2025
“En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos”
Mayo de 2025


15:5

“En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos”

Nuestro amor por Dios y Sus hijos es un poderoso testimonio al mundo de que esta es verdaderamente la Iglesia del Salvador.

Hace muchos años, la hermana Uchtdorf y yo viajábamos por el sur de Alemania. Era poco antes de la Pascua de Resurrección e invitamos a una buena amiga, que no era miembro de la Iglesia, a unirse a nosotros en nuestro servicio de adoración dominical. Amábamos a esa querida amiga, así que fue normal y natural compartir con ella lo que sentíamos por el Salvador y Su Iglesia, e invitarla a venir y ver. Ella aceptó la invitación y se unió a nosotros en las reuniones de una rama cercana.

Si alguna vez han llevado a un amigo a la Iglesia por primera vez, probablemente se sientan identificados con la forma en que me sentí ese domingo por la mañana. Quería que todo saliera a la perfección. Nuestra amiga era una persona muy culta y espiritual. Esperaba sinceramente que las reuniones de esa rama causaran una buena impresión en ella y representaran bien a la Iglesia.

La rama se reunía en unas habitaciones alquiladas en el segundo piso de una tienda de comestibles. Para llegar allí, teníamos que subir las escaleras en la parte trasera del edificio, pasando por los fuertes aromas de los productos que se almacenaban en el lugar.

Al comenzar la reunión sacramental, pensé en mi amiga, que estaba teniendo esa experiencia por primera vez, y no pude evitar notar cosas que me hicieron sentir un poco avergonzado. El canto, por ejemplo, no sonaba exactamente como el Coro del Tabernáculo. Durante la Santa Cena se podía escuchar a niños inquietos y ruidosos. Los oradores lo hicieron lo mejor que podían, pero no eran diestros para hablar en público. Me quedé sentado, sintiéndome incómodo, durante la reunión, esperando que tal vez la Escuela Dominical fuera mejor.

No lo fue.

Toda la mañana me preocupé por lo que nuestra amiga pensaría de la Iglesia a la que la habíamos llevado.

Después, al conducir de camino a casa, me volví para hablar con ella. Quería explicarle que se trataba de una rama pequeña y que en realidad no representaba a la Iglesia en su totalidad. Pero antes de que pudiera decir una palabra, ella habló.

“Fue algo hermoso”, dijo.

Me quedé sin palabras.

Ella continuó: “Estoy muy impresionada con la manera en que las personas se tratan entre sí en su Iglesia. Todos parecen provenir de diferentes entornos y, sin embargo, está claro que se aman genuinamente. Así es como me imagino que Cristo quería que fuera Su Iglesia”.

Bueno, rápidamente me arrepentí de mi actitud crítica. Había querido tener reuniones perfectas para impresionar a mi amiga, pero lo que los miembros de esa rama habían logrado era un espíritu sincero y perfecto de amor, bondad, paciencia y compasión.

Para que la fe aumente en la tierra

Mis queridos hermanos y hermanas, mis queridos amigos, amo La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es la Iglesia verdadera y viviente del Salvador y enseña la plenitud restaurada del Evangelio de Jesucristo. El poder y la autoridad de Su sacerdocio residen aquí. Jesucristo dirige esta Iglesia personalmente, a través de siervos a los que ha llamado y autorizado, y por medio de un profeta viviente, el presidente Russell M. Nelson. El Salvador ha dado a los Santos de los Últimos Días una misión única de recoger a los hijos de Dios y preparar al mundo para la Segunda Venida del Salvador. Testifico que todo esto es verdad.

Pero es importante recordar que cuando la mayoría de las personas experimentan la Iglesia de Jesucristo por primera vez, no están pensando en la autoridad del sacerdocio, en las ordenanzas ni en el recogimiento de Israel. Lo que es probable que noten, por encima de todo, es cómo se sienten cuando están con nosotros y cómo nos tratamos unos a otros.

“Ámense unos a otros”, dijo Jesús. “En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos”. Muy a menudo, el primer testimonio que una persona tiene de Jesucristo lo recibe cuando siente el amor entre los discípulos de Jesucristo.

El Salvador declaró que Él restauró Su Iglesia “para que […] la fe aumente en la tierra”. Por lo tanto, cuando las personas visitan nuestras reuniones de la Iglesia, ¡el Salvador desea que salgan de ahí con una fe más firme en Él! ¡El amor que nuestros amigos sientan entre nosotros los acercará más a Jesucristo! Esa es nuestra sencilla meta cada vez que nos reunimos.

Cualquier persona que esté buscando una mayor fe en Cristo o una conexión más cercana con el Padre Celestial debería sentirse como en casa en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Invitarlas a nuestras reuniones puede ser tan normal y tan natural como invitarlas a nuestra casa.

Lo ideal y lo real

Ahora bien, me doy cuenta de que estoy describiendo lo ideal y, en esta vida terrenal, rara vez llegamos a experimentar lo ideal. Y “hasta el día perfecto”, siempre habrá una brecha entre lo ideal y lo real. Entonces, ¿qué debemos hacer cuando la Iglesia no se siente como el día perfecto? ¿Cuando, por la razón que sea, nuestro barrio aún no nutre la fe o el amor perfectos? ¿O cuando sentimos que no encajamos?

¡Una cosa que no debemos hacer es renunciar a lo ideal!

La portada del Libro de Mormón contiene esta importante advertencia: “Si hay faltas”, dice, “estas son equivocaciones de los hombres; por tanto, no condenéis las cosas de Dios”.

¿Puede un libro, una Iglesia o una persona, tener “faltas” y “equivocaciones” y seguir siendo la obra de Dios?

¡Mi respuesta es un rotundo !

Así que, mientras nos atenemos a las elevadas normas del Señor, seamos también pacientes los unos con los otros. Cada uno de nosotros es una obra en progreso y todos dependemos del Salvador para cualquier progreso que hagamos. Eso es cierto para nosotros como personas y es cierto para el Reino de Dios en la tierra.

El Señor nos invita no solo a unirnos a Su reino, sino también a estar anhelosamente consagrados en edificarlo. Dios visualiza un pueblo que es “uno en corazón y voluntad”. Y para ser uno en corazón, debemos procurar tener corazones puros, y eso requiere un potente cambio en el corazón.

Pero eso no significa cambiar mi corazón para alinearlo con el de ustedes. Tampoco significa que cambien su corazón para alinearlo con el mío. Significa que todos cambiamos nuestro corazón para alinearnos con el Salvador.

Si aún no hemos llegado a ese punto, recuerden: con la ayuda del Señor, nada es imposible.

Encajar y el sentido de pertenencia

Y si alguna vez sienten que no encajan del todo, sepan que no están solos. ¿No hemos estado todos en situaciones de la vida en las que nos hemos sentido como el extraño en la habitación? He experimentado eso más de una vez. Cuando tenía once años, mi familia se vio obligada a dejar nuestro hogar y mudarnos a una región desconocida. Todo era diferente a lo que estaba acostumbrado y mi acento dejaba en claro a los demás niños que yo era diferente a lo que ellos estaban acostumbrados. En un momento en que necesitaba desesperadamente amistad y pertenencia, me sentía solo y desterrado.

Aquí en la tierra, la mayoría de las diferencias que notamos —las diferencias que algunos de nosotros usamos para categorizarnos unos a otros— tienen que ver con cosas terrenales: apariencia física, nacionalidad, idioma, vestimenta, costumbres, etc. Pero “Dios no ve las cosas como las ve la gente. La gente mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón”.

Desde Su perspectiva, hay una categoría que está por encima de todas las demás: hijo de Dios. Y todos encajamos perfectamente en ella.

Es natural querer estar cerca de personas que se ven, hablan, actúan y piensan como nosotros. Eso es aceptable.

Pero en la Iglesia del Salvador recogemos a todos los hijos de Dios que están dispuestos a ser recogidos y que buscan la verdad. No es nuestra apariencia física, nuestras opiniones políticas, nuestra cultura o nuestra etnia lo que nos une. No son nuestros antecedentes en común lo que nos une. Es nuestro objetivo en común, nuestro amor por Dios y amor por el prójimo, nuestro compromiso con Jesucristo y Su Evangelio restaurado. Somos “uno en Cristo”.

La unidad que buscamos no consiste en que todos nos hallemos en el mismo lugar, sino en que todos miremos en la misma dirección: hacia Jesucristo. Somos uno, no por dónde hemos estado, sino por adónde nos esforzamos por ir; no por lo que somos, sino por lo que tratamos de llegar a ser.

De eso se trata la Iglesia verdadera de Cristo.

Un solo cuerpo

Si aman a Dios, si desean conocerlo mejor al seguir a Su Hijo, entonces pertenecen a este lugar. Si están procurando seriamente guardar los mandamientos del Salvador, aunque todavía no sean perfectos en ello, entonces encajan perfectamente en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

¿Y si son diferentes a las personas que los rodean? Eso no los convierte en inadaptados, sino en una parte necesaria del cuerpo de Cristo. Todos son necesarios en el cuerpo de Cristo. Los oídos perciben cosas que los ojos nunca podrían. Los pies hacen cosas para las cuales las manos serían ineficaces.

Eso no significa que su trabajo sea cambiar a todos para que sean como ustedes. Pero sí significa que tienen algo importante que aportar, ¡y que tienen algo importante que aprender!

Una voz

En cada sesión de la conferencia general, somos bendecidos con música inspiradora de coros talentosos. Mientras escuchan, tal vez noten que no todos los cantantes entonan las mismas notas. A veces un grupo lleva la melodía, a veces otro; pero todos contribuyen al hermoso sonido y están completamente unificados. Cada miembro del coro tiene la misma meta fundamental: alabar a Dios y elevar nuestro corazón a Él. Cada uno debe tener la mente y el corazón centrados en el mismo propósito divino. Y, cuando eso sucede, realmente se convierten en una sola voz.

Si aún no son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, los invitamos a unirse a nosotros mientras nos regocijamos en la “canción del amor que redime” del Salvador. Los necesitamos, los amamos. La Iglesia será mejor con los esfuerzos de ustedes por servir al Señor y a Sus hijos.

Si ya han manifestado, mediante el bautismo y al hacer convenios con Dios, su deseo de “entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo”, gracias por ser parte de esta gran y divina obra y por ayudar a hacer de la Iglesia de Jesucristo lo que el Salvador desea que sea.

Como aprendí de mi amiga de Alemania, nuestro amor por Dios y Sus hijos es un poderoso testimonio al mundo de que esta es verdaderamente la Iglesia del Salvador.

Que Dios nos bendiga para que, con paciencia pero con diligencia, procuremos vivir a la altura de los ideales que nuestro Salvador, Redentor y Maestro ha establecido para nosotros, a fin de que todos sepan que somos Sus discípulos. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.