Relatos de santos
Nora Koot — Hong Kong


“Nora Koot — Hong Kong”, Relatos de santos, 2024

Nora Koot — Hong Kong

El compartir el Evangelio restaurado le da a una mujer joven un propósito en Hong Kong

Traer de nuevo la Iglesia a Hong Kong

—Dile que haga que la Iglesia regrese.

—¿Qué? —dijo ella. La voz suave y urgente sorprendió y confundió a Nora Siu Yuen Koot, de dieciséis años.

—Dile que haga que la Iglesia regrese —escuchó nuevamente Nora y con claridad.

Retrato de Nora Koot sonriendo.

Fotografía de Nora Koot, 1957 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Era como si alguien se lo hubiera susurrado al oído derecho, pero no había nadie cerca. Ella estaba sola fuera de un hotel en Hong Kong en septiembre de 1954. Unos visitantes de Estados Unidos acababan de abordar un autobús hacia el aeropuerto y ella los estaba despidiendo.

Los visitantes eran líderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que estaban de viaje por el este de Asia. Más de mil millones de personas vivían en esa parte del mundo, pero solo mil de ellas habían aceptado el Evangelio restaurado de Jesucristo. Durante varios años, la Iglesia no había tenido una presencia oficial en Hong Kong, no desde que los disturbios sociales en China y una guerra en el cercano país de Corea habían llevado a los líderes de la Iglesia a cerrar la misión en 1951. Sin embargo, ahora el conflicto había terminado y los visitantes habían venido a ver a Nora y a los otros dieciocho santos que vivían en la ciudad.

El líder del grupo era el élder Harold B. Lee, uno de los apóstoles de mayor antigüedad del Cuórum de los Doce Apóstoles de la Iglesia. Nora podía darse cuenta de que él era una persona importante, pero no sabía lo suficiente sobre la administración de la Iglesia como para decir el porqué. Aun así, sabía que el mensaje que le habían susurrado era para él.

Sin pensarlo más, ella extendió la mano hacia el autobús, con la esperanza de que este no se alejara.

—Apóstol Lee —dijo ella. El élder Lee extendió la mano por una ventana abierta y Nora la tomó—. Por favor, haga que la Iglesia regrese. Nosotros, los santos, sin la Iglesia somos como personas sin comida. Necesitamos alimento espiritual.

—No me corresponde a mí decidirlo —dijo el apóstol con los ojos llenos de lágrimas—, pero voy a informar a los hermanos. Le dijo a Nora que orara y conservara la fe, asegurándole de que siempre y cuando hubiera santos fieles como ella, la Iglesia estaba presente en Hong Kong.

Luego, el autobús se puso en marcha y se alejó lentamente.

Pasaron meses y Nora no tuvo noticias de la Iglesia. A veces se preguntaba si alguna vez tendría noticias. Los misioneros Santos de los Últimos Días siempre habían tenido dificultades en Hong Kong. Los élderes habían predicado por primera vez allí en la década de 1850, pero las enfermedades, las diferencias religiosas y culturales, la pobreza y la barrera del idioma los habían llevado a abandonar la misión después de transcurrir solo unos meses y no tener ningún bautismo. El siguiente grupo de misioneros llegó en 1949, pero esa misión había durado solo dos años.

Fue durante ese tiempo, que Nora y sus dos hermanas más jóvenes se convirtieron en las primeras personas de China en unirse a la Iglesia en Hong Kong. Su familia estaba entre los cientos de miles de refugiados que habían venido a la colonia británica para escapar de los disturbios que había en China continental. La sede central de la misión se encontraba en la misma calle donde ellas vivían y la madrastra de Nora las enviaba allí cada mañana con la esperanza de que pudieran aprender inglés y lo que fuera que los misioneros estuvieran enseñando.

Nora aún podía recordar las lecciones de la Biblia que recibió de la hermana Sai Lang Aki, una misionera hawaiana de ascendencia china, quien la ayudó a aprender inglés. Nora recibió un testimonio del Evangelio restaurado en esa época. Su testimonio la ayudó a mantenerse fuerte después de que la misión se cerrara, cuando parecía que el sol se había ocultado para Hong Kong. A pesar de no haber ordenanzas del sacerdocio, reuniones sacramentales, centros de reuniones ni literatura de la Iglesia en chino, ella se aferró tenazmente a su fe en Jesucristo.

En agosto de 1955, casi un año después de la visita del élder Lee, un joven alto de pelo rubio se acercó a Nora en el cine donde ella trabajaba. De repente reconoció a Grant Heaton, quien había prestado servicio como misionero en Hong Kong antes de que la misión se cerrara. Él y su esposa, Luana, acababan de llegar a Hong Kong para abrir la recientemente creada Misión del Lejano Oriente Sur.

Nora estaba muy feliz. Tal como había esperado, el élder Lee había hablado con los líderes de la Iglesia sobre los santos de Hong Kong. De hecho, poco después de regresar a los Estados Unidos, había recomendado reabrir la misión e incluso contó la historia de Nora en la conferencia general de la Iglesia. Entonces, el Presidente de la Iglesia, David O. McKay, había llamado a Grant para dirigir la nueva misión, que abarcaba Hong Kong, Taiwán, Filipinas, Guam y otros lugares de la región.

—El sol está saliendo —pensó Nora—. ¡La mañana ha regresado para los santos de Hong Kong!.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Soñar con un templo

En 1957, la Misión del Lejano Oriente Sur necesitaba desesperadamente una nueva misionera. Una de las cuatro mujeres que prestaban servicio en Hong Kong acababa de regresar a los Estados Unidos por razones de salud, lo que dejaba una vacante inesperada en la misión. El presidente Grant Heaton sabía que las hermanas restantes necesitaban ayuda de inmediato, por lo que llamó a Nora Koot como misionera local de tiempo completo.

En los últimos dos años, Nora se había vuelto indispensable para la misión. Cuando los Heaton llegaron por primera vez a Hong Kong, le asignaron que se comunicara con todos los santos de la zona y la sede central de la misión se había convertido en su segundo hogar. A veces, cuidaba de los niños de los Heaton. Otras veces, enseñaba clases a los misioneros en idioma cantonés y mandarín. Junto con Luana Heaton, enseñaba historias bíblicas en una clase de Escuela Dominical para niños en la ciudad.

Grant Heaton sostiene un bebé mientras está de pie al lado de Luana Heaton, todos sonriendo.

Grant y Luana Heaton con su pequeño hijo, aproximadamente en 1956.

Nora aceptó prestamente el llamamiento misional. Otro santo local, un élder llamado Lee Nai Ken, había servido una misión breve en Hong Kong y el presidente Heaton estaba entusiasmado por llamar a más santos locales como misioneros. Los misioneros norteamericanos a menudo tenían dificultades para aprender el idioma chino y la cultura local. Muchas personas en la ciudad desconfiaban de los extranjeros y a veces confundían a los élderes con agentes del gobierno de los Estados Unidos.

Sin embargo, Nora y otros santos chinos ya comprendían la cultura local y no tenían que preocuparse por la barrera idiomática. Además, a menudo se relacionaban mejor con las personas a las que enseñaban. Como refugiada de China continental, Nora sabía lo que era comenzar una vida nueva en una ciudad muy poblada, donde la vivienda y el empleo eran escasos.

Muchos miembros de la Iglesia e investigadores en Hong Kong eran refugiados y el presidente Heaton buscaba formas de proveer para su bienestar espiritual. En 1952, la Iglesia había presentado siete lecciones o análisis para ayudar a que los posibles conversos se prepararan para ser miembros de la Iglesia. Para adaptarse a las necesidades locales, el presidente Heaton y sus misioneros desarrollaron diecisiete lecciones del Evangelio para atraer a las muchas personas de Hong Kong que no eran cristianas o que solo tenían una comprensión básica de las creencias cristianas. Estas lecciones trataban temas como la Trinidad, la Expiación de Jesucristo, los primeros principios y ordenanzas del Evangelio y la Restauración. Una vez que eran bautizados, los conversos recibían veinte lecciones adicionales para los nuevos miembros.

La noche antes de ser apartada como misionera, Nora tuvo un sueño vívido. Estaba de pie en una calle muy concurrida, rodeada de caos y conmoción, cuando se percató de un hermoso edificio. Al entrar, sintió paz y calma de inmediato. Las personas dentro del edificio estaban vestidas de blanco y Nora reconoció a algunos de ellos como misioneros que en ese momento prestaban servicio en Hong Kong.

Cuando Nora se presentó en la casa de la misión al día siguiente, les contó a los élderes sobre su sueño. Ellos estaban anonadados. ¿Cómo podía saber ella cómo era un templo? Nunca había visitado uno.

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El primer baile de la Iglesia en Hong Kong

A principios de 1959, la hermana Nora Koot y su compañera de misión, Elaine Thurman, se subieron a un tren con un grupo de jóvenes Santos de los Últimos Días de Tai Po, un distrito rural al noreste de Hong Kong. Había un baile de la Iglesia esa noche en un salón alquilado en la ciudad y los jóvenes estaban nerviosos por asistir. Todos eran miembros nuevos de la Iglesia y ninguno de ellos había pasado mucho tiempo en la ciudad. No sabían qué esperar.

Nora tampoco sabía realmente qué esperar. Ese era el primer Baile de Oro y Verde de la Iglesia en Hong Kong. El Baile de Oro y Verde, que adquiría su nombre de los colores oficiales de las Asociaciones de Mejoramiento Mutuo (AMM)de la Iglesia, había sido un evento anual popular para los jóvenes Santos de los Últimos Días desde la década de 1920, especialmente en las áreas donde las AMM de Hombres y Mujeres Jóvenes estaban bien establecidas. Los bailes proporcionaban una buena oportunidad para que los jóvenes conocieran a otros miembros de la Iglesia y los misioneros estadounidenses querían presentar la tradición a los santos chinos. Después de todo, durante el último año más de novecientas personas se habían unido a la Iglesia en Hong Kong.

Calle de la ciudad de Hong Kong

Vista de las calles de Hong Kong, aproximadamente en 1956 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City; fotografía por Stanley Simiskey).

El viaje en tren a la ciudad duró aproximadamente una hora. Cuando Nora, Elaine y los jóvenes de Tai Po llegaron al baile, descubrieron que la mesa directiva de la AMM de la misión, compuesta en su totalidad por misioneros estadounidenses, había hecho todo lo posible por hacer que el baile se pareciera a un Baile de Oro y Verde de los Estados Unidos. Las serpentinas doradas y verdes se arqueaban desde el techo y quinientos globos colgaban por encima de la pista de baile, listos para ser soltados con el tirón de una cuerda al final de la noche. Como refrigerio, había galletas y ponche.

Sin embargo, una vez que el baile comenzó, algo parecía estar mal. Había un altavoz conectado a un tocadiscos y los misioneros estaban reproduciendo música popular bailable estadounidense. Los organizadores habían colocado solo algunas sillas en la sala, con la esperanza de que la falta de asientos obligara a los jóvenes a ir a la pista de baile, pero el truco no estaba funcionando. Casi nadie bailaba.

Al rato, algunos santos de Hong Kong comenzaron a reproducir el tipo de música que les gustaba y todo cambió. Los misioneros, al parecer, no habían considerado los gustos locales. Habían estado reproduciendo melodías instrumentales cuando lo que los santos chinos querían eran canciones con letra. Los santos también preferían bailar valses lentos, chachachás y mambos, que los misioneros no estaban reproduciendo. Una vez que la música cambió, todos en la habitación se amontonaron en la pista y bailaron.

A pesar de su difícil comienzo, el Baile de Oro y Verde fue un éxito. Sin embargo, un poco antes de que terminara el baile, alguien soltó los globos del techo y los dejó caer sobre la multitud. Pensando que el baile había terminado, los santos chinos se dirigieron rápidamente a la puerta. Los misioneros intentaron llamarlos para que al menos pudieran hacer una oración final, pero era demasiado tarde. La mayoría se había ido.

Toda la noche, Nora había disfrutado de ver a los santos de Tai Po socializar con los otros jóvenes de la región. Trabajar en Tai Po había sido uno de los aspectos destacados de su misión hasta ahora y el tiempo que pasó allí había fortalecido su testimonio.

No obstante, unos meses después del Baile de Oro y Verde, descubrió que era hora de seguir adelante. El presidente Heaton la enviaría a Taiwán, una isla a seiscientos kilómetros al este.

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La hora del té con la señora Pi

Nora Koot llegó a Taiwán a finales de julio de 1959, aproximadamente tres años después de que el presidente Heaton hubiera enviado el primer grupo de misioneros Santos de los Últimos Días a la isla. Con una membresía de menos de trescientos santos, la Iglesia en Taiwán no era tan grande ni tan organizada como la Iglesia en Hong Kong. Aun así, los misioneros estaban encontrando personas a quienes enseñar entre la gran población de refugiados chinos de la isla, quienes principalmente hablaban mandarín, idioma que también hablaba Nora.

Dezzie Clegg y Nora Koot de pie sonriendo a la cámara.

Dezzie Clegg y Nora Koot, aproximadamente en 1959 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Después de llegar a su nueva área, Nora y su compañera, Dezzie Clegg, llamaron a Madam Pi Yi-shu, una miembro del principal órgano legislativo de Taiwán. Madam Pi había asistido a clases con la madrastra de Nora, quien le había dado a Nora una carta de presentación para su antigua amiga. Nora estaba ansiosa por ayudar a Madam Pi a ver las bendiciones que la Iglesia tenía para ofrecer a las personas de Taiwán.

En su reunión, Nora y Dezzie mostraron a Madam Pi la carta de presentación y ella las invitó a sentarse. Una de sus empleadas trajo un hermoso juego de té y Madam Pi les ofreció té Earl Grey a sus invitadas.

Aunque beber ese tipo de té estaba en contra de la Palabra de Sabiduría, Nora sabía que era ofensivo en su cultura rechazar abiertamente el té de su anfitriona. Sin embargo, con el paso de los años, los misioneros y los miembros habían ideado maneras corteses de evitar beber té cuando se les ofrecía. Por ejemplo, Konyil Chan, una santa china de Hong Kong muy versada en etiqueta social, había recomendado que los misioneros simplemente aceptaran el té y luego lo dejaran discretamente. “La gente de China nunca forzará a sus amigos a beber té”, les aseguró.

Nora y Dezzie se negaron gentilmente al té y le explicaron a Madam Pi que habían venido a Taiwán para enseñar a las personas a ser obedientes y ser buenos miembros de su comunidad. Sin embargo, Madam Pi siguió invitándolas a tomar un poco de té.

—Discúlpenos, Madam —dijo Nora finalmente—, no bebemos té.

—¿Por qué no? —preguntó Madam Pi, quien parecía muy sorprendida.

—La Iglesia nos enseña a seguir un principio llamado la Palabra de Sabiduría para mantener nuestros cuerpos saludables y nuestras mentes despejadas —respondió Nora. Luego, explicó que los miembros de la Iglesia no bebían café, té ni alcohol y no consumían tabaco ni drogas como el opio. Los líderes y las publicaciones de la Iglesia en esa época también advertían contra cualquier otra bebida que tuviera sustancias adictivas.

Madam Pi reflexionó sobre esto por un momento. “Bueno, ¿qué pueden beber?”, les preguntó.

—Muchas cosas —dijo Nora—. Leche, agua, jugo de naranja, 7 Up, gaseosa…

Madam Pi le pidió a su empleada que retirara el juego de té y trajera a las misioneras un poco de leche fría. Luego, les dio su bendición para enseñar a las personas de Taiwán. “Quiero que las personas de nuestro pueblo sean mejores ciudadanos de la comunidad, sean más saludables y obedientes”, dijo ella.

En los días y semanas siguientes, Nora compartió el Evangelio restaurado con muchas personas. Los cristianos chinos eran quienes mostraban mayor interés en la Iglesia, pero algunos budistas y taoístas también se mostraban atraídos por ella. Algunas personas en Taiwán eran ateas y mostraban poco interés en el cristianismo o en la Iglesia. Para otros, no tener el Libro de Mormón ni otros libros de la Iglesia en chino era un obstáculo.

El crecimiento era lento en Taiwán, pero las personas que se unían a la Iglesia entendían con firmeza la importancia de los convenios que habían hecho en el bautismo. Antes de convertirse en Santos de los Últimos Días, habían tenido que recibir todas las charlas misionales, asistir a la Escuela Dominical y a las reuniones sacramentales con regularidad, obedecer la Palabra de Sabiduría y la ley del diezmo durante al menos dos meses y comprometerse a guardar otros mandamientos. Para el momento en que establecían una fecha para el bautismo, muchas personas que se reunían con los misioneros en Taiwán ya participaban activamente en sus ramas.

Una de las principales responsabilidades de Nora en la isla era fortalecer la Sociedad de Socorro. Hasta hacía poco, los élderes estadounidenses habían liderado todas las Sociedades de Socorro en Taiwán. Esto cambió a principios de 1959, cuando el presidente Heaton envió a una misionera llamada Betty Johnson para establecer Sociedades de Socorro y capacitar a mujeres líderes en Taipéi y otras ciudades de la isla. Ahora Nora y sus compañeras de la misión continuaban el trabajo de Betty, viajando de una rama a otra para dar a la Sociedad de Socorro el apoyo que necesitara.

La misión de Nora finalizó el 1 de octubre de 1959. Durante su servicio, había adquirido una mayor comprensión del Evangelio y había experimentado un aumento de su fe. Para ella, el crecimiento de la Iglesia en Hong Kong y Taiwán era un cumplimiento del sueño del profeta Daniel.

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Los sueños del templo se hacen realidad

Cuando se anunció el Templo de Hong Kong en octubre de 1992, Nora Koot Jue se llenó de gozo. Habían pasado más de treinta años desde su servicio en la Misión del Lejano Oriente Sur. En ese tiempo, había emigrado a los Estados Unidos, se había casado con un chino-estadounidense llamado Raymond Jue y había criado a cuatro hijos, pero nunca había olvidado sus experiencias como una de las primeras chinas conversas a la Iglesia en Hong Kong. Esas eran las historias que les contaba a sus hijos a la hora de dormir.

Raymond pensó que toda la familia debía ir a la dedicación del templo.

—No —dijo Nora—. Es mucho dinero.

—Tenemos que ir —, insistió Raymond.

La familia comenzó a ahorrar dinero. Sus hijos ya eran adultos y sabían lo importante que era la Casa del Señor para su madre. Cuando emigró a los Estados Unidos en 1963, se detuvo primero en Hawái para recibir su investidura en el Templo de Laie. Más tarde, ella y Raymond fueron sellados en el Templo de Los Ángeles y, poco tiempo después, se dedicó el Templo de Oakland cerca de su casa en el área de la Bahía de San Francisco, en California. Con el tiempo, Nora y Raymond se convirtieron en obreros del templo allí, lo que dio a Nora la oportunidad de administrar las ordenanzas del templo en mandarín, cantonés, hmong y otros idiomas.

Una vez terminado el templo de Hong Kong, en mayo de 1996, la Iglesia organizó un programa de puertas abiertas de dos semanas. Nora y su familia llegaron a la ciudad la noche del 23 de mayo, tres días antes de la dedicación del templo. Cuando salieron del aeropuerto, Nora sintió que el aire cálido y húmedo la envolvía.

—Bienvenidos a Hong Kong —dijo a su familia con una sonrisa.

Durante los días siguientes, Nora llevó a su familia a recorrer la ciudad. Su hija mayor, Lorine, también había servido en una misión en Hong Kong y ambas disfrutaron de volver a visitar la zona juntas. Cuando Nora les mostró a sus hijos las calles y los edificios que ella había conocido, las historias que ellos habían oído de niños cobraron vida. Uno de los primeros lugares adonde los llevó fue al templo, construido en el terreno de la antigua casa de la misión, donde había pasado tanto tiempo de joven. Nora no podía estar más feliz de que el lugar se destinara a un propósito tan sagrado.

En la mañana del domingo 26 de mayo, la familia asistió a una reunión sacramental especial con el presidente de misión de Nora, Grant Heaton, y otros antiguos misioneros de la Misión del Lejano Oriente Sur. Durante la reunión, el presidente Heaton y los misioneros dieron su testimonio. Cuando llegó el turno de Nora, ella se puso de pie. “El Espíritu arde dentro de mí”, declaró ella. “Soy un producto de esta tierra y de esta misión, y estoy agradecida”.

A la mañana siguiente, Nora y su familia se sentaron juntos en el salón celestial del Templo de Hong Kong. El rostro de Nora estaba radiante y sonriente cuando el presidente Thomas S. Monson dio inicio a la reunión y el élder Neal A. Maxwell, del Cuórum de los Doce Apóstoles, tomó la palabra. Sintió como si se hubiera completado un ciclo en su vida. Cuarenta y dos años antes, le había suplicado al élder Harold B. Lee que hiciera que la Iglesia regresara a Hong Kong. Solo había un puñado de santos en la ciudad en ese momento. Ahora, Hong Kong tenía una Casa del Señor y ella estaba allí con su esposo y sus hijos.

Al final de la reunión, el presidente Thomas S. Monson leyó la oración dedicatoria. “Tu Iglesia ha crecido y ha bendecido la vida de muchos de Tus hijos e hijas en este lugar”, oró él. “Te damos gracias por todos los que han aceptado el Evangelio y se han mantenido fieles a los convenios hechos contigo. Tu Iglesia en esta área alcanza ahora su plena madurez con la dedicación de este templo sagrado”.

Las lágrimas corrían por el rostro de Nora mientras todos cantaban “El Espíritu de Dios”. Cuando terminó la oración, tomó a su esposo y a sus hijos y los abrazó. Tenía el corazón lleno.

Esa noche, la familia asistió a una reunión de la misión. Llegaron un poco tarde y los encontraron a todos conversando en una sala. La multitud se quedó en silencio cuando Nora entró y su familia observó con asombro cómo una persona tras otra la saludaba con honor y respeto.

Mientras Nora conversaba con viejos amigos, un anciano le tocó el hombro: “¿Te acuerdas de mí?”, le preguntó él.

Nora lo miró y un destello de reconocimiento cruzó por su rostro. Era Harold Smith, uno de los primeros misioneros que había conocido de niña. Ella le presentó a sus hijos.

—No creí haber marcado alguna diferencia —le dijo él. No podía creer que ella se acordara de él.

—No se olvida a las personas que te salvan —le dijo Nora.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.