Relatos de santos
Nguyen Van The y Le My Lien — Vietnam


“Nguyen Van The y Le My Lien — Vietnam”, Relatos de santos, 2024

Nguyen Van The y Le My Lien — Vietnam

Una joven familia dividida por la guerra confía en el Señor para reencontrarse

4:24

La evacuación de la Rama Saigón

Un soleado domingo en Vietnam, país devastado por la guerra, Nguyen Van The, presidente de la Rama Saigón, atravesó la puerta exterior de una villa de estilo francés que servía como centro de reuniones local. De inmediato, los miembros de la rama lo rodearon, con los rostros llenos de frustración y esperanza. “¡Presidente The! ¡Presidente The! —gritaban—. ¿Qué noticias tiene?”.

Nguyen Van The sentado detrás de un escritorio en un despacho, mientras otro hombre le entrega un donativo de diezmo.

El presidente Nguyen Van The recibe un donativo de diezmo en Saigón, Vietnam, en 1973 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City; fotografía por James Christensen).

Él tenía noticias, pero no estaba seguro de cómo respondería la rama. Caminó hasta la puerta de la capilla y los santos lo siguieron mientras le gritaban más preguntas. Sin responder, The estrechó manos y dio palmaditas en la espalda. Cong Ton Nu Tuong-Vy, presidenta de la Sociedad de Socorro y traductora principal del Libro de Mormón vietnamita, lo tomó del brazo.

—¿Qué consejo tiene, presidente The? —le preguntó ella—. ¿Qué les digo a las hermanas?

—Entre, hermana Vy. Le contaré todo lo que sé después de la reunión sacramental —dijo The. Luego instó a todos los presentes a mantener la calma—. Todas sus preguntas serán respondidas.

Vietnam había sido un país dividido durante décadas. El conflicto estalló poco después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas vietnamitas derrocaron a los gobernantes coloniales franceses que habían gobernado Vietnam desde finales del siglo XIX. Cuando los partidos rivales de Vietnam del Sur se resistieron al dominio comunista, la región se sumió en una feroz guerra de guerrillas. Las fuerzas estadounidenses lucharon junto con los survietnamitas durante casi una década, pero la gran cantidad de bajas hizo que el conflicto fuera mal visto en Estados Unidos, lo que llevó a ese país a retirarse gradualmente de la guerra. Ahora, las fuerzas norvietnamitas se estaban acercando a la capital sureña de Saigón y todos los estadounidenses restantes se estaban yendo.

La llegada de las fuerzas norvietnamitas amenazó con acabar con la Rama Saigón. Hasta una semana antes, cuando se evacuó del país al último misionero Santo de los Últimos Días, la rama había visto cómo se unían nuevos miembros cada mes. Más de doscientos santos vietnamitas habían adorado regularmente con miembros de la Iglesia de Estados Unidos. Ahora, los santos vietnamitas temían que los norvietnamitas los castigaran por esta asociación. Algunos miembros de la Iglesia ya se habían dispersado y muchos de ellos se unieron a la multitud en la base aérea con la esperanza de escapar del país.

Cuando The entró a la capilla y tomó asiento al frente de la sala, pudo escuchar el estruendo del fuego de artillería y algunas explosiones sonaron aterradoramente cerca. No se le escapó la ironía del momento. La guerra había traído a los soldados estadounidenses que le habían presentado a él y a tantos santos vietnamitas el Evangelio restaurado. Ahora, esa misma guerra estaba destrozando la rama. Era como si estuviera asistiendo al funeral de la pequeña congregación.

Había alrededor de 125 miembros de la rama en la reunión cuando The se levantó y se acercó al púlpito. Parecían ansiosos y muchos de ellos lloraban. Él también estaba emocionado, pero mantuvo la compostura al iniciar la reunión sacramental. Los santos cantaron “¡Oh, está todo bien!” y participaron de la Santa Cena. A continuación, The dio su testimonio e invitó a otros a hacer lo mismo, pero mientras los santos se ponían en pie y compartían sus testimonios, él no podía concentrarse en sus palabras. Los santos estaban recurriendo a él en ese momento de crisis y él se sentía inadecuado.

Después de la reunión, The informó a los santos que la embajada de Estados Unidos estaba dispuesta a evacuar a los miembros de la Iglesia y a cualquiera que se estuviera preparando para el bautismo, pero los santos con familiares que no eran miembros de la Iglesia tenían que dejar a sus seres queridos o quedarse. Esta noticia hizo que algunos santos gritaran de angustia. “¿Qué pasará con mi familia? —se preguntaron—. ¡No puedo irme sin mi familia!”.

Con la ayuda de los miembros de la rama, The creó una lista de evacuación en la que se identificaba a los santos que se irían primero. A pesar de la solicitud de la embajada, la lista incluía docenas de familiares y amigos de miembros de la rama que no eran miembros. La esposa de The, Lien, y sus tres hijos pequeños estaban entre los santos de la lista. Los miembros de la rama insistieron en que la familia de The evacuara inmediatamente para que él pudiera dedicar toda su atención a evacuar a todos los demás. Como presidente de la rama, The sentía que era su deber ser el último en irse.

Lien y los niños, junto con su madre y sus hermanas, salieron de Saigón en avión unas horas más tarde.

Al día siguiente, los norvietnamitas bombardearon el aeropuerto de Saigón, dañando la pista e impidiendo el aterrizaje de aviones de transporte militar. Luego, durante las siguientes cuarenta y ocho horas, los helicópteros evacuaron a los estadounidenses restantes y a los refugiados vietnamitas que pudieron transportar. The se apresuró a ir a la embajada de Estados Unidos, con la esperanza de encontrar una salida para él y los demás santos que aún se encontraban en la ciudad. Cuando llegó, el edificio estaba en llamas y el cielo estaba lleno de humo. Los bomberos y la multitud se habían reunido afuera, pero la embajada estaba vacía. Los estadounidenses ya habían abandonado la ciudad.

Desesperados por ayudar a escapar a los miembros restantes de la rama, The y un compañero santo, Tran Van Nghia, se subieron a una motocicleta para pedir ayuda a la Cruz Roja Internacional. Sin embargo, pronto se encontraron con una masa de gente que corría despavorida por una calle de un solo sentido. Un tanque con un gran cañón se dirigía rápidamente hacia ellos.

Nghia se salió de la carretera, y él y The se metieron en una zanja para esconderse. El tanque pasó retumbando junto a ellos, haciendo temblar el suelo a su paso.

Saigón estaba ahora en manos de los norvietnamitas.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Los refugiados

Una semana después, en mayo de 1975, Le My Lien se bajó de un autobús lleno de gente en un campamento militar cerca de San Diego, California, en la costa oeste de Estados Unidos. Ante ella se extendía una ciudad en expansión hecha de tiendas de campaña instaladas para albergar a dieciocho mil refugiados de Vietnam. La hierba y la arena cubrían el terreno y los árboles salpicaban escasamente el horizonte. Los niños caminaban con chaquetas militares de gran tamaño y los adultos pasaban el día con un aspecto serio.

Aunque la madre y las hermanas de Lien estaban con ella, se sentía perdida. Sentía náuseas debido al viaje hasta el campamento. No tenía dinero y apenas hablaba inglés. Además, tenía que cuidar de sus tres hijos mientras esperaba noticias de su esposo en Vietnam.

En su primer día en el campamento, Lien y otros miembros de la Rama Saigón (en su mayoría mujeres) fueron recibidos por voluntarios con insignias que los identificaban como miembros de la estaca local de California. Una mujer bien vestida se presentó como Dorothy Hurley, presidenta de la Sociedad de Socorro de la estaca. Ella y los demás voluntarios de la estaca estaban allí para distribuir alimentos, ropa y medicamentos a los santos refugiados, organizarlos en distritos de orientación familiar y establecer la Primaria y la Sociedad de Socorro. Para Lien, las hermanas de la Sociedad de Socorro parecían ángeles.

Una mujer vietnamita en el centro de una tienda de campaña en una base militar, dirigiendo a una congregación mientras cantan.

Una reunión dominical con evacuados vietnamitas en una base militar en California, en 1975 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City; fotografía por Jack Lythgoe).

Los miembros de la Rama Saigón pasaron la tarde recorriendo el campamento. La grava crujía bajo los pies mientras les mostraban a Lien y a su familia el comedor, el pabellón de la Cruz Roja y las letrinas. La larga caminata duró toda la tarde y dejó a Lien fatigada. Pesaba menos de cuarenta kilos y su cuerpo estaba demasiado débil para producir leche para su hija pequeña, Linh.

Esa noche, Lien hizo todo lo posible para que sus hijos se sintieran cómodos. El campamento no le había proporcionado mantas y solo tenía un catre. Sus hijos, Vu y Huy, estaban apretujados en el catre mientras la bebé dormía en una hamaca que Lien hizo con una sábana y gomas elásticas.

Lien no tenía dónde acostarse, así que durmió sentada en el borde del catre, apoyada en el poste de una tienda. Las noches eran frías y el aire helado no la ayudaba en nada a mejorar su salud, que empeoraba. Pronto le diagnosticaron tuberculosis.

A pesar de su enfermedad, Lien se levantaba temprano cada mañana para recoger seis biberones pequeños de fórmula para su bebé y alimentar a los niños. A la hora de comer, el comedor estaba lleno de gente esperando su turno. Con su hija en brazos, ayudaba a sus hijos a cargar y llevar los platos. Solo cuando terminaban de comer volvía a buscar su propia comida.

A Lien se le partía el corazón cuando veía a otros niños esperando hambrientos en la fila. Dado que las raciones en el comedor se acababan rápidamente, Lien solía pasar comida a los niños para asegurarse de que comieran. A cambio, algunos compartían con ella su porción de zanahorias y brócoli.

Ella oraba continuamente para que su esposo se mantuviera fuerte, creyendo que si ella podía sobrevivir a su terrible experiencia, él también podría sobrevivir a la suya. No había sabido nada de él desde su huida de Saigón, pero unas semanas después de su llegada, el élder A. Theodore Tuttle, del Primer Consejo de los Setenta, fue al campamento y le dio a Lien un mensaje personal del presidente Spencer W. Kimball, quien había visitado el campamento y se había reunido con los refugiados poco antes de que ella llegara.

“Testifico que tu esposo será preservado —decía el mensaje del profeta— y que ustedes se reunirán como familia en el propio y debido tiempo del Señor”.

Ahora, mientras Lien mecía a su bebé que lloraba cada mañana, ella también lloraba. “Por favor —le rogaba al Señor—, que pueda resistir tan solo este día”.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Paciencia en un campo para prisioneros

En 1976, Nguyen Van The estaba encarcelado en Thành Ông Năm, una precaria fortaleza vietnamita que servía de campamento para prisioneros. Él estaba desesperado por no tener noticias de su esposa y sus hijos, ya que el campamento lo había aislado en gran medida del mundo exterior. Todo lo que sabía sobre el paradero de su familia provenía de un telegrama del presidente de la Misión Hong Kong: “Lien y familia bien. Con Iglesia”.

The había recibido el telegrama justo antes de ser recluido en el campamento. En un esfuerzo por restablecer el orden tras capturar Saigón, el Gobierno norvietnamita había exigido a todos los antiguos miembros del ejército survietnamita que se sometieran a un curso de “reeducación” sobre los principios y las prácticas del nuevo Gobierno. Como The había servido como oficial subalterno y maestro de inglés en Vietnam del Sur, se entregó a regañadientes, esperando que el proceso de reeducación durara unos diez días. Ahora, más de un año después, se preguntaba cuándo volvería a ser libre.

La vida en Thành Ông Năm era degradante. The y sus compañeros cautivos fueron organizados en unidades y alojados en barracones infestados de ratas. Dormían sobre el suelo hasta que sus captores les hicieron construir camas con planchas de acero. La comida escasa y en mal estado, junto con las condiciones insalubres del campamento, hicieron que los hombres quedaran expuestos a enfermedades como la disentería y el beriberi.

La reeducación también implicaba trabajos agotadores y adoctrinamiento político. Cuando no talaban árboles o cuidaban cultivos para alimentar al campamento, los hombres se veían obligados a memorizar propagandas y confesar sus crímenes contra Vietnam del Norte. Cualquiera que infringiera las normas del campamento podía recibir una brutal paliza o ser confinado en solitario en una caja de hierro similar a un contenedor

Hasta el momento, The había sobrevivido pasando desapercibido y aferrándose a su fe. Intentaba obedecer las reglas del campamento y practicaba su religión en privado. Observaba los domingos de ayuno, a pesar de estar desnutrido, y recitaba en silencio pasajes de las Escrituras de memoria para fortalecer su fe. Cuando un compañero cristiano del campamento le dio una Biblia de contrabando, leyó el libro completo dos veces en tres meses, agradecido por la oportunidad de volver a leer la palabra de Dios.

The anhelaba ser libre. Durante un tiempo pensó en escapar del campamento. Estaba seguro de que podría usar el entrenamiento militar para evadir a sus captores, pero mientras oraba pidiendo ayuda para escapar, sintió que el Señor lo contuvo. “Ten paciencia —susurró el Espíritu—. Todo estará bien en el debido tiempo del Señor”.

Un tiempo después, The se enteró de que a su hermana, Ba, se le permitiría visitarlo en el campamento. Si pudiera pasarle una carta para su familia, ella podría enviársela al presidente Wheat en Hong Kong, quien podría remitirla a Lien y a los niños.

El día de la visita de Ba, The hizo fila mientras los guardias realizaban registros corporales completos a los prisioneros que le precedían. Sabiendo que los guardias lo enviarían directamente al confinamiento solitario si encontraban su carta a Lien, escondió el mensaje detrás de la cinta de tela del interior de su sombrero. Luego colocó una pequeña libreta y un bolígrafo en el sombrero y los dejó en el suelo. Con un poco de suerte, la libreta distraería a los guardias lo suficiente como para evitar que registraran el resto del sombrero.

Cuando llegó su turno de ser registrado, The intentó mantener la calma, pero cuando los guardias lo inspeccionaron, empezó a temblar. Pensó en el confinamiento que le esperaba si sus captores descubrían la carta. Pasaron varios momentos de tensión y los guardias centraron su atención en el sombrero. Examinaron el bolígrafo y la libreta, pero como no encontraron nada fuera de lo común, perdieron el interés en The y lo dejaron pasar.

Poco después, The vio acercarse a su hermana, así que discretamente sacó la carta de su sombrero y se la puso en las manos. Él lloró mientras Ba le daba algo de comida y dinero. Ella y su esposo tenían un negocio de productos agrícolas y no les sobraba mucho. The estaba agradecido por todo lo que ella le podía ofrecer. Cuando se separaron, él confió en que ella haría llegar su carta a Lien.

Seis meses después, Ba regresó al campamento con una carta. Dentro había una fotografía de Lien y los niños. A The se le llenaron los ojos de lágrimas mientras miraba sus rostros. Sus hijos habían crecido mucho. Se dio cuenta de que no podía esperar más.

Nguyen Van The y Le My Lien miran a su hijo pequeño, que juega con un juguete.

Nguyen Van The y Le My Lien con su hijo Huy en Vietnam, en 1973 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City; fotografía por James Christensen).

Tenía que encontrar la forma de salir del campamento y volver a los brazos de su familia.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Por fin en casa

En una tarde fría y nublada de enero de 1978, Le My Lien se subió nerviosa a un automóvil que se dirigía al aeropuerto internacional de Salt Lake City. Iba en camino a encontrarse con su esposo, Nguyen Van The, por primera vez en casi tres años. Le preocupaba lo que iba a pensar él de la vida que había construido para su familia en su ausencia.

Como parte de su misión de atender a las familias, LDS Social Services había acordado con miembros de la Iglesia en Estados Unidos cuidar de unos 550 refugiados vietnamitas, la mayoría de los cuales no eran miembros de la Iglesia. Lien y su familia contaron con el patrocinio de Philip Flammer, profesor de la Universidad Brigham Young, y su esposa, Mildred. Ellos ayudaron a la familia a mudarse a Provo, Utah, donde Lien pudo alquilar, y luego comprar, una casa rodante a un santo de la localidad.

Al principio, Lien tuvo dificultades para encontrar trabajo en Utah. Philip la llevó a una tienda de segunda mano para que se postulara a un puesto de limpieza. Sin embargo, durante la entrevista, el gerente rompió su diploma de escuela secundaria por la mitad y le dijo: “Esto no es válido aquí”. Lien lloró mientras recogía los pedazos, pero luego volvió a unir el diploma con cinta adhesiva y lo enmarcó en la pared para motivar a sus hijos a cursar estudios superiores.

Pronto encontró trabajo temporal recogiendo cerezas en un huerto cercano. Luego trabajó como costurera y aumentó sus ingresos horneando pasteles de boda. Con la ayuda de Philip, también ganó dinero mecanografiando informes para estudiantes de la Universidad Brigham Young.

Mientras Lien luchaba por mantener a su familia, sus hijos se esforzaban por adaptarse a su nueva vida en Estados Unidos. La más joven, Linh, estaba por debajo del peso apropiado y se enfermaba con frecuencia. Los niños, Vu y Huy, tenían dificultades para hacer amigos en la escuela debido a la barrera idiomática y las diferencias culturales. A menudo se quejaban con Lien de que sus compañeros se burlaban de ellos.

En medio de las dificultades de su familia, Lien permaneció fiel al Señor. Asistía regularmente a las reuniones de la Iglesia y seguía orando por su familia y su esposo. “Dame fuerzas”, le suplicaba al Padre Celestial. Enseñó a sus hijos sobre el poder de la oración, ya que sabía que podría ayudarlos a superar sus dificultades.

A finales de 1977, Lien se enteró de que su esposo estaba en un campamento de refugiados en Malasia. Había logrado salir de Vietnam en un viejo barco pesquero después de ser finalmente liberado del campamento de Thành Ông Năm. Ahora estaba listo para reunirse con su familia. Lo único que necesitaba era un patrocinador.

Lien comenzó a trabajar aún más horas a fin de ahorrar suficiente dinero para traer a The a Estados Unidos. La Cruz Roja le dio una lista de todo lo que tenía que hacer para patrocinarlo y ella siguió las instrucciones cuidadosamente. También habló con los niños sobre el regreso de su padre. Su hija no recordaba a The y los niños apenas se acordaban de él. No podían imaginar cómo sería tener un padre.

Al llegar al aeropuerto, Lien se reunió con otros amigos y miembros de la Iglesia que habían ido a dar la bienvenida a The. Algunos sostenían globos que brillaban a la luz del atardecer.

Al poco tiempo, Lien vio a The bajando por una escalera mecánica. Estaba pálido y tenía la mirada perdida, pero al ver a Lien, gritó su nombre. Se acercaron el uno al otro al mismo tiempo y entrelazaron sus manos. Lien sintió una gran emoción.

Luego abrazó a The. “Gracias a Dios en el cielo —susurró ella—; por fin estás en casa”.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.