“El templo de Manila, Filipinas”, Historias de santos, 2024
El Templo de Manila, Filipinas
Los empleados del templo en Filipinas buscan la protección de Dios en Su Santa Casa
“¿Quieren privarnos de estas bendiciones?”
Dignardino Espi, jefe de seguridad del Templo de Manila, Filipinas, estaba preocupado cuando llegó al trabajo la noche del 1 de diciembre de 1989. Horas antes ese día, hombres armados habían protagonizado una revuelta en Manila que sumió a la ciudad en el caos. Era el séptimo intento por derrocar al Gobierno filipino en cuatro años.
A pesar de la agitación política, la Iglesia gozaba de una posición firme en Filipinas. Durante los últimos treinta años, sus miembros habían pasado de ser un pequeño grupo de creyentes filipinos a más de doscientos mil santos. Ahora, había treinta y ocho estacas en el país y nueve misiones. Y desde su dedicación en septiembre de 1984, el Templo de Manila, Filipinas, había sido una fuente de gran gozo y poder espiritual.
En la caseta de vigilancia del templo, Dignardino encontró a sus colegas Felipe Ramos y Remigio Julián. Aunque estaban terminando sus turnos, los dos hombres se mostraban reacios a volver a casa. Frente al templo se encontraba ubicada Camp Aguinaldo, una gran base militar. Sabiendo que el campamento podía convertirse en objetivo de los hombres armados, a los guardias les preocupaba abandonar sus puestos y verse atrapados en los enfrentamientos. Prefirieron quedarse y ayudar a preservar el carácter sagrado de la Casa del Señor y sus terrenos.
Tropas armadas afuera del Templo de Manila, Filipinas, en diciembre de 1989.
Hacia la una de la madrugada, las tropas del Gobierno establecieron un punto de control en un cruce cercano al templo. Unas horas más tarde, un tanque se abrió paso a través del control y dañó el muro que rodeaba el templo.
Cuando estalló la violencia en la calle, Dignardino y los demás empleados de seguridad reclutaron a los dos conserjes del templo para que los ayudaran a mantener a salvo el edificio y sus terrenos. Buscando refugio de los ataques del Gobierno, un grupo de hombres no tardó en romper las puertas de acceso al terreno del templo. Dignardino intentó obligarlos a que se fueran, pero ellos se rehusaron.
Esa misma tarde, Dignardino habló por teléfono con el presidente del templo, Floyd Hogan, y con el presidente de Área, George I. Cannon. El presidente Cannon le aconsejó a él y al personal que se refugiaran dentro del templo. Poco después, las líneas telefónicas se cortaron.
La mañana siguiente era domingo de ayuno y el personal comenzó su ayuno pidiendo a Dios que evitara que la Casa del Señor fuera profanada o dañada.
El día transcurrió muy parecido al anterior. Los helicópteros se abalanzaban y disparaban ráfagas de balas sobre los terrenos del templo. Un avión lanzó varias bombas en las cercanías, lo que destrozó los cristales del Centro de Distribución de la Iglesia y causó daños en otros edificios. Hubo un momento en que un avión de combate disparó dos cohetes que pasaron sobre el templo e incendiaron un campo vecino.
A primeras horas de la tarde, Dignardino se encontró con diez hombres armados cerca de la entrada del templo. “Lo que encontrarán dentro del edificio del templo es puramente religioso y de naturaleza sagrada”, les dijo. Estaba nervioso, pero siguió hablando. “Si insisten en entrar en la santidad del edificio, este perderá su carácter sagrado”, les dijo. “¿Quieren privarnos de estas bendiciones?”. Los hombres guardaron silencio y, mientras se alejaban, Dignardino supo que sus palabras los habían conmovido.
Esa noche, Dignardino reunió a su personal y nuevamente se refugiaron dentro del templo. Él ofreció una oración ferviente, poniendo su confianza en el Señor para preservar Su Santa Casa.
Durante toda la noche esperaron a que cayeran las bombas, pero las horas pasaron en silencio. Cuando amaneció el lunes por la mañana, salieron cautelosamente del templo para examinar la situación. Los hombres armados se habían ido. No quedaba nada más que armas abandonadas, municiones y uniformes militares.
Dignardino Espi (izquierda) después del ataque cerca del Templo de Manila, Filipinas, en 1989 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).
Dignardino y los otros hombres inspeccionaron los terrenos y encontraron daños en algunos de los edificios exteriores, pero el templo en sí no sufrió daños.
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