2024
Cómo el estar desmoronada me ayudó a reconstruir mi fundamento de fe
Septiembre de 2024


“Cómo el estar desmoronada me ayudó a reconstruir mi fundamento de fe”, Liahona, septiembre de 2024.

Jóvenes adultos

Cómo el estar desmoronada me ayudó a reconstruir mi fundamento de fe

Después de serios desafíos mentales, físicos y espirituales, descubrí lo que significa encontrar sanación por medio de nuestro Salvador Jesucristo.

Fotografía de la autora con el Templo de Salt Lake al fondo

Estaba sirviendo como misionera en Francia cuando el mundo se derrumbó y el COVID-19 dejó a todo el país en un estricto confinamiento. He luchado contra la depresión a lo largo de mi vida, así que me preocupaba que las circunstancias del aislamiento me hicieran caer en un episodio depresivo. Sin embargo, la primera semana de cuarentena, la semana previa a la histórica Conferencia General de abril de 2020, fue una de las más espirituales de mi vida.

En retrospectiva, creo que, por medio de las experiencias que tuve esa semana, el Señor me estaba fortaleciendo para atravesar una tormenta.

En esa conferencia, el élder Gary E. Stevenson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dio un discurso sobre las reparaciones que se harían a los cimientos del Templo de Salt Lake. Comparó esa remodelación con nuestra vida y nos pidió que consideráramos esta pregunta:

“¿Cuáles son los elementos fundacionales de mi carácter espiritual y emocional que nos permitan, a mí y a mi familia, permanecer firmes e inamovibles, e incluso resistir los impactantes y tumultuosos terremotos que con certeza tendrán lugar en nuestra vida?”.

Al escuchar su discurso, recibí la impresión de que, al igual que el templo, yo iba a desmoronarme en cierto modo durante la siguiente etapa de mi vida. Sin embargo, también sentí que, si acudía al Señor durante esos desafíos, Él me ayudaría a fortalecer mi fundamento de fe.

Sentirme desmoronada

Tal como esperaba, pronto me deprimí y no tardé en sentirme atrapada en un ciclo interminable de pensamientos suicidas. Me sentía destrozada mental, emocional y espiritualmente.

Después de dos meses de cuarentena, las cosas mejoraron un poco. Gracias a los cambios en mis circunstancias, como la medicación antidepresiva y el final del confinamiento, empecé a sentirme mejor mentalmente, pero poco después comencé a sentirme enferma y noté tres grandes bultos en la base de la garganta.

Al principio, ignoré los bultos, pero cuando los síntomas empeoraron se hizo evidente que no podía permanecer en el campo misional. Regresé a casa, donde pronto me diagnosticaron cáncer en la sangre: un linfoma de Hodgkin.

Como los antidepresivos tenían un efecto emocional adormecedor, al principio de los seis meses de quimioterapia me sentí bastante apática.

Sin embargo, aun así, comencé a desmoronarme físicamente.

Fotografía de la autora con el Templo de Salt Lake al fondo

Reconstruir mi fundamento espiritual

Un año después de terminar el tratamiento de quimioterapia, comencé a sentirme mejor físicamente. Volví a la universidad y estaba haciendo planes, pero el agudo dolor y entumecimiento espirituales que había sentido en la misión y durante la quimioterapia se habían convertido en un sentimiento general de indiferencia hacia el Padre Celestial y Jesucristo.

Luchaba con mis sentimientos sobre lo que había vivido y sentía como si Ellos me hubieran abandonado cuando me encontraba en mi peor momento.

Sin embargo, el Padre Celestial sabía cuáles eran los caminos que yo debía tomar para poder sanar.

Sentía como si estuviera aferrándome a los escombros y los restos de mi fe, que antes había sido fuerte, y de mi personalidad, que antes había sido alegre. Me sentía muy desconectada de mí misma. Mi corazón se enternecía ante los intentos del Señor de tenderme la mano, pero me sentía culpable, ansiosa e indigna espiritualmente por mi indiferencia hacia el Evangelio.

Después de meditar sobre mi salud espiritual durante algunos meses, me sentí inspirada a hacer pequeños cambios en el ámbito espiritual de mi vida. Durante un tiempo, había ignorado el dolor que sentía en el alma a causa de los desafíos que había experimentado, pero deseaba hacerle frente.

Pronto, pude ver la mano del Padre Celestial en mi vida. Sin saber lo espiritualmente entumecida que me sentía, algunos amigos y seres queridos me hablaron acerca de la sanación. Uno de ellos incluso me compartió un discurso que Elaine S. Marshall dio en un devocional.

Sin ganas, lo leí.

Como enfermera, Elaine señaló algunos paralelismos entre la sanación física y la sanación espiritual, ella dijo: “La sanación no es la cura. La cura es limpia y rápida y a menudo se realiza bajo anestesia […]. La sanación […] con frecuencia es un proceso de recuperación y crecimiento que dura toda la vida a pesar de agresiones físicas, emocionales o espirituales constantes, o tal vez a causa de ellas. Requiere tiempo”.

No creo que fuera una coincidencia que el tratamiento para mi cáncer requiriera seis meses de quimioterapia. Los efectos de la quimio son drásticos, dramáticos y agotadores. Curiosamente, el aprender a dejar que mi cuerpo sanara físicamente me enseñó un principio clave de sanación espiritual: cómo recurrir a la gracia de Jesucristo y darme el tiempo y el espacio para sanar mi relación con Él y con el Padre Celestial.

Recibir la gracia del Salvador

La gracia es ayuda divina, poder habilitador y fortalecedor, y sanación espiritual. Es un don de nuestro Padre Celestial, “que recibimos a través de la expiación del Señor Jesucristo”.

Mi ejemplo favorito de alguien que accedió al poder sanador de Jesucristo por medio de Su Expiación es el de Alma, hijo. Mientras estuvo en estado de coma durante tres días, atormentado con “las penas de un alma condenada”, recordó las enseñanzas de su padre acerca de Jesucristo (véase Alma 36:16–17). Primero deseó ayuda y luego acudió a Cristo, lo cual cambió su trayectoria y le permitió ser sanado espiritualmente (véase Alma 36:18–22).

El primer paso que di hacia la sanación espiritual fue encontrar el deseo de conectarme con Dios. Alma me enseñó el modo de comenzar cuando dijo: “Ejercit[ad] un poco de fe, sí, aunque no sea más que un deseo de creer, [y] dejad que este deseo obre en vosotros, sí, hasta creer de tal modo que deis cabida a una porción de mis palabras” (Alma 32:27).

Por experiencia propia, testifico que esta enseñanza es verdadera.

Podemos desarrollar un deseo, plantar una semilla (la palabra de Dios) y nutrirla hasta que se convierta en algo real y concreto. Con el tiempo, se producen los frutos de nuestra fe en Jesucristo cuando vemos cambios en nuestras acciones, opiniones, creencias, en el corazón, la mente y luego el alma. Nuestro fundamento llega a establecerse en Él (véase Helamán 5:12).

De manera similar a la experiencia de Alma, mi deseo de volver a sentir el Espíritu y el gozo del Evangelio dio lugar a un completo cambio de rumbo que me llevó por el proceso de sanación. Desde entonces, el Salvador me ha ayudado a reconciliar mis sentimientos del pasado a medida que he aprendido a dejar de lado mis resentimientos hacia Él, Dios y mis propias debilidades.

Gracias a Él, partes de mí misma que pensé que había perdido en la bruma de mis pruebas, como mi personalidad, mis deseos y mi amor por el Evangelio, han regresado a mí y me han hecho sentir sanada, renovada y restaurada.

Un fundamento más firme

El dolor y los desafíos me cambiaron, pero al hallar sanación por medio de Jesucristo, verdaderamente reconstruí mi fundamento de fe en Él. A medida que pasa el tiempo y voy sanando, veo que, gracias a Jesucristo, puedo aprender a tener gozo a pesar de mis dificultades. Ahora entiendo que la parte más importante de atravesar una prueba no es lo que nos hace pedazos ni el dolor que sentimos, sino lo que viene después a medida que experimentamos la sanación y la reconstrucción por medio de la gracia del Salvador.

El élder Patrick Kearon, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “Queridos amigos que han […] sufrido las injusticias de la vida […], pueden tener un nuevo comienzo y volver a empezar. En Getsemaní y en el Calvario, Jesús ‘tomó sobre Sí […] toda angustia y sufrimiento que experimentemos alguna vez ustedes y yo’ [Russell M. Nelson, “El nombre correcto de la Iglesia”, Liahona, noviembre de 2018, pág. 88] ¡y lo ha vencido todo!”.

Así que, a los que se sientan deshechos, les ruego que sean valientes, que perseveren y confíen en el Señor y en Su poder sanador. Con tiempo, paciencia e incluso el más mínimo deseo, Su gracia puede transformarlos, reconstruir su fundamento y ayudarlos a sentirse plenos de nuevo.

Ese es el don que Él nos ofrece a cada uno de nosotros.

La autora vive en Carolina del Norte, EE. UU.