“Isabel Santana — México”, Relatos de santos, 2024
Isabel Santana — México
Una joven progresa debido al estudio y fe en la escuela de la Iglesia en la Ciudad de México
Lejos de casa
En 1966, Isabel Santana, de catorce años, se sentía abrumada por su nuevo entorno. Acababa de dejar su hogar en Ciudad Obregón, una ciudad en el norte de México, para asistir al Centro Escolar Benemérito de las Américas, una escuela propiedad de la Iglesia en la Ciudad de México. La capital era una extensa metrópolis de siete millones de personas y todos parecían vestirse y hablar de manera diferente a las personas del ambiente que ella conocía.
Fotografía de Isabel Santana como alumna del Centro Escolar Benemérito de las Américas (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).
La manera en que decían “por favor”, “gracias” y “disculpe” era muy formal. La gente del norte no hablaba así.
El Evangelio restaurado había echado raíces en México en el siglo XIX y el país ahora tenía dos fuertes estacas. En las últimas dos décadas, la cantidad de Santos de los Últimos Días en México había crecido de aproximadamente cinco mil a más de treinta y seis mil.
A medida que aumentaba la membresía, los líderes de la Iglesia querían asegurarse de que la generación creciente de santos mexicanos recibiera todas las oportunidades de educación y capacitación laboral. En 1957, la Primera Presidencia nombró un comité para investigar la educación en México y hacer recomendaciones para establecer escuelas de la Iglesia en todo el país. Al descubrir que las áreas urbanas no tenían suficientes escuelas para albergar a la población en auge de México, el comité propuso abrir al menos una docena de escuelas primarias en todo el país, así como una escuela secundaria, una escuela de educación superior y una escuela de formación de profesores en la Ciudad de México.
En ese momento, la Iglesia operaba escuelas en Nueva Zelanda, Samoa Occidental, Samoa Americana, Tonga, Tahití y Fiyi. Para el momento en que la Iglesia abrió dos escuelas primarias en Chile unos años después, la Iglesia ya tenía también una labor educativa en marcha en México. Cuando Isabel llegó al Benemérito, había unos tres mil ochocientos estudiantes inscritos en las veinticinco escuelas primarias y las dos escuelas secundarias de la Iglesia en México.
El Benemérito era una escuela secundaria de tres años. Se inauguró en 1964 en una granja de 116 hectáreas al norte de la Ciudad de México. Isabel había oído sobre esa escuela mientras asistía a una escuela primaria operada por la Iglesia en Obregón. Aunque no le gustaba vivir a más de mil seiscientos kilómetros de su hogar y de su familia, ella estaba ansiosa por asistir a clases y aprender cosas nuevas.
El gimnasio y el auditorio de Benemérito, Ciudad de México, aproximadamente en 1968.
La escuela estaba compuesta en su totalidad por profesores Santos de los Últimos Días de México. Los alumnos cursaban las asignaturas obligatorias de Español, Inglés, Matemáticas, Geografía, Historia Mundial, Historia Mexicana, Biología, Química y Física. También podían inscribirse en clases de Arte, Educación Física y Tecnología. El programa de Seminario, que funcionaba por separado de la escuela, brindaba educación religiosa a los alumnos.
El padre de Isabel, que no era miembro de la Iglesia, había apoyado su deseo de asistir al Benemérito y había aceptado que ella y su hermana Hilda se inscribieran juntas. Hilda era un año más joven, pero ella e Isabel habían estado en el mismo grado desde la escuela primaria, porque Isabel no quería ir sola a la escuela.
Isabel e Hilda habían viajado al Benemérito con su madre. Cuando llegaron, la escuela todavía estaba parcialmente en construcción, con pisos de tierra, pocos edificios escolares y quince cabañas para que vivieran los alumnos. Aun así, Isabel se sintió impresionada por el tamaño de la escuela.
A ella y su grupo se les indicó que fueran a la casa número dos. Un supervisor de cabaña les dio una cálida bienvenida y les mostró las lavadoras, los armarios para guardar sus pertenencias y los dormitorios, cada uno con dos literas. La casa de cuatro habitaciones también tenía un comedor, una cocina y una sala de estar.
Isabel pasaba mucho de su tiempo observando a los otros alumnos e intentando adaptarse a una cultura desconocida. El Benemérito tenía alrededor de quinientos estudiantes, la mayoría de los cuales provenían del sur de México. Sus experiencias de vida eran diferentes de las de Isabel y descubrió que sus alimentos también eran más diversos. Se sorprendió con los sabores más picantes y la elección de los ingredientes.
Independientemente de las diferencias culturales, se esperaba que todos los estudiantes del Benemérito cumpliesen las mismas reglas. Seguían una rutina estricta que incluía despertarse temprano, ocuparse de los quehaceres y asistir a clases. También se los alentaba a desarrollar hábitos espirituales fuertes, como ir a la iglesia y orar. Al haber crecido en una familia de religión mixta, Isabel y su hermana nunca habían hecho estas cosas regularmente hasta que llegaron al Benemérito.
A los pocos días de su llegada, Isabel notó que algunos estudiantes extrañaban su hogar y se marchaban. Sin embargo, a pesar de la novedad de las personas, la comida y las costumbres, ella estaba decidida a quedarse y triunfar.
Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.
Sanos y salvos en la escuela
A principios de octubre de 1968, Isabel Santana cursaba su segundo año en la escuela Benemérito de las Américas. La escuela de la Iglesia tenía ahora mil doscientos estudiantes (más del doble de lo que tenía cuando Isabel llegó allí) y un campus en expansión con un nuevo auditorio-gimnasio, una pequeña tienda de comestibles, dos edificios comerciales, un centro de recepción y treinta y cinco casas residenciales adicionales. El presidente N. Eldon Tanner llegó a la Ciudad de México a principios de año para dedicar los nuevos edificios y el Coro del Tabernáculo también había ido para cantar en el servicio dedicatorio.
Isabel y su hermana menor Hilda se adaptaron rápidamente a la vida en la escuela. Isabel era tímida por naturaleza, pero se negó a dejar que su timidez se interpusiera en su formación académica. Hizo una amiga íntima, aprendió a afrontar las diferencias culturales que se le presentaron e hizo todo lo posible por hablar con personas que no conocía.
También se destacó como una alumna diligente. Solía pedir consejo a los maestros y administradores de la escuela. Uno de esos mentores, Efraín Villalobos, había asistido a escuelas de la Iglesia en México cuando era joven, antes de estudiar Agronomía en la Universidad Brigham Young. Tenía buen sentido del humor e Isabel y los demás alumnos de la escuela Benemérito sentían que él era alguien muy cercano a ellos. Hallándose lejos de casa, ellos lo consideraban tutor, guía y figura paterna.
Otra maestra que la inspiró fue Leonor Esther Garmendia, quien enseñaba Física y Matemáticas en la escuela. Durante el primer año de Isabel, Leonor pidió a sus alumnos que levantaran la mano si les gustaban las Matemáticas. Varios levantaron la mano. Luego preguntó a quién no le gustaba la asignatura. Isabel levantó la mano.
—¿Por qué no te gusta? —preguntó Leonor.
—Porque no la entiendo —dijo Isabel.
—La entenderás aquí.
El trabajo en la clase de Leonor no era fácil. Sin embargo, a veces daba una asignación a la clase y luego pedía a cada alumno que se acercara a su escritorio para resolver problemas matemáticos con ella. Al poco tiempo, Isabel ya era capaz de resolver los problemas mentalmente, una habilidad que nunca pensó que tendría.
Como muchos de sus compañeros, Isabel equilibraba la escuela con sus responsabilidades laborales. La Iglesia cubría la mayor parte de los costos educativos para mantener la matrícula baja. Para pagar el resto, algunos alumnos limpiaban edificios o trabajaban en la lechería de la escuela. Isabel había encontrado trabajo como operadora telefónica en la escuela. Durante horas se sentaba en una estrecha cabina telefónica y conectaba llamadas en todo el campus mediante un conmutador con clavijas y números. El trabajo era sencillo y solía llevar un libro para pasar las horas.
Por ese entonces, alumnos universitarios de todo el mundo protestaban contra sus gobiernos. En la Ciudad de México, muchos alumnos salieron a la calle para manifestar por una mayor justicia económica y política. También les molestaba la influencia de Estados Unidos sobre los líderes mexicanos. Según los alumnos, la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue una oportunidad para que las naciones poderosas dominaran a sus vecinos más pequeños y vulnerables.
Las cosas se complicaron debido a que la Ciudad de México se estaba preparando para llevar a cabo los Juegos Olímpicos de Verano, los primeros Juegos Olímpicos celebrados en un país latinoamericano. El conflicto alcanzó su punto máximo el 2 de octubre de 1968, diez días antes de los Juegos Olímpicos, cuando las fuerzas armadas mexicanas abrieron fuego contra manifestantes en la plaza de Tlatelolco en la Ciudad de México y mataron a casi cincuenta personas. En las semanas siguientes, las autoridades arrestaron a líderes del movimiento estudiantil, mientras que tanto el Gobierno como los medios de comunicación intentaban restar importancia a la brutalidad de la masacre de Tlatelolco.
La escuela Benemérito se hallaba cerca del lugar de la matanza e Isabel se entristeció al enterarse de los asesinatos, pero ella se sentía segura en la escuela, donde la mayoría de los alumnos y maestros no participaban en protestas políticas.
Sin embargo, una tarde, un hombre llamó a la escuela y amenazó con robar los autobuses. Isabel se asustó, pero no entró en pánico. “¿Quién habla?”, preguntó ella.
La persona que había llamado colgó el teléfono.
Sin saber qué hacer, introdujo una clavija en el conmutador y llamó a Kenyon Wagner, el director de la escuela.
—Isabel, nosotros nos encargaremos de ello —le dijo.
La llamada resultó ser una amenaza vacía e Isabel se sintió aliviada de que no pasó nada malo. La escuela Benemérito se había convertido en su oasis, un lugar tranquilo donde podía estudiar el Evangelio y recibir educación.
Mientras estuviera allí, sabía que estaría protegida.
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Aquí tienes un lugar
Después de graduarse como la mejor de su clase en la escuela secundaria Benemérito, Isabel Santana regresó a su ciudad natal de Ciudad Obregón en el norte de México. No estaba segura de lo que quería hacer a continuación. Podría regresar a la escuela Benemérito e inscribirse en la escuela preparatoria de tres años, diseñada para preparar a los alumnos para la universidad. Pero estaba considerando seriamente quedarse en casa y asistir a la escuela preparatoria pública local.
El padre de Isabel estaba contento de dejarla tomar sus propias decisiones sobre la escuela. A su madre, sin embargo, no le entusiasmaba que fuera a la escuela en Obregón, ya que temía que se viera envuelta en algún movimiento estudiantil radical de la zona.
—Si se queda aquí —pensó su madre—, se convertirá en una revolucionaria como todos los demás.
Aún insegura, Isabel le pidió un consejo a Agrícol Lozano, maestro de Educación Cívica y director de la escuela preparatoria Benemérito. Él la animó a regresar y presentar el examen de ingreso.
—Ven inmediatamente —le dijo Agrícol—. Aquí tienes un lugar.
Isabel regresó a la Ciudad de México, aprobó el examen y fue aceptada. Sin embargo, no estaba segura de haber tomado la decisión correcta, sobre todo después de que una prueba de aptitud revelara que tenía habilidades para el trabajo social, una carrera que no le interesaba seguir.
—Me voy —le anunció un día a Efraín Villalobos, su mentor de confianza—. No quiero estar en la escuela preparatoria.
—No, no, no, este es tu lugar —dijo Efraín, y la animó a probar la escuela de formación docente de Benemérito. En lugar de preparar a los alumnos solo para la universidad, la escuela de tres años también fue diseñada para prepararlos para la enseñanza en escuelas administradas por la Iglesia en México. Eso significaba que Isabel tendría inmediatamente un empleo cuando terminara sus estudios.
Las palabras de Efraín la convencieron y cambió de escuela.
Los cursos y los maestros no tardaron en gustarle. Durante los primeros años tomó clases de educación general, así como cursos de técnicas de enseñanza, psicología educativa e historia de la educación. Se formó en educación infantil y durante su último año en la escuela de formación docente, pasó una semana enseñando en una escuela primaria administrada por la Iglesia en Monterrey, una ciudad en el noreste de México. Isabel nunca había sentido un fuerte instinto de crianza y le preocupaba no tener la paciencia necesaria para trabajar con niños, pero la semana transcurrió bien.
Mientras asistía a la escuela de formación docente, Isabel se hizo muy amiga de Juan Machuca, un joven de la costa occidental de México que acaba de servir en la Misión Norte de México. Algunos de sus compañeros los molestaban diciendo que parecían una pareja. Isabel se ría y decía que Juan era el último hombre con el que se casaría. “Él es mi amigo”, ella insistía. “No me voy a casar con mi amigo”.
Tarjeta de alumno de Juan Machuca, del Centro Escolar Benemérito de las Américas, aproximadamente en 1971 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).
Sin embargo, después de graduarse, ambos fueron contratados para enseñar las clases de Seminario e Instituto en Benemérito. Compartían el salón de clases y, al poco tiempo, comenzaron a ir al cine y a pasar más tiempo juntos. A principios de 1972, mientras Isabel y Juan conversaban en la sala de estar de la casa de ella, Juan de repente le preguntó: “¿Te casarías conmigo?”.
—Sí —respondió ella, sin siquiera dudarlo.
Se casaron por lo civil en mayo, durante las vacaciones de verano. Unas semanas más tarde, viajaron unos 2250 kilómetros con otros miembros de la Iglesia hasta el Templo de Mesa, Arizona, para recibir las bendiciones del templo. El viaje de tres días en autobús fue sofocante porque iban sentados en asientos de plástico y sin aire acondicionado,
pero la incomodidad valió la pena. Mesa fue el primer templo en ofrecer ordenanzas en español y, en ese momento, era el templo más cercano a los miembros de la Iglesia en México y Centroamérica. Para estos santos, el viaje era largo y les exigía grandes sacrificios. A menudo hacían el viaje para participar en una conferencia anual de miembros de la Iglesia latinoamericana organizada por las estacas de Mesa. Estas conferencias duraban varios días y bendecían a los participantes con un sentido de pertenencia y comunidad espiritual.
Una vez que Isabel y Juan llegaron al templo, recibieron su investidura y luego fueron sellados por esta vida y la eternidad. Mientras adoraban allí, sentían que el templo enriquecía su perspectiva de la vida y profundizaba su compromiso con el Evangelio de Jesucristo.
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Aquí es donde pertenezco
El 26 de agosto de 1972, Isabel Santana y su esposo, Juan Machuca, podían sentir la emoción en el aire mientras estacionaban su Volkswagen amarillo frente al Auditorio Nacional de la Ciudad de México. Más de dieciséis mil santos de México y Centroamérica se reunieron en el gran centro de eventos para una conferencia general de Área. Para muchos, la conferencia sería la primera vez que escucharían hablar a las Autoridades Generales en persona.
La Iglesia comenzó a celebrar conferencias generales de Área bajo la dirección del presidente Joseph Fielding Smith. Como la mayoría de los miembros de la Iglesia no podían asistir a la conferencia general en Salt Lake City, las conferencias locales les daban la oportunidad de reunirse y recibir instrucción de las Autoridades Generales y locales. La primera conferencia general de Área se celebró en Manchester, Inglaterra, en 1971. Con más de ochenta mil miembros de la Iglesia, México albergaba la mayor población de santos fuera de Estados Unidos, lo que lo convertía en un lugar ideal para realizar una conferencia de este tipo.
Isabel y Juan quedaron asombrados mientras se dirigían al centro de eventos. Había miembros de la Iglesia de todo México y de lugares tan lejanos como Guatemala, Honduras, Costa Rica y Panamá. Algunos de los santos habían viajado cerca de cinco mil kilómetros para estar allí. Una mujer del noroeste de México había fregado la ropa de sus vecinos durante cinco meses a fin de ganar suficiente dinero para realizar el viaje. Algunos santos habían pagado sus gastos vendiendo tacos y tamales, lavando autos o haciendo trabajos de jardinería. Otros habían vendido sus pertenencias o pedido dinero prestado para poder asistir. Algunas personas ayunaban porque no tenían dinero para comer. Afortunadamente, la escuela Benemérito proporcionó alojamiento a muchos de los santos que venían de lejos.
Mientras los Machuca esperaban en la fila para entrar al auditorio, un automóvil se detuvo cerca y de él se bajaron Spencer W. Kimball y su esposa, Camilla. Habían pasado cuatro meses desde la cirugía cardíaca del élder Kimball y ya se había recuperado lo suficiente como para retomar muchas de sus responsabilidades en el Cuórum de los Doce Apóstoles. De hecho, estaba previsto que se dirigiera a los santos esa misma tarde.
Aunque el presidente Joseph Fielding Smith había ayudado a planificar la conferencia, él había fallecido antes de poder asistir. Su muerte marcó el final de décadas de una larga y devota vida de servicio en nombre de la Iglesia y sus miembros. Como Apóstol, había escrito extensamente sobre la doctrina del Evangelio y sobre temas históricos, promovió la obra genealógica y del templo, y dedicó Filipinas y Corea a la predicación del Evangelio. Como Presidente de la Iglesia, autorizó las primeras estacas en Perú y Sudáfrica, aumentó drásticamente el número de Seminarios e Institutos en todo el mundo, revitalizó las comunicaciones públicas de la Iglesia y profesionalizó los departamentos de la Iglesia.
—Ninguno de nosotros puede desempeñar obra alguna que sea tan importante como la predicación del Evangelio y la edificación de la Iglesia y reino de Dios sobre la tierra —dijo a los santos en su última conferencia general—. De manera que invitamos a todos los hijos de nuestro Padre en todo el mundo a creer en Cristo, a recibirlo tal como nos lo revelan los profetas vivientes, y a unirse a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Desde entonces, su sucesor, Harold B. Lee, había sido apartado como Presidente de la Iglesia, lo que convirtió al élder Kimball en el nuevo Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles.
Una vez que Isabel y Juan lograron entrar al Auditorio Nacional, encontraron asientos entre los miles de santos. El auditorio tenía cuatro niveles de asientos alrededor de un escenario. Un coro de miembros de la Iglesia del norte de México llenó el estrado. Frente a ellos había un púlpito y una sección de sillas de respaldo alto para las Autoridades Generales y otros oradores.
La conferencia comenzó con un discurso del presidente Marion G. Romney, quien había nacido y crecido en las colonias de los Santos de los Últimos Días en el norte de México y recientemente había sido nombrado Consejero de la Primera Presidencia. En español, les habló de su amor por los santos de México y Centroamérica y su aprecio por el Gobierno mexicano.
A continuación, habló el presidente N. Eldon Tanner, quien celebró la fortaleza de la Iglesia en México y las demás naciones hispanohablantes de América. “Se está produciendo un crecimiento y se está desarrollando un liderazgo en todo el mundo”, declaró a través de un intérprete. Para ayudar a estos líderes en desarrollo, el Manual General de Instrucciones de la Iglesia se había recientemente correlacionado y traducido a más de una docena de idiomas, incluido el español. Líderes de todo el mundo podrían administrar la Iglesia según el mismo modelo.
—Es maravilloso ver cómo la gente acepta el Evangelio y viene a la Iglesia y al Reino de Dios —testificó el presidente Tanner—; todos comparten su testimonio de las bendiciones que les brinda y comprenden que es la Iglesia de Jesucristo.
Escuchar a los oradores hizo que Isabel se sintiera feliz de ser una Santo de los Últimos Días mexicana. Su educación en la escuela Benemérito le había enseñado el valor de ser miembro de la Iglesia, de hacer del Evangelio restaurado una parte central de su vida. Cuando llegó por primera vez a la escuela, era una niña tímida sin un sentido claro de su potencial espiritual, pero sus maestros la habían bendecido de innumerables maneras. Había desarrollado una rutina diaria de estudio y oración, y caminaba con confianza y un ferviente testimonio de la verdad.
Ahora, rodeada de tantos santos, no podía evitar regocijarse. “Soy de aquí”, pensó ella. “Aquí es donde pertenezco”.
Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.