“Willy Binene — República Democrática del Congo”, Historias de santos, 2024
Willy Binene — República Democrática del Congo
Un joven en África central aprende a confiar en el tiempo del Señor
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¿Qué tipo de mosca te picó?
En agosto de 1992, Willy Sabwe Binene, de veintitrés años, aspiraba a hacer carrera como ingeniero eléctrico. Su formación en el Institut Supérieur Technique et Commerciale de Lubumbashi, una ciudad de la nación centroafricana de Zaire, iba bien. Acababa de terminar su primer año en la escuela y ya estaba deseando continuar su educación formal.
Durante el receso entre trimestres, Willy regresaba a su ciudad natal, Kolwezi, a unos trescientos veinte kilómetros al noroeste de Lubumbashi. Él y otros miembros de su familia pertenecían a la Rama Kolwezi de la Iglesia. Luego de la revelación del sacerdocio de 1978, el Evangelio restaurado se había extendido más allá de Nigeria, Ghana, Sudáfrica y Zimbabue a más de una docena de países africanos: Liberia, Sierra Leona, Costa de Marfil, Camerún, República del Congo, Uganda, Kenia, Namibia, Botsuana, Suazilandia, Lesoto, Madagascar y Mauricio. Los primeros misioneros Santos de los Últimos Días en Zaire habían llegado en 1986, y ahora había unos cuatro mil santos en el país.
Poco después de que Willy llegara a Kolwezi, el presidente de su rama lo llamó para una entrevista. “Tenemos que prepararte para que vayas a una misión de tiempo completo”, le dijo.
—Debería continuar con mis estudios —dijo Willy, sorprendido. Explicó que le quedaban tres años más en su programa de ingeniería eléctrica.
—Primero deberías ir a una misión —dijo el presidente de rama. Señaló que Willy era el primer joven de la rama que podía optar por una misión de tiempo completo.
—No —dijo Willy—, no va a funcionar. Voy a terminar primero.
Los padres de Willy no estaban contentos cuando supieron que había rechazado la invitación del presidente de rama. Su madre, reservada por naturaleza, le preguntó directamente: “¿Por qué lo estás postergando?”.
Un día, el Espíritu impulsó a Willy a visitar a su tío Simon Mukadi. Cuando entró a la sala de estar de su tío, se fijó en un libro que había sobre la mesa. Algo en él parecía llamarlo. Se acercó y leyó el título: Le miracle du pardon, la traducción francesa de El milagro del perdón, de Spencer W. Kimball. Intrigado, Willy tomó el libro, dejó que sus páginas se abrieran y comenzó a leer.
El pasaje trataba sobre la idolatría y Willy se quedó rápidamente absorto. El élder Kimball escribió que las personas no solo se inclinaban ante dioses de madera, piedra y arcilla, sino que también adoraban sus propias posesiones. Y algunos ídolos no tenían forma tangible.
Las palabras hicieron temblar a Willy como a una hoja. Sintió que el Señor le hablaba directamente. En un instante, todo deseo de terminar la escuela antes de su misión había desaparecido. Buscó a su presidente de rama y le dijo que había cambiado de opinión.
—¿Qué bicho te picó? —le preguntó el presidente de rama.
Después de que Willy le contara la historia, el presidente de rama sacó una solicitud misional. “Bien”, dijo él, “empecemos aquí, por el principio”.
Mientras Willy se preparaba para su misión, estalló la violencia en la región donde él vivía. Zaire se hallaba en la cuenca africana del río Congo, donde varios grupos étnicos y regionales habían luchado entre sí durante generaciones. Recientemente, en la provincia de Willy, el gobernador había instado a la mayoría katangesa a expulsar a la minoría kasaireña.
En marzo de 1993, la violencia se extendió a Kolwezi. Los militantes katangeses merodeaban por las calles, blandiendo machetes, palos, látigos y otras armas. Aterrorizaron a las familias kasaireñas e incendiaron sus casas, sin importarles qué personas o bienes había en su interior. Temiendo por sus vidas, muchos kasaireños se escondieron de los merodeadores o huyeron de la ciudad.
Como kasaireño, Willy sabía que era solo cuestión de tiempo hasta que los militantes cazaran a su familia. Para evitar que le hicieran daño, dejó a un lado la preparación de su misión para ayudar a su familia a huir a Luputa, una ciudad de Kasai a unos 560 kilómetros (350 millas) de distancia, donde vivían algunos de sus familiares.
Como los trenes que salían de Katanga eran poco frecuentes, cientos de refugiados kasaireños habían levantado un extenso campamento fuera de la estación de trenes de Kolwezi. Cuando Willy y su familia llegaron al campamento, no tuvieron más opción que acostarse bajo las estrellas hasta que pudieran encontrar refugio. La Iglesia, la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias acudieron al campamento para proporcionar alimentos, tiendas de campaña y atención médica a los refugiados. Sin embargo, al carecer de instalaciones sanitarias adecuadas, el campamento apestaba a desechos humanos y basura quemada.
Después de unas semanas en el campamento, los Binene recibieron la noticia de que un tren podría transportar a algunas de las mujeres y niños del campamento y alejarlos de la zona. La madre y las cuatro hermanas de Willy decidieron irse en el tren con otros miembros de la familia. Willy, mientras tanto, ayudó a su padre y a su hermano mayor a reparar un vagón de carga abierto que estaba averiado. Cuando estuvo listo para viajar, lo engancharon a un tren de salida y se marcharon del campamento.
Cuando llegó a Luputa varias semanas después, Willy no pudo evitar compararla con Kolwezi. El pueblo era pequeño y no tenía electricidad, lo que significaba que no podía utilizar su formación en ingeniería eléctrica para trabajar. Y no había ninguna rama de la Iglesia.
“¿Qué vamos a hacer aquí?”, se preguntó.
Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.
Permanecer fiel en Luputa
La vida en Luputa no era lo que Willy Binene se había imaginado como estudiante de ingeniería eléctrica en Lubumbashi. Luputa era una comunidad agrícola y, mientras continuaran los conflictos étnicos cerca de su hogar en Kolwezi, él y su familia se quedarían en Luputa y trabajarían la tierra.
Afortunadamente, el padre de Willy le había enseñado a cultivar la tierra cuando era niño, así que ya conocía los fundamentos del cultivo de frijoles (porotos), maíz, mandioca (yuca) y cacahuetes (maní). Sin embargo, hasta que llegó la primera cosecha de frijoles (porotos), la familia tuvo muy poca comida. Cultivaban para subsistir y lo poco que les sobraba de sus cosechas lo vendían para comprar sal, aceite, jabón y algo de carne.
De los santos que huyeron de Kolwezi en busca de seguridad, unos cincuenta se habían instalado en Luputa. No había ninguna rama en el pueblo, pero se reunían todas las semanas en una casa grande para adorar. Aunque varios hombres del grupo poseían el sacerdocio, entre ellos el expresidente del distrito de Kolwezi, no se sentían autorizados para celebrar la reunión sacramental. En cambio, realizaban una clase de Escuela Dominical, en la que cada élder se turnaba para dirigir la reunión.
Durante este tiempo, Willy y sus compañeros santos hicieron varios esfuerzos por comunicarse con las oficinas de la misión en Kinsasa, pero no tuvieron éxito. Aun así, siempre que los santos ganaban dinero, apartaban su diezmo, esperando el momento en que pudieran entregarlo a un líder autorizado de la Iglesia.
Un día, en 1995, la familia de Willy decidió enviarlo de vuelta a Kolwezi para intentar vender su antigua casa. Sabiendo que vería allí al presidente de distrito, los santos de Luputa consideraron que era su mejor oportunidad para pagar el diezmo. Pusieron el dinero en sobres, se los dieron a Willy y a otro miembro de la Iglesia que viajaría con él, y los despidieron.
Durante los cuatro días de viaje en tren hasta Kolwezi, Willy escondió la bolsa con los sobres del diezmo bajo su ropa. Él y su compañero de viaje estaban nerviosos y asustados durante el trayecto. Dormían en el tren y solo bajaban en las estaciones para comprar fufú y otros alimentos. También les preocupaba viajar a Kolwezi, que seguía siendo hostil con los kasaireños, pero hallaron aliento en la historia de la ocasión en que Nefi recuperó las planchas de bronce. Confiaban en que el Señor los protegería a ellos y al diezmo.
Cuando por fin llegaron a Kolwezi, encontraron la casa del presidente de distrito, quien los invitó a quedarse con él. Varios días después, los nuevos líderes de la Misión Zaire Kinsasa, Roberto y Jeanine Tavella, llegaron a la ciudad, y el presidente del distrito les presentó a Willy y a su compañero de viaje.
—Ellos eran miembros de la rama de Kolwezi —les explicó el presidente de distrito—. Debido a lo sucedido, se trasladaron a Luputa. Y ahora han venido y querían conocerlo a usted.
—Cuéntenme más —dijo el presidente Tavella—. ¿Son de Luputa?
Willy le contó al presidente sobre su travesía y cuánto habían viajado. Luego, sacó los sobres con los diezmos. “Este es el diezmo de los miembros de Luputa”, dijo él. “Apartaron sus diezmos porque no sabían adónde llevarlos”.
Sin decir una palabra, el presidente y la hermana Tavella comenzaron a llorar. “¡Cuánta fe tienen ustedes!”, dijo finalmente el presidente de misión, con voz entrecortada.
Willy se sintió lleno de sentimientos de gozo y paz. Él creía que Dios bendeciría a los santos de Luputa por pagar el diezmo. El presidente Tavella les aconsejó que tuvieran paciencia. “Cuando vuelvas, diles a todos en Luputa que los amo”, dijo. “Son bendecidos por el Padre Eterno, porque nunca he visto tanta fe”.
Prometió enviar a uno de sus consejeros a Luputa lo antes posible. “No sé cuánto tardará”, dijo, “pero el consejero llegará”.
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Mi misión está aquí
En mayo de 1997, el Gobierno de Zaire se derrumbó tras años de guerra y agitación política. El presidente Mobutu Sese Seko, que había controlado la nación durante más de tres décadas, se estaba muriendo y ahora no tenía poder para detener el fin de su régimen. Las fuerzas armadas de Ruanda, país vecino de Zaire por el este, habían entrado al país en busca de rebeldes exiliados de su propia guerra civil. Otros países del este de África no tardaron en seguirle y, finalmente, unieron sus fuerzas con las de otros grupos para derrocar al debilitado presidente, sustituirlo por un nuevo líder y cambiar el nombre del país a República Democrática del Congo o RDC.
La Iglesia siguió funcionando en la región mientras el conflicto hacía estragos. En la RDC vivían unos seis mil santos. La Misión Kinsasa cubría cinco países con diecisiete misioneros de tiempo completo. En julio de 1996, varios matrimonios de la región habían viajado más de dos mil ochocientos kilómetros para recibir sus bendiciones en el Templo de Johannesburgo, Sudáfrica. Unos meses después, el 3 de noviembre, los líderes de la Iglesia organizaron la estaca de Kinsasa, la primera estaca de la RDC y la primera de habla francesa en África. También había cinco distritos y veintiséis ramas repartidas por toda la misión.
En Luputa, Willy Binene, que ahora tenía veintisiete años, seguía esperando servir en una misión de tiempo completo, a pesar de los disturbios en su país, pero cuando comunicó su esperanza a Ntambwe Kabwika, un consejero de la presidencia de la misión, recibió noticias decepcionantes.
“Hermano mío”, le dijo el presidente Kabwika, “el límite de edad es de veinticinco años. No hay forma de llamarte a una misión”. Luego, tratando de consolarlo, agregó: “Aún eres joven. Puedes estudiar y casarte”.
Sin embargo, Willy no se sintió consolado. La decepción se apoderó de él. Le parecía injusto que su edad le impidiera servir en una misión. ¿Por qué no se podía hacer una excepción, en especial después de todo lo que le había pasado? Se preguntó por qué el Señor lo había inspirado a servir en una misión en primer lugar. Había pospuesto su educación y su carrera para seguir esa impresión, ¿y para qué?
“No puedes estar afligido por esto”, acabó diciéndose a sí mismo. “No puedes culpar a Dios”. Decidió quedarse donde estaba y hacer todo lo que el Señor le pidiera.
Más tarde, en julio de 1997, se organizó formalmente una rama con los santos de Luputa. Después de que Willy fuera llamado como secretario de finanzas y misionero de rama, se dio cuenta de que el Señor lo había estado preparando para establecer la Iglesia donde vivía. “De acuerdo”, dijo él, “mi misión está aquí”.
Otros santos de la rama de Luputa también fueron llamados como misioneros de rama. Tres días a la semana, Willy se ocupaba de sus cultivos. Los demás días iba de puerta en puerta hablando a la gente sobre el Evangelio. Luego, Willy lavaba su único par de pantalones para que estuvieran limpios para el día siguiente. No sabía muy bien qué lo impulsaba a predicar el Evangelio con tanta diligencia, sobre todo en las ocasiones en que tenía que salir con el estómago vacío, pero sabía que amaba el Evangelio y quería que su pueblo y, algún día, sus antepasados tuvieran las bendiciones que él tenía.
La labor podía ser difícil. Algunas personas amenazaban a los misioneros de la rama o advertían a otras que los evitaran. Un grupo de personas del pueblo incluso se reunió para destruir ejemplares del Libro de Mormón. “Quemen el Libro de Mormón”, decían, “y la Iglesia desaparecerá”.
Sin embargo, Willy vio al Señor obrar milagros a través de sus esfuerzos. Una vez, él y su compañero llamaron a una puerta y, cuando esta se abrió, descubrieron que la casa olía mal. Desde dentro, oyeron una voz baja que los llamó. “Adelante”, les dijo la voz, “estoy enfermo”.
Willy y su compañero tenían miedo de entrar en la casa, pero entraron y encontraron a un hombre que parecía estar consumiéndose. “¿Podemos orar?”, preguntaron ellos.
El hombre estuvo de acuerdo, así que ofrecieron una oración, bendiciéndolo para que desapareciera su enfermedad. “Volveremos mañana”, le dijeron.
Al día siguiente, encontraron al hombre fuera de su casa. “Ustedes son hombres de Dios”, dijo él. Desde su oración, se había sentido mejor. Quería saltar de alegría.
El hombre aún no estaba listo para unirse a la Iglesia, pero otros sí lo estaban. Cada semana, Willy y los demás misioneros se reunían con personas, a veces familias enteras, que querían adorar con los santos. Algunos sábados, bautizaban hasta treinta personas.
La Iglesia de Luputa comenzaba a crecer.
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El Señor tenía otros planes
A principios de 2006, Willy Binene ansiaba mudarse a Kinsasa, la ciudad capital de la República Democrática del Congo, para continuar su capacitación en ingeniería eléctrica. Durante trece años, había trabajado como agricultor en la localidad de Luputa, a unos mil quinientos kilómetros (novecientas millas) de la ciudad.
Ahora estaba casado con una joven de nombre Lilly, que había sido bautizada durante su servicio como misionero de rama. Tenían dos hijos, pero durante los últimos dos años, Lilly y los niños habían vivido en Kinsasa mientras Willy ganaba el dinero suficiente para volver con ellos y regresar a estudiar.
El 26 de marzo, el presidente de misión, William Maycock, organizó el primer distrito de Luputa y llamó a Willy como presidente de distrito. Aunque Willy se sentía inseguro respecto a sí mismo, dejó de lado sus planes de mudarse y aceptó el llamamiento. Poco después, Lilly y los niños regresaron a Luputa y Willy asumió sus nuevas responsabilidades con ellos a su lado.
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Encontrar el cielo en el templo
En junio de 2008, Willy y Lilly Binene tomaron un autobús con sus tres hijos para dirigirse al aeropuerto de Mbuji-Mayi, a unos ciento sesenta kilómetros (cien millas) al norte de su hogar en Luputa, República Democrática del Congo. Desde allí, volaron a Kinsasa, pasaron la noche en la ciudad y luego abordaron un vuelo a Sudáfrica. El viaje era largo, pero los niños estaban felices y lo disfrutaban. La familia se dirigía al Templo de Johannesburgo para sellarse por la eternidad.
Habían pasado dos años desde que el llamamiento de Willy como presidente del Distrito Luputa los había vuelto a reunir como familia. Después de mudarse a Luputa, Lilly había abierto un jardín de infantes. Su éxito fue inmediato y en poco tiempo, lo expandió para incluir una escuela primaria también. Willy había dejado de lado su sueño de ser ingeniero eléctrico para comenzar a formarse como enfermero en el hospital local. Procuraba hallar el equilibrio entre el trabajo y las demandas de su llamamiento, y confiaba en el apoyo de sus consejeros de la presidencia de distrito a medida que estos aprendían sus nuevas responsabilidades, capacitaban a los líderes locales y visitaban a los santos.
Recientemente, la presidencia había asumido responsabilidades adicionales a fin de colaborar con un proyecto de tres años financiado por la Iglesia para proveer agua potable a Luputa mediante tuberías. Los residentes de la ciudad habían dependido durante mucho tiempo de diversos estanques, fuentes y zanjas de drenaje para obtener agua. Dos veces al día, las mujeres y los niños caminaban un kilómetro y medio (una milla) o más hasta alguno de esos lugares, recolectaban agua en los recipientes con los que contaban y luego la llevaban a casa. Esas fuentes de agua estaban repletas de parásitos peligrosos y casi todos conocían a alguien (a menudo eran niños pequeños) que había muerto debido al agua contaminada. Y a veces las mujeres eran abusadas mientras caminaban hasta la fuente de agua y regresaban.
Durante muchos años, ADIR, una organización humanitaria en la República Democrática del Congo, había querido proveer agua potable a las 260 000 personas que había en Luputa y sus alrededores. Sin embargo, las mejores fuentes de agua eran varios manantiales en la ladera de una colina a unos 34 kilómetros (21 millas) de distancia, y ADIR no tenía los $2,6 millones de dólares estadounidenses para construir la tubería. Entonces el director general de la organización escuchó hablar de Latter-Day Saint Charities y se comunicó con los misioneros de ayuda humanitaria locales para pedir su colaboración con el proyecto.
La organización benéfica Latter-day Saint Charities, creada en 1996 bajo la dirección de la Primera Presidencia, contribuía con cientos de proyectos humanitarios de la Iglesia en todo el mundo cada año. Si bien sus servicios variaban según la necesidad, sus principales iniciativas recientes eran campañas de vacunación, donación de sillas de ruedas, proveer atención oftalmológica, atención pediátrica y agua potable. Cuando se supo que se necesitaba una tubería que llevara agua a Luputa, Latter-day Saint Charities donó los fondos necesarios y algunos voluntarios de Luputa y otras comunidades cercanas acordaron proporcionar la mano de obra.
Como presidencia de distrito, Willy y sus consejeros trabajaron en conjunto con ADIR y Daniel Kazadi, un Santo de los Últimos Días local que había sido contratado para cuidar el lugar de las obras. Ellos también se ofrecieron para trabajar.
Ahora que los Binene habían llegado a Johannesburgo, podrían dejar a un lado su ajetreada vida y centrarse en la Casa del Señor. En el aeropuerto, los recibió una familia que los llevó al alojamiento del templo para participantes. Luego Willy y Lilly entraron en el templo tras dejar a sus hijos en la guardería provista por la Iglesia y se vistieron de blanco.
Antes de salir de Luputa, los Binene habían estudiado el manual de preparación para el templo de la Iglesia, Investidos de lo alto y habían leído un libro del apóstol James E. Talmage, La Casa del Señor. Aun así, al llegar al templo, estaban un poco desorientados, pues todo era nuevo y nadie hablaba francés. Pero valiéndose de gestos averiguaron a dónde ir y qué hacer.
Más tarde, en la sala de sellamiento, se llenaron de gozo al reunirse con sus tres hijos. Vestidos de blanco, parecían ángeles cuando entraron en la sala. Willy sintió escalofríos en los brazos. Era como si Él y su familia ya no estuvieran en la tierra. Era como si estuvieran en la presencia de Dios.
—¡Vaya! —exclamó él.
Lilly también se sentía como si estuvieran en el cielo. Saber que estaban ligados en unión por la eternidad parecía multiplicar el amor que la familia se tenía el uno por el otro. Ahora eran inseparables. Ni siquiera la muerte podría separarlos.
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El milagro del agua limpia
En septiembre de 2010, los residentes de Luputa, República Democrática del Congo, ya casi habían terminado de instalar las tuberías del acueducto de agua potable que la Iglesia había patrocinado. Mientras hablaba con un periodista, el presidente del distrito, Willy Binene, recalcó la importancia del acueducto.
—El hombre puede vivir sin energía eléctrica —dijo—, pero la falta de agua potable es una carga casi demasiado difícil de soportar.
Ya fuera que el periodista se hubiera dado cuenta o no, Willy hablaba por toda una vida de experiencia propia al respecto. Como estudiante de ingeniería eléctrica, nunca había aspirado a vivir en Luputa, una ciudad sin electricidad. Sus planes habían cambiado y se las había arreglado bastante bien, e incluso había prosperado, sin electricidad. Pero él y su familia, y cada familia del lugar, habían sufrido los dolorosos efectos de las enfermedades transmitidas por el agua. A fin de estar protegidos en la Iglesia, habían hecho sacrificios para poder comprar agua potable embotellada para la Santa Cena.
Ahora, con un poco más de esfuerzo, la vida en Luputa estaba a punto de cambiar. Desde el inicio del proyecto, se le habían asignado ciertos días de trabajo en la tubería a cada vecindario de la ciudad y de los alrededores. Esos días, había camiones de ADIR, la organización que supervisaba el proyecto, que llegaban temprano a los vecindarios para recoger a los voluntarios y transportarlos al lugar de trabajo.
Como presidente de distrito, Willy quería ser un líder que diera el ejemplo. Los días en que su vecindario estaba asignado a trabajar, dejaba su empleo como enfermero para ayudar a excavar. Entre Luputa y la fuente de agua potable había kilómetros de colinas y valles. Debido a que el agua fluiría por la tubería impulsada por la fuerza de gravedad, los voluntarios tenían que cavar la zanja y enterrar la tubería con precisión a fin de asegurarse de que el agua fluyera correctamente.
Willy y los voluntarios excavaban todo sin maquinarias. La zanja debía tener unos 45 cm (18 pulgadas) de ancho y cerca de un metro (3 pies) de profundidad. En algunos lugares, el terreno era arenoso y la labor era rápida; en otros, era una maraña de raíces de árboles y rocas, lo que hacía que la labor fuera muy ardua. Los voluntarios rogaban que los incendios y los nidos de insectos peligrosos no retrasaran el progreso. En un día productivo, podían llegar a excavar hasta unos 150 metros (500 pies) de zanja.
Los santos del Distrito Luputa trabajaban en turnos especiales adicionales a las jornadas de trabajo que sus vecindarios tenían asignadas. Esos días, los hombres de la Iglesia se unían a los voluntarios habituales para excavar la zanja, mientras que las mujeres de la Sociedad de Socorro preparaban la comida para los trabajadores.
La dedicación de los santos al proyecto ayudó a otras personas a conocer más en cuanto a su fe. Las personas de la zona veían a la Iglesia como una institución que no solo velaba por sus propios miembros, sino también por la comunidad.
Cuando la labor de construcción de la tubería finalizó en noviembre de 2010, muchas personas fueron a Luputa para ver la llegada del agua. En la ciudad se habían construido cisternas enormes colocadas encima de vigas altas para almacenar el agua proveniente de la tubería. Sin embargo, algunas personas se preguntaban si la tubería podría proveer agua suficiente para llenar aquellos tanques. Willy también tenía sus dudas.
Entonces se abrieron las compuertas y todos escucharon el rugido del agua que se vertía en las cisternas. Se sintió una inmensa alegría entre la multitud. Había decenas de estaciones pequeñas de concreto, cada una de ellas con varios grifos, que ahora dispensarían agua potable a todo Luputa.
Para festejar la ocasión, la ciudad realizó una celebración. La festividad convocó a quince mil personas de Luputa y de los pueblos vecinos. Entre los invitados de honor se hallaban dignatarios gubernamentales y tribales, representantes de ADIR, y un miembro de la presidencia del Área África Sudeste de la Iglesia. En uno de los tanques de agua se había colgado un gran cartel con letras azules brillantes:
Mientras llegaban los invitados y se sentaban debajo de unos gazebos especialmente construidos, un coro de jóvenes Santos de los Últimos Días cantaba himnos.
Una vez que todos estuvieron en sus lugares y que se hubo calmado el bullicio de la multitud, Willy tomó el micrófono y se dirigió a la audiencia en su carácter de representante local de la Iglesia. “Así como los muchos milagros que Jesús obraba, hoy es un milagro que el agua haya llegado a Luputa”, expresó. Además, dijo a la multitud que la Iglesia había financiado el acueducto para toda la comunidad, e instó a todos a hacer un buen uso de él.
Y a todo aquel que se preguntaba por qué la Iglesia se había interesado tanto en un lugar como Luputa, le dio una respuesta simple:
—Todos somos hijos de nuestro Padre Celestial —dijo—. Debemos hacer el bien a todos.
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Regocijarse juntos en Luputa
El 2 de octubre de 2011, un generador alimentado por gasolina rugía en el centro de reuniones de Luputa, en la República Democrática del Congo. Dentro, unos doscientos santos (incluidos Willy y Lilly Binene) buscaban dónde sentarse frente a un televisor en la capilla. En pocos momentos, comenzaría la transmisión vespertina del domingo de la Conferencia General Semestral número 181 de la Iglesia traducida al francés, uno de los cincuenta y un idiomas en los que la conferencia se hallaba disponible para los santos de todo el mundo. Era la primera conferencia general que disfrutarían los miembros de la Iglesia de Luputa como miembros de una estaca de Sion.
La organización de la Estaca Luputa, tres meses antes, no había sido una sorpresa para nadie que estuviera familiarizado con el rápido crecimiento de la Iglesia en la ciudad. En 2008, el mismo año en que se selló la familia Binene en el templo, había más de doscientos Santos de los Últimos Días viviendo en Luputa. En ese momento, no había misioneros de tiempo completo que prestaran servicio allí. Sin embargo, durante los siguientes tres años, Willy y otros líderes de la Iglesia habían trabajado con los fieles misioneros de rama para lograr tener más del doble de santos en el distrito. Sin duda, la labor de la Iglesia al llevar agua potable a la ciudad también había contribuido a tales esfuerzos. El distrito incluso había enviado a treinta y cuatro misioneros de tiempo completo a servir en otras partes de la República Democrática del Congo, África y el mundo.
Aun así, Willy se sorprendió cuando los élderes Paul E. Koelliker y Alfred Kyungu, de los Setenta, lo llamaron como presidente de la nueva estaca. La Iglesia en Luputa contaba con varios líderes del sacerdocio experimentados y competentes que podían prestar servicio como presidentes de estaca . ¿Acaso no era momento de que otra persona liderara?
El 26 de junio, el día en que se organizó la estaca, Willy ayudó al élder Koelliker y al élder Kyungu a entregar los llamamientos misionales de tiempo completo a quince mujeres y hombres jóvenes de la estaca. Después, Willy sonrió al posar para una fotografía con el grupo. Dos décadas antes, las luchas entre etnias y el derramamiento de sangre lo habían desplazado de su hogar y lo habían privado de la oportunidad de servir al Señor en una misión de tiempo completo. Sin embargo, sus años de dedicado servicio en la Iglesia en Luputa habían ayudado a brindar a la nueva generación de santos las oportunidades que él no había tenido.
Mientras comenzaba la transmisión de la conferencia, Willy se acomodó para escuchar a los discursantes. Normalmente, el presidente Monson era el primer orador en la primera sesión de la conferencia, pero un problema de salud había retrasado su llegada al Centro de Conferencias. Sin embargo, después del himno intermedio, se acercó al púlpito y dio la bienvenida a los santos a la conferencia con un alegre “hola”.
“Cuando estamos ocupados, el tiempo parece transcurrir muy rápido, y los pasados seis meses no han sido una excepción para mí”, dijo.
El presidente Monson habló sobre la dedicación del Templo de El Salvador y de la rededicación del Templo de Atlanta, al sur de los Estados Unidos. “La construcción de templos continúa sin interrupción, hermanos y hermanas”, dijo. “Hoy tengo el privilegio de anunciar varios nuevos templos”.
Willy escuchaba atentamente. Últimamente, los líderes de la Iglesia de Luputa habían estado pensando en los templos. De hecho, en la primera conferencia de estaca en la ciudad, muchos de los mensajes se habían centrado en preparar a los santos para asistir a la Casa del Señor. Aparte de los Binene, solo unos pocos santos en Luputa habían podido ir al Templo de Johannesburgo. Aunque era relativamente fácil obtener el pasaporte en la República Democrática del Congo, no era sencillo obtener el visado para viajar a Sudáfrica. Aquello significaba que muchos santos del país estaban esperando, preocupados de que sus pasaportes caducaran antes de que pudieran recibir el visado e ir al templo.
El primer templo que el presidente Monson anunció fue el segundo templo que habría en la ciudad de Provo, Utah. Hacía poco, el histórico tabernáculo de la ciudad se había incendiado accidentalmente y las llamas habían consumido casi todo, salvo los muros exteriores. Ahora la Iglesia pensaba reconstruirlo y hacer de él una Casa del Señor.
“También tengo el placer de anunciar nuevos templos en las siguientes localidades”, continuó el presidente Monson. “Barranquilla, Colombia; Durban, Sudáfrica; Kinsasa, República Democrática del Congo; y […]”.
Tan pronto como escucharon “Kinsasa”, Willy y todos los que lo rodeaban se pusieron de pie y comenzaron a festejar. La noticia lo había tomado completamente por sorpresa. Pronto, los santos congoleños ya no tendrían que preocuparse por los visados para viajar ni por la vigencia de los pasaportes. Aquel simple anuncio del profeta lo había cambiado todo.
No había habido rumores ni indicios de que la Iglesia pensara edificar un templo en el país; solo había habido esperanza; la esperanza de que algún día el Señor establecería Su casa en aquella tierra.
¡Ahora sucedería! Finalmente iba a suceder.
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Deja el tiempo en manos de Dios
El 28 de mayo de 2017, Willy Binene se puso de pie para compartir su testimonio en el centro de reuniones de su barrio en Luputa. Era el último domingo que la familia estaría allí, al menos por un tiempo. Recientemente, él y Lilly habían recibido el llamamiento de la Primera Presidencia para servir como líderes de la Misión Costa de Marfil Abiyán, en la costa occidental de África. Al haber perdido la oportunidad de servir en una misión a tiempo completo de joven, Willy siempre había esperado servir una junto a Lilly algún día. Sin embargo, ninguno de los dos pensaba que el llamamiento llegaría tan pronto.
Un año antes, el élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles, había viajado a la República Democrática del Congo a fin de dar la palada inicial para el Templo de Kinsasa. Durante el viaje, él y su esposa Kathy, fueron a Mbuji–Mayi, una ciudad a unos 145 kilómetros (90 millas) al norte de Luputa, para reunirse con los santos de la zona. Willy se reunió con el élder Andersen y le relató su historia.
Varios meses después de la visita del élder Andersen, el apóstol sorprendió a Willy y a Lilly con una videollamada. Les dijo que el Señor tenía otra asignación para ellos y les hizo algunas preguntas sobre su vida y sus responsabilidades laborales. Luego preguntó a Lilly: “¿Aceptaría dejar el país para ir a servir al Señor en otro lugar?”.
—Sí —le dijo Lilly—, estamos dispuestos.
Aproximadamente una semana después, el presidente Dieter F. Uchtdorf les extendió el llamamiento para servir como líderes de misión. Lo recibieron con una mezcla de alegría y temor, pues se sentían inseguros en cuanto a si podrían estar a la altura de sus nuevas responsabilidades. Sin embargo, aquella no era la primera vez que el Señor les pedía que hicieran algo difícil, y estaban dispuestos a dedicarse por completo a Su servicio.
Lilly pensó: “Si es Dios quien nos ha llamado, Él se manifestará y nos capacitará para la obra”.
Sus cuatro hijos, de entre cinco y dieciséis años, tomaron bien la noticia. Sin embargo, los santos de Luputa no podían ocultar la tristeza en sus rostros cuando se anunció el llamamiento de Willy y Lilly. Durante más de dos décadas, Willy había ayudado a que la Iglesia prosperara en Luputa. Esta había pasado de ser un pequeño grupo de creyentes desplazados a convertirse en una floreciente estaca de Sion. Los santos no lo veían tan solo como su expresidente de distrito y de estaca. El Evangelio restaurado les había enseñado a verse como hermanos y hermanas, así que Willy, Lilly y los niños Binene eran su familia.
Al compartir su testimonio con los miembros del barrio, Willy sintió un inmenso amor por ellos; sin embargo, no derramó lágrimas, aun cuando Lilly, los miembros del coro y todos los demás sí lo hicieron. Pocas cosas en su vida habían sido como él esperaba. Parecía que cada vez que él había planificado algo, ya fuera para estudiar, servir en una misión de tiempo completo o trabajar, algo había sucedido y lo había encaminado en otra dirección. No obstante, al contemplar su vida en retrospectiva, podía ver que el Señor siempre había tenido un plan para él.
Después de la reunión, las emociones finalmente lo vencieron y comenzó a derramar lágrimas. Él no creía haber hecho nada especial. De hecho, se sentía algo insignificante, como una gota en el océano, pero sabía que el Señor lo guiaba y lo impulsaba a avanzar conforme el plan se volvía más evidente y claro.
En casa, él, Lilly y los niños se despidieron de sus amigos. Luego la familia subió a un automóvil que los esperaba para llevarlos al siguiente lugar donde prestarían servicio.
Willy comprendió entonces: “Jamás debes apresurarte. Deja el tiempo en manos de Dios”.
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