“La tradición del pesebre”, El Amigo, diciembre de 2025, págs. 4–5.
La tradición del pesebre
“El Salvador no necesita regalos sofisticados, solo nuestro amor y nuestros mejores esfuerzos”.
Una historia real de Perú.
Spencer tomó la mano de su papá mientras caminaban por el césped; sus hermanas mayores iban delante, recogiendo piedras y ramitas.
“Papá, ¿por qué usamos cosas de afuera para el pesebre?”, preguntó Spencer.
Su papá tomó un pedazo de musgo. “Esto es algo que las familias han hecho aquí durante mucho tiempo. Recogemos cosas que el Padre Celestial nos ha dado en la naturaleza para hacer un lugar para el niño Jesús. Nos ayuda a recordar que nació en un lugar humilde”.
Spencer miró el musgo en la mano de su papá. No era elegante, pero era suave.
Cuando llegaron a casa, se reunieron alrededor de la mesa de madera en la sala de estar. El papá colocó unos pequeños María y José de arcilla sobre la mesa. Ahora usarían lo que encontraron afuera para hacer el establo y el pesebre. Luego, en Nochebuena, añadirían al niño Jesús a la escena del pesebre.
Spencer observaba a sus hermanas trabajar. Agregaron flores de colores y entrelazaron ramas para hacer una pequeña cerca. Hicieron que se viera muy bonito.
Spencer colocó cuidadosamente un poco de musgo en un lado del establo y agregó algunas rocas, pero cuando miró lo que había hecho, no era tan lindo como lo de sus hermanas. Su camino parecía torcido y su musgo no era liso.
Suspiró. “Mi parte no se ve muy bien”, dijo en voz baja.
Su mamá puso el brazo alrededor de él. “¿Por qué piensas eso?”.
“No se ve tan bien como el de ellas”.
Su papá vino para sentarse a su lado. “Spencer, ¿sabes por qué hacemos este pesebre?”.
Spencer sacudió la cabeza.
“Para ayudarnos a sentirnos cerca de Jesús”, dijo el papá. “El Salvador es la parte más especial de la Navidad. Él no necesita regalos sofisticados, solo nuestro amor y nuestros mejores esfuerzos”.
Spencer asintió con la cabeza. Volvió a mirar su pequeño montón de rocas y musgo; tal vez no era perfecto, pero había hecho lo mejor que podía.
Durante los días siguientes se reunieron alrededor de la mesa para encender una vela y cantar canciones navideñas y villancicos. A Spencer le gustaba que el pesebre del niño Jesús permaneciera vacío. Le recordó que estaban esperando algo especial, tal como lo hacían los pastores y los magos.
Por fin llegó la Nochebuena. La mamá le entregó a Spencer el pequeño niño Jesús de arcilla y él lo colocó con cuidado en el pesebre.
Mientras Spencer miraba el pesebre, no se preocupaba porque se viera perfecto. Pensaba acerca de Jesucristo.
Spencer sonrió. Este año le había dado algo a Jesús al hacer lo mejor que podía, aunque no fuera perfecto, y quería seguir dando, siendo amable, amando a los demás y tratando de ser más como Él.
Ilustración por Brooke Smart