“Capítulo 24: El nombre de la Iglesia del Salvador”, Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Russell M. Nelson, 2023
“Capítulo 24”, Enseñanzas: Russell M. Nelson
Capítulo 24
El nombre de la Iglesia del Salvador
Les prometo que nuestra rigurosa atención al uso del nombre correcto de la Iglesia del Salvador y sus miembros traerá un aumento de fe y un poder espiritual mayor para los miembros de Su Iglesia.
De la vida de Russell M. Nelson
A lo largo del período de servicio del presidente Russell M. Nelson como Autoridad General, la cuestión del uso correcto del nombre de la Iglesia fue un tema recurrente. El presidente Nelson explicó:
“Cada vez que algún departamento u organización de la Iglesia quería utilizar la palabra mormón o las iniciales SUD de alguna manera, volvía a surgir este tema. El debate en curso sobre estos ‘apodos’ giraba invariablemente en torno a la creencia de muchos de que mormón y SUD estaban demasiado arraigados en el léxico de la Iglesia como para descartarlos. El sitio web principal de la Iglesia era lds.org; los correos electrónicos de los líderes y empleados de la Iglesia terminaban @lds.org. La lista de otros usos era larga: el Coro del Tabernáculo Mormón, Servicios Sociales SUD, la campaña ‘Soy mormón’, Mormon.org y el Canal Mormón eran solo algunos ejemplos de ello.
“La sabiduría convencional sostenía que no era posible hacer hincapié en el nombre correcto de la Iglesia, que la prensa nunca lo aceptaría, que en la era digital era demasiado tarde para efectuar tamaño cambio masivo en internet y que nosotros, como miembros de la Iglesia, estábamos entre los peores infractores […]. Sin embargo, nada de eso cambiaba el hecho de que muchos de nosotros en las Oficinas Generales supiéramos que aquel era un problema que debíamos abordar”.
En mayo de 2018, el presidente Nelson hizo un breve viaje con el presidente M. Russell Ballard, Presidente en Funciones del Cuórum de los Doce. Hablaron mucho sobre este tema. Después de regresar a casa, el presidente Nelson volvió a plantear la cuestión a sus consejeros, y sintieron la impresión de que había llegado el momento de abordarla. Entonces el presidente Nelson envió una carta al presidente Ballard en la que encargaba al Cuórum de los Doce resolver ese dilema.
El 16 de agosto de 2018, el presidente Nelson emitió una declaración sobre la importancia del nombre de la Iglesia. Seis semanas después, en la Conferencia General de octubre de 2018, habló sobre la importancia de utilizar el nombre correcto de la Iglesia. Bajo el liderazgo del presidente Ballard, en el plazo de un año se habían cambiado los nombres de los sitios web, las direcciones de correo electrónico, las páginas de redes sociales y muchas otras entidades de la Iglesia.
“Si se tratara de un debate sobre la marca comercial de alguna organización hecha por el hombre, [los argumentos de nuestros críticos] podrían [haber] prevalec[ido]”, dijo el presidente Nelson. “Pero los caminos de Jehová no son los caminos del hombre. Confiábamos en que si éramos pacientes y hacíamos bien nuestra parte, el Señor nos guiaría en esta importante tarea”.
Enseñanzas de Russell M. Nelson
El Salvador indica claramente cuál debe ser el nombre de Su Iglesia
El Señor [ha] inspir[ado] en mi mente la importancia del nombre que Él ha decretado para Su Iglesia, a saber, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días […].
José Smith no dio nombre a la Iglesia que se restauró mediante él; ni tampoco lo hizo Mormón. Fue el Salvador mismo quien dijo: “Porque así se llamará mi iglesia en los postreros días, a saber, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” [Doctrina y Convenios 115:4].
Aun antes, en el año 34 d. C., nuestro Señor resucitado instruyó de modo similar a los miembros de Su Iglesia cuando los visitó en el continente americano. En aquel momento dijo:
“Daréis mi nombre a la iglesia […].
“¿Y cómo puede ser mi iglesia salvo que lleve mi nombre? Porque si una iglesia lleva el nombre de Moisés, entonces es la iglesia de Moisés; o si se le da el nombre de algún hombre, entonces es la iglesia de ese hombre; pero si lleva mi nombre, entonces es mi iglesia” [3 Nefi 27:7–8].
Por lo tanto, el nombre de la Iglesia no está sujeto a cambios. Cuando el Salvador indica claramente cuál debe ser el nombre de Su Iglesia e incluso precede Su declaración con las palabras: “Así se llamará mi iglesia”, Él es firme. Y si permitimos que se usen o adopten apodos, o incluso los fomentamos nosotros mismos, Él se ofende.
Pregunta para el estudio
¿Qué diferencia ha marcado en su vida el haber utilizado el nombre completo de la Iglesia en sus conversaciones?
Utilizar el nombre correcto de la Iglesia es una manera crucial de tomar sobre nosotros el nombre del Salvador
¿Qué implica un nombre o, en este caso, un apodo? Cuando se trata de los apodos de la Iglesia, tales como “la Iglesia SUD”, “la Iglesia mormona” o “la Iglesia de los Santos de los Últimos Días”, lo más importante en esos nombres es la ausencia del nombre del Salvador. Quitar el nombre del Señor de la Iglesia del Señor es una gran victoria de Satanás. Cuando desechamos el nombre del Salvador, desdeñamos sutilmente todo lo que Jesucristo hizo por nosotros, incluso Su Expiación.
Considérenlo desde Su perspectiva: en la vida preterrenal, Él era Jehová, el Dios del Antiguo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre, fue el Creador de este y de otros mundos [véase Moisés 1:33]. ¡Decidió someterse a la voluntad de Su padre y hacer algo a favor de todos los hijos de Dios que nadie más podía hacer! Al condescender a venir a la tierra como el Unigénito del Padre en la carne, fue brutalmente vituperado, escarnecido, escupido y azotado. En el Jardín de Getsemaní, nuestro Salvador tomó sobre Sí todo dolor, todo pecado y toda angustia y sufrimiento que experimentemos alguna vez ustedes y yo, y toda persona que haya vivido o vivirá. Bajo el peso de aquella carga atroz, sangró por cada poro [véase Doctrina y Convenios 19:18]. Todo ese sufrimiento se intensificó cuando lo crucificaron cruelmente en la cruz del Calvario.
Mediante tales atroces experiencias y Su subsiguiente Resurrección —Su Expiación infinita— Él otorgó la inmortalidad a todos y nos rescató a cada uno de nosotros de los efectos del pecado, con la condición de que nos arrepintamos.
Tras la Resurrección del Salvador y la muerte de Sus apóstoles, el mundo se sumió en siglos de oscuridad. Luego, en el año 1820, Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo se aparecieron al profeta José Smith para dar inicio a la Restauración de la Iglesia del Señor.
Después de todo lo que Él había soportado —y después de todo lo que había hecho por el género humano— me doy cuenta con profundo remordimiento de que hemos transigido inconscientemente a que a la Iglesia restaurada del Señor se la llame mediante otros nombres, ¡y todos ellos suprimen el sagrado nombre de Jesucristo!
Cada domingo, al tomar la Santa Cena dignamente, renovamos la promesa sagrada que hacemos a nuestro Padre Celestial de que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Su Hijo Jesucristo [véase Moroni 4:3]. Prometemos seguirlo, arrepentirnos, guardar Sus mandamientos y recordarle siempre.
Al omitir Su nombre de Su Iglesia, estamos quitándolo inadvertidamente a Él como el punto central de nuestra vida.
Tomar sobre nosotros el nombre del Salvador incluye declarar y testificar a otras personas —mediante nuestras acciones y nuestras palabras— que Jesús es el Cristo. ¿Hemos temido tanto ofender a alguien que nos haya llamado “mormones” que hemos sido negligentes en defender al Salvador mismo; en defenderlo mediante el nombre mismo por el cual se llama Su Iglesia?
Si nosotros, como pueblo y como personas, hemos de tener acceso al poder de la Expiación de Jesucristo —para que nos purifique y sane, para que nos fortalezca y magnifique, y para que en última instancia nos exalte— debemos reconocerlo claramente a Él como la fuente de tal poder. Podemos comenzar por llamar Su Iglesia por el nombre que Él decretó.
Tomamos el nombre del Señor sobre nosotros como personas individuales; también tomamos Su nombre sobre nosotros como pueblo. El ser vehementes en cuanto al uso del nombre correcto de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es una manera vital en la que, como pueblo, tomamos Su nombre sobre nosotros.
Pregunta para el estudio
¿En qué casos podría dar testimonio del Salvador al utilizar el nombre completo de la Iglesia?
La Iglesia es el medio por el cual el Maestro lleva a efecto Su obra
Por cierto, toda palabra que procede de la boca del Señor es preciosa. Por consiguiente, cada palabra [del nombre de la Iglesia] debe ser importante y divinamente designada por una razón específica. Si analizamos las palabras claves del nombre, llegaremos a entender con mayor claridad el significado total del nombre […].
Las dos primeras palabras del nombre que el Señor ha escogido para esta, Su organización terrenal, son La Iglesia.
Adviértase que el artículo La comienza con mayúscula. Esta es una parte importante del título, pues la Iglesia es la organización oficial de creyentes bautizados que han tomado sobre sí el nombre de Cristo [véase Doctrina y Convenios 18:21–25].
El cimiento de la Iglesia es la realidad de que Dios es nuestro Padre y de que Su Hijo Unigénito, Jesucristo, es el Salvador del mundo. El testimonio y la inspiración del Espíritu Santo confirman estas realidades.
La Iglesia es el medio por el cual el Maestro lleva a efecto Su obra y confiere Su gloria. Sus ordenanzas y convenios son la recompensa máxima de nuestra condición de miembros. Aun cuando muchas organizaciones pueden ofrecer hermandad y buena instrucción, solamente la Iglesia del Señor puede proporcionar el bautismo, la confirmación, las ordenaciones, la Santa Cena, las bendiciones patriarcales y las ordenanzas del templo; todas ellas llevadas a la práctica mediante el poder autorizado del sacerdocio. Ese poder está destinado a ser una bendición para todos los hijos de nuestro Padre Celestial, sea cual fuere su nacionalidad:
“Las llaves del reino de Dios han sido entregadas al hombre en la tierra, y de allí rodará el evangelio hasta los extremos de ella” [Doctrina y Convenios 65:2] […].
Esta Iglesia, establecida bajo la dirección del Dios Todopoderoso, cumple con las promesas hechas en las épocas bíblicas. Es parte de “la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempos antiguos”. (Hechos 3:21). Ha sido restaurada y el Señor mismo le ha dado el nombre.
Él nos advierte solemnemente: “Por tanto, cuídense todos los hombres de cómo toman mi nombre en sus labios”. “Recordad”, agrega, “que lo que viene de arriba es sagrado, y debe expresarse con cuidado” [Doctrina y Convenios 63:61, 64]. Por lo tanto, de la misma manera que reverenciamos Su santo nombre, reverenciamos el nombre que Él decretó para Su Iglesia.
Como miembros de Su Iglesia, tenemos el privilegio de participar en este destino divino. Ruego que honremos al que declaró: “Porque así se llamará mi iglesia […] La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” [Doctrina y Convenios 115:4].
Pregunta para el estudio
¿De qué maneras el Salvador lleva a efecto Su obra y confiere Su gloria por medio de Su Iglesia?
El título de la Iglesia lleva el sagrado nombre de Jesucristo
Por directiva divina, el título de la Iglesia lleva el sagrado nombre de Jesucristo, cuya Iglesia esta es. Así lo ha decretado Él mismo, más de una vez […].
Adoramos a Dios el Eterno Padre en el nombre de Su Hijo por el poder del Espíritu Santo. Sabemos que el Jesús premortal era Jehová, el Dios del Antiguo Testamento. Sabemos que Él es “la principal piedra del ángulo” sobre la cual se basa la organización de Su Iglesia [Efesios 2:20]. Sabemos que Él es la Roca de la cual procede la revelación que reciben sus agentes autorizados así como todos aquellos que le buscan dignamente [véanse Helamán 5:12; Doctrina y Convenios 88:63].
Sabemos que Él vino al mundo para cumplir con la voluntad de su Padre, quien le envió [véase 3 Nefi 27:13]. Su misión divina era llevar a cabo la Expiación, la cual había de romper las ligaduras de la muerte y nos permitiría recibir la inmortalidad y la vida eterna.
La misión divina del Señor viviente aún continúa. Un día nos postraremos delante de Él en juicio. Él ya se ha referido a ese acontecimiento:
“Cualquiera que se arrepienta y se bautice en mi nombre, será lleno; y si persevera hasta el fin, he aquí, yo lo tendré sin culpa ante mi Padre el día en que me presente para juzgar al mundo” [3 Nefi 27:16].
Nosotros reverenciamos el nombre de Jesucristo. Él es nuestro Redentor resucitado.
Pregunta para el estudio
¿Cuáles son algunas de las formas en las que Jesús es “la principal piedra del ángulo” de la Iglesia?
En los últimos días, el Espíritu del Señor se está derramando sobre la tierra
Las palabras últimos días son una expresión particularmente difícil para los traductores que trabajan con idiomas en los cuales no hay un equivalente. Hay traducciones en que este término tal vez se interprete como el día final.
Es cierto que las Escrituras predicen los días finales de la existencia temporal de la tierra como esfera telestial. La tierra será entonces renovada y recibirá su gloria paradisíaca, o sea, terrestre. Finalmente, la tierra será celestializada. Pero los días finales de la tierra deben ser precedidos por sus últimos días.
Estamos viviendo en esos últimos días, y son realmente extraordinarios. El Espíritu del Señor se está derramando sobre todos los habitantes de la tierra, precisamente como el profeta Joel predijo. Su profecía fue de tal importancia que el ángel Moroni se la reafirmó al profeta José Smith [véanse Joel 2:28–32; José Smith—Historia 1:41 ].
Durante milenios, los métodos de agricultura, transporte y comunicaciones permanecieron básicamente iguales en comparación con las antiguas técnicas. Sin embargo, los progresos alcanzados desde el nacimiento de José Smith han ido en aumento de una manera asombrosa.
José Smith había sido preordenado como el profeta de Dios para la restauración del Evangelio en la dispensación del cumplimiento de los tiempos [véase 2 Nefi 3:7–15]. Veinticinco años después de su nacimiento, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días fue oficialmente organizada […].
La promesa divina se está cumpliendo de que “este evangelio será predicado a toda nación, y tribu, y lengua, y pueblo” [Doctrina y Convenios 133:37] […]. La mano del Señor es por demás manifiesta. Él dijo: “Apresuraré mi obra en su tiempo” [Doctrina y Convenios 88:73], y ese tiempo de apresuramiento es ahora.
Todos los profetas del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento y del Libro de Mormón han previsto nuestros días. Ustedes y yo podemos participar. ¿No es emocionante? Apenas puedo esperar para levantarme de la cama cada día y ver lo que va a suceder hoy.
Pregunta para el estudio
¿De qué forma ha visto que el Señor derrama Su Espíritu sobre la tierra en estos últimos días?
Un santo es un creyente en Cristo y conoce Su amor perfecto
La primera palabra clave después del nombre del Señor es Santos […].
A pesar de que se emplea en noventa y ocho versículos de la Biblia, el término santos todavía no se entiende bien. Algunos erróneamente piensan que implica la canonización o la perfección. No es así. Un santo es un creyente en Cristo y conoce Su amor perfecto. El santo que da comparte lo que tiene con un verdadero espíritu de amor, y el santo que recibe lo hace con un verdadero espíritu de agradecimiento. El santo sirve a otras personas, sabiendo que cuanto más lo hace, tanto mayores son las oportunidades de que el Espíritu le santifique y purifique.
El santo es tolerante y está siempre atento a las súplicas de otros seres humanos, no solo a lo que se expresa en voz alta, sino también a lo que no se dice. El santo es diferente de la persona cuya reacción ante algún problema puede ser la egoísta actitud de “¿Y a mí qué me importa?”. El santo de verdad dice: “¿Qué? ¡A mí sí me importa!”. Importar es un verbo relacionado con la acción y llega a ser la fuerza motivadora en la reacción de quien se preocupa por el semejante necesitado
El santo “evit[a] la ociosidad” (Alma 38:12) y trata de aprender tanto por medio del estudio como por la fe. La formación no solo ayuda a comunicarse con los demás, sino también permite discernir la verdad del error, en particular, mediante el estudio de las Escrituras
El santo es honrado y bondadoso, cumple con sus obligaciones financieras a tiempo y completamente, y trata a las demás personas como querría que se le tratara a él.
El santo es un ciudadano honorable, que sabe que ese mismo país que le proporciona oportunidades y protección merece apoyo, que incluye el pago puntual de los impuestos y su participación en los procesos legales y políticos
El santo resuelve todas las diferencias que pueda tener con otras personas honorable y pacíficamente, y es constante en la cortesía, aun al conducir el vehículo a la hora de mayor tráfico.
El santo se aparta de aquello que es impuro y degradante, y evita los excesos aun de lo que sea bueno.
Tal vez, por encima de todo, el santo es reverente. La reverencia hacia el Señor, hacia la tierra que Él ha creado, hacia los líderes, hacia la dignidad de otras personas, hacia la ley, hacia la santidad de la vida, hacia las capillas y demás edificios, todo ello evidencia la actitud propia de un santo.
El santo reverente ama al Señor y da la mayor prioridad a la observancia de Sus mandamientos. La oración diaria, el ayuno periódico, y el pago de los diezmos y ofrendas son privilegios importantes para el santo fiel.
Por último, los santos son quienes reciben los dones del Espíritu que Dios ha prometido a todos Sus hijos e hijas fieles
Pregunta para el estudio
¿De qué manera la descripción que el presidente Nelson hace de los santos lo inspira a mejorar su vida?
Aquel cuya Iglesia esta es derramará Su poder y Sus bendiciones
Si alguien preguntara: “¿Usted es mormón?”, podrían responder: “Si me pregunta si soy miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sí, lo soy”.
Si alguien preguntase: “¿Usted es Santo de los Últimos Días?”, podrían responder: “Sí, lo soy. Creo en Jesucristo y soy miembro de Su Iglesia restaurada”.
Mis queridos hermanos y hermanas, les prometo que si hacemos lo mejor posible por restaurar el nombre correcto de la Iglesia del Señor, Aquel cuya Iglesia esta es derramará Su poder y Sus bendiciones sobre la cabeza de los Santos de los Últimos Días [véase Doctrina y Convenios 121:33] de formas que jamás hemos visto. Tendremos el conocimiento y el poder de Dios para ayudarnos a llevar las bendiciones del Evangelio restaurado de Jesucristo a toda nación, tribu, lengua y pueblo, y para preparar el mundo para la Segunda Venida del Señor.
Entonces, ¿qué implica un nombre? Cuando se trata del nombre de la Iglesia del Señor, la respuesta es: “¡Todo!”. Jesús nos mandó llamar a la Iglesia por Su nombre porque esta es Su Iglesia, llena de Su poder.
Les prometo que nuestra rigurosa atención al uso del nombre correcto de la Iglesia del Salvador y sus miembros traerá un aumento de fe y un poder espiritual mayor para los miembros de Su Iglesia.
Pregunta para el estudio
¿De qué manera el utilizar el nombre completo de la Iglesia puede conducir a un mayor poder espiritual en su vida?
Invitaciones y promesas
A medida que restauraremos el nombre de la Iglesia, el Salvador derramará Su poder y Sus bendiciones
Mis queridos hermanos y hermanas, les prometo que si hacemos lo mejor posible por restaurar el nombre correcto de la Iglesia del Señor, Aquel cuya Iglesia esta es derramará Su poder y Sus bendiciones sobre la cabeza de los Santos de los Últimos Días [véase Doctrina y Convenios 121:33] de formas que jamás hemos visto. Tendremos el conocimiento y el poder de Dios para ayudarnos a llevar las bendiciones del Evangelio restaurado de Jesucristo a toda nación, tribu, lengua y pueblo, y para preparar el mundo para la Segunda Venida del Señor.
Entonces, ¿qué implica un nombre? Cuando se trata del nombre de la Iglesia del Señor, la respuesta es: “¡Todo!”. Jesús nos mandó llamar a la Iglesia por Su nombre porque esta es Su Iglesia, llena de Su poder.
La atención al nombre del Salvador conducirá a una mayor fe y poder espiritual
Les prometo que nuestra rigurosa atención al uso del nombre correcto de la Iglesia del Salvador y sus miembros traerá un aumento de fe y un poder espiritual mayor para los miembros de Su Iglesia.
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