“Obtener un sentido renovado de uno mismo”, Ayuda para las víctimas, 2018.
“Obtener un sentido renovado de uno mismo”, Ayuda para las víctimas.
Obtener un sentido renovado de uno mismo
Nota: Esta es una experiencia real relatada por una persona que sobrevivió al abuso. Los nombres e información reveladora sobre la identidad de los protagonistas han sido cambiados.
Cuando tenía ocho años, mi padre comenzó a abusar físicamente de mí. No puedo recordar la primera vez que sucedió; solo sé que para cuando estaba en cuarto grado, el que mi padre me golpeara era parte de la vida diaria. Durante varios años, lo acepté como algo normal, incluso como algo que merecía. Mi padre me decía con frecuencia que era culpa mía que me estuviera “castigando” de esa manera. Me decía que yo era una niña terrible, mucho peor que los otros niños que él conocía. Si tan solo fuera más obediente, si mi habitación estuviera más limpia, si tuviera mejores calificaciones, si no lo enfureciera tanto, si fuera una mejor hija, no tendría que pegarme. Decía que solo lo estaba haciendo para enseñarme una lección y hacerme mejor persona. De hecho, decía que solo me pegaba porque me amaba, y como niña que amaba a su papá y que desesperadamente quería que él la amara, le creía.
Me esforcé tanto como puede esforzarse una niña pequeña por hacer todo lo que él me pedía que hiciera. Durante ese tiempo de mi vida, fui una niña tranquila, incluso dócil. Intenté ser obediente, cortés e inteligente lo mejor que pude, pero nunca funcionó. Las reglas siempre cambiaban y yo siempre estaba en el lado equivocado de ellas.
Mi actitud comenzó a cambiar en mi adolescencia. Comencé a sentirme enojada porque nada de lo que hacía parecía funcionar. A medida que la ira y la frustración aumentaban, comencé a defenderme cuando mi papá me golpeaba. Eso solo intensificó la violencia y, a veces, faltaba a la escuela, la Iglesia y los eventos sociales debido a esos abusos. Mi ira se propagó al resto de mi vida. Me peleaba con todos: hermanos, amigos, maestros de escuela y líderes de la Iglesia. Podía ser como la noche y el día: feliz y amorosa en un momento, malvada y cortante al siguiente.
Eso no fue lo único que cambió en mi vida. Mis notas en la escuela se desplomaron. Antes de que comenzara el abuso, me pusieron en una escuela avanzada con programas de aprendizaje acelerado. Al final de la escuela secundaria, tuve dificultades para reunir los requisitos para graduarme. La persona tranquila, estudiosa y segura que una vez fui se había convertido en un ser iracundo, inseguro e ingobernable. A pesar de todo esto, nunca le conté a nadie lo que estaba pasando en casa. Pensaba que era mi responsabilidad mantenerlo en secreto. Aunque en la escuela secundaria sabía que abusar de alguien estaba mal, me sentía responsable de mantener las apariencias de mi familia evitando hablar de lo que estaba sucediendo a puertas cerradas. Dependía de mí el asegurarme de que nuestra familia todavía pareciera normal ante nuestros vecinos y los miembros del barrio.
La vida continuó en una espiral de descontrol en mis primeros años de adulta. Dejé la casa de mis padres tan pronto como pude y pensé que la vida mejoraría una vez que estuviera sola; pero no fue así y, en muchos aspectos, empeoró. La oscuridad de esa parte de mi vida no es algo en lo que me guste pensar. La depresión, la ira y la ansiedad aumentaron. Siempre me encontré en relaciones emocionalmente volátiles de las que no sabía cómo salir. Quería desesperadamente tener una vida normal y pacífica, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo; ni siquiera sabía en qué consistía. Me sentía como una inadaptada que vivía en los límites oscuros del mundo. Podía ser espectadora y observar cómo las personas normales y felices vivían vidas normales y felices, pero nunca se me permitiría unirme a ellas. Simplemente no formaba parte de todo aquello.
Por ese tiempo, empecé a recibir impresiones espirituales acerca de que debía ir a una misión. No tenía ningún deseo de servir en una misión y, por lo tanto, puse resistencia a esas impresiones durante varios años. Finalmente cedí y recibí el llamamiento para servir en Europa del Este. Mi misión fue difícil y, debido a mis propias batallas internas, a veces hacía que fuera complicado servir conmigo. Fui bendecida grandemente con compañeras muy amables y un presidente de misión compasivo cuya esposa había recibido capacitación en terapia de salud mental. Fue durante mi misión que decidí ir a terapia por el abuso que experimenté mientras crecía.
Poco después de regresar a casa, llamé a la oficina de Servicios para la Familia SUD que estaba cerca. No tenía idea de lo que estaba haciendo; la recepcionista me preguntó para qué necesitaba tratamiento y yo muy torpemente dije: “Bueno, mi padre solía pegarme mucho”. Ella me asignó una terapeuta y me dio fecha y hora para mi primera cita.
Recuerdo estar de pie fuera del edificio de Servicios para la Familia SUD antes de aquella cita. Me sentía increíblemente tonta. “Estoy exagerando todo esto”, me dije. “Debería irme a casa”. Estaba segura de que cuando explicara por qué estaba allí, la terapeuta pondría los ojos en blanco, me diría que la terapia era para personas con problemas “de verdad” y sugeriría que estaba siendo un poco melodramática. Casi no entro.
Estoy sumamente contenta de haber entrado a mi cita. Puedo señalar mi primera sesión de terapia como el momento en el que mi vida comenzó a cambiar.
Mi terapeuta fue la primera persona que escuchó mi historia con comprensión y empatía genuinas. Ella validó las dificultades que había estado experimentando durante años. No me di cuenta de lo mucho que necesitaba una validación hasta ese momento; era como aire fresco en una habitación que había estado cerrada durante casi veinte años. Ella identificó gran parte de lo que yo consideraba mi “quebrantamiento” (mi enojo, depresión y tendencia a tener relaciones románticas terribles) como síntomas de trastorno de estrés postraumático (TEPT) y respuestas típicas y normales a entornos traumáticos. ¿Era yo una persona normal? ¿No era defectuosa? No me habían dicho eso desde que tenía ocho años. Por primera vez, sentí la esperanza palpable de ser feliz. Salí de esa sesión de terapia sintiendo un alivio en mi corazón que nunca había experimentado.
Mi terapia duró aproximadamente un año. Algunas sesiones fueron intensas; otras fueron ligeras. En el transcurso de ese año, trabajé para reparar el daño mental causado por el abuso de mi padre. Mi terapeuta me ayudó a encontrar nuevas formas de pensar y comportarme que no habría considerado por mi cuenta. Mis pensamientos empezaron a cambiar lentamente de negativos y autodespreciativos a más positivos y proactivos. Lloré mucho durante la terapia, tanto en el consultorio de mi terapeuta como a solas, pero también empecé a reírme de forma más natural y a sentirme más genuinamente en paz conmigo misma y con mi vida. Al final de mi tratamiento, podía pensar y hablar sobre los abusos sin sentirme triste, asustada o avergonzada. Hice varios avances importantes, como darme cuenta de que los abusos nunca fueron por culpa mía y que yo era una persona competente y valiosa.
Fui a terapia con todo un mundo de dolor en privado sobre mis hombros. Si no hubiera ido y me hubiera quedado en el curso que al principio estaba siguiendo, sé que la espiral descendente habría continuado. Habría hecho todo lo posible por “mantenerme entera” pero, como lo había hecho antes, ese dolor me habría llevado una y otra vez a situaciones y decisiones dolorosas. Salí de terapia con un concepto renovado de mí misma y con las habilidades para la vida que normalmente habría adquirido en un entorno familiar saludable. Tenía una mejor idea de quién era yo, cómo manejar conflictos, qué era eso de sentir confianza y qué hacer cuando los pensamientos oscuros y negativos nublaran mi mente. Salí de terapia sintiéndome lista para la vida, en lugar de asustada.
Han pasado casi diez años desde que empecé terapia. Desde entonces, he terminado la universidad, me he graduado, he comenzado una carrera laboral y me he casado. Trabajo al máximo para ser una defensora y promotora de la salud mental y aliento a todos aquellos que están teniendo dificultades a que busquen ayuda profesional. Ocasionalmente, todavía paso por períodos desagradables; no me imagino que vayan a desaparecer por completo, pero ahora sé cómo sobrellevarlos para que no sean tan intensos y no duren tanto. Mi vida es infinitamente más feliz, más rica y más satisfactoria de lo que hubiera sido sin la intervención psicológica. Estoy muy agradecida por la bendición de haber ido a terapia.
Si tú o alguien que conoces ha sufrido abuso o maltrato, busca ayuda de inmediato de las autoridades civiles, servicios de protección infantil o servicios de protección para adultos. También puedes buscar ayuda de un abogado defensor para víctimas, de un profesional médico o de servicios sociales. Estos servicios pueden ayudar a protegerte y prevenir más abuso o maltrato. Encontrarás más información en la página “En crisis”.