Un servicio cálido y suave
La autora vive en Oregón, EE. UU.
¿Qué podía hacer Alex con la tela sobrante?
Alex recorrió la tienda de telas, observando. Había montones de colores y patrones geniales. Vio algunas que serían perfectas.
“Oye, mamá”, dijo Alex, señalando una tela con lagartijas de colores. “¿Te gustan estas lagartijas?”.
“Me gustan más los conejitos lindos y esponjosos”, dijo la mamá.
Alex se rio. “¡Sabes a lo que me refiero! ¿Sería buena esta tela para las bufandas?”.
“Creo que a tus amigos les gustará”.
Alex iba a hacer bufandas para sus amigos. Usaría el estampado de pelotas de fútbol para Josh, el de cohetes para José y el de lagartijas para Mike.
En poco tiempo, iban de regreso a casa con la tela. Al salir del estacionamiento, Alex vio a un hombre que sostenía un cartel de cartón para pedir ayuda. Sabía que el hombre probablemente no tenía trabajo ni casa. ¡Y parecía tener mucho frío! Solo llevaba puesta una chaqueta delgada. Alex tenía un grueso abrigo de invierno, pero aun así tenía frío al caminar a la escuela por las mañanas.
Cuando llegaron a casa, su mamá le mostró cómo colocar recta la tela y medir la cantidad que necesitaba para hacer una bufanda. Él cortó cuidadosamente la tela con las tijeras y luego hizo cortes a lo largo de los extremos para formar flecos. Al poco tiempo, Alex tenía seis bufandas de colores vivos. También había una gran cantidad de tela sobrante.
“¿Se te ocurre alguien más para quien quieras hacer regalos?”, preguntó la mamá.
“La verdad es que no”, dijo Alex. Entonces pensó en el hombre que sostenía el cartel y se le ocurrió una idea.
Esa semana, para la noche de hogar, Alex enseñó a toda su familia a hacer bufandas. Su mamá las midió y su papá cortó la tela. Alex y su hermana hicieron los flecos. Le gustaba hacer bufandas con la tela de lagartijas, que parecían sonreírle mientras trabajaba.
“Vaya”, dijo Alex cuando terminaron. “¡Hicimos catorce bufandas para regalar!”.
“¿Qué hacemos ahora?”, preguntó su hermana.
“Creo que debemos ponerlas en el auto”, dijo Alex. “Entonces, cuando veamos a alguien que parezca tener frío, podemos darle una”.
“Es una excelente idea”, dijo el papá.
La mamá sacó una bolsa del armario y acomodaron las suaves bufandas dentro. “Tal vez podamos hacer un paseo familiar en algún momento para buscar personas que necesiten bufandas”, dijo.
“¿Podemos ir ahora mismo?”, preguntó Alex.
La mamá miró por la ventana. “No lo sé. Hace un poco de frío afuera”.
“¿No es ese el objetivo?”.
Sus padres sonrieron. “Supongo que tienes razón”, dijo la mamá. “Solo asegúrate de abrigarte bien”.
Alex se puso el abrigo, pero apenas notó el aire frío. Sabía que sus bufandas podían ayudar a alguien y eso le daba un sentimiento de calidez.