“Juliet Toro — Fiyi”, Relatos de santos, 2024
Juliet Toro — Fiyi
El aprendizaje a distancia y las ordenanzas del templo bendicen la vida de una familia en Fiyi.
Un camino hacia la educación
En la isla de Fiyi, en el Pacífico, Juliet Toro y su esposo, Iliesa, nunca habían tenido mucho interés en la Iglesia. Eso cambió cuando sus hijos mayores, impulsados por la madre de Juliet, una mujer Santo de los Últimos Días, comenzaron a asistir a reuniones dominicales y a clases de Seminario durante la semana. Juliet decidió que era el momento de invitar a los misioneros a que les enseñaran. Cuando lo hicieron, a ella le gustó lo que escuchó.
Los chicos de la familia Toro se unieron a la Iglesia en marzo de 1999 y Juliet los siguió dos semanas después. Sin embargo, Iliesa seguía mostrando poco interés. Juliet temía que su esposo fuera el único miembro de la familia que no aceptara el Evangelio restaurado de Jesucristo, por lo que comenzó a orar con fervor para que él también se uniera a la Iglesia.
Para cuando se efectuó el bautismo de Juliet, la Iglesia en Fiyi tenía cuatro estacas y alrededor de 12 000 miembros. Los santos fiyianos esperaban con entusiasmo la construcción de un templo en Suva, la ciudad capital donde vivían Juliet y su familia. Desde que la Iglesia había llegado a Fiyi a mediados de la década de los cincuenta, los miembros a menudo hacían inmensos sacrificios económicos para asistir a la Casa del Señor en Hawái o en Nueva Zelanda. Esta carga se redujo en 1983, cuando la Iglesia dedicó templos en Samoa, Tonga y Tahití. Aun así, viajar al Templo de Nuku‘alofa, Tonga, el más cercano de los tres, seguía siendo costoso.
Cuando el presidente Gordon B. Hinckley nombró a Fiyi como el sitio donde se construiría uno de los treinta templos nuevos, los santos fiyianos se regocijaron. Tener una Casa del Señor en Suva les permitiría a ellos, y a los santos de las naciones de las islas Vanuatu, Nueva Caledonia, Kiribati, Nauru y Tuvalu, asistir al templo con más frecuencia y con costos de viaje mucho más bajos.
La construcción del templo comenzó en mayo de 1999, dos meses después del bautismo de Juliet. En esa época, ella se enteró de que la Universidad Brigham Young estaba probando un programa de aprendizaje a distancia en Fiyi, en LDS Technical College, una escuela secundaria propiedad de la Iglesia ubicada en Suva. El eslogan de BYU era “El mundo es nuestro campus” y la administración de la escuela estaba buscando formas asequibles de llevar oportunidades educativas a más miembros de la Iglesia en todo el mundo. Internet permitía que los profesores en Provo se comunicaran con los alumnos en Fiyi casi al instante.
El programa inscribía a graduados de la escuela secundaria en varias clases de nivel universitario. Los facilitadores expertos de la Universidad Brigham Young impartían las clases en persona, mientras que los profesores de la universidad, quienes crearon los cursos, proporcionaban apoyo en línea a unos 9700 km (6000 millas) de distancia. Pagando una pequeña tarifa de matriculación, los alumnos podían obtener créditos para obtener un título universitario.
Juliet se interesó en el programa. Ella e Iliesa eran alumnos universitarios cuando se conocieron, sin embargo, habían dejado los estudios para trabajar y, finalmente, formaron una familia. Durante más de una década, Juliet se había dedicado a criar a sus hijos en el hogar. Quería seguir estudiando, así que habló con Iliesa sobre eso. Él estuvo de acuerdo en que ella debía inscribirse.
El primer día de clase, Juliet y los otros alumnos se presentaron ante los demás. Muchos eran miembros jóvenes de la Iglesia que apenas habían salido de la escuela secundaria o que recién regresaban de misiones de tiempo completo. Solo algunos alumnos estaban en sus treinta, como Juliet.
Cuando comenzaron las clases, a Juliet le preocupaba ser demasiado mayor como para volver a la universidad. Las clases se centraban principalmente en el desarrollo de habilidades empresariales prácticas. En el transcurso de dos semestres, ella y sus cincuenta y cinco compañeros de clase tomarían cursos de contabilidad, gestión de negocios, economía, inglés, comportamiento organizacional y el libro de Doctrina y Convenios. Juliet no creía que supiera tanto como los alumnos más jóvenes y estaba nerviosa de que alguien pudiera notar lo poco que sabía. Lo último que ella quería era hacer el ridículo en clase.
Un jueves por la tarde, no mucho después de que comenzaran las clases, James Jacob, director del programa, le dijo a Juliet que debía asistir a una reunión esa noche en un edificio cercano a la Iglesia.
Confundida, siguió a James al edificio. Cuando llegaron, encontró a la mitad de su barrio esperando por ella en la capilla. Entonces vio a Iliesa vestido con la ropa bautismal blanca. Él había estado recibiendo las charlas misionales en secreto, y ahora estaba listo para unirse a ella y a sus hijos en la Iglesia.
Los ojos de Juliet se llenaron de lágrimas de gozo. Sabía que Dios había escuchado sus oraciones. Finalmente, su familia estaba unida en la fe. Y un día, esperaba ella, se sellarían en la Casa del Señor.
Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.
Haciendo malabares con las responsabilidades
Juliet Toro descubrió que el programa de aprendizaje a distancia de la universidad BYU no se parecía a nada que hubiera experimentado. Al crecer, siempre había tenido miedo de hacer preguntas en la escuela. Le preocupaba que sus profesores la ridiculizaran por decir algo incorrecto. Pero esta vez, no tardó en descubrir que los facilitadores del aula los alentaban a hacer preguntas y nunca la hicieron sentir tonta. También sentía el Espíritu del Señor en el salón de clases, guiando su aprendizaje.
El primer semestre de Juliet fue extremadamente desafiante. Su clase más difícil era gestión de negocios. Aunque ya estaba familiarizada con algunos principios de negocios básicos, Juliet solía sentirse abrumada por los muchos términos y definiciones nuevas que aprendía en clase. Al final del semestre, sentía que tenía demasiado que repasar para el examen. Sin embargo, obtuvo una buena puntuación en la prueba y la calificación final más alta de la clase.
Sus clases de religión y contabilidad planteaban otros desafíos. Siendo una miembro nueva de la Iglesia, no estaba familiarizada con Doctrina y Convenios, por lo que recibió ayuda de su compañera de estudios Sera Balenagasau, una miembro de toda la vida y que había servido en una misión de tiempo completo. Para la contabilidad, recurrió a su esposo, Iliesa. Hasta hacía poco, él había trabajado en un banco, por lo que comprendía bien el tema y podía ayudarla a resolver los problemas. Al final del semestre, también obtuvo las calificaciones más altas en esas clases.
Dado que la casa de Juliet estaba frente a la universidad, se convirtió en un lugar de reunión y estudio para los alumnos. Sus compañeros de clase a menudo la ayudaban a preparar las comidas y a ordenar su hogar. Juliet disfrutaba de tenerlos como amigos y su disposición para ayudarla a ella y a su familia le daba ánimo. Observarlos era como ver el Evangelio en acción.
El segundo semestre comenzó el 1 de septiembre de 1999. Algunos de los alumnos, a quienes no les había ido bien, querían volver a rendir sus exámenes para mejorar sus calificaciones, por lo que se crearon cursos resumidos para ellos. Y, ya que a Juliet le había ido tan bien en el primer semestre, fue contratada como facilitadora para los alumnos de gestión de negocios.
Durante los siguientes tres meses, Juliet compaginó sus estudios con sus otras responsabilidades como facilitadora y madre. Trataba a los cinco jóvenes en su curso abreviado de gestión de negocios como si fueran sus hijos. A medida que avanzaba el semestre, podía notar que ellos se sentían más cómodos en el entorno de ella que con sus facilitadores de BYU. Hablaban libremente en la clase y parecían menos reticentes a hacerle preguntas a ella. Al final del semestre, todos aprobaron el examen.
Un día, los directores del programa llamaron a Juliet y le dijeron que ella daría el discurso de despedida.
—¿Qué significa eso? —preguntó ella.
Para su sorpresa, eso significaba que ella tenía el mejor rendimiento académico de todos sus compañeros de clase ese año. Su confianza llegó hasta las nubes. “Sí”, se dijo a sí misma. “¡Puedo hacerlo!”.
Poco después, el programa realizó una ceremonia de graduación para los alumnos y alrededor de 400 familiares y amigos. Los graduados de Fiji LDS Technical College, con birretes y togas azules, recibieron reconocimiento por completar el programa. Juliet y muchos otros también recibieron certificados de introducción a los negocios de BYU–Hawái. Juliet dio el discurso de despedida.
Después de eso, Iliesa expresó su gratitud y la de Juliet en una carta dirigida al élder Henry B. Eyring, el Comisionado de Educación de la Iglesia. “Mi esposa y yo siempre nos preguntábamos si podríamos continuar con nuestra educación”, escribió él. “Parece que nuestras oraciones en silencio han sido respondidas. El Señor trabaja de formas misteriosas”.
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La dedicación de un templo en medio de la confusión
El 19 de mayo de 2000, seis meses después de la graduación de Juliet Toro, militantes armados irrumpieron por la fuerza en el Parlamento de Fiyi y tomaron como rehenes al primer ministro del país y a docenas de otros funcionarios gubernamentales. La crisis se convirtió rápidamente en un golpe de estado a gran escala. El país se vio envuelto en la violencia y la anarquía durante varios días.
Juliet lloraba mientras veía los informes del golpe de estado por televisión. Al principio, hubo un confinamiento general de la población. Las empresas y las escuelas cerraron, y las iglesias dejaron de llevar a cabo sus reuniones. Después de eso, se flexibilizaron las restricciones y los dos hijos mayores de Juliet fueron a ver una película con sus primos y un amigo de la iglesia. Sin embargo, poco después de haberse ido, la violencia volvió a surgir en Suva, lo que sumió a la ciudad en el caos. Juliet se sintió desesperada cuando escuchó las noticias. Pasaron tres horas. Cuando sus hijos por fin volvieron a casa, ella los abrazó con fuerza.
El golpe de estado comenzó cuando se había terminado la construcción del Templo de Suva, Fiyi, y los santos se estaban preparando para un programa de puertas abiertas y para la dedicación en junio. En ese momento, muchos miembros de la Iglesia se preguntaban si esos eventos se pospondrían hasta que se acabaran las revueltas.
El 29 de mayo, el presidente de Fiyi renunció y los militares tomaron el control del Gobierno. Dos días más tarde, el presidente Hinckley llamó a Roy Bauer, presidente de la Misión Suva Fiyi, para preguntar sobre las condiciones en el lugar. El presidente Bauer le informó que el país estaba relativamente estable bajo la dirección del ejército, a pesar de la situación de los rehenes en curso. Se había reabierto el aeropuerto de Suva y era nuevamente posible desplazarse por la ciudad.
El presidente Hinckley estaba satisfecho. “Nos vemos el mes próximo”, dijo él.
Los santos en Fiyi realizaron un pequeño programa de puertas abiertas en el templo a principios de junio, el cual atrajo a más de 16 000 visitantes.
Un sábado, tres autobuses llegaron al programa de puertas abiertas con personas de otras religiones. Una mujer bajó del autobús y tuvo una sensación maravillosa que se hizo más potente a medida que se acercaba al templo. En el pasado, ella había hablado contra la Iglesia. Ahora ella se lamentaba de sus palabras y oró pidiendo perdón antes de entrar al templo.
—Hoy sé que esta es la verdadera Iglesia del Señor —dijo a uno de los santos que conoció durante el recorrido—. Por favor, envíen a los misioneros.
Debido al golpe de estado, la Primera Presidencia decidió realizar solo una sesión de dedicación, en lugar de cuatro, lo que limitó la cantidad de personas que pudieron asistir a la ceremonia. Aun así, el 18 de junio, el día de la dedicación, Juliet y otros santos fiyianos permanecieron de pie fuera del templo a lo largo de la carretera principal.
El templo estaba ubicado en la cima de una colina con vistas al Océano Pacífico. Cuando el automóvil que llevaba al presidente Hinckley y su esposa, Marjorie, pasó lentamente por allí, los santos los saludaron agitando pañuelos blancos en el aire y realizaron la Exclamación de Hosanna. El profeta sonrió y también los saludó. Ver al profeta hizo que todos se sintieran mejor. El cielo estaba soleado y Juliet podía sentir el entusiasmo y la emoción en el ambiente.
En sus palabras durante la dedicación, el presidente Hinckley habló sobre la importancia de los templos nuevos y rediseñados. Ya había dedicado más de dos docenas de templos en todo el mundo. “Es la Casa del Señor”, declaró en un púlpito en el salón celestial. “Pueden obtener los lavamientos, las unciones y las investiduras y venir a este salón hermosamente amueblado, después de haber pasado a través del velo como simbolismo de nuestro paso de la vida a una vida nueva”.
Juliet Toro (izquierda) con su facilitadora, Betsy Fowler, y su esposo, Iliesa, en la graduación de Juliet del programa de educación a distancia, Suva, Fiyi, 1999. (Cortesía de James Jacob).
“Aquí hay dos salas de sellamiento con hermosos altares, donde pueden mirar en los espejos y tener una sensación de eternidad”, continuó él. “No existe algo como esto sobre toda la faz de la tierra”.
Pronto el templo abrió sus puertas para efectuar ordenanzas. Y, después de prepararse para ingresar a la Casa del Señor, los miembros de la familia Toro fueron sellados por esta vida y por la eternidad.
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