Andar con el Salvador
Fortaleza mediante la humildad
Conferencia de BYU para mujeres
Buenas tardes, hermanas. ¡Estoy muy feliz de estar aquí con cada una de ustedes! No hay nada más maravilloso que reunirse con un grupo de mujeres consagradas. Ruego que cada una de ustedes reciba la inspiración, la fortaleza y las bendiciones que necesitan.
El servir en la Presidencia General de la Primaria durante los últimos cuatro años me ha hecho procurar la humildad al buscar inspiración del Padre Celestial para guiarnos en nuestros esfuerzos por Sus preciados hijos. Se nos ha exigido de maneras espiritualmente determinantes y hemos tenido momentos inesperados y gozosos. Por ejemplo, nuestra presidencia ha recibido innumerables regalos de los niños, incluso tiernas cartas y coloridos retratos que han dibujado de nosotras, ¡qué revelador! ¿Alguna de ustedes ha visto una transmisión De amigo a amigo con sus niños más queridos? Hace poco, una niña me miró tímidamente y dijo a su madre: “¡Allí está la señora de De amigo a amigo!” ¡Es un apodo que realmente me gusta ahora! Luego se acercó y me dio un gran abrazo. ¡Los niños son alegría!
Me encanta el tema de la conferencia de mujeres de este año, basado en el pasaje de las Escrituras que todas ustedes probablemente han escuchado muchas veces esta semana en los discursos de la conferencia de mujeres, esas palabras del Señor que cambiaron la vida del profeta Enoc cuando lo consumían sentimientos de ineptitud.
El Señor dijo a Enoc: “He aquí, mi Espíritu reposa sobre ti […]; y tú permanecerás en mí, y yo en ti; por tanto, anda conmigo”.
Hermanas, el Señor también nos llama a cada una de nosotras: “Anda conmigo”. Qué impresionante oportunidad es poder andar con el Salvador, el Hijo de Dios, nuestro Redentor, al atravesar los altibajos y vueltas de la vida. Al reflexionar sobre lo necesario para aceptar Su invitación a venir a Él, seguirle y andar con Él, mis pensamientos se tornaron a la humildad; la de elegir seguir a nuestro Salvador, ahora y siempre.
La humildad no es debilidad. La humildad es “una indicación de que sabemos de dónde proviene nuestra verdadera fortaleza”. “Ser humilde es reconocer con agradecimiento nuestra dependencia del Señor, es decir, comprender que tenemos la necesidad constante de recibir Su apoyo […]. Podemos ser humildes y, a la vez, ser audaces y valientes”.
Conforme crecemos en humildad, somos menos críticos y más compasivos. Somos menos exigentes y ayudamos más.
La humildad nos libera del miedo a lo que los demás puedan pensar de nosotros, pues nuestro valor viene de Dios.
Sabemos que nos estamos volviendo más humildes cuando estamos dispuestas a avanzar sin conocer todas las cosas; dispuestas a decir: “No sé todas las cosas; mas el Señor sabe todas las cosas”.
El Señor Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, es el ejemplo perfecto de humildad. A lo largo de Su vida, buscaba constantemente a Su Padre como fuente de fuerza y poder, y como el ejemplo de todo lo que hacía. “No puedo yo hacer nada por mí mismo”, enseñó. “No busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre, que me envió”. Y luego, quizás en el ejemplo más conocido, en el huerto de Getsemaní, “estando en agonía”, suplicó: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Conforme el Salvador se humillaba ante Su Padre, recibía la fuerza de Él. Igualmente, cuando nos humillamos ante Dios, nuestro corazón se abre para recibir fuerza de Él, trayendo el poder de Dios a nuestra vida para ayudarnos a llegar a ser como Él es.
El Libro de Mormón narra una batalla librada entre el pueblo de Zeniff y los lamanitas, quienes los tenían en la servidumbre. Zeniff y su pueblo oraron fervientemente y recibieron fuerza mediante su humildad al salir a la batalla. “Y ocurrió que salimos a la lid con la fuerza del Señor”.
¿Qué ejemplos de humildad nos ayudarán a cada uno de nosotros a entender la fortaleza que podemos recibir al elegir andar con Él?
¡Supongo que todos pueden adivinar quiénes son mis primeros ejemplos de humildad! Me siento bien acompañada, pues el presidente Jeffrey R. Holland, en el primer discurso de la Conferencia General de abril, nos instó a todas nosotras a volvernos “como un niño pequeñito”.
¿Acaso podremos olvidar alguna vez el relato que narró el presidente Holland del joven diácono con distrofia muscular que se esforzó con todo el corazón y todas sus fuerzas por subir al estrado para poder darle la Santa Cena a su padre?
Al presentar a Easton a la Iglesia mundial, el presidente Holland dijo: “Vengan conmigo a ver la humildad ante Dios, demostrada por un joven y muy querido amigo mío”. El laborioso esfuerzo de Easton por subir los tres escalones hasta el estrado fue, en efecto, su respuesta al llamado del Salvador: “Anda conmigo”.
Esa historia y el mensaje del presidente Holland se centraron en una invitación que el Salvador nos hizo a todos: “Cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos”.
El trayecto de Easton al estrado fue una profunda lección para todas nosotras de muchos de los atributos de Cristo, incluida la humildad. Easton puso sus manos en las manos del Señor y, sin preocuparse por lo que pensaran los demás ni cuánto tardara, ofreció cada gramo de energía que tenía para poder ofrecer los emblemas del sacrificio del Señor a su padre. Easton recibió la bendición prometida: “Humillaos delante del Señor, y él os ensalzará”.
¿Cuántas de ustedes sintieron que el Espíritu les llenaba el corazón al oír al coro de niños de la Conferencia General de octubre pasado cantar “Getsemaní”? ¿Qué fue lo que las conmovió tan profundamente? ¿Las palabras profundas y sencillas? ¿El poder de su testimonio? ¿Su humildad? Al oír sus voces puras, el Espíritu nos ayudó a comprender de un modo más profundo que Jesús se ofreció a Sí mismo como rescate por el pecado y libró la lucha más difícil que jamás se haya conquistado a causa de Su amor por nosotros. “Él me ama a mí” me sigue resonando en el corazón.
Escuchen cómo un niño que participó cantando “Getsemaní” para un video con el Coro del Tabernáculo testificó de cómo esa experiencia lo acercó más al Salvador.
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“Mirad a vuestros pequeñitos”. Contemplen su humildad. La humildad conmueve los corazones. La humildad cambia los corazones. La humildad nos abre el corazón para recibir el Espíritu de Dios. Ser humilde nos llena del deseo de dejar atrás los viejos hábitos y elegir andar con el Salvador. Podemos recibir Su fortaleza y Su poder para perseverar y permanecer con Él durante nuestras difíciles batallas de la vida.
Nuestras respuestas a estas preguntas planteadas por el presidente Russell M. Nelson nos ayudan a entender cómo aumentar nuestra humildad:
¿Estás dispuesto a dejar que Dios prevalezca en tu vida? ¿Estás dispuesto a permitir que Dios sea la influencia más importante en tu vida? ¿Permitirás que Sus palabras, Sus mandamientos y Sus convenios influyan en lo que haces cada día?.
Dejar que Dios prevalezca es la esencia de la humildad. Depositar nuestra confianza en Dios, y no en el hombre es una decisión sagrada. Elegimos honrar los convenios sagrados que nos conectan al Padre Celestial y a Su Hijo. Dejar que Dios prevalezca en nuestra vida nos permite andar con Él y aprender de Él.
La humildad es esencial para elegir la obediencia.
Consideren las enseñanzas del élder Quentin L. Cook sobre la humildad:
“La humildad no es un gran logro identificable ni tampoco superar algún gran desafío. Es una señal de fortaleza espiritual; es tener la serena confianza de que, día a día y hora tras hora, podemos confiar en el Señor, servirle y lograr Sus propósitos”.
Una de las muchas bendiciones de servir como Oficial General en la Iglesia es la oportunidad de visitar a los miembros en todo el mundo y cerca de casa. Quisiera compartir algunas experiencias de la vida de quienes, al igual que ustedes, intentan día a día y hora tras hora confiar en el Señor y andar en humildad con Él. Espero que mediante estos ejemplos sintamos un mayor deseo de ser humildes y recibir la fortaleza que necesitamos para andar con el Salvador.
1. Ser fáciles de ser tratables.
Recordarán que Alma, hijo, renunció al asiento judicial —un acto de profunda humildad— y fue de ciudad en ciudad enseñando la palabra de Dios. Después de profetizar al pueblo de Gedeón sobre el nacimiento del Redentor, los invitó a que “fuese[n] humildes, que fuese[n] sumisos y dóciles; fáciles de ser tratables”. Ser humildes nos permite ser “fáciles de ser tratables” por el Señor y Su Espíritu.
El año pasado, cuando estaba en una asignación de la Iglesia en el Caribe, me reuní con un pequeño grupo de madres de niños pequeños. Una hermana me contó una experiencia que había tenido con su hijo de diez años. Ella y sus hijos viven en una zona rural, pues es demasiado costoso vivir en la ciudad. Todos los días sale de casa a las 5:00 h de la mañana para hacer un viaje de dos horas en autobús al trabajo, trabaja el día entero, vuelve en otro viaje de dos horas, y llega a casa después de las 6:00 h de la tarde. Su clima es caluroso y húmedo, y en los autobuses hace un calor sofocante. Un día llegó a casa especialmente agotada, acalorada y cubierta de sudor. Después de cenar, se tumbó en la cama a descansar, cuando su hijo de diez años se le acercó. Tenía un ejemplar del Libro de Mormón en la mano y le preguntó si podían leer juntos. Como estaba acostada y agotada, pensó en decirle lo cansada que estaba y que seguramente podrían leer mañana. Pero entonces miró a su hijo y sintió algo. Me dijo: “Me levanté”; esas dos palabras fueron potentes. Aquella humilde madre me dijo lo orgullosa que estaba de su hijo por tener el deseo de leer las Escrituras. Fue extraordinario, pero igualmente extraordinaria era esa madre. Ella se humilló, lo que le permitió ser “fácil de ser tratable”, recibiendo la fuerza que necesitaba para alimentar el testimonio de su hijo y el suyo propio mientras leían juntos las palabras de Dios.
2. Sé humilde y reconoce todas tus debilidades.
El hermoso himno “Sé humilde”, basado en la sección 112 de Doctrina y Convenios, nos anima a todos a ser “S[er] humilde[s] y reconoce[r] todas [nuestras] debilidades, y Dios será [nuestro] guía” y responderá nuestras oraciones.
Mi nieta Madi ha sido humilde al enfrentar su debilidad al andar con el Salvador sirviéndole como misionera.
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¿Pueden sentir la fortaleza que el Padre Celestial le está dando a mi preciada nieta a medida que humildemente sigue adelante andando con el Salvador sirviéndole como misionera?
Mi cuñada Pam ha sido una pura y humilde hija de Dios y una fiel miembro de la Iglesia del Señor durante toda su vida. Durante muchos años ha sufrido depresión y ansiedad. En los últimos años, también ha padecido fuertes migrañas. Ella y su esposo, Randy, han ayunado y orado y han buscado la ayuda de los mejores profesionales médicos que han podido hallar. Pero la sanación no ha llegado. Hay muchos días en los que no puede levantarse de la cama. Dijo que se han preguntado por qué no ha llegado la sanación. Sin embargo, siguen andando con el Señor, orando y procurando entendimiento. Han sido humildes en su debilidad física, y el Señor los ha guiado con entendimiento. Recientemente, Pam recibió más entendimiento de la experiencia de Lehi en su sueño del árbol de la vida.
Lehi habló de estar en un desierto oscuro y lúgubre:
“Y aconteció que vi a un hombre vestido con un manto blanco, el cual llegó y se puso delante de mí.
“Y sucedió que me habló y me mandó que lo siguiera.
“Y aconteció que mientras lo seguía, vi que me hallaba en un desierto obscuro y lúgubre.
“Y después de haber caminado en la obscuridad por el espacio de muchas horas, empecé a implorarle al Señor que tuviera misericordia de mí, de acuerdo con la multitud de sus tiernas misericordias.
“Y aconteció que después de haber orado al Señor, vi un campo grande y espacioso”.
Pam dijo que cuando trata de andar con el Salvador, pero siente que está en un desierto oscuro y lúgubre, recuerda, como Lehi, rogar que el Señor tenga misericordia de ella, de acuerdo con la multitud de Sus tiernas misericordias. Ella ha visto Sus tiernas misericordias en su vida, una de las cuales es que se ha prolongado la vida de su esposo, Randy, durante su batalla de doce años contra el cáncer. También se refiere a menudo a un diario espiritual que lleva desde hace años y que le recuerda momentos en los que ha sentido el amor de Dios.
Hace poco, Pam y Randy se mudaron al otro extremo del país, y, en su nuevo barrio, Pam ha recibido la fortaleza para ministrar a hermanas que también llevan pesadas cargas. Se acercan a ella, sabiendo que ella puede comprender. Se ayudan mutuamente a andar con el Salvador.
3. Ofrézcanle sus almas enteras como ofrenda.
Cerca del final del libro de Omni, en el Libro de Mormón, Amalekí nos hace esta invitación: “Sí, venid a [Cristo] y ofrecedle vuestras almas enteras como ofrenda […], y perseverad hasta el fin; y así como vive el Señor, seréis salvos”.
Hace varios años, fui invitada a hablar en una conferencia de adultos solteros. La conferencia se celebró en un campamento de la Iglesia en lo alto de las montañas. Después del primer día, bajé la montaña y me reuní con un grupo de adultos solteros que no habían podido hacer el viaje hasta el campamento debido a su edad o a dificultades físicas. Nos reunimos en el salón de la Sociedad de Socorro y dispusimos las sillas en círculo. Hablamos de lo mucho que el Señor los necesitaba en Su Iglesia. Muy pocos de ellos tenían llamamientos, pero los animé a considerar en oración lo que podían hacer y a comunicarse con su presidenta de la Sociedad de Socorro, presidente del cuórum de élderes o el obispo y ofrecer su ayuda. Les aseguré que se les necesitaba.
Tras el almuerzo, otros se nos unieron en la capilla para un devocional. Mientras me encontraba en el pasillo saludando a la gente, un señor mayor, que había estado en nuestra reunión anterior, se dirigió lentamente hacia el pasillo. Me entregó un trozo de papel y me preguntó: “¿Se refería a esto?”. En el papel estaba escrito con letra manuscrita temblorosa y esmerada: “Querido Obispo: puedo ayudarle. Puedo escribir cartas”. Contuve las lágrimas mientras le aseguraba que su obispo estaría muy agradecido por su voluntad de servir. Nunca olvidaré la sensación de estar en presencia de un humilde hijo de Dios que había elegido ofrecer su alma entera y andar con el Salvador.
4. Señor, ¿a quién iremos?
Después que Jesús enseñó a sus discípulos que Él es el Pan de vida que el Padre envió del cielo, “muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él. Dijo entonces Jesús a los doce: ¿También vosotros queréis iros?”. Cada uno de nosotros quiere acompañar a Simón Pedro, que respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.
Hace dos años, visité a una joven familia con dos hijas pequeñas en Sudamérica. Una tercera hija había fallecido unos meses antes. Un viernes, su bella hija de cinco años parecía débil y tenía fiebre. Los padres, ambos profesionales médicos, la llevaron inmediatamente al hospital. Pese a todo lo que pudieron hacer los médicos, falleció pocos días después. Estaban devastados, pero intentaban de todo corazón mantenerse fieles.
Después de que compartieran sus sentimientos, pregunté a la hija mayor, de unos ocho años, si tenía alguna canción de la Primaria favorita. “Sí”, dijo ella, “me encanta ‘Sigue al profeta’”. Todavía estábamos un poco conmovidos, pero nos esforzamos por cantar la primera o las dos primeras estrofas. Cuando paramos, ella insistió: “¡No, tenemos que cantar todas las estrofas!”. ¿Saben cuántas estrofas tiene? Descubrí que tiene nueve, ¡y estaba tratando de cantar en español! Pero lo hicimos; cantamos las nueve estrofas. Para entonces, el espíritu de la sala había pasado de “llorar con los que lloran” a un “fulgor […] de esperanza” de que Dios brindaba profetas para mostrarnos el modo de andar con Cristo, el Hijo del Dios viviente.
5.Y salvos de males vosotros seréis.
¿Sienten fortaleza al cantar “Qué firmes cimientos”? La estrofa tres dice:
“Pues ya no temáis, y escudo seré,
que soy vuestro Dios y socorro tendréis;
y fuerza y vida y paz os daré […],
A principios de la década de 1980, nuestra joven familia vivía en Múnich, Alemania. Con tres hijos de tres años o menos, me sentía aislada y sola. Bruce estaba todo el día en la oficina y luego pasaba algunas noches a la semana y la mayor parte del domingo en la Iglesia, pues servía como presidente de la rama. Para agravar el problema, todas las casas del barrio en el que vivíamos estaban rodeadas por muros de bloques de hormigón de dos metros [seis pies] de altura. Así que, cuando llevaba a los niños a pasear, no había oportunidad de ver a los vecinos en sus patios y quizás entablar una amistad. Además, la mayoría de los miembros de nuestra rama vivían en la base militar, a unos treinta minutos de nuestra casa.
En lo que seguramente era un esfuerzo por aligerar mi carga, no se me había dado un llamamiento en ese momento. Empecé a sentir que no contribuía de ningún modo ni lograba nada. Cada día parecía una giro eterno conforme intentaba mantener a los niños alimentados, bien vestidos y felices. Los días en que me fijaba metas y las alcanzaba parecían muy lejanos.
Un día, una amiga de la rama me llamó. “¿Podrías, por favor, enseñar la clase de la Sociedad de Socorro el próximo domingo?”. En mi corazón, me pregunté: “¿Y qué podría ofrecer yo?”. Sin embargo, acepté.
Preparé la lección lo mejor que pude y enseñé la clase la semana siguiente. Al final de la Sociedad de Socorro, algunas hermanas se acercaron para hablarme de la lección. Mientras estaba allí, escuchando sus reflexiones, las siguientes palabras acudieron con claridad a mi mente: “El Señor ama a los luchadores”.
Aquellas seis palabras, pronunciadas por la voz apacible y delicada, fueron como un bálsamo curativo para mi alma. Yo era una luchadora; estaba avanzando poco a poco, pero en ese momento supe que el Salvador no solo era perfectamente consciente de mi situación, sino que me amaba. Él andaba a mi lado. Él reconocía que, aunque no avanzaba a pasos agigantados logrando cosas sorprendentes, sí que avanzaba, y eso para Él era suficiente.
Hermanas, al igual que ustedes, yo también he recorrido otros caminos difíciles desde aquel entonces, hace mucho tiempo. Quizás ahora mismo anden por algún camino difícil. Como los discípulos camino a Emaús, habrá momentos en los que no reconozcamos la presencia del Salvador. Testifico que mientras sigamos andando humildemente en Su senda y buscando Su ayuda, se nos dará visión y entendimiento para reconocer que Él ha estado y está andando con nosotras, sosteniéndonos y fortaleciéndonos con la diestra de Su justicia.
Ruego que nos centremos en llegar a ser “humildes discípulos de Cristo”. Al hacerlo, recibiremos Su poder para fortalecernos en nuestra debilidad y permitirnos andar hacia adelante con Él, y convertirnos en las mujeres de Dios que Él sabe que podemos ser.
Como ha enseñado el élder David A. Bednar: “Cuando seguimos adelante con fe y caminamos en la mansedumbre del Espíritu del Señor, somos bendecidos con poder, guía, protección y paz”.
Terminaré donde empecé: con los niños. Una querida canción de la Primaria que brinda dirección y consuelo a los hijos de Dios de toda edad es “Andaré con Cristo”. El mensaje principal de esta hermosa y sencilla canción es que cuando abrimos nuestros corazones y mentes para recibir al Salvador y andar en Su senda, Él andará con nosotros.
Después de que yo termine, las invito a cantar con el video; la letra aparecerá en la parte inferior de la pantalla. Además de contemplar a los pequeñitos del video, las invito a verse a ustedes mismas eligiendo andar humildemente con Jesús. Ruego que sientan Su amor por ustedes.
Testifico que Dios, nuestro Padre Celestial, vive y que nos ama a cada una de nosotras. Como prueba de ese amor, Él envió a Su Hijo, el Señor Jesucristo, para ser nuestro Redentor y Salvador. Lo amo. Y en un día futuro, Él vendrá de nuevo.
Doy mi testimonio de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es Su Iglesia en la tierra hoy en día, y que el Presidente Russell M. Nelson es el profeta del Señor en nuestros días. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.