Conferencia General
El poder de ministrar a cada persona en particular
Conferencia General de octubre de 2025


10:28

El poder de ministrar a cada persona en particular

Al ministrar a cada persona en particular, la invitamos a venir a Cristo y adorar en la Casa del Señor.

Hermanas y hermanos, gracias por su fiel devoción al venir a Jesucristo en estos tiempos difíciles. Son maravillosos y hermosos; cada uno de ustedes es un hijo de Dios. Ruego que reconozcamos la influencia del Espíritu Santo a medida que llegamos a ser, y nos ayudamos unos a otros a llegar a ser, en verdad, devotos discípulos de Jesucristo y a sentir Su gozo al adorar en la Casa del Señor.

El presidente Russell M. Nelson declaró: “Este es el momento de que ustedes y yo nos preparemos para la Segunda Venida de nuestro Señor y Salvador, Jesús el Cristo. Este es el momento de que hagamos de nuestro discipulado nuestra máxima prioridad. En un mundo lleno de distracciones vertiginosas, ¿cómo podemos hacerlo?”.

Él mismo dio la respuesta: “La adoración regular en el templo nos ayudará. En la Casa del Señor nos centramos en Jesucristo […], llegamos a conocerlo. […] Todo aquel que busque con sinceridad a Jesucristo lo hallará en el templo.

Así pues, ¿cómo llegamos a ser, y nos ayudamos unos a otros a llegar a ser, devotos discípulos de Jesucristo? Ministramos a cada persona en particular. Ministrar a la manera del Salvador implica tener compasión, bondad y paciencia, y amar sin juzgar. Al ministrar a cada persona en particular, la invitamos a venir a Cristo y adorar en la Casa del Señor a fin de que reciba Su poder redentor. En otras palabras, nos ayudamos unos a otros a llegar a ser devotos discípulos al ministrar a cada persona de maneras que conduzcan a la Casa del Señor.

De Jesucristo aprendemos el poder de ministrar a cada persona en particular con amor y sin juzgar. ¿Recuerdan a la mujer samaritana junto al pozo? Es posible que esa mujer se sintiera insignificante, sola, desanimada e invisible. Es posible que sintiera que no encajaba. A lo largo de la vida había tenido cinco maridos, y el hombre con el que vivía no era su esposo, y otros quizás la juzgaron injustamente sin conocer las circunstancias de su vida. Esta podría ser una de las razones por las que acudió sola al pozo en las horas más calurosas del día. Sin embargo, fue una de las primeras personas a las que Jesucristo declaró que era el Mesías. Para Él, esa mujer era una hija de Dios.

Jesucristo le enseñó que, por medio de Él, se puede recibir la vida eterna participando del agua viva, y declaró: “El que bebiere del agua que yo […] daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo […] daré será […] una fuente de agua que brote para vida eterna”.

La samaritana sintió el amor del Salvador y recibió, por medio del Espíritu, un testimonio de que Él era el Mesías. Después de ese testimonio, regresó a la ciudad e invitó a otras personas a venir y ver, y muchos creyeron que Jesús “verdaderamente […] e[ra] el Salvador del mundo, el Cristo”. Cristo ministró con amor a cada persona en particular y, por ello, otros llegaron a ser Sus devotos discípulos.

De Pedro y Juan, los apóstoles de Cristo, aprendemos acerca del poder de ministrar a cada persona con compasión. ¿Recuerdan al hombre cojo de nacimiento a quien todos los días ponían a la puerta del templo a pedir dinero? Es posible que ese hombre se sintiera insignificante, solo, desanimado e invisible. Es posible que sintiera que no encajaba.

“Y Pedro dijo: No tengo plata ni oro, mas lo que tengo te doy: En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!”.

Pedro tomó al hombre de la mano derecha y lo levantó, y el hombre fue sanado. Justo después de aquel milagro, el hombre entró en el templo con Pedro y Juan, “andando, y saltando y alabando a Dios”. Pedro y Juan ministraron a esa persona en particular de maneras que conducían a la Casa del Señor, y ese hombre llegó a ser un devoto discípulo de Cristo.

Amigos míos, ha habido momentos en mi vida en los que también me he sentido insignificante, solo, desanimado e invisible. He sentido que no encajaba. Fui bautizado y confirmado miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuando tenía diecinueve años. Un año después, acepté el llamamiento a servir como misionero de tiempo completo, pero aún no había aprendido muchas cosas sobre la historia de la Iglesia.

Al principio de mi servicio misional, descubrí que hubo un tiempo en el que a las personas de ascendencia africana negra no se les permitió disfrutar de todas las bendiciones de la adoración en la Casa del Señor. Enterarme de aquello me produjo sentimientos de enojo, confusión, duda y temor tan intensos que, por un tiempo, perdí la capacidad de reconocer el Espíritu Santo.

Afortunadamente, tuve un maravilloso compañero de misión, Kevin Vick, quien me ministró con amor, paciencia y bondad. Cada noche, al verme sentir dudas e incertidumbre, le decía simplemente a aquel joven élder Johnson: “Lo amo”. Después de unas dos semanas, me permití sentir el amor de Kevin y me armé de valor para orar a un Padre Celestial en el nombre de Jesucristo. Al orar, sentí la impresión de leer la sección 6 de Doctrina y Convenios, los versículos 21 a 23, en los que se dice:

“He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. […] Soy la luz que brilla en las tinieblas […].

“Piensa en la noche en que me imploraste en tu corazón, a fin de saber tocante a la verdad de estas cosas.

“¿No hablé paz a tu mente en cuanto al asunto? ¿Qué mayor testimonio puedes tener que de Dios?”.

Al leer, recordé. Recordé el día en que ayuné y oré para saber que el Libro de Mormón es la palabra de Dios y que José Smith es el profeta de la Restauración. Recordé los convenios que había hecho en la Casa del Señor y que me conectan con Jesucristo de una manera tan personal e íntima. Sentí el amor del Salvador, Su misericordia y Su confirmación de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es Su reino sobre la tierra, y que es necesaria para prepararnos para Su Segunda Venida. Gracias a que recordé, pude volver a reconocer el Espíritu Santo y comprender más plenamente que Jesús es el Cristo y que soy Su discípulo.

A veces tendremos preguntas sin respuesta y nos sentiremos insignificantes, solos, desanimados e invisibles; sin embargo, amigos míos, debemos seguir adelante con fe en Jesucristo y recordar Sus palabras:

“No se turbe vuestro corazón”.

“En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo”.

Soy testigo de esta realidad y de la bendición que el Salvador prometió.

Entonces, ¿qué podemos hacer para asegurarnos de ministrar a cada persona en particular, a la manera del Salvador, con la máxima eficacia? Vivir la doctrina de Cristo nos ayudará. “Vivir la doctrina de Cristo”, como describió el presidente Nelson, “puede producir el ciclo virtuoso más poderoso, generando ímpetu espiritual en nuestra vida.

“A medida que nos esforzamos por vivir las leyes mayores de Jesucristo, […] a fin de elevarnos por encima de la atracción de este mundo caído, el Salvador nos bendice con más caridad, humildad, generosidad, bondad, autodisciplina, paz y descanso.

“[Este] ímpetu [espiritual] que produce el vivir la doctrina de Cristo”, explica el élder Dale G. Renlund, ”no solo alimenta la transformación de nuestra naturaleza divina en nuestro destino eterno, sino que también nos motiva a ayudar [a ministrar] a los demás de maneras apropiadas”. El élder Renlund nos recuerda que “la labor del Salvador es sanar[nos]. Nuestra labor es amar, amar y ministrar de tal manera que los demás sean atraídos a Jesucristo”.

Nuestra capacidad para vivir la doctrina de Cristo se verá realzada por el estudio diario del Libro de Mormón y la participación semanal de la Santa Cena. El presidente Nelson declaró que el Libro de Mormón “enseña la doctrina de Cristo […] [y] brinda el entendimiento más pleno y [claro] acerca de la Expiación de Jesucristo que se pueda encontrar”. Me encanta este libro. Y el participar cada semana de la Santa Cena, con espíritu de oración, aumentará nuestra comprensión de la Expiación de Jesucristo y aportará renovación espiritual, consuelo y el poder de la divinidad en nuestra vida. Recuerden que “en [las] ordenanzas [del sacerdocio] se manifiesta el poder de la divinidad”, y que este poder que proviene de Jesucristo fortalece nuestro deseo y nuestra capacidad para ministrar a cada persona en particular.

Mi estudio del Libro de Mormón y el participar de la Santa Cena disminuyen los sentimientos de desánimo, intensifican mi determinación de ministrar a cada persona a la manera del Salvador y me ayudan a hacer del discipulado mi mayor prioridad.

Amigos míos, les prometo que, al vivir la doctrina de Cristo y ministrar a cada persona de maneras que conduzcan a la Casa del Señor, seguiremos adelante con fe en Jesucristo, aunque tengamos preguntas sin respuesta o nos sintamos insignificantes, solos, desanimados e invisibles. Invitaremos a cada persona a venir a Jesucristo y adorar en la Casa del Señor para que reciba Su poder redentor y Su amor. En la Casa del Señor, “sentir[emos] [la] misericordia [del Salvador], encontrar[emos] respuestas a [nuestras] preguntas más inquietantes y comprender[emos] mejor el gozo de Su Evangelio”. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Russell M. Nelson, “El Señor Jesucristo vendrá de nuevo”, Liahona, noviembre de 2024, pág. 122

  2. Véase Juan 4:5–42.

  3. Históricamente, la mayoría de las personas iban al pozo de Jacob temprano por la mañana. Era un lugar de reunión y sociabilización. La samaritana fue sola al pozo de Jacob en el momento central y más caluroso del día, a la hora sexta, es decir, al mediodía. El hecho de que fuera en ese momento podría indicar cómo percibía ella lo que otros pensaban de ella, y cómo se veía a sí misma.

  4. Juan 4:13–14.

  5. Juan 4:42.

  6. Véase Hechos 3:1–11.

  7. Hechos 3:6.

  8. Véase Hechos 3:7.

  9. Hechos 3:8.

  10. Fui bautizado y confirmado miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en agosto de 1986 y, entre agosto de 1987 y agosto de 1989, serví como misionero en la Misión Alabama Birmingham.

  11. Véase Preguntas sobre la Iglesia y el Evangelio, “Race and The Church of Jesus Christ of Latter-day Saint” [La raza y La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días], Biblioteca del Evangelio.

  12. Esta experiencia se explica con mayor detalle en el discurso de Peter M. Johnson titulado “Applying the Doctrine of Jesus Christ into Our Lives”, devocional en la Universidad Brigham Young–Idaho, 14 de marzo de 2023; byui.edu.

  13. Doctrina y Convenios 6:21–23.

  14. Juan 14:27.

  15. Juan 16:33.

  16. La doctrina de Cristo consta de cinco elementos interrelacionados: fe en el Señor Jesucristo y en Su Expiación; arrepentimiento; recibir ordenanzas y honrar los convenios; ser santificados por el Espíritu Santo; y perseverar hasta el fin. La fe en el Señor Jesucristo es un principio de acción y de poder divino. El arrepentimiento consiste en ejercer fe en Cristo volviendo el corazón y el alma hacia Él. El arrepentimiento no es un castigo: es el proceso por el cual nacemos espiritualmente de Jesús y recibimos Su imagen en nuestro rostro. Al recibir ordenanzas y honrar los convenios que hacemos con Dios y con Cristo, logramos un mayor acceso a Su poder y a Su amor, y se nos permite ser santificados por el Espíritu Santo. El último elemento de la doctrina de Cristo es perseverar hasta el fin, que consiste en vivir cada elemento de la doctrina de Cristo “de manera repetida [y] reiterada” para que podamos llegar a ser, y ayudarnos unos a otros a llegar a ser, devotos discípulos de Jesucristo y sentir Su gozo al adorar en la Casa del Señor (Dale G. Renlund, “El poderoso ciclo virtuoso de la doctrina de Cristo”, Liahona, mayo de 2024, pág. 81; véase también Russell M. Nelson, “Vencer al mundo y hallar descanso”, Liahona, noviembre de 2022, pág. 97).

  17. Russell M. Nelson, “Vencer al mundo y hallar descanso”, pág. 97.

  18. Dale G. Renlund, “El poderoso ciclo virtuoso de la doctrina de Cristo”, pág. 82; cursiva agregada.

  19. Russell M. Nelson, “El Libro de Mormón: ¿Cómo sería su vida sin él?”, Liahona, noviembre de 2017, pág. 62.

  20. Doctrina y Convenios 84:20.

  21. Russell M. Nelson, “El Señor Jesucristo vendrá de nuevo”, Liahona, noviembre de 2024, pág. 122.