El Amigo
“Vale la pena para mí”
El Amigo, febrero de 2026


“Vale la pena para mí”, El Amigo, febrero de 2026, págs. 22–23.

“Vale la pena para mí”

Max no estaba seguro de qué decir, pero sabía cómo se sentía.

Una historia real de los EE. UU.

Max movía la cabeza al ritmo de la canción que sonaba en la radio del automóvil. ¡Estaba impaciente! Hoy su mamá lo iba a llevar a jugar con su primo, Preston, pero justo cuando comenzaba su parte favorita de la canción, la mamá bajó el volumen de la música. Estaba a punto de pedirle que volviera a subirlo cuando vio su rostro en el espejo retrovisor. Se veía un poco triste.

“¿Qué sucede?”, preguntó Max.

“Tengo que hablar de algo contigo antes de que lleguemos a la casa de Preston”, dijo la mamá. “La familia de Preston ha decidido dejar de ir a la iglesia”.

Max y Preston se habían bautizado el mismo día. Pensó en todas las veces que habían ido juntos a la iglesia; le entristecía pensar que eso ya no sucedería de nuevo.

“¿Por qué?”, preguntó Max.

La mamá suspiró. “Bueno, sus padres ya no creen que la Iglesia sea verdadera. La tía Abby se molestó un poco conmigo el otro día cuando hablamos de la Iglesia”.

Max sintió un nudo en el estómago. “¿Y si Preston también se enfada conmigo por eso?”, susurró Max.

La mamá miró a Max en el espejo. “Si no estás seguro de qué decir, solo escucha. El Espíritu Santo te ayudará a saber lo que debes hacer. Pase lo que pase, son nuestra familia y siempre los amaremos”.

Max estaba un poco nervioso cuando llegó a la casa de Preston, pero rápidamente comenzaron a hablar y a jugar como de costumbre. Después de su competencia de volteretas frontales en el trampolín, entraron para tomar algo. Max se dio cuenta de que ya casi era hora de que su mamá lo recogiera.

“Tengo que irme pronto”, dijo Max. “Ojalá pudiera quedarme más tiempo”.

“¡Deberías quedarte a dormir!”. Preston le dio a Max un vaso de agua.

Max bebió un trago. “No puedo, tengo que levantarme temprano mañana”.

“¿Para ir a la iglesia?”, dijo Preston entre risas. No era una risa amistosa y a Max no le gustó cómo sonaba.

“Deberías faltar a la iglesia”, dijo Preston. “Quédate aquí, dormiremos hasta tarde y luego jugaremos todo el día. Si vas a la iglesia, tendrás que peinarte y quedarte quieto mientras la gente habla de cosas aburridas”. Cerró los ojos y fingió quedarse dormido. Luego abrió los ojos y volvió a reírse. “¿Realmente vale la pena?”.

Ilustración de dos niños sentados a la mesa y hablando

Max estaba nervioso. ¿Qué debía decir? Bebió un sorbo de agua, respiró hondo y oró en silencio para saber qué hacer. Entonces sonrió y dijo simplemente: “Bueno… vale la pena para mí”.

Preston asintió lentamente. “Bien”, dijo. “Eso es genial, solo espero que podamos volver a jugar pronto”.

“Yo también”, dijo Max sonriendo.

De camino a casa, Max le contó a su mamá lo que había sucedido.

La mamá escuchó en silencio y sonrió. “¿Lo ves? Escuchaste al Espíritu Santo y supiste exactamente qué decir”.

Max se sintió feliz; estaba contento de que el Espíritu Santo lo hubiera ayudado a ser valiente y a defender lo que sabía que era correcto.

PDF del relato

Ilustración por Kavel Rafferty