Discípulos de Jesucristo para toda la vida
Devocional de la conferencia de maestros de religión, 12 de junio de 2005
Introducción: El énfasis de la Iglesia en desarrollar un discipulado para toda la vida
Estoy muy agradecido por estar con ustedes. Deseo agradecer a Gaye (Strathearn) su dulce oración de apertura; a la hermana Ellen Amatangelo, quien siempre hace hermosas interpretaciones al piano; al hermano Kevin Oviatt por ayudarnos con la música y a este maravilloso coro. Gracias a todos ustedes por su participación.
Escuché que mencionaron intérpretes y que esto se traducirá a varios idiomas, y no puedo contenerme de relatarles una anécdota graciosa que pueden dejar por fuera de la retransmisión, ya que no es fácil de traducir. Hace algunos años, me encontraba en una conferencia de estaca en Tempe, Arizona, y un intérprete que se hallaba en otra sala, y que supongo que usaba unos audífonos, estaba traduciendo la conferencia al español. Y él me dejó una nota en el púlpito. Yo la vi cuando me levanté, y la nota decía: “Por favor, hable despacio. Usted va a ser trasladado” [N. del T.: quiso decir: traducido]. [Risas] Pues no funcionó; así que me van a tener que escuchar esta noche.
Permítanme comenzar expresando la gratitud de la Primera Presidencia y del Cuórum de los Doce Apóstoles —y de hecho, de toda la Iglesia— por la labor que realizan con nuestros alumnos en todo el mundo. Ustedes están en la primera línea, colocando y defendiendo los cimientos de esta Iglesia, el Reino de Dios sobre la tierra, para el futuro. Gracias por su consagración. Creo firmemente que sus esfuerzos están marcando una notable diferencia para bien.
Los líderes de la Iglesia han estado haciendo hincapié en la importancia de formar discípulos de Jesucristo para toda la vida. Y hacemos este énfasis, por ejemplo, en la forma en que capacitamos a los líderes de misión y a los líderes locales de nuestros hombres y mujeres jóvenes en toda la Iglesia, Hacemos este énfasis en los temas que pedimos que enseñen las Autoridades Generales y los Oficiales Generales cuando viajan de un lugar a otro.
Obviamente, formar discípulos del Salvador para toda la vida también es fundamental para nosotros en la educación de la Iglesia. En el recurso del SEI “El fortalecimiento de la educación religiosa” se nos enseña:
“El propósito de la educación religiosa es enseñar el Evangelio restaurado de Jesucristo a partir de las Escrituras y de los profetas modernos de una manera que ayude a nuestros alumnos a:
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Desarrollar la fe en el Padre Celestial y un testimonio de Él y de Su ‘gran plan’ […];
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Convertirse en discípulos de Jesucristo para toda la vida, que hacen convenios y los guardan […]; [y]
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Fortalecer su capacidad para encontrar respuestas, resolver dudas, responder con fe y dar razón de la esperanza que hay en ellos ante cualquier desafío que afronten”1.
De manera similar, el objetivo de Seminarios e Institutos de Religión establece lo siguiente: “Nuestro propósito es ayudar a los hombres y mujeres jóvenes, y a los jóvenes adultos, a profundizar su conversión a Jesucristo y Su Evangelio restaurado, a hacerse merecedores de las bendiciones del templo y a prepararse ellos mismos, a sus familias y a los demás para la vida eterna con su Padre Celestial”.
El discipulado para toda la vida es un aspecto esencial de la doctrina de Cristo. La doctrina de Cristo expresa cómo venimos a Cristo y recibimos el don de Su gracia expiatoria. Ejercemos nuestro albedrío para tener fe en Él, arrepentirnos, ser bautizados y recibir el Espíritu Santo. Pero para que la Expiación de Cristo desempeñe su efecto pleno y transformador en nosotros, es necesario que continuemos en esta senda de los convenios, la senda del discipulado, hasta el final de nuestra vida terrenal. En palabras de Nefi: “Y oí la voz del Padre que decía: Sí, las palabras de mi Amado son verdaderas y fieles. Aquel que persevere hasta el fin, este será salvo. Y ahora bien, amados hermanos míos, por esto sé que a menos que el hombre persevere hasta el fin, siguiendo el ejemplo del Hijo del Dios viviente, no puede ser salvo”2.
El presidente Nelson ha enseñado: “Los discípulos verdaderos de Jesucristo están dispuestos a destacarse, defender sus principios y ser diferentes a la gente del mundo. Son impávidos, devotos y valientes”3. ¿Cómo se logra este tipo de discipulado? ¿Qué significa eso para nosotros como maestros de religión? Y ¿cómo podemos enseñar más eficazmente de una manera que nuestros jóvenes y jóvenes adultos lleguen a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida?
Esta noche, comenzaré analizando cómo el ejercicio del albedrío personal profundiza la conversión y conduce al discipulado para toda la vida. Luego, los invitaré a considerar cómo estas ideas deberían influir en la forma en que enseñamos como maestros de religión, centrándonos en el modo en que el Salvador mismo enseñaba a Sus discípulos. Por último, concluiré haciendo algunos comentarios sobre cómo el hecho de brindar a los alumnos más oportunidades de asumir la responsabilidad de su aprendizaje también los ayudará a responder a la petición del presidente Nelson de responsabilizarse de su testimonio.
La función del albedrío en el discipulado
Primero, la función del albedrío en el discipulado. Uno de los dones más importantes que Dios dio a Sus hijos fue el albedrío moral. Este poder y privilegio —y responsabilidad— de actuar por nosotros mismos es esencial para alcanzar nuestro pleno potencial como hijos de Dios. Es fundamental para nuestro progreso en la senda de los convenios. Como ustedes saben, el plan de Dios no consistía en que Él lo hiciera todo por nosotros, sino en proporcionar una estructura que nos permitiera tomar nuestras propias decisiones para crecer individualmente. El albedrío fue clave para nuestro progreso como espíritus en el pasado, y es clave para lo que podemos llegar a ser en el contexto del plan de felicidad de Dios, ahora y en la eternidad.
El adversario lo sabe, y procura poner en riesgo nuestro albedrío. En Moisés leemos lo siguiente:
“Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, […] el Señor, le había dado, y que también le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigénito.
“Y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quieran escuchar mi voz”4.
La guerra en los cielos puede entenderse, en gran parte, como una batalla para preservar el albedrío del hombre. Y esa batalla continúa en esta esfera terrenal. Satanás ataca el albedrío en al menos dos frentes: por un lado, inspira doctrinas y movimientos políticos que disminuyen la responsabilidad personal o emplean la compulsión o la coacción. El Señor declara, por ejemplo, que la razón principal por la que hizo que se estableciera y mantuviera la Constitución de los Estados Unidos es “para los derechos y la protección de toda carne, […] para que todo hombre obre en doctrina y principio […], de acuerdo con el albedrío moral que yo le he dado, para que todo hombre responda por sus propios pecados en el día del juicio”5. A continuación cita un ejemplo particularmente atroz de la violación del albedrío, declarando lo siguiente: “Por tanto, no es justo que un hombre sea esclavo de otro”6. El plan de Lucifer siempre ha sido una u otra forma de esclavitud.
El otro foco del ataque del adversario contra el albedrío tiene un significado particular para nosotros como maestros. Como se indica en el pasaje de las Escrituras que acabamos de citar, Satanás, “el padre de todas las mentiras”, actúa “para engañar y cegar a los hombres”7. El albedrío pierde sentido si no sabemos lo que es verdadero y lo que no lo es, y por lo tanto no podemos tomar decisiones inteligentes e informadas. El antídoto contra el engaño es la verdad. Tal como el Salvador declaró: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”8. Creo que se refiere a libres del cautiverio del pecado y del error, pero también libres para ejercer nuestro albedrío con entendimiento, libres y capaces de tomar decisiones sabias. Ahí es donde entramos nosotros como maestros de la palabra de Dios. Satanás solo puede tener poder en la medida en que uno no “escuch[e] [la] voz [del Señor]”. Dios envió a Su Hijo como “el camino, y la verdad y la vida”9. Él nos da profetas para enseñarnos y guiarnos a la verdad, Él ha dado el don del Espíritu Santo para confirmar esa verdad, y nuestra función es ayudar a los alumnos a oír y elegir aceptar la verdad.
Pero el albedrío en el contexto de la educación religiosa requiere un paso que va más allá de impartir las verdades del Evangelio. Es esencial que enseñemos de una manera que invite a los alumnos a ejercer su albedrío en el proceso de aprendizaje. Queremos ayudarlos a participar activamente en el proceso y a asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje. Activar el albedrío de los alumnos para que se responsabilicen personalmente de su aprendizaje tiene implicaciones para el desarrollo de creencias duraderas y testimonios duraderos. Eso es lo que hace que puedan llegar a ser discípulos de Jesucristo activos y para toda la vida. Hablaré más sobre esto más adelante, pero permítanme agregar aquí un comentario relacionado con los convenios.
Decidir por nosotros mismos es una de las razones por las que el presidente Nelson se ha centrado tanto en los convenios. Cuando decidimos concertar convenios y guardarlos, estamos tomando decisiones exclusivamente personales para seguir a nuestro Salvador. El presidente Nelson explicó lo siguiente:
“Durante esta vida decidimos qué leyes estamos dispuestos a obedecer —las del Reino Celestial, o las del Reino Terrestre, o las del Reino Telestial— y, como consecuencia, en qué reino de gloria viviremos para siempre. Cada decisión justa que tomen aquí generará enormes dividendos ahora, pero las decisiones justas de la vida terrenal reportarán unos dividendos inimaginables en la eternidad. Si deciden hacer convenios con Dios y son fieles a esos convenios, tienen la promesa de ‘gloria [aumentada] sobre su cabeza para siempre jamás’”10.
Así pues, responsabilizarse de las decisiones profundiza la convicción personal. Cuando no actuamos por nosotros mismos, sin darnos cuenta, podemos descubrir que nuestra fe carece de la profundidad necesaria para responder las preguntas y superar los desafíos de la vida y para ser discípulos de Jesucristo para toda la vida. El Señor mismo dijo:
“Porque aquellos que son prudentes y han recibido la verdad, y han tomado al Santo Espíritu por guía, y no han sido engañados, de cierto os digo que estos no serán talados ni echados al fuego, sino que aguantarán el día”11.
Enseñar a la manera del Salvador
Esta función fundamental que desempeña el albedrío en nuestro desarrollo personal tiene implicaciones en la forma en que enseñamos como maestros de religión. Pedimos a los líderes de misión que recuerden esto al dar a sus misioneros oportunidades de liderar y dirigir la obra misional. Pedimos a los líderes de los jóvenes que les den oportunidades de “llevar el yugo” del liderazgo junto a sus mentores adultos. Y les pedimos a ustedes, nuestros maestros de religión, que enseñen de maneras que fomenten la participación y la responsabilidad personal de su propio aprendizaje. En cada uno de estos entornos, el verdadero crecimiento se produce de manera más eficaz cuando se da a los jóvenes oportunidades de actuar, y no solo de que se actúe sobre ellos.
Recuerdo con alegría cuando fui maestro de Seminario matutino. Aprendí por experiencia que ese es un llamamiento al que uno debería definitivamente aspirar. Dos de esos años como maestro de Seminario coincidieron con mi época de estudiante de Derecho. Con el deseo de que mis alumnos tuvieran la experiencia de saber lo que significa tener el valor de vivir por la fe, invité a uno de mis compañeros de clase, que no era miembro de la Iglesia pero sí era un hombre de fe, a que fuera una mañana a hablar a mi clase. Mi amigo Richard tenía serios problemas en la vista, los cuales requerían tratamientos periódicos y dolorosos que incluían, si lo pueden imaginar, sacarle los globos oculares de sus órbitas para procedimientos médicos. La facultad de Derecho requería mucha lectura, pero él no podía ver lo suficientemente bien como para leer, así que contrató a varios alumnos de pregrado para que leyeran para él todos los días fuera de clase. A pesar de esos serios desafíos, era bondadoso y muy querido por sus compañeros de estudios. Su ejemplo nos inspiraba a todos.
Richard vino y relató su historia en mi clase de Seminario, y habló de su creencia en Dios y cómo sentía que Dios contestaba sus oraciones. Los alumnos tuvieron la oportunidad de verlo y escucharlo de cerca y de hacerle preguntas, y eso les ayudó a entender el poder de la fe en la vida real y lo que eso podía significar en sus vidas. A la vez, en sentido figurado, esa experiencia abrió los ojos de Richard a la bondad de mis queridos alumnos de Seminario. (Una de las cosas que le impresionaron fue ver a adolescentes en una clase a las 6:00 a. m.).
Ahora, consideren cómo enseñaba el Salvador. Jesús no solo decía a Sus discípulos lo que debían hacer, ni lo hacía todo por ellos, sino que enseñaba de maneras que requerían que ellos pensaran, participaran, analizaran y pusieran en práctica Sus enseñanzas. Gracias a eso, cuando el Salvador dejó de estar físicamente con Sus discípulos, ellos estaban más preparados para recibir el Espíritu Santo y ser guiados por Él al actuar por sí mismos12. En Enseñar a la manera del Salvador leemos lo siguiente: “Tuvo que haber sido impresionante ver al Salvador caminar sobre el agua, pero para Pedro eso no fue suficiente; él quería [y necesitaba] hacer lo que el Salvador hacía, estar donde Él estaba y experimentar aquello por sí mismo”13. Por supuesto, eso también significaba que Pedro cometería errores, pero el Salvador repetidamente le dio a Pedro —y nos da a todos nosotros— oportunidades de actuar y fortalecerse por medio de sus esfuerzos e, incluso, de sus fracasos14.
A fin de crear este tipo de experiencias de aprendizaje para Sus discípulos, el Salvador encontró maneras de ayudarlos a asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje. Tomen en cuenta estas tres maneras en que el Salvador involucraba a Sus discípulos: (1) recurriendo a las parábolas, (2) haciendo preguntas inspiradas y (3) extendiendo invitaciones personales.
Recurrir a las parábolas. Daré un comentario sobre cada una de ellas: Primero, las parábolas. Piensen en el uso que Cristo hacía de las parábolas. En lugar de dar directamente la explicación o una declaración directa, el Salvador siempre invitaba a Sus seguidores a reflexionar sobre el significado más profundo de lo que Él estaba enseñando. Eso requería un esfuerzo por parte de ellos. Se me ocurren varias maneras en que mi comprensión de la obediencia se ha fortalecido al estudiar la parábola del sembrador15. He comprendido mejor el perdón al estudiar la del hijo pródigo16. Mi deseo de sentir y mostrar caridad hacia todos ha aumentado por medio de la parábola del buen samaritano17.
De manera similar, me he convertido en un mejor discípulo y líder al reflexionar sobre la mayordomía tal como se explica en la parábola de los talentos18. Una de las cosas que me vino a la mente al meditar en esta parábola fue que los primeros dos siervos —el que había recibido cinco talentos y el que había recibido dos; y ambos multiplicaron sus talentos—, recibieron el mismo elogio y la misma recompensa aunque el número de sus talentos fuera diferente. El primero, con cinco talentos, como recordarán, duplicó su total a diez; y el segundo, que comenzó con dos, devolvió cuatro. Pero ambos recibieron una respuesta idéntica de su Señor: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”19. Pienso que eso significa que no todos tenemos que alcanzar el mismo nivel ni progresar al mismo tiempo para cosechar la bendición del Señor y, finalmente, el don de la vida eterna. Simplemente tenemos que ser diligentes con los dones, las habilidades y las oportunidades que tenemos. Creo que incluso el siervo con un talento, si hubiera trabajado y servido para ganar un segundo talento en lugar de esconderlo, también habría recibido la misma recompensa que recibieron sus dos hermanos. Enseño a los líderes y a otras personas que, si hacen lo que pueden, el Señor magnificará y recompensará sus esfuerzos y, a su debido tiempo, recibirán la plenitud de Sus bendiciones.
Hacer preguntas inspiradas. En cuanto al uso de preguntas inspiradas, el Salvador también enseñó de esa manera. Por ejemplo, cuando preguntó a Sus discípulos: “¿Quién decís que soy yo?”. Es obvio que Él sabía la respuesta con más claridad y profundidad que Sus discípulos, pero le dio a Pedro la oportunidad de reflexionar y luego responder la pregunta él mismo. El hecho de que Pedro verbalizara sus pensamientos profundizó su propio testimonio cuando declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”20. Después de Su Resurrección, el Salvador hizo a Pedro una pregunta diferente en tres ocasiones: “Simón hijo de Jonás, ¿me amas?”. Cada una de las veces, Pedro respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”. En esta ocasión, la pregunta permitió que el Salvador le enseñara a Pedro respondiendo cada vez: “Apacienta mis ovejas”21.
Extender invitaciones. Y finalmente, extender invitaciones. En otras ocasiones, el Salvador respondió la pregunta que Él había hecho, pero de un modo tal que sirvió de invitación. Al hablar a Sus discípulos en el hemisferio occidental, el Salvador preguntó: “¿Qué clase de hombres habéis de ser?”, y a continuación Él mismo respondió: “En verdad os digo, aun como yo soy”22. Podemos pensar en otras invitaciones importantes del Salvador. Consideren, por ejemplo, Su invitación: “Ven, sígueme”. Y a veces, Sus invitaciones iban acompañadas de promesas, y continúan viniendo con promesas. Por ejemplo, en Doctrina y Convenios el Señor nos extiende la siguiente invitación: “Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis; pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá”23. En todas las invitaciones del Salvador, Él da a Sus discípulos oportunidades de actuar, pensar y hacerse cargo de su propio aprendizaje y crecimiento.
Implicaciones en la educación religiosa
A principios de este año, el élder Clark Gilbert extendió a nuestros maestros de Seminario e Instituto una invitación a buscar deliberadamente maneras de proporcionar a los alumnos oportunidades de actuar y asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje. Se basó directamente en la sección del manual Enseñar a la manera del Salvador titulada “Fomentar el aprendizaje diligente”24. Me parece significativo que el título de esta sección se centre en el aprendizaje más que en la enseñanza. Para mí, esto es un recordatorio de que los maestros eficaces invitan a los alumnos a asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje. Cuando enseñamos de una manera que solo invita a escuchar e ignora la participación activa por parte del alumno, corremos el riesgo de enviar a los alumnos la señal de que damos más valor a nuestra enseñanza que a su aprendizaje.
En Enseñar a la manera del Salvador, se nos recuerda que fomentar el aprendizaje diligente requiere que ayudemos a los alumnos a convertirse en agentes de su propio proceso de aprendizaje. Hay varias maneras en que podemos hacerlo, pero permítanme recalcar al menos tres de las que se sugieren en este recurso de enseñanza:
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Primero, podemos crear experiencias de aprendizaje en las que “invite[mos] a los alumnos a prepararse para aprender” (cursiva agregada). Esto se puede hacer mediante asignaciones de lectura previa, preguntas de estudio e invitaciones personales.
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Segundo, debemos “anim[ar] a los alumnos a compartir las verdades que están aprendiendo” (cursiva agregada). Hay muchas maneras de hacerlo, y cada uno de ustedes encontrará enfoques personalizados que funcionen para usted y sus alumnos. Cuando estaba en la facultad de Derecho, a menudo aprendía a través de lo que se llamaba el método socrático, por el cual los maestros ayudaban a los alumnos a explorar un caso legal pidiendo a la clase que abordara el material a través de una serie de preguntas cuidadosamente desarrolladas. Teníamos que venir a la clase preparados para expresar nuestras propias ideas y escuchar a los demás. He visto a maestros de Instituto que brindan oportunidades a los alumnos de compartir lo que están aprendiendo mediante análisis en clase bien estructurados; y eso requiere de maestros bien preparados que involucran a alumnos que están bien preparados en un espíritu de investigación y diálogo. Ya sé que así son siempre las clases de ustedes: Todos los alumnos están bien preparados, y todos los maestros están bien preparados. Pero esta es la invitación.
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Y tercero, debemos “invit[ar] a los alumnos a vivir lo que están aprendiendo” (cursiva agregada)25. Siempre debemos buscar maneras de invitar a los alumnos a poner en práctica en su vida lo que están aprendiendo. Esto se puede lograr por medio de invitaciones personales, ejercicios de reflexión y muchos otros esfuerzos para ayudar a los alumnos a cambiar y llegar a ser algo más en Cristo.
Estos esfuerzos para que se preparen, compartan y pongan en práctica requieren reflexión y, a veces, pueden requerir más trabajo por parte del maestro; lo cual puede ser especialmente cierto cuando se esfuerzan por ayudar a los alumnos a relatar experiencias y a enseñarse unos a otros. Esto no significa que no haya situaciones específicas en las que hablemos directa y unilateralmente, especialmente cuando hacemos hincapié en un mensaje clave o establecemos un principio fundamental. La reunión de esta noche es uno de esos ejemplos de establecer un mensaje fundamental. Pero este mensaje debe ir seguido de oportunidades más frecuentes para que todos participemos en el proceso de aprendizaje al comentar lo que estamos aprendiendo y poner en práctica ese aprendizaje en nuestra propia enseñanza.
Espero que hayan reconocido la preparación que les pedimos que realizaran antes de esta tarde con preguntas de estudio y materiales de lectura que se brindaron con antelación. Mañana y en las próximas semanas los invitaremos a analizar con sus colegas y compañeros lo que están aprendiendo acerca de enseñar a la manera del Salvador. También les pediremos que identifiquen los aspectos en los que pueden fortalecer su propia enseñanza basándose en el mensaje de esta noche y en otros recursos de enseñanza que se impartirán mañana.
Permítanme hacer una pausa aquí y presentar otro recurso de enseñanza que vale la pena estudiar, aunque fue escrito para una audiencia diferente. Me refiero al capítulo 10 del manual misional, Predicad Mi Evangelio. Este capítulo se titula “Enseñe para edificar la fe en Jesucristo”. La enseñanza misional es, por supuesto, lo máximo para ayudar a las personas a comprometerse y transformar su vida ejerciendo su albedrío moral. La meta es la conversión por medio de la influencia del Espíritu Santo y la gracia de Cristo, que conduce al discipulado para toda la vida. Y de eso también se trata en el Sistema Educativo de la Iglesia, desde luego. Por ello digo que podrían ampliar sus conocimientos estudiando este recurso, así como Enseñar a la manera del Salvador. Naturalmente, hay una considerable superposición entre los dos manuales, pero leer algo que puede expresar un principio o una idea de una manera un poco diferente a veces puede aportar una nueva perspectiva o una comprensión más profunda. Algunas de las preguntas que se abordan en el capítulo 10 de Predicad Mi Evangelio son: “¿Cómo puedo enseñar por el Espíritu?”, “¿cómo puedo enseñar de las Escrituras?”, “¿cómo debo compartir mi testimonio cuando enseño?”, “¿cómo puedo planificar y adaptar mi enseñanza para atender las necesidades de las personas?” o “¿cómo puedo hacer mejores preguntas y escuchar mejor?”. Y quiero que sepan que no me pagan por decir esto.
Ayudar a los alumnos a responsabilizarse de sus testimonios
Y para finalizar, ayudar a los alumnos a responsabilizarse de sus testimonios. Fomentar el aprendizaje diligente es fundamental para el desarrollo de discípulos de Jesucristo para toda la vida, ya que ayuda a los alumnos a asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje, como hemos estados diciendo. Una de las maneras en que el presidente Nelson ha fomentado la responsabilidad de nuestro progreso personal es su invitación a los jóvenes adultos a responsabilizarse de su propio testimonio. En su devocional mundial para jóvenes adultos en 2022, el presidente Nelson dijo lo siguiente:
“Les ruego que se hagan cargo de su propio testimonio. Trabajen para conseguirlo; háganse responsables de él. Cuídenlo, nútranlo de manera que crezca, aliméntenlo con la verdad. No lo mezclen con las filosofías falsas de hombres y mujeres incrédulos para luego preguntarse por qué se está debilitando. Practiquen la oración humilde, sincera y diaria. Nútranse con las palabras de los profetas antiguos y modernos. Pídanle a Dios que les enseñe cómo escucharlo mejor. Dediquen más tiempo a ir al templo y a la obra de historia familiar. “Al hacer de su testimonio su prioridad mayor, observen cómo se producen milagros en sus vidas”26.
El presidente Nelson repitió esta súplica a toda la Iglesia en su discurso de la Conferencia General de octubre de 2022 titulado “Vencer al mundo y hallar descanso”27.
Al dirigirse a los jóvenes adultos, el presidente Nelson hizo una serie de preguntas: “¿Desean sentir paz en cuanto a las preocupaciones que actualmente los agobian? ¿Desean conocer mejor a Jesucristo? ¿Desean aprender cómo Su poder divino puede sanar sus heridas y debilidades? ¿Desean experimentar el dulce y reconfortante poder de la Expiación de Jesucristo actuando en sus propias vidas? Buscar respuestas a estas preguntas requerirá esfuerzo, mucho esfuerzo”28. Él incluso valida las preocupaciones de los alumnos diciendo: “Si tienen preguntas, y espero que las tengan, busquen respuestas con el ferviente deseo de creer. Aprendan todo lo que puedan sobre el Evangelio y asegúrense de acudir a fuentes llenas de verdad para encontrar guía”.
Esto es lo que significa fomentar el aprendizaje diligente, y esto es lo que se requerirá de nosotros para invitar a nuestros alumnos a responsabilizarse de su testimonio. El responsabilizarse del propio aprendizaje debe estar apoyado por la forma en que estructuramos nuestra enseñanza de tal modo que los alumnos tengan oportunidades de participar con la profundidad y el rigor necesarios para desarrollar un verdadero discipulado. Observen de nuevo la invitación del profeta: “Trabajen para conseguirlo; háganse responsables de él. Cuídenlo, nútranlo de manera que crezca”. ¿Propician nuestros salones de clases este tipo de participación individual que fomenta el testimonio y el discipulado? ¿Hay maneras en que cada uno de nosotros pueda mejorar sus esfuerzos por fomentar el aprendizaje diligente?
Conclusión
Esta noche, comencé repasando los propósitos de la educación religiosa en la Iglesia, incluyendo la necesidad de ayudar a nuestros alumnos a:
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“Desarrollar la fe en el Padre Celestial y un testimonio de Él y de Su ‘gran plan’ […],
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Convertirse en discípulos de Jesucristo para toda la vida, que hacen convenios y los guardan […], [y]
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Fortalecer su capacidad para encontrar respuestas, resolver dudas, responder con fe y dar razón de la esperanza que hay en ellos ante cualquier desafío que afronten”29.
Cuando ayudamos a los alumnos a ejercer su albedrío personal, su conversión se profundiza de maneras que los conducen a un discipulado para toda la vida. El pasado mes de octubre, el presidente Nelson declaró: “Este es el momento de que hagamos de nuestro discipulado nuestra máxima prioridad”30. Y añadió: “No es demasiado pronto ni demasiado tarde para que se conviertan en discípulos devotos de Jesucristo”31. Actuemos diligentemente ahora, antes de que sea demasiado tarde. Este es el momento, dijo él. Cada vez me conmueve más la súplica de advertencia de mi hermano Pablo a los élderes de Éfeso:
“Por tanto, mirad por vosotros y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre.
“Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño;
“y de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas, para arrastrar a los discípulos tras sí”32.
Los alumnos para quienes somos, en palabras de Pablo, “obispos”, son infinitamente valiosos, ganados por la propia sangre del Salvador. Se nos manda dar un ejemplo fiel y nutrirlos y fortalecerlos contra los “lobos rapaces” que puedan encontrar fuera de la Iglesia, e incluso dentro de ella —como dice Pablo: “entre [n]osotros mismos”—, que hablan mentiras y procuran convertirlos en sus propios discípulos en lugar de discípulos del Maestro. Debemos ayudarlos a aprender la verdad, el uso prudente del albedrío y, sobre todo, el amor profundo y duradero del Padre y el Hijo.
Doy testimonio de nuestro amoroso y amado Padre Celestial y de Su plan de redención. Testifico de la realidad viviente de Su Hijo Unigénito, Jesús, el Redentor resucitado, quien se sienta a la diestra del Padre, donde Él ha reclamado Sus derechos de misericordia sobre los hijos de los hombres33. Al igual que Mormón, profeso ser discípulo de Jesucristo34 y procuro ser discípulo de Cristo mientras viva. Ruego que cada uno de nosotros sea fortalecido en su propio discipulado y en sus esfuerzos por ayudar a tantos como podamos a llegar a ser discípulos devotos de Jesucristo para toda la vida.
Que Dios los bendiga. En el nombre de Jesucristo. Amén.