Devocionales de la Sociedad de Socorro
Acceder al poder de Dios


12:50

Acceder al poder de Dios

Devocional mundial y reunión de testimonios de la Sociedad de Socorro

Domingo, 16 de marzo de 2025

Queridas hermanas, estamos reunidos en centros de reuniones de todo el mundo en esta conmemoración de la Sociedad de Socorro. Hemos tenido la bendición de escuchar a nuestra maravillosa Presidencia General de la Sociedad de Socorro. Siempre me inspiran; ejercen una influencia semejante a la de Cristo que me motiva a actuar mejor y a ser mejor. Nos hablaron desde la tienda de ladrillos rojos de Nauvoo, Illinois, Estados Unidos, el lugar donde se organizó la Sociedad de Socorro. Hermanas, agrego mi testimonio al de ellas. Dios las ama, las conoce. Ustedes son preciadas para Él.

La historia de la Sociedad de Socorro es inspiradora. Como dijo Emma Smith, la primera presidenta de la Sociedad de Socorro: “Vamos a hacer algo extraordinario”. Como nos acaban de enseñar la presidenta Johnson, la hermana Dennis y la hermana Yee, esta organización no tenía por objeto ser simplemente un club social o un grupo caritativo. Su propósito era y sigue siendo divino: ayudar a los hijos de Dios a regresar a Su presencia.

Después de mis palabras, podrán compartir unas con otras su testimonio de las bendiciones que emanan de Jesucristo, de Su Iglesia y de esta divina organización de mujeres. Sé que Jesucristo está al tanto de sus circunstancias y desea bendecirlas. Él también necesita su influencia en Su Iglesia. Sus esfuerzos por servir a los hijos de Dios por medio de la Sociedad de Socorro son cruciales.

José Smith enseñó que la obra de salvación y exaltación de los últimos días es una causa que “está destinada a [llevar a cabo] la destrucción de los poderes de las tinieblas […] y la salvación de la familia humana”. La Sociedad de Socorro y ustedes son fundamentales para esta obra. Como enseñó el presidente Russell M. Nelson: “¡El reino de Dios no está completo, ni puede estarlo, sin las mujeres que hacen convenios sagrados y los guardan; mujeres que pueden hablar con el poder y la autoridad de Dios!”.

Las mujeres que guardan convenios no solo reconocen la necesidad del poder de Dios en su vida, sino que tienen acceso especial a ese poder por medio de los convenios que hacen. Qué bendición tan notable es tener “acceso al poder divino, un poder suficiente para sobrellevar las cargas, obstáculos y tentaciones de nuestros días”. Por supuesto, los convenios bautismales y del templo no son, por sí mismos, la fuente de poder. El Señor Jesucristo y nuestro Padre Celestial son la fuente de todo poder en los convenios.

Pero no se equivoquen, el poder de Dios no es una fuerza cósmica amorfa que es independiente de Él. El poder que Él ofrece no es como una lámpara mágica que concede deseos o una reliquia santa que pretende ser una fuente de poder. Ni siquiera el gárment del santo sacerdocio es poderoso en sí mismo. No. El poder de Dios está necesariamente unido a Él y Sus propósitos.

Como siempre, Jesucristo nos proporciona el ejemplo supremo. Dios otorgó todo poder “en el cielo como en la tierra” a Jesucristo, porque Él permitió que Su voluntad fuera “absorbida en la voluntad del Padre”. En la existencia preterrenal, el Salvador dijo: “Padre, hágase tu voluntad”. Jesucristo reiteró esto en Getsemaní y en la cruz. Después de Su Resurrección, lo repitió al pueblo del Libro de Mormón y nuevamente a principios de esta dispensación. Jesucristo recibió poder de Dios porque fue preordenado para recibirlo y se podía confiar en que utilizaría ese poder como lo haría el propio Padre Celestial.

Consideren también al profeta Nefi del Libro de Mormón, el hijo de Helamán. Cuando se delegó en Nefi el poder para sellar, Jesucristo le dijo: “Te bendeciré para siempre, […] todas las cosas te serán hechas según tu palabra”. La razón por la que Cristo confió a Nefi este poder que todo lo abarca fue porque Nefi había sido llamado como profeta y porque había hecho incansablemente y sin temor la voluntad de Dios. Procuraba los objetivos de Dios, no los propios. Él no pidió ni pediría “lo que [fuera] contrario a [la] voluntad [de Dios]”. Recibió acceso al poder del Salvador porque se podía confiar en que él utilizaría ese poder como lo haría Jesucristo mismo.

Aun cuando nos esforcemos por aumentar el poder de Dios en nuestra vida, este sigue siendo Su poder. El poder de los convenios al que accedemos no reside en nosotros. De la misma manera que el obtener “una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa”, así también el acceso al poder de Dios depende “[de] los principios de la rectitud”. El poder de Dios no se puede utilizar con fines egoístas ni para ejercer control sobre nadie. El tratar de ejercer Su poder “en cualquier grado de injusticia” hace que se “retir[e]” Su poder, y se nos advierte que “se tornará para [n]uestra condenación”. Aquellos que no ponen su confianza en Dios, que son inconstantes en su discipulado, o que endurecen sus corazones o huellan bajo sus pies al Santo de Israel, no pueden recibir acceso a Su poder. Para cultivar el poder de Dios en nuestra vida, estamos obligados a tratar de ser rectos, a tratar de hacer lo correcto y a tratar de actuar de acuerdo con Su voluntad.

Hacer y guardar múltiples convenios con Dios las acerca más a Él, las transforma y les otorga un mayor acceso a Su poder. Las mujeres que guardan sus convenios están “dispersad[a]s sobre toda la superficie de la tierra” y “t[ienen] por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria”. Dondequiera que estén, este poder es para ustedes. Las ayuda a obtener mayor felicidad, paz y descanso. Las ayuda a poseer mayor conocimiento, a convertirse en seguidoras más firmes de la rectitud y a llegar a ser herederas legítimas en el Reino de Dios. Reciben poder para resistir la tentación y arrepentirse cuando tropiezan. También reciben poder que las fortalece para soportar mejor las pruebas y los pesares.

Me gustaría relatar un ejemplo personal de cómo los convenios del templo condujeron a una mayor paz y seguridad para mi esposa, Ruth, y para mí. Unos años después de casarnos, Ruth enfermó gravemente de cáncer de ovario. Necesitó dos operaciones y quimioterapia. Nuestra única hija, Ashley, de dieciséis meses, nunca se había separado realmente de su madre y se volvió inusualmente irritable y malhumorada. Ella se negaba a comer la comida que yo preparaba, así que “negociamos” y finalmente le di helado y refrescos.

Yo solo tenía 28 años y no sabía cómo Ashley y yo íbamos a sobrevivir sin Ruth. Los sueños de tener una familia más numerosa se acabaron, pero esa era la menor de nuestras preocupaciones. Durante la primera hospitalización de Ruth, me sentí destrozado y me resultaba difícil orar. Parecía como si mis oraciones no llegaran al cielo.

La noche en que Ruth regresó a casa después de su primera operación, oramos juntos como de costumbre antes de irnos a la cama. Como el cobarde que era, le pedí a Ruth que orara. Nunca olvidaré las primeras palabras de su oración. Ella dijo: “Padre Celestial, te agradecemos por el poder del sacerdocio que hace posible que, sin importar lo que suceda, podamos estar juntos para siempre”.

Con sus palabras, la barrera que percibía entre Dios y yo se abrió de par en par. A medida que la oración de Ruth ascendía al cielo, la doctrina de las familias eternas pasó de mi mente a mi corazón. Nuestra preocupación por nuestro futuro disminuyó, porque habíamos hecho convenios en el templo y habíamos sido sellados en la Casa del Señor. El poder de Dios trajo paz a nuestro corazón. Treinta y seis años después, el presidente Nelson expresó palabras que resuenan en mí. Él enseñó: “Cuando procuren el poder del Señor en su vida con la misma intensidad que tiene uno que se está ahogando y lucha por respirar, el poder proveniente de Jesucristo será de ustedes”. Así fue como oró Ruth, y ese poder descendió.

De manera similar, Dios las ayudará a entender el poder y la paz de la investidura del templo.

La investidura de poder las ayudará a sanar si han sido heridas, destrozadas o abatidas de alguna manera. Pueden invocar los poderes del cielo para recibir revelación personal y comprender la doctrina de Cristo. El poder de Dios las ayudará a proteger, defender y fortalecer a otras personas. Junto con el presidente Nelson, testifico que “[Jesucristo] puede dar[les] el poder que necesita[n] para [sus] vidas” y que “cuando obten[gan] Su poder en [su] vida, tanto [el Salvador] como [ustedes se] regocija[rán]”.

Sí, hermanas, están haciendo algo extraordinario y pueden experimentar algo extraordinario. Gracias por su fe, su fortaleza, su capacidad de dirigir, su sabiduría, su disposición y capacidad para hacer y guardar convenios con Dios. Ustedes traen bendiciones para ustedes mismas, sus familias, la Iglesia, sus comunidades y el mundo. Tienen el poder de Dios en su vida para ayudarlas a ser buenas y hacer el bien. Él cuenta con ustedes. Su Iglesia cuenta con ustedes. Ruego que Dios las bendiga en su discipulado continuo.

Dios vive. Jesús es el Cristo, su Salvador y el mío. Él es su amigo fiel. Él ha restaurado Su Iglesia en la tierra. Sé estas cosas. En el nombre de Jesucristo. Amén.