2025
“Apostasía, reforma y restauración”
Febrero de 2025


Comunicación

“Apostasía, reforma y restauración”

La Iglesia de Jesucristo se dirige y gobierna con los libros canónicos. La palabra “canon” significa “caña”. La caña (qane en hebreo, kálamos en griego) era, en tiempos bíblicos, una unidad de medida de longitud. Por ejemplo, en el libro de Ezequiel leemos que se usaba la caña para medir los campos, y en Apocalipsis, para medir el templo de Dios (véanse Ezequiel 40:3; 45:1; Apocalipsis 11:1).

De la misma manera, los “libros canónicos” sirven también para medir o, en este caso, para juzgar la ortodoxia de una doctrina o enseñanza, para saber si es verdadera. Por tanto, llamamos a las Escrituras “libros canónicos” porque son los textos que usamos para medir nuestras creencias y conductas.

Además de las Escrituras, en la Iglesia usamos también manuales. En los libros canónicos o Escrituras tenemos los principios, y en los manuales tenemos las reglas o normas. Los principios son, o deberían ser, el cimiento en el que se basan las normas, y estas tienen su justificación en los principios.

Los principios son, por definición, generales y universales, y no cambian. Las normas o reglas pueden variar según lo exijan las circunstancias, también cambiantes.

En las Escrituras tenemos un registro de revelaciones recibidas por los profetas, que son la fuente de los principios; y en los manuales encontramos las aplicaciones de esos principios revelados. No siempre tenemos esto claro, y a veces damos la categoría de “principios” a lo que no son más que aplicaciones de esos principios en nuestra forma de actuar, ser y pensar.

Este error puede influir negativamente al juzgar nuestra conducta y al decidir nuestros comportamientos. Eso es lo que vemos, por ejemplo, en los judíos de los tiempos de Jesús, que ponían las reglas de sus tradiciones por encima de los principios de la Ley. No basaban sus tradiciones en la Ley, sino que convertían sus costumbres y prácticas en la ley a seguir.

Jesús criticaba este comportamiento de los judíos en lo que ellos llamaban la “tradición de los ancianos”, porque ellos convertían esta tradición en muros que levantaban para ocultar la Ley. Por ello, Jesús les decía, aplicando las palabras de Isaías: “Este pueblo con los labios me honran, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres”. Y añadía: “Invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición” (véase Marcos 7:6–9).

Los judíos sustituían el cumplimiento de la Ley con rituales vacíos, confundiendo los ritos con la verdadera adoración, y lo profano con lo sagrado.

En una ocasión, los escribas y fariseos dijeron a Jesús: “¿Por qué quebrantan tus discípulos la tradición de los ancianos?, pues no se lavan las manos cuando comen pan” (véase Mateo 15:2). No se referían a la higiene, sino a rituales. Marcos aclara este asunto con estas palabras: “Porque los fariseos y todos los judíos, siguiendo la tradición de los ancianos, si no se lavan las manos muchas veces, no comen” (Marcos 7:3). Como los discípulos de Jesús no seguían esta tradición, los judíos los acusaban de comer, no con manos sucias, sino con manos “impuras” e “inmundas”, mezclando nuevamente lo profano con lo sagrado.

Una de las obsesiones de los judíos era el cumplimiento del día de reposo o “shabat”. Este verbo hebreo significa, en términos generales, “parar” o “cesar” de hacer algo, sin que ese reposo tenga necesariamente una conexión con lo religioso. El reposo adquiere un sentido religioso cuando dejamos de trabajar para consagrarnos a Dios. El problema, en este caso, radicaba en la desconexión que se establecía entre el descanso y la adoración.

Cuando acusaban a Jesús de no cumplir con el “shabat”, Él les enseñaba: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27). El propósito del día de reposo era bendecir y elevar, pero los judíos lo usaban para controlar y esclavizar a las personas, cuando en realidad debían sentirse libres de las ataduras del mundo y más cerca de Dios. Como dice el apóstol Santiago, Dios nos ha dado “la perfecta ley, la de la libertad” (Santiago 1:25).

En el Sermón del Monte, el Señor nos mostró el camino a la perfección. Y al enseñar esta senda sublime que tantos místicos buscaron con devoción, dijo en varias ocasiones: “Oísteis que fue dicho a los antiguos…, pero yo os digo…” (véase Mateo 5:21–22). Con esto, el Señor corregía las enseñanzas de las tradiciones que alejaban al pueblo de la perfección a la que todos los discípulos de Jesucristo deben aspirar. Jesucristo vino a traer la plenitud del Evangelio, una ley superior a las tradiciones humanas.

Eso es lo que hizo nuestro Señor Jesucristo cuando se apareció a José Smith en la Arboleda Sagrada, y ayudó finalmente a corregir, primero, la apostasía del cristianismo primitivo que, al igual que el judaísmo de los tiempos de Jesús, basaba sus enseñanzas en la tradición, dando la espalda a la revelación. Y segundo, sacar del error a los seguidores de la Reforma de Lutero, quienes afirman que “la Biblia es la revelación completa y final de Dios a los hombres”, rechazando la idea de un Dios vivo que se comunica con Sus hijos.

Porque la Biblia no es un libro, sino una colección de libros; y es, además, una colección incompleta. Los que encuadernaron esos libros y cerraron la edición fueron hombres, no Dios. Para Dios, el canon sigue abierto. Y la revelación continúa.

Porque, ¿quién se atreverá a tapar la boca a Dios, diciendo: “¡Una Biblia! ¡Una Biblia! ¡Tenemos una Biblia, y no puede haber más Biblia!”? (véase 2 Nefi 29:3). Por ello vino Jesucristo a la tierra: para restaurar Su Iglesia con Apóstoles y profetas, continuar revelando Su voluntad, dar a conocer la plenitud de Su Evangelio —que se había perdido—, y preparar la tierra y a sus habitantes para cuando vuelva a este mundo a establecer Su reino milenario.