó fácil. Finalmente, Rip dio conmigo (y ella aún me lo reprocha). Dudo de que volvamos a perder el contacto. No nos veíamos desde hacía ocho años, pero fue como si el tiempo no hubiera pasado. Mi testimonio del evangelio de Jesucristo es más fuerte por causa de ella. Es una heroína para mí, alguien a quien admiro y respeto.

Entre nosotras hay admiración y cariño, pero sería muy difícil que insistiéramos en ese aspecto de nuestra amistad, ya que tenemos mucho humor y somos muy dadas a bromear entre nosotras. Nos reímos, bromeamos y nos ayudamos mutuamente. Nos escuchamos y respetamos las ideas y puntos de vista distintos, y aprendemos una de la otra.

Agradezco también que entre nosotras jamás ha habido expresiones de crítica. Ella es una verdadera amiga. He aprendido un montón de cosas de ella y, como ya dije, aun cuando ella no hubiera cambiado en lo absoluto desde aquel entonces, aún seríamos buenas amigas. Las dos hemos madurado y seguimos tratando de hacer lo correcto al criar nuestras familias. Más de una vez, ella contestó mis oraciones, sin siquiera darse cuenta. Es asombrosa.

El deseo de Rip de hacer lo que creía que era correcto, venció a su deseo de seguir haciendo lo que ella sabía que debía dejar. Si ella no hubiera querido cambiar, jamás se hubiese dado aquella conversación en el almuerzo. No me hubiera atrevido a decirle a ella, ni a nadie, que hiciera algo o se arrepintiera de algo de lo que no quería arrepentirse. Tal como pasó, me quedé atónita por lo que le dije aquel día.

Como todos sabemos, no nos corresponde a nosotros juzgar o condenar a otras personas. Obviamente, somos capaces de discernir entre el bien y el mal para tomar decisiones, pero no tenemos derecho a imponer nuestras creencias a otras personas.

Mis padres me enseñaron desde muy pequeña a no juzgar a la persona que se sienta a mi lado en la Iglesia, aun cuando huela a cigarrillo, porque no es de mi incumbencia. Y, ciertamente, no poseemos la capacidad de juzgar si la persona sentada frente a mí me está diciendo la verdad o no. En otras palabras, ellos me enseñaron a no juzgar a las personas, ya que no tenemos la capacidad de poder hacer juicios inteligentes y justos. No solo no debemos juzgar, sino que no debemos adoptar una actitud crítica. Nuestra tarea consiste en amar a nuestro prójimo con valentía.

Doy gracias a Rip, y a las personas que he conocido cuyas experiencias diferían de las mías, por permitirme entrar en su vida y compartirla con ellas, y beneficiarnos de nuestra amistad.

La historia del obispo de Laurie

Los líderes de la Iglesia desempeñan una función importante al ayudar a las personas con las que interactúan a sentir el amor del Salvador. La comprensión y la paciencia son esenciales, pero lo más importante es el amor, sin importar lo que haya ocurrido.

una mujer mirando al muelle y al mar

Se me pidió que, además de escribir mi propia historia, enviara relatos de familiares, amigos y líderes de la Iglesia que me sirvieron de apoyo en mi transición de las relaciones con personas del mismo sexo a la plena actividad en la Iglesia. Aparte del Salvador y de mis padres celestiales, la persona que ejerció una mayor influencia en mi trayecto fue mi obispo. Dado que él ya falleció, me pareció importante escribir algunas de las cosas que hizo para apoyarme y guiarme con delicadeza de regreso al redil. Espero que esto pueda ayudar a otros líderes de la Iglesia que desean hacer lo mismo por personas sobre las que tienen una mayordomía importante y sagrada.

La primera vez que me reuní con mi obispo, le hablé de las relaciones que había tenido con mujeres, que estaba saliendo con una mujer en ese momento y que estaba consumiendo drogas y alcohol. No tuvimos mucho tiempo en nuestra primera reunión, así que programamos otra con más tiempo para la siguiente semana. Entretanto, creo que él habló con el presidente de estaca en busca de orientación, porque en nuestra segunda conversación me formuló preguntas diferentes para determinar el alcance de mis acciones. Esto sucedió en la década de 1980, de modo que los líderes de la Iglesia tenían escasa información, o ninguna, sobre las personas que experimentaban atracción hacia personas del mismo sexo. Yo me sentí incómoda con las preguntas. Afortunadamente, él lo percibió, porque hizo una pausa, tomó aire y, entonces, dejó que lo guiara el Espíritu Santo. No recuerdo mucho de lo que dijo después de eso. Lo que más recuerdo es que sentí el Espíritu que emanaba de él, además de sentir muy fuertemente el amor de mis padres celestiales, así como el amor de mi obispo.

Él me dijo: “No sé mucho de las cosas por las que estás pasando. Quizás puedas ayudarme a entender. Sé que el Señor te ama y está agradecido por tu deseo de arrepentirte y cambiar de vida. Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para ayudarte a regresar”.

Ninguno de los dos podía haberse imaginado que continuaríamos reuniéndonos, casi todas las semanas, durante tres años. No estoy segura de que hubiéramos estado tan dispuestos a proseguir si hubiéramos sabido que el trayecto iba a ser tan largo y arduo. No obstante, él no se dio por vencido, aunque yo sí lo hiciera. Me alentaba y persuadía, brindándome esperanza en momentos en los que yo no podía sentirla. Mucho tiempo después, el obispo me dijo que nadie le había enseñado a tener paciencia como lo hice yo. Yo misma también aprendí muchísimo sobre la paciencia.

Además de ser un cristiano increíble, que se consagró a mi causa —a la causa del Señor, en realidad—, mi obispo hizo varias cosas que me ayudaron enormemente:

  1. Orábamos siempre que nos reuníamos; algunas veces, antes y después.

  2. Aun cuando ni él ni yo sabíamos mucho de cómo sería el trayecto, él siguió adelante confiando en que el Señor sabía lo que había que hacer.

  3. Él no se apresuró a juzgarme; antes bien, fue persuadiéndome con delicadeza.

  4. Fue paciente, incluso cuando regresé con la mujer de la que estaba enamorada.

  5. Se centró en las acciones rectas que yo podía llevar a cabo —leer las Escrituras diariamente o asistir a la Iglesia cada semana—, en lugar de centrarse en mis faltas, que yo aún no lograba controlar.

  6. Me ayudó a desarrollar confianza en mí misma, felicitándome por aquello que lograba hacer.

  7. El Espíritu siempre lo guiaba; cuando comenzaba a reaccionar de forma “natural”, él hacía una pausa para permitir que el Espíritu tomara el control.

  8. Siempre leía al menos un pasaje de las Escrituras que él pensaba que podía ayudarme, y a veces más pasajes, cuando conversábamos y se sentía inspirado a compartirlos.

  9. Me daba bendiciones, cuando se sentía instado por el Espíritu.

  10. Con espíritu de oración, ayudó a que se me asignara una maestra visitante, quien también se consagró a mi causa.

  11. Si yo no asistía a la Iglesia, él me llamaba para saber el motivo y me alentaba a venir la siguiente semana.

  12. Y lo más importante: él me amaba sin importar lo que yo hubiera hecho o dejado de hacer.

En los años que siguieron a la muerte de mi obispo, he sentido con fuerza su presencia en diversas ocasiones. No tengo ni idea de cómo funcionan las cosas en el otro lado. Lo que sí sé es que las conexiones que tenemos con nuestros seres queridos no finalizan con la muerte. Sé que recibimos ayuda desde ambos lados del velo. Por mi parte, estoy agradecida de que el obispo siga bendiciendo mi vida de formas que no se ven. Los misterios de Dios son maravillosos, aun cuando sigan siendo mayormente misteriosos.