Relatos de santos
Olga Kovářová — Checoslovaquia


“Olga Kovářová — Checoslovaquia”, Relatos de santos, 2024

Olga Kovářová — Checoslovaquia

Una estudiante universitaria descubre el gozo y la libertad del Evangelio restaurado.

La Iglesia en el apartamento de Otakar

En 1980, Olga Kovářová, de veinte años, estudiaba educación física en una universidad en Brno, Checoslovaquia. En una de sus clases, aprendió acerca del yoga y de sus beneficios para la mente y el cuerpo. Fascinada, quiso saber más.

Un día, una compañera de clase le habló de un instructor de yoga local, Otakar Vojkůvka, y Olga aceptó ir con ella a conocerlo.

Otakar, un hombre pequeño y de avanzada edad, les sonrió al abrir la puerta, y Olga sintió una conexión instantánea con él. Durante la visita, él les preguntó a las jóvenes si eran felices.

Otakar Vojkůvka hablando por teléfono.

Otakar Vojkůvka (cortesía de Olga Kovářová Campora).

—No sabemos —respondieron con honestidad.

Otakar les habló de las pruebas que había enfrentado en su vida. En la década de los cuarenta, había dirigido una próspera fábrica pero, cuando un gobierno de tintes soviéticos llegó al poder en la República Checa, el Estado le expropió la fábrica y envió a Otakar a un campo penitenciario, dejando a su esposa, Terezie Vojkůvková, sola para criar a sus dos hijos durante un tiempo. Terezie ya había muerto y Otakar vivía con su hijo, Gád, y la familia de este.

Cuando Olga escuchó la historia de Otakar, se sintió asombrada. La mayoría de las personas que conocía en su país eran tristes y desconfiadas, y se preguntaba cómo era posible que Otakar fuera tan feliz después de experimentar tantas dificultades.

Al poco tiempo, Olga volvió a visitar a Otakar, y esta vez Gád también estaba ahí. “Entonces”, le dijo él, “¿estás interesada en practicar yoga?”.

—No sé nada sobre el yoga —dijo Olga—, pero me gustaría aprender, porque todos ustedes parecen ser muy felices. Supongo que se debe al yoga.

Comenzaron a hablar sobre la espiritualidad y el propósito de la vida. “Dios nos envió a la tierra para sembrar alegría, vida y amor en las almas”, le dijo Otakar.

Dado que Olga había crecido en una sociedad atea, nunca había pensado mucho en Dios ni en el propósito de la vida. Sin embargo, sus antepasados habían sido protestantes, y ahora ella había descubierto que tenía muchas preguntas sobre religión. A diferencia de sus profesores y compañeros de clase, que desalentaban el interés en la religión, Otakar se tomó sus preguntas en serio y le prestó sus libros sobre el tema.

A medida que Olga estudiaba, anhelaba encontrar más propósito en su vida. Siguió reuniéndose con Otakar y cada vez se sentía más feliz mientras él le enseñaba acerca de sus creencias. Le habló más sobre su fe cristiana y su devoción por Dios y Olga, cuanto más aprendía, más anhelaba ser parte de una comunidad espiritual.

Un día, Otakar le recomendó que leyera un libro del élder John A. Widtsoe acerca de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Después de leerlo, le dijo a Otakar que estaba fascinada con los santos. “¿Podría darme la dirección de un mormón checo?”, le preguntó.

—No hace falta una dirección —dijo Otakar—. Estás en el hogar de uno de ellos.

Otakar había sido bautizado poco antes de la Segunda Guerra Mundial, y era uno de los primeros miembros de la Iglesia en la República Checa. En 1950, cuando el Gobierno checo obligó a todos los misioneros Santos de los Últimos Días extranjeros a abandonar el país, él y unos 245 miembros de la Iglesia siguieron practicando su fe y adorando juntos en casas privadas en Praga, Pilsen y Brno.

Cuando Olga aprendió más, tomó prestado un ejemplar del Libro de Mormón de Otakar y, al leer las palabras de Lehi, “existen los hombres para que tengan gozo”, sintió que había descubierto una verdad perdida. El amor y la luz parecieron inundar cada célula de su cuerpo y supo, sin lugar a dudas, que el Padre Celestial y Jesucristo vivían. Sintió el amor que Ellos tenían por ella y por todas las personas del mundo.

Por primera vez en su vida, se arrodilló en oración y expresó su gratitud a Dios. A la mañana siguiente fue al apartamento de Otakar y le preguntó: “¿Hay alguna forma en que pueda comenzar mi vida como una persona nueva?”.

—Sí, sí la hay —contestó él. Abrió la Biblia y le mostró las enseñanzas de Jesús acerca del bautismo.

—¿Qué significa entrar en el reino de Dios? —preguntó ella.

—Convertirse en discípulo de Cristo —dijo él. Luego, le explicó que tendría que ser bautizada y obedecer los mandamientos de Dios. Le habló de algunas lecciones que tendría que recibir primero y la invitó a ir a su casa el siguiente domingo para una reunión de santos. Olga aceptó feliz.

Se reunieron en una sala del segundo piso del apartamento de Otakar. Unos cuantos sofás daban cabida al pequeño grupo, y bajaron las persianas a fin de evitar que pudieran verlos los vecinos que desconfiaban de la religión. Olga miró alrededor y le sorprendió descubrir que los siete miembros tenían la edad de sus padres y abuelos.

“¿Es esta Iglesia para personas mayores únicamente?”, se preguntó. “¿Qué hago yo aquí?”.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Un bautismo en Brno

Después, en julio de 1982, Olga Kovářová y un pequeño grupo de santos viajaban en automóvil hacia un embalse cerca de Brno, Checoslovaquia, para su bautismo.

Desde su primera reunión sacramental en casa de Otakar Vojkůvka, Olga había llegado a admirar la fe de los santos checos más mayores, cuyas conversaciones durante la Escuela Dominical la fortalecían, y ella se sentía cómoda cuando expresaba sus ideas.

En los meses previos a su bautismo, Olga había recibido las lecciones misionales por parte de Jaromír Holcman, un miembro de la presidencia de rama de Brno. Las primeras lecciones habían sido difíciles e incómodas, porque la jerga religiosa le resultaba muy extraña. El Plan de Salvación parecía un cuento de hadas y Olga lidiaba con preguntas que tenía sobre el Padre Celestial.

También le preocupaban los problemas que vendrían después del bautismo. La Iglesia había comenzado a crecer en Europa Central y Oriental después de 1975, cuando Henry Burkhardt y sus consejeros en la presidencia de la Misión Dresde nombraron a un hombre llamado Jiří Šnederfler para presidir a los santos en la República Checa. Sin embargo, la Iglesia todavía era poco conocida y poco comprendida en el país. Aunque la razón le decía que se olvidara del Evangelio de Cristo, el corazón le decía que era la verdad.

Olga ayunó todo el día de su bautismo y, cuando llegó el momento, se dirigió al embalse con Otakar y Gád Vojkůvka, y con Jaromír y su esposa, Maria. El grupo se reunió alrededor del agua y ofreció una oración. No obstante, antes de que pudieran proceder a la ordenanza, les sorprendió el sonido de varios pescadores que caminaban por la orilla. Los hombres se acercaron y se ubicaron cerca del lugar donde Olga iba a ser bautizada.

—La orilla del mar tiene una pendiente muy pronunciada en toda esta zona —dijo Otakar—. Este es el único lugar donde sabemos que hay una bajada gradual y segura hacia el agua.

Sin otra opción, Olga y sus amigos esperaron. Pasaron diez minutos, luego veinte, y los pescadores no parecían tener intención de irse.

Olga apoyó la cabeza en el tronco de un árbol. “Tal vez no estoy lo suficientemente preparada”, pensó, “o mi testimonio no es lo suficientemente fuerte, o no estoy por completo arrepentida”.

Estaba a punto de arrodillarse a orar cuando Jaromír la tomó por el brazo y la llevó de vuelta con los otros santos.

—Creo que debemos volver a orar para que Olga pueda ser bautizada hoy —dijo él.

El grupo se arrodilló mientras Jaromír rogaba a Dios en favor de Olga, quien podía escuchar la emoción en su voz. Cuando terminó la oración, transcurrieron unos minutos y los pescadores, repentinamente, se levantaron y se fueron.

El agua estaba quieta y tranquila cuando Jaromír guio a Olga de la mano y pronunció la oración bautismal. Cuando escuchó su nombre, Olga sintió que un capítulo de su vida estaba finalizando. Todo estaba a punto de cambiar ahora que había decidido seguir a Cristo y Su Evangelio restaurado. La invadió un gozo absoluto y supo que su bautismo se estaba registrando en el cielo.

Poco después, el pequeño grupo emprendió el camino de regreso a Brno en el automóvil de Jaromír. Mientras viajaban, escuchaban un casete del Coro del Tabernáculo. Olga sintió que estaba escuchando ángeles y se maravilló cuando Jaromír le dijo que los cantantes eran todos miembros de la Iglesia. Se preguntó cómo sería la vida de los santos que vivían en un país con libertad religiosa y un profeta viviente.

Cuando llegaron a Brno, los santos se reunieron en casa de Jaromír. Él, Otakar y otros poseedores del sacerdocio colocaron sus manos sobre la cabeza de Olga y, al confirmarla miembro de la Iglesia, ella sintió que el Espíritu Santo la envolvía. En ese momento, supo que era hija de Dios.

En la bendición, Jaromír declaró que, por medio de Olga, muchos jóvenes se unirían a la Iglesia y se les enseñaría el Evangelio de una manera que pudieran entender. Esas palabras la sorprendieron. Parecía imposible, por el momento, que ella pudiera compartir el Evangelio abiertamente.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Compartir el Evangelio por medio del yoga

Después de su bautismo, Olga Kovářová estaba emocionada por compartir su felicidad con su familia y amigos. Sin embargo, debido a que el Gobierno de la República Checa no reconocía a la Iglesia, sabía que las oportunidades eran limitadas. Además, su generación había crecido en una sociedad atea y sabía muy poco sobre religión. Si intentara hablar de la Iglesia con otras personas, estas probablemente no entenderían lo que les estaba diciendo.

Mientras pensaba y oraba para saber cómo compartir sus creencias, habló con Otakar Vojkůvka acerca de su dilema. “Podrías hacerte profesora de yoga”, sugirió él. El Gobierno no restringía la enseñanza del yoga, y Otakar lo veía como una buena manera de conocer a nuevas personas y llevar a cabo la obra de Dios.

Al principio, Olga pensó que aquella era una sugerencia extraña. No obstante, cuanto más pensaba en ello, más se daba cuenta de que su idea era buena.

Olga Kovářová apoyada en el marco de una puerta sonriendo.

Olga Kovářová como instructora de yoga en Uherské Hradiště, Checoslovaquia, aproximadamente 1983 (cortesía de Olga Kovářová Campora).

Al día siguiente, Olga se inscribió en una capacitación para hacerse profesora de yoga; y poco después de terminar el curso, comenzó a impartir clases en un gimnasio de Uherské Hradiště, su ciudad natal, en el centro de la República Checa. Le sorprendió lo populares que eran los cursos. El tamaño de las clases variaba de sesenta a ciento veinte alumnos. Personas de todas las edades se inscribían en sus clases deseosas de aprender más sobre la salud física y mental.

En cada clase, Olga enseñaba ejercicios de yoga seguidos de una sencilla lección basada en principios verdaderos. Utilizaba un lenguaje no religioso, recurriendo a citas inspiradoras de poetas y filósofos de Europa Oriental que respaldaban lo que ella enseñaba.

A través de esas enseñanzas, Olga se dio cuenta de lo mucho que sus alumnos deseaban recibir más mensajes positivos en sus vidas. Parecía que algunas personas asistían a sus clases solo por las lecciones.

Pronto, Otakar y ella hablaron de la Iglesia con algunos de sus alumnos, y varios de ellos decidieron bautizarse.

Las clases tenían tan buen recibimiento, que Olga y Otakar crearon campamentos de yoga para los alumnos que estuvieran interesados, de modo que grupos de cincuenta personas se beneficiaban de las enseñanzas de Olga y Otakar durante períodos de una semana en el verano.

Olga deseaba que sus padres, Zdenĕk y Danuška, pudieran sentir la misma felicidad que sus alumnos descubrieron gracias a los campamentos, y oraba por ellos con frecuencia. Sin embargo, la religión no era una parte importante de la vida cotidiana de sus padres, y no había una rama en su ciudad. Olga tendría que tratar la conversación con prudencia.

Unas cincuenta personas de pie, en las escaleras de un edificio, saludando con la mano a un automóvil.

Otakar Vojkůvka saluda a los participantes en un campamento de yoga, en Checoslovaquia, aproximadamente en 1985 (cortesía de Olga Kovářová Campora).

Ella sabía que su madre solía tener dolores de cabeza, y un día le dijo: “Mamá, quiero enseñarte a relajar y fortalecer los músculos del cuello. Eso podría ayudarte”.

—Sabes que siempre he confiado en ti —respondió su madre.

Olga le mostró algunos ejercicios sencillos y le recomendó que siguiera haciéndolos por su cuenta. En unos meses, los dolores de cabeza desaparecieron. Tanto la madre como el padre de Olga se interesaron por el yoga y asistieron a uno de los campamentos. En pocos días, su padre estaba completamente inmerso en el campamento, y ella nunca lo había visto tan feliz. Su madre también adoptó las rutinas y las ideas que se compartían en las lecciones. Pronto Olga también comenzó a compartir sus creencias con ellos.

A sus padres les encantó de inmediato el Libro de Mormón y las enseñanzas de ese libro, y ambos obtuvieron un testimonio de que José Smith fue un profeta de Dios. En poco tiempo, tanto su madre como su padre decidieron unirse a la Iglesia.

Ellos fueron bautizados en el mismo embalse en el que Olga había recibido la ordenanza; después de lo cual, Olga y sus padres regresaron a casa y se sentaron en torno a la mesa de la cocina, tomados de la mano y llorando de alegría. “Esto merece una celebración”, dijo su madre.

Prepararon el refrigerio favorito de Olga y compartieron sus testimonios. Con una gran sonrisa, su padre exclamó: “¡Los grandes comienzos suceden en lugares pequeños!”.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Libertad para adorar

La noche del 18 de noviembre de 1989, Olga Kovářová estaba esperando en una estación de autobuses de Brno, Checoslovaquia, cuando vio que decenas de autos policiales rodeaban un teatro cercano. “Debe de ser un incendio”, pensó ella.

Pronto llegó el autobús. Olga subió e inmediatamente vio a una vecina joven que solía subirse con ella. Parecía muy entusiasmada.

—¿Qué te parece? —, le preguntó.

—¿De qué hablas? —, dijo Olga.

—Pues, ¡de la revolución! —, le dijo su amiga en voz baja.

—¿Dónde?

—En Checoslovaquia, en Praga, ¡aquí!

—¿Qué otro chiste me vas a contar? —, le preguntó Olga riendo.

—¿Viste todos esos autos policiales alrededor del teatro? —le dijo su amiga—. Los actores comenzaron una huelga y se ha ido extendiendo.

Olga seguía incrédula. Durante más de un año, una oleada de protestas pacíficas y otras manifestaciones públicas habían provocado cambios políticos en Polonia, Hungría, la República Democrática Alemana y otros países aliados de la Unión Soviética. En Berlín, pocos días antes, personas de ambos lados de la ciudad habían comenzado a demoler el enorme muro de hormigón que los había dividido durante casi treinta años.

En Checoslovaquia, sin embargo, el Gobierno no había hecho ninguna concesión a las peticiones de mayor libertad para sus ciudadanos.

Olga ansiaba poder adorar libremente, y tanto ella como los demás santos habían estado ayunando y orando por esa bendición. El élder Russell M. Nelson, por su parte, había estado trabajando con el Gobierno checoslovaco para conseguir el reconocimiento oficial de la Iglesia en el país.

Olga hacía todo lo posible por practicar su fe. Afortunadamente, el Evangelio seguía llenándola de gozo. En 1987, ella y sus padres habían viajado a la República Democrática Alemana para recibir la investidura y sellarse juntos como familia en el Templo de Freiberg. La experiencia la había fortalecido. “Este es un fundamento muy hermoso”, había pensado ella, “es como si estuviera tocando el cielo y el cielo se convirtiera en mi nuevo fundamento”.

Ahora, dos años después de esa experiencia, Olga llegó a su apartamento y encendió el televisor y la radio, atenta a las noticias. No escuchó nada. ¿Podría ser que realmente las cosas estuvieran cambiando?

A la mañana siguiente, Olga llegó al centro juvenil en el que trabajaba y encontró a sus colegas corriendo de un lado al otro por el pasillo. Muchos de sus compañeros de trabajo se veían angustiados. “En Praga está pasando algo muy grave”, le dijo el gerente a Olga. “Tengo una reunión de emergencia ahora mismo”.

Pronto llegaron otros colegas con noticias acerca de la revolución. “Es cierto”, pensó Olga.

A los pocos días, había letreros en las vitrinas de las tiendas anunciando una huelga general contra el Gobierno. Olga se unió a miles de personas que marcharon a la plaza principal de la ciudad, con el corazón latiéndole con fuerza al ser testigo de cómo se desarrollaba la historia a su alrededor. Pensó en todas las dificultades que habían sufrido sus padres y abuelos. Sintió el Espíritu de Dios en la unidad y el amor de las personas que la rodeaban.

Luego de varios días de protestas, el Gobierno renunció al poder y comenzó a formarse uno nuevo. El ambiente del país cambió. La gente hablaba abiertamente en la calle. Sonreían y se ayudaban unos a otros. En la Iglesia, los santos se mostraban optimistas sobre el futuro y estaban felices de reunirse públicamente por primera vez en décadas.

Un día, por esas fechas, Olga visitó a Otakar Vojkůvka en su casa. Lo encontró llorando. Le emocionaba que jóvenes como ella pudieran vivir y practicar su fe libremente.

Le dijo que él había esperado toda su vida que eso ocurriera.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.