La esperanza y la promesa de la Pascua de Resurrección en Jesucristo
En la Pascua de Resurrección y todos los días, Jesucristo satisface los anhelos de mi corazón y responde las preguntas de mi alma.
Mientras lees este mensaje, crea un momento de tranquilidad y haz que el lugar en el que te encuentras sea un santuario espiritual.
Con demasiada frecuencia, nuestro mundo es ruidoso, lleno de cosas fingidas y de orgullo. Pero cuando somos abiertos, sinceros y vulnerables con nosotros mismos y con Dios, la esperanza y la promesa de la Pascua de Resurrección en Jesucristo llegan a ser reales. En momentos como esos imploramos:
“¿Cómo puedo volver a ver a mi familiar, a mi amigo, a mi ser querido?”.
“¿Dónde encuentro y siento paz, esperanza y comunión con Dios, con los que me rodean y conmigo mismo?”.
“¿Hay alguien a quien pueda amar y que realmente me ame? ¿Pueden las relaciones por convenio crecer y perdurar, no como un cuento de hadas, sino produciendo verdadera felicidad ahora y para siempre?”.
“En lugares donde hay mucho dolor, sufrimiento e injusticia, ¿cómo puedo contribuir a la paz, la armonía y el entendimiento en Jesucristo, en Su Evangelio restaurado y en Su Iglesia?”.
En esta época de Pascua de Resurrección, mi testimonio de Jesucristo y de Su promesa y esperanza es este:
La promesa de pertenecer y de tener un propósito por convenio
Dios, nuestro Padre Celestial; Jesucristo, Su Hijo Amado; y el Espíritu Santo están personalmente cerca de nosotros. Su luz, compasión y amor están entrelazados en el propósito de la creación y en el tejido de nuestra existencia.
En el concilio preterrenal de los cielos, “[nos] regocija[mos]”. Escogimos la oportunidad de elegir y ahora andamos por fe. Por medio de nuestra propia experiencia, descubrimos la belleza, la claridad, el gozo y el propósito prometidos por Dios en medio de las incertidumbres, los desalientos y los desafíos de la vida terrenal.
The Rescue [El rescate], por Dan Wilson
No estamos destinados a vagar solos en esta vida. Podemos orar, edificar la fe y el sentido de pertenencia, y convertirnos en nuestro yo más verdadero, libre, auténtico y gozoso. La Expiación, en Jesucristo y por medio de Él, trae este sentido de pertenencia por convenio.
La esperanza de la vida y la misión de Jesucristo
Cada día, la esperanza y la promesa de la Pascua de Resurrección incluyen las bendiciones y enseñanzas que Jesucristo compartió durante Su ministerio terrenal perfecto. Al ser preordenado desde el principio, Jesucristo nació como el Unigénito del Padre. Él creció en sabiduría, y en estatura y en gracia para con Dios y los hombres. Procurando únicamente hacer la voluntad de Su Padre, Jesucristo perdonó pecados, sanó enfermedades, levantó a los muertos y consoló a los enfermos y a los que se sentían solos.
En la Última Cena y posteriormente en el Nuevo Mundo, Jesucristo instituyó la Santa Cena. En esa sagrada ordenanza, invocamos al Padre y hacemos convenio de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, de recordarle siempre y de guardar Sus mandamientos para que siempre podamos tener Su Espíritu con nosotros.
En el Jardín de Getsemaní, Jesús sufrió más de lo que el hombre puede sufrir para redimir y expiar por nosotros. La sangre le brotó de cada poro. Él sufrió esos dolores por todos, para que nosotros no padezcamos si nos arrepentimos.
Traicionado y acusado falsamente, Jesucristo fue escarnecido y azotado, y colocaron una corona de espinas sobre Su humilde cabeza. Él fue levantado sobre la cruz para atraernos a Él. Cuando todo se cumplió, murió voluntariamente por nosotros.
Jesucristo sabe cómo socorrernos en nuestras enfermedades, debilidades, soledad, aislamiento y dificultades. Él también sabe cómo regocijarse con nosotros en nuestros deleites y gratitud, cómo llorar con nosotros cuando nuestro gozo es completo. Al caminar con rectitud y guardar nuestros convenios, Él promete que todas las cosas obrarán juntamente para nuestro bien.
Jesucristo verdaderamente puede liberarnos del cautiverio y del pecado, de la muerte y del infierno, y puede ayudarnos a cumplir plenamente nuestra identidad divina a medida que llegamos a ser más de lo que jamás imaginamos, por medio de la fe y el arrepentimiento.
La promesa de liberación
Gracias a Jesús, la muerte no es el final. En la Pascua de Resurrección declaramos: “Cristo libertad nos dio, y la muerte conquistó”. Por mandamiento y poder de Su Padre, Jesús podía dar Su vida y volverla a tomar. En la mañana del tercer día, se levantó de la tumba. En esta vida y en la eternidad, Él nos muestra, por medio del ejemplo, cómo “la muerte ya la puerta es a la eternidad”.
Mediante el poder de la Expiación y Resurrección de Cristo, nuestro cuerpo y espíritu se reunirán en la resurrección física. La Expiación de Cristo puede bendecirnos para vencer todo tipo de separación y muerte espiritual. Con la condición de que nos arrepintamos, somos liberados de todo pecado y dolor, y nos abrimos a una plenitud eterna de amor y gozo en la gloriosa y celestial presencia de Dios nuestro Padre y de Jesucristo.
Nos reuniremos con nuestros seres queridos, nos veremos unos a otros con una perspectiva eterna, con mayor amor, comprensión y bondad. La Expiación de Jesucristo puede ayudarnos a recordar lo que importa y a olvidar lo que no importa. Ver a nuestro Salvador y nuestra relación con los demás con mayor fe y gratitud trae paz, alivia cargas, reconcilia corazones y une a las familias por el tiempo y la eternidad.
La esperanza de abundancia y gozo
La Pascua de Resurrección en Jesucristo incluye muchas bendiciones abundantes. Consciente de cada uno de nosotros, Jesucristo nos invita a ver y ministrar con amor y compasión, como Él lo hace.
La Pascua de Resurrección en Jesucristo incluye la restauración de la plenitud de Su Evangelio, Su autoridad y poder del sacerdocio, y las sagradas ordenanzas y convenios que se encuentran en Su Iglesia: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. La Pascua de Resurrección en Jesucristo incluye más santas Casas del Señor más cerca de los hijos de Dios en muchos lugares, donde podemos ofrecer en la tierra lo que los seres queridos que han fallecido necesitan y desean en la eternidad y que no pueden hacer por sí mismos.
Tal es mi esperanza, promesa y testimonio. Doy testimonio de Dios nuestro Padre; de nuestro Salvador y Redentor, Jesucristo; y del Espíritu Santo. En la Pascua de Resurrección y todos los días, ruego que encontremos esperanza y promesas eternas en el divino plan de felicidad de Dios, con su senda de convenios de transformación divina de la mortalidad a la inmortalidad y la vida eterna. Que la certeza de la Expiación de Jesucristo alivie cada día nuestras cargas, nos ayude a consolar a otras personas en sus pesares y libere nuestra alma para recibir Su gozo pleno.