“Manuel Navarro — Perú”, Relatos de santos, 2024
Manuel Navarro — Perú
Un joven de Perú experimenta dificultades y sanación en el campo misional.
“Aprende sabiduría en tu juventud”
A principios de 1986, Manuel Navarro, de dieciséis años, era presbítero en la Rama San Carlos de Nazca, una pequeña ciudad del sur de Perú. La Rama San Carlos era considerada una “unidad básica” de la Iglesia, una designación creada a finales de la década de los setenta para las ramas donde la Iglesia era nueva y tenía pocos miembros. En algunas de esas unidades, entre ellas la Rama San Carlos, los jóvenes y los adultos se reunían en clases y cuórums combinados los domingos.
A Manuel le gustaba reunirse con los poseedores del Sacerdocio de Melquisedec durante la tercera hora de reuniones en la iglesia. Había alrededor de veinte jóvenes poseedores del Sacerdocio Aarónico en la rama, pero menos de la mitad de ellos asistían con regularidad. Reunirse con los élderes de la rama le daba a Manuel la oportunidad de aprender sobre los deberes del Sacerdocio tanto Aarónico como de Melquisedec.
Manuel llevaba dos años siendo miembro de la Iglesia. Se había bautizado con sus padres y su hermana menor. Ahora su padre era presidente de rama, y su compromiso con el Salvador había fortalecido el compromiso de Manuel, ya que consideraba que, “si papá está aquí, es porque es algo bueno”.
Hasta ese momento, 1986 estaba resultando ser un año importante para la Iglesia en Sudamérica. En enero se dedicaron templos en Lima, Perú; y Buenos Aires, Argentina: el tercer y el cuarto templo del continente. La Casa del Señor en Lima servía no solo a Manuel y a los 119 000 Santos de los Últimos Días de Perú, sino también a los más de 100 000 santos que vivían en Colombia, Ecuador, Bolivia y Venezuela. Inmediatamente después de la dedicación, doscientos peruanos y doscientos bolivianos recibieron su investidura.
Pronto, Manuel comenzó su segundo año de Seminario, un programa que la Iglesia había estado implementando en todo el mundo durante más de una década. Anteriormente, la rama de Manuel había impartido las clases de Seminario por las tardes; sin embargo, en 1986, el coordinador regional del Sistema Educativo de la Iglesia en Perú había puesto en marcha el Seminario diario matutino en la mayoría de los 298 barrios y ramas del país. Los miembros de la Iglesia en Perú aprobaban el cambio, y querían que las clases de Seminario se realizaran cerca de los hogares de los alumnos y de sus maestros voluntarios locales.
Las primeras clases de Seminario a las que asistió Manuel se llevaron a cabo en su casa, pero finalmente se trasladaron al centro de reuniones que la rama tenía alquilado. Cada día de la semana, Manuel caminaba unos tres kilómetros (dos millas) para asistir a clase a las seis en punto de la mañana. Al principio, despertarse temprano no fue fácil, pero llegó a disfrutar de asistir a Seminario con los otros jóvenes. Con el estímulo de su maestro, él desarrolló el hábito de orar justo después de despertase por las mañanas, aun cuando eso requiriera levantarse más temprano.
En Seminario, Manuel recibió un juego de tarjetas de “Dominio de las Escrituras”. En ellas había impresos importantes pasajes de las Escrituras que se esperaba que los alumnos de Seminario de todo el mundo aprendieran. Como ese año la clase de Manuel estaba estudiando el Libro de Mormón, el primer versículo del dominio de las Escrituras que aprendió fue 1 Nefi 3:7: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado”.
Una maestra de Seminario, Ana Granda, enseñó a Manuel y a sus compañeros de clase acerca de su valor y su destino eternos como hijos de Dios. Al escuchar esa enseñanza, Manuel sintió que había alguien para quien él era importante, y obtuvo un testimonio de que Dios en verdad cuidaba de Sus hijos.
También vio cómo obedecer los mandamientos lo protegía de muchos de los problemas que otros jóvenes de su edad experimentaban. Aunque jugaba al fútbol con amigos que no eran Santos de los Últimos Días, descubrió que sus amigos más cercanos eran los jóvenes de la Iglesia. Los miércoles asistía a las “noches misionales”, en las que hacían juegos y socializaban con los misioneros que servían en el área.
Los amigos de Manuel estudiaban con él, lo apoyaban y lo ayudaban a permanecer en el camino correcto. Cuando iba con su primo a fiestas los sábados por la noche, sus amigos que no pertenecían a la Iglesia nunca les ofrecían alcohol. Sabían que eran Santos de los Últimos Días y respetaban sus creencias.
Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.
Poner la misión en primer lugar
Dos años después, en abril, Manuel Navarro acudió a su padre con noticias decepcionantes. Durante los últimos meses, había estado en Lima, Perú, estudiando mucho para ingresar en una prestigiosa universidad de la ciudad. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, no había podido entrar. Si quería volver a intentarlo, tendría que estudiar durante otros seis meses.
—Manuel —dijo su padre—, ¿quieres seguir preparándote para la universidad o quieres prepararte para prestar servicio en una misión?
Manuel sabía que el profeta había pedido a todos los jóvenes dignos y capaces de la Iglesia que sirvieran en una misión, y su bendición patriarcal hablaba del servicio misional. Sin embargo, él pensaba ir a una misión después de inscribirse en la universidad, ya que creía que le resultaría más fácil regresar a la universidad después de la misión si podía reservar su inscripción antes de irse. Ahora no sabía qué hacer. Su padre le dijo que se tomara un tiempo para decidir.
De inmediato, Manuel leyó el Libro de Mormón y oró. A medida que lo hacía, sintió que el Espíritu guiaba su decisión. Al día siguiente, ya conocía la respuesta. Supo que debía servir en una misión.
—Bien —dijo su padre—. Vamos a ayudarte.
Una de las primeras cosas que hizo Manuel fue buscar un trabajo. Suponía que trabajaría en un banco cercano, ya que su padre conocía a algunos de los empleados de allí; sin embargo, su padre lo llevó al centro de la ciudad, al sitio de construcción de la primera capilla de la rama. Le preguntó al supervisor si había un puesto para Manuel en el equipo de construcción. “No hay problema”, dijo el supervisor. “Lo pondremos a trabajar”.
Manuel se unió al equipo en junio y, cada vez que recibía su paga, el trabajador que le daba su cheque le recordaba que lo usara para su misión. La madre de Manuel también lo ayudó a apartar la mayor parte del cheque para pagar el diezmo y el fondo de la misión.
Las misiones eran costosas y los problemas económicos de Perú hacían que muchos santos tuvieran problemas para financiar por completo sus misiones. Durante años, todos los misioneros de tiempo completo habían dependido de sí mismos, sus familias, sus congregaciones e incluso de la amabilidad de extraños para financiar sus misiones. Después de que el presidente Kimball instara a todos los hombres jóvenes aptos a prestar servicio, la Iglesia invitó a sus miembros a contribuir a un fondo misional general para ayudar a los que necesitaran ayuda económica.
Ahora se esperaba que los fondos locales cubrieran al menos un tercio de los costos de las misiones. Si los misioneros no podían pagar el resto, podrían recurrir al fondo general. En Perú y otros países de Sudamérica, los líderes de la Iglesia también establecieron un sistema en el que los miembros locales proporcionaban una comida al día a los misioneros, lo cual los ayudaba a ahorrar dinero. Manuel acordó pagar la mitad de su misión y sus padres pagarían el resto.
Después de trabajar durante aproximadamente seis meses, Manuel recibió su llamamiento misional. Su padre dijo que podían abrirlo de inmediato o esperar hasta el domingo para leerlo en la reunión sacramental. Manuel no podía esperar tanto, pero sí esperaría hasta que su madre saliera del trabajo esa tarde.
Cuando ella finalmente llegó a casa, Manuel abrió el sobre y lo primero que vieron sus ojos fue la firma del presidente Ezra Taft Benson. Luego comenzó a leer el resto del llamamiento mientras su ritmo cardíaco se aceleraba con cada palabra. Cuando vio que serviría en la Misión Perú Lima Norte, se alegró muchísimo.
Manuel Navarro en la Misión Perú Lima Norte, aproximadamente en 1990 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).
Siempre había deseado servir en una misión en su país natal.
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Atrapado en la explosión
La noche del 7 de junio de 1990, Manuel Navarro y su compañero de misión, Guillermo Chuquimango, caminaban de regreso a su casa en Huaraz, Perú. Manuel había comenzado su misión en marzo de 1989 en el Centro de Capacitación Misional de Lima, uno de los catorce CCM de todo el mundo. Le encantaba ser misionero, trabajar mucho, visitar distintas regiones del país y traer a las personas a Jesucristo.
Sin embargo, su área actual podía tornarse peligrosa por las noches. Un grupo revolucionario llamado Sendero Luminoso llevaba más de una década enfrentando al Gobierno peruano. Últimamente, sus ataques se habían vuelto más agresivos, a medida que la creciente inflación y los problemas económicos acosaban a la nación sudamericana.
Manuel y Guillermo, otro oriundo de Perú, conocían los peligros a los que se exponían al salir de casa cada mañana. Grupos como Sendero Luminoso a veces atacaban a los Santos de los Últimos Días porque asociaban a la Iglesia con la política exterior de los Estados Unidos. En ese momento, había más de un millón de miembros de la Iglesia en países de habla hispana, de los cuales unos 160 000 se hallaban en Perú. En los últimos años, los revolucionarios habían agredido a misioneros Santos de los Últimos Días y habían puesto bombas en centros de reuniones de toda América Latina. En mayo de 1989, unos revolucionarios habían matado a disparos a dos misioneros en Bolivia. Desde entonces, el clima político no había hecho más que intensificarse y los ataques contra la Iglesia aumentaron.
Las cinco misiones de Perú habían respondido a la violencia estableciendo toques de queda y restringiendo el trabajo misional a las horas diurnas. Pero esa noche, Manuel y Guillermo se sentían felices y con ganas de conversar. Acababan de enseñar una lección sobre el Evangelio y les faltaban unos quince minutos para llegar a casa.
Mientras caminaban y conversaban, Manuel vio a dos jóvenes que estaban a una cuadra más o menos delante de ellos. Estaban empujando un pequeño auto amarillo y parecía que necesitaban ayuda. Manuel pensó en ayudarlos, pero los hombres pronto encendieron el auto y se fueron.
Poco después, los misioneros se acercaron a un parque cercano a su casa. El auto amarillo estaba estacionado en la acera, a un metro y medio de donde iban caminando. Cerca, había una base militar con un destacamento de tropas.
—Parece un auto bomba —dijo Guillermo. Manuel vio a algunas personas corriendo y, en ese instante, el auto explotó.
La explosión alcanzó a Manuel y lo lanzó por los aires mientras fragmentos de la bomba zumbaban a su alrededor. Cuando cayó al suelo se sintió aterrorizado. Pensó en su compañero. ¿Dónde estaba? ¿Se había llevado la peor parte de la explosión?.
Justo entonces, sintió que Guillermo lo levantaba del suelo. El parque parecía una zona de guerra, ya que los soldados del destacamento (el objetivo aparente de la bomba) disparaban sus armas sobre los restos humeantes del auto. Apoyándose en su compañero, Manuel logró caminar el resto del trayecto hasta su casa.
Cuando llegaron, él entró al baño y se miró en el espejo. Tenía sangre en el rostro, pero no encontró ninguna herida en la cabeza. Simplemente se sentía débil.
—Dame una bendición —le dijo a su compañero. Guillermo, que solo tenía heridas leves, puso sus manos temblorosas sobre la cabeza de Manuel y lo bendijo.
Poco después, la policía llegó a la casa. Como pensaban que los misioneros eran los jóvenes que habían colocado la bomba, los oficiales los detuvieron y los llevaron a la estación de policía. Allí, uno de los oficiales vio el estado de Manuel y dijo: “Este se va a morir. Llevémoslo al centro de salud”.
En el centro de salud de la policía, el oficial en jefe reconoció a los élderes. Manuel lo había entrevistado recientemente para bautizarlo. “No son terroristas”, dijo a los otros oficiales. “Son misioneros”.
Bajo los cuidados del oficial en jefe, Manuel se lavó la cara y, finalmente, encontró una herida profunda debajo del ojo derecho. En cuanto el oficial en jefe lo vio, llevó rápidamente a Manuel y a Guillermo al hospital. “No puedo hacer nada aquí”, les explicó.
Poco después, Manuel se desmayó por la pérdida de sangre. Necesitaba una transfusión con urgencia. Los santos de Huaraz acudieron al hospital con la esperanza de donar sangre, pero ninguno de ellos tenía el tipo adecuado. Los médicos analizaron la sangre de Guillermo y descubrieron que era perfectamente compatible.
Por segunda vez esa noche, Guillermo le salvó la vida a su compañero.
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Cuando los días se vuelvan oscuros
Al día siguiente de la explosión en Huaraz, los médicos trasladaron a Manuel Navarro a una clínica de Lima. Allí fue recibido por su presidente de misión, Enrique Ibarra, y recibió una bendición del élder Charles A. Didier, miembro de la presidencia del Área. En la bendición, el élder Didier prometió que Manuel dejaría pronto la clínica y volvería al campo misional.
Luego de atender las demás lesiones de Manuel, los médicos se centraron en reconstruirle el rostro lastimado. Un fragmento de la bomba le había cortado el pómulo y el nervio óptico del ojo derecho, por lo que fue necesario extirparle el ojo. Sus padres, que habían venido a Lima, le dieron la noticia. “Hijo”, le dijo su madre, “te van a operar”.
Manuel se quedó atónito. No sentía dolor en el ojo y, hasta ese momento, no sabía por qué estaba vendado. Su madre lo consoló. “Estamos aquí”, dijo. “Estamos contigo”.
Con un completo apoyo financiero de la Iglesia, Manuel se sometió a tres operaciones para extirparle el ojo y reparar la cuenca dañada. La recuperación iba a ser larga, y algunos miembros de su familia pensaban que él debía regresar a su ciudad natal una vez que le dieran el alta en la clínica, pero Manuel se negó a abandonar el campo misional. “Mi contrato con el Señor es por dos años y aún no ha terminado”, le dijo a su padre.
Mientras se recuperaba en la clínica, Manuel recibió visitas de Luis Palomino, un amigo de su ciudad natal que estaba estudiando en Lima. Aunque sus heridas le dificultaban hablar con Luis, Manuel empezó a compartir las lecciones misionales. Luis se sorprendió e impresionó por la decisión de Manuel de continuar hasta terminar su misión.
—Quiero saber qué te motiva —le dijo Luis—. ¿Por qué tu fe es tan grande?.
Seis semanas después de la explosión, Manuel salió de la clínica y empezó a trabajar en la oficina de la misión en Lima. La amenaza del terrorismo seguía acechando, y él sentía miedo cada vez que veía un automóvil como el que había explotado. Por la noche, le costaba dormir sin medicación.
Cada día, uno de los élderes de la oficina de la misión le cambiaba las vendas a Manuel; él no soportaba mirarse al espejo y ver el ojo que le faltaba. Unas tres semanas después de salir de la clínica, recibió una prótesis.
Los misioneros Guillermo Chuquimango (izquierda), Manuel Navarro y Brian Haws en Perú, aproximadamente en 1991 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).
Un día, Luis fue a la oficina de la misión a visitar a Manuel. “Quiero ser bautizado”, le dijo. “¿Qué debo hacer?”. La oficina de la misión no estaba lejos de donde vivía Luis, así que durante las semanas siguientes, Manuel y su compañero enseñaron a Luis el resto de las lecciones en una capilla cercana. Manuel estaba entusiasmado por enseñar a un amigo y Luis cumplió con entusiasmo todas las metas que se propuso con los misioneros.
El 14 de octubre de 1990, Manuel efectuó el bautismo de Luis. La lesión seguía afectándole, pero esa difícil experiencia le había permitido bautizar a un amigo de su ciudad natal, algo que no esperaba hacer en su misión. Cuando Luis salió del agua, se abrazaron; Manuel sintió el Espíritu con fuerza y sabía que Luis también podía sentirlo.
Para conmemorar la ocasión, Manuel le regaló una Biblia a Luis. “Cuando los días se vuelvan oscuros”, escribió Manuel en el interior de la tapa, “solo recuerda este día, el día en que volviste a nacer”.
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Confía en el Señor
Cuando Manuel Navarro terminó su misión en marzo de 1991, sus padres fueron a Lima a buscarlo. Como no vivía en los límites de una estaca, el presidente de la misión local lo relevó de su servicio. Sin embargo, Manuel no estaba listo para regresar a Nazca, su ciudad natal en el sur de Perú. Le había prometido a un amigo de su última área que acudiría a su bautismo, así que él y sus padres se quedaron en la ciudad una semana más.
Una mañana, Manuel y su padre salieron a comprar pan para el desayuno. Su padre se dio cuenta de que había olvidado llevar dinero, así que se dio vuelta y volvió a entrar. “Espérame aquí”, le dijo.
Manuel se quedó paralizado. Después de tener un compañero de misión durante tanto tiempo, se sentía extraño al estar solo en la calle. Luego de un momento, decidió quedarse quieto y esperar. “Ya no soy misionero”, pensó él.
Incluso después de regresar a Nazca, Manuel tuvo dificultades para adaptarse a la vida después de la misión, especialmente por su lesión. Dar un apretón de manos era más difícil con un solo ojo. Solía poner la mano en el lugar equivocado. Entonces, un hermano de su rama empezó a jugar al ping-pong con él y el seguir la pequeña pelota blanca con un ojo lo ayudó a desarrollar una mejor percepción de la profundidad.
En abril, Manuel se trasladó a una ciudad más grande, Ica, para iniciar sus estudios universitarios de mecánica automotriz. Estaba a menos de 160 kilómetros (cien millas) de Nazca, y tenía amigos y familiares que vivían allí. Vivía en casa de su tía en una habitación que tenía para él solo. Su madre estaba preocupada por él y lo llamaba casi todas las noches por teléfono. “Hijo”, le decía ella a menudo, “recuerda orar siempre”. Cada vez que se sentía angustiado, oraba pidiendo fuerzas y hallaba refugio en el Señor.
Con el fin de alentar a los jóvenes santos solteros a reunirse y socializar, la Estaca Ica ofrecía clases de Instituto y tenía un grupo de adultos solteros que realizaba actividades y devocionales. Manuel encontró un hogar en esas actividades y en su nuevo barrio en Ica. Aunque los niños en la Iglesia a menudo le miraban fijamente la prótesis que tenía en el ojo, los adultos lo trataban como a cualquier otro miembro.
Un día, Manuel recibió una invitación a reunirse con Alexander Núñez, el presidente de estaca de Ica. Manuel conocía al presidente Núñez desde su adolescencia en Nazca, y el presidente Núñez había visitado su clase de Seminario como coordinador del Sistema Educativo de la Iglesia. Manuel lo admiraba mucho.
Durante la entrevista, el presidente Núñez llamó a Manuel a prestar servicio en el sumo consejo de la estaca.
“¡Vaya!”, se dijo Manuel a sí mismo. Normalmente, los santos que servían en los llamamientos de estaca eran mayores y tenían más experiencia que él. Sin embargo, el presidente Núñez expresó su confianza en él.
En las semanas siguientes, Manuel visitó los barrios que le habían asignado. Al principio, se sentía inseguro cuando trabajaba con los líderes de barrio, pero aprendió a concentrarse en el llamamiento, no en sí mismo. Conforme estudiaba los manuales de la Iglesia y daba informes a la estaca, ya no temía ser demasiado joven para su cargo. Él descubrió que disfrutaba compartir su testimonio con los santos de la estaca, asistir a devocionales y animar a los jóvenes a servir en misiones.
Los problemas causados por las lesiones que sufrió Manuel no desaparecieron. A veces, cuando estaba solo, se sentía triste y conmocionado al pensar en el ataque que sufrió. Las Escrituras están llenas de historias milagrosas de personas fieles que fueron sanadas de enfermedades o preservadas del peligro. Sin embargo, también cuentan las historias de personas como Job y José Smith, que sufrieron dolor e injusticias sin una liberación inmediata. A veces, cuando pensaba en sus lesiones, Manuel se preguntaba: “¿Por qué me tenía que pasar esto a mí?”.
Aun así, sabía que era afortunado por haber sobrevivido al ataque. En los meses posteriores a su lesión, los terroristas habían atacado y asesinado a miembros de la Iglesia y a misioneros, sembrando el dolor y el miedo entre los santos de Perú. Sin embargo, las cosas estaban cambiando. El Gobierno peruano había empezado a tomar medidas enérgicas contra el terrorismo, lo que redujo la cantidad de atentados. Y en la Iglesia, los santos locales adoptaron una iniciativa llamada “Confía en el Señor”, que los invitaba a ayunar, orar y ejercer fe en que serían liberados de la violencia en su país.
Manuel descubrió que sus estudios y su servicio en la Iglesia lo ayudaban a sobrellevar sus dificultades. Confiaba en el Señor y pensaba en Él a menudo.
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