Nuestra meta es el discipulado para toda la vida
El impacto de la buena enseñanza del Evangelio
Devocional de la conferencia de maestros de religión, 12 de junio de 2005
Soy de Tennessee, un lugar conocido como el centro del Cinturón de la Biblia, y cuando estaba en la escuela secundaria, formé parte de una organización llamada Asociación de deportistas cristianos. Aunque ahora no lo parezca, por ese entonces era un deportista bastante bueno y estaba muy en forma. Hace unos años, mi madre envió a mi esposa una fotografía de cuando yo estaba en la escuela secundaria, y tenía mucho cabello y algo de musculatura. Junto con la fotografía, mi madre envió un mensaje consolador a mi esposa que decía: “Esto es lo que debes esperar con anhelo en la resurrección”.
La Asociación de deportistas cristianos era y es una organización con una gran misión. Era una comunidad de deportistas de distintas religiones que compartían su fe en Cristo. Al finalizar el tercer año de la escuela secundaria, se me eligió presidente de la delegación de mi colegio para el siguiente año, que sería mi último año de secundaria.
Se envió mi nombre como nuevo presidente de la delegación a la oficina del estado, junto con la información de la Iglesia a la que pertenecía. Poco después, nuestro supervisor del cuerpo docente recibió un mensaje que indicaba que se debía enviar otro nombre. El supervisor me indicó que le habían dicho que no se me podía elegir como presidente, pues ellos no reconocían como cristianos a los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Nunca antes se había puesto a prueba mi fe de esa manera.
Eligieron a otro presidente pero, tras unos meses, me informaron que algunos representantes de la Iglesia habían hablado con la Asociación de deportistas cristianos y el asunto se había resuelto. Permanecí activo en el grupo debido a las muy buenas personas que formaban parte de él.
Al final de cada año escolar, cada delegación de cada escuela secundaria votaba al deportista del año y al final de ese, mi último año, mis compañeros me votaron como el “deportista del año de la Asociación de deportistas cristianos”. A decir verdad, pensé que se estaba haciendo la debida justicia. El año anterior ni siquiera me habían reconocido como cristiano y ahora me galardonaban.
Y bien, se envió mi nombre como el deportista del año de mi escuela secundaria a las oficinas del estado, junto con la información de la Iglesia a la que pertenecía. Sin embargo, nuestro supervisor del cuerpo docente recibió nuevamente un mensaje que indicaba que se debía enviar otro nombre. Aparentemente, el asunto no se había solucionado.
El supervisor, que era mi entrenador de fútbol americano y de lucha libre, me dijo que había solicitado que viniera alguien de las oficinas del estado a conversar conmigo en nuestra escuela y me explicara la decisión, con la que él no estaba de acuerdo.
Un hombre muy agradable y bienintencionado vino para reunirse conmigo. Nos reunimos en el salón de mi entrenador durante el tiempo en que este no dictaba clases. El hombre explicó que quería que yo entendiera por qué no se consideraba cristianos a los miembros de nuestra Iglesia.
Entonces tomó una hoja de papel de su maletín. La hoja contenía diez aspectos de nuestra doctrina que él dijo que no eran compatibles con la definición de cristianismo de ellos. Son aspectos conocidos para ustedes: Nuestra creencia de que la Trinidad está formada por Seres separados, la de que hay más libros de Escrituras aparte de la Biblia, etc.
Él presentó esos puntos, y fue muy amable, diría incluso que, cristiano. Se trataba de un buen hombre, solo que estaba confundido. Volvió a abrir su maletín, guardó el papel y me preguntó sinceramente si tenía alguna pregunta.
Le respondí: “Sí, claro”. Le dije: “Me pareció ver una Biblia en su maletín, ¿es así?”.
Y él dijo: “Sí”.
Le pregunté: “¿Podríamos leer algunos pasajes de las Escrituras?”
Debo decirles que tenía muy buenos maestros de Seminario y los alumnos éramos muy buenos en las búsquedas de pasajes de las Escrituras. En esa época, teníamos cuarenta pasajes de Dominio de las Escrituras cada año, y cada viernes nos traían rosquillas y teníamos la competencia de búsqueda de pasajes de las Escrituras; y yo era más competitivo de lo debido. No solo tenía marcados en rojo los pasajes del Dominio de las Escrituras, sino que también me había dado cuenta de que —y lo admito con algo de vergüenza—, si arrugaba las hojas donde estaban dichos versículos, podías abrir el libro justo donde se hallaban con más facilidad. Además, justo antes de que comenzara la competencia de búsqueda de pasajes de las Escrituras de la estaca, ponía un poco de talco en las hojas. Si colocaba la mano lo suficientemente cerca de las Escrituras y hojeaba las páginas, se abrían justo en alguno de los pasajes del Dominio de las Escrituras.
El hombre fue amable y me dejó usar su Biblia, que, por cierto, no tenía mis marcas para la búsqueda de pasajes de las Escrituras. Leímos juntos Mateo 3, Hechos 7, 1 Crónicas 29 y otros pasajes. Tengo que admitir que me escuchó amablemente, y no se produjo ningún cambio en la decisión, pero sí en mí.
De alguna manera, al revisar esos versículos de las Escrituras, sentí la verdad de ellos como no la había sentido antes. Algunas veces, el testimonio llega después de la prueba1. Mi testimonio, mi conversión, no se produjo como resultado de esa experiencia; los sucesos extraordinarios rara vez producen una fe duradera. Pero aquella fue una de muchas otras experiencias que me brindaron un testimonio que ha crecido a lo largo del tiempo.
Agradezco mucho a mis maestros de Seminario matutino, que me ayudaron a poner los cimientos sobre los cuales edificar. Aunque deseaban mucho que nuestro barrio ganara la competencia de estaca de búsqueda de Escrituras, les preocupaba mucho más ayudarnos a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida. Ellos marcaron una diferencia en mi vida. Espero que, en los momentos serenos en que ustedes reflexionan acerca de cómo enseñan, reconozcan el impacto significativo que tienen en la vida de aquellas personas a las que enseñan.
La nueva generación es asombrosa. En la conferencia general más reciente, el presidente Russell M. Nelson ha dicho que “la nueva generación se está levantando como leales seguidores de Jesucristo”2. En otra ocasión, les dijo a ellos: “¡Ustedes tienen la capacidad de ser más inteligentes y sabios y tener un impacto más grande en el mundo que cualquier generación anterior!”3. Para alcanzar ese potencial, necesitan, entre otras cosas, buenos maestros del Evangelio.
Ellos rebosan de fe, pero “la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios”4. “¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”5. Ellos entienden el Evangelio como ninguna otra generación anterior, pero ¿cómo pueden “ent[ender] lo que lee[n] […] si [algún maestro] no [les] enseña?”6.
Pablo escribió a los Corintios: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego milagros”7. Así que ustedes se encuentran justo en medio de los apóstoles, los profetas y los milagros; y tienen una función esencial en la majestuosidad de este momento y el apresuramiento de la obra de Dios8.
El objetivo es el discipulado para toda la vida
En su mensaje de anoche, el élder D. Todd Christofferson, comenzó y concluyó sus palabras repasando los propósitos de la educación religiosa en la Iglesia. Me impresionó la reiteración y el énfasis en ayudar a los alumnos a llegar a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida. Pareció tener gran interés en recordarnos lo que esperamos lograr al enseñar.
Solo seis meses después de ser llamado al Cuórum de los Doce Apóstoles, el entonces élder Russell M. Nelson habló en este campus en un devocional dominical. Su mensaje fue inspirador y lleno de significado, pero lo que me gustaría resaltar es el título de su discurso. Hizo la introducción de esta manera: “He titulado mi discurso: ‘Comiencen con el fin en mente’”. Luego explicó: “Supongo que algo de esto proviene de mi experiencia como cirujano. Las incisiones programadas nunca se hacen sin planificar cómo cerrarlas. Igualmente, ese mismo principio se aplica de forma general en todos los campos. Las estrellas de atletismo no comienzan la carrera sin saber dónde se encuentra la línea de meta”9.
Mantener el fin en mente —el saber dónde se encuentra la línea de meta y comprender cuál es el objetivo final— siempre es importante, pero es especialmente crucial en la enseñanza del Evangelio . Cuando nos centramos en ese objetivo divino, tenemos muchas más posibilidades de alcanzarlo.
El presidente Thomas S. Monson dijo: “El objetivo […] de la enseñanza del Evangelio […] no es ‘verter información’ en la mente de los miembros de la clase […]. El objetivo es inspirar a la persona a meditar, sentir y luego hacer algo para vivir los principios del Evangelio”10.
Como indica el Manual General: “Enseñamos el Evangelio para ayudar a las personas a fortalecer su fe en nuestro Padre Celestial y en Jesucristo. Procuramos ayudar a las personas a volverse más semejantes al Salvador, recibir de Su poder en su vida y, en última instancia, obtener la vida eterna”11.
Ustedes ya hacen esto de una manera extraordinaria. Vemos el impacto que tienen en las vidas de los de la nueva generación. Ahora hay más jóvenes participando en Seminario e Instituto, más sirviendo en misiones, más sirviendo en el templo, más convirtiéndose en discípulos de Jesucristo de por vida.
Mi invitación de hoy es sencilla: sigan enseñando de manera intencional con el objetivo del discipulado para toda la vida. Analicen todo lo que hagan a través de esa lente. Revisen periódicamente lo que enseñan, cómo lo enseñan, e incluso qué evalúan. Revisen no solo lo que les están ayudando a saber, sino también lo que les están inspirando a hacer y a llegar a ser. Enseñen con la intención de ayudarlos a llegar a ser una “nueva criatura”12 en Cristo.
Algunas preguntas que pueden considerar: ¿De qué modo impacta lo que enseño, y la manera en que lo enseño, en la forma en que mis alumnos se sentirán con respecto a las preguntas de la entrevista de la recomendación para el templo? ¿Mi enseñanza edifica la fe en el Padre Celestial, en Jesucristo y en el Espíritu Santo? ¿Fortalece los testimonios de la restauración del Evangelio de Jesucristo y de los profetas y apóstoles vivientes? ¿Fortalece la determinación de los alumnos de guardar los mandamientos y arrepentirse diariamente?
Fomentar el aprendizaje diligente
Si nuestra meta es el discipulado de por vida, debemos, como nos invitó a hacer el élder Christofferson, “considerar cómo enseñaba el Salvador”. La forma en que enseñamos importa.
Tal vez recuerden las palabras del élder Boyd K. Packer acerca de los “cómos de la enseñanza” en las conferencias de zona, cuando él era presidente de misión. La hermana Packer hacía un pastel de tres capas, hermosamente decorado con coloridas capas de glaseado. Luego escribía encima: “El Evangelio”.
Cuando los misioneros estaban reunidos, se traía el pastel con cierta ceremonia. El presidente Packer indicaba que el pastel representaba el Evangelio, y luego preguntaba: “¿Quién desea un poco?”.
Y bueno, no es difícil encontrar misioneros que quieran pastel. Se le pedía acercarse a un voluntario, que ignoraba lo que sucedería. Entonces, el presidente Packer hundía su mano en la parte superior del pastel, y arrancaba con la mano un trozo grande; apretaba bien el puño de modo que el glaseado se escapara entre los dedos, y luego arrojaba el trozo de pastel al asombrado élder, manchándole el traje, el cual quedaba salpicado de glaseado.
Después de detenerse brevemente para crear suspenso, se volvía al resto de misioneros y preguntaba si alguien más quería algo de pastel. Él solía decir: “Por alguna razón, nadie respondía afirmativamente”.
Luego tomaba un plato de cristal, un tenedor de plata, una servilleta de tela y una bella espátula de plata para servir, y giraba el pastel. Entonces, con gran solemnidad, cortaba una porción del otro lado, la ponía con cuidado en el plato de cristal y preguntaba: “¿Alguien desea un trozo de pastel?”.
El presidente Packer explicaba: “La lección era obvia. En ambos casos el pastel era el mismo, con el mismo sabor y el mismo alimento. La manera de servirlo o bien era tentadora y atractiva, o bien desagradable e incluso repugnante”. Entonces recordaba a los misioneros que el pastel representaba el Evangelio y les preguntaba cómo lo estaban sirviendo13.
La manera en que servimos el Evangelio puede marcar la diferencia entre verter información en la mente de nuestros alumnos o inspirarlos a aprender diligentemente de modo que cambien su corazón, su visión, sus acciones y su naturaleza misma para llegar a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida14.
Para enseñar como lo hacía el Salvador, amamos a quienes enseñamos, enseñamos por el Espíritu y enseñamos la doctrina15. Eso es lo que hacemos como maestros.
Pero, ¿y el alumno? ¿Cuál es su función? Su función es aprender diligentemente, asumir la responsabilidad de su aprendizaje, actuar, y aplicar los principios del Evangelio en la vida diaria.
El élder Christofferson nos pidió anoche que fomentemos el aprendizaje diligente. Nos enseñó cómo el Salvador fomentaba el aprendizaje diligente. Dijo que “enseñaba de maneras que requerían que [Sus discípulos] pensaran, participaran, analizaran y pusieran en práctica Sus enseñanzas”. Ruego que nosotros hagamos lo mismo.
Conclusión
Para concluir, les agradezco lo que hacen por aquellos a quienes enseñan y por el Reino de Dios. El objetivo de nuestra enseñanza es desarrollar discípulos de Jesucristo para toda la vida. Mi deseo es que sean guiados al “servir el Evangelio”, y que lo hagan de una manera que fomente el aprendizaje diligente.
Comparto mi testimonio del Maestro de maestros, sí, Jesucristo mismo, nuestro Abogado, “el autor y consumador de [nuestra] fe”16, y el “sumo sacerdote de las cosas buenas por venir”17.
En el nombre de Jesucristo. Amén.