Relatos de santos
Delia Rochon — Uruguay


“Delia Rochon — Uruguay”, Historias de santos, 2024

Delia Rochon — Uruguay

Una miembro nueva de trece años aprende qué significa ser Santo de los Últimos Días en Uruguay

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Una presidenta de Primaria a los trece años

En marzo de 1963, cuatro meses después de su bautismo, Delia Rochon, de trece años, quería pagar el diezmo. Ella era miembro de una rama de aproximadamente veinte personas en Colonia Suiza, una ciudad en el sur de Uruguay. Ella sabía que el diezmo era un mandamiento y estaba dispuesta a hacer todo lo que el Señor le pidiera. Su único problema era que no tenía ingresos.

Acudió a su madre, que no era miembro de la Iglesia, para recibir consejo. Su madre le sugirió que encontrara una manera de ganar dinero.

Un vecino de edad avanzada acordó pagar a Delia para que le llevara agua potable. Todos los días, Delia llevaba un recipiente de vidrio a un pozo cerca de su casa, lo llenaba con aproximadamente cuatro litros de agua y lo llevaba a la casa de su vecino. Después de unas semanas de ahorrar sus ganancias, ella le llevó un peso a Victor Solari, su presidente de rama, para pagar el diezmo.

—¿Cuánto dinero ganaste? —preguntó el presidente.

—Tres pesos —respondió Delia.

—Bueno, el diezmo es el 10 por ciento —dijo el presidente Solari. Un peso era un tercio de lo que había ganado, era demasiado.

—Pero quiero dar el dinero —dijo Delia.

—Bueno —dijo el presidente Solari después de considerarlo—. Haz una ofrenda de ayuno. Le explicó qué eran las ofrendas de ayuno y ayudó a Delia a completar su primera papeleta de donación.

Poco tiempo después, el presidente Solari pidió reunirse con Delia. Nunca antes la habían llamado a su oficina, así que estaba nerviosa. Era una habitación pequeña con un escritorio de metal y unos estantes llenos de manuales de la Iglesia. Cuando se sentó en una silla junto al escritorio, los pies no le llegaban al piso.

El presidente Solari fue directo al grano. La presidenta de la Primaria de la rama acababa de mudarse para aceptar un trabajo de enseñanza en otra región y él quería que Delia tomara su lugar.

En ocasiones anteriores, los misioneros a menudo habían servido en el liderazgo de las ramas. Sin embargo, Thomas Fyans, presidente de la Misión Uruguaya, creía firmemente en liberar a los misioneros norteamericanos de los puestos de liderazgo y en su lugar llamar a los santos locales. Hacer eso se había convertido en una prioridad para las misiones sudamericanas desde el recorrido del élder Kimball por el continente en 1959. Ofrecer más oportunidades locales a los santos locales, incluso a los santos que tenían solo trece años, se consideraba un paso vital para establecer estacas en Sudamérica.

Delia nunca había asistido a la Primaria de niña. No sabía realmente lo que hacía una presidenta de la Primaria. Aun así, aceptó el llamamiento y se sintió bien por ello.

Sin embargo, se preocupaba por cómo reaccionarían sus padres ante la noticia. Estaban divorciados y ninguno de ellos era miembro de la Iglesia. En la familia de su padre eran protestantes devotos y desaprobaban su membresía en la Iglesia. Su madre católica aceptaba más sus creencias, pero le preocuparía que su llamamiento interfiriera con sus responsabilidades en el hogar y en la escuela.

—Hablaré con tu madre —dijo el presidente Solari.

Costó un poco convencerla, pero el presidente de rama y Delia llegaron a un acuerdo con su madre: Delia haría sus tareas temprano el sábado, el día en que se llevaba a cabo la Primaria en su rama, y luego se le permitiría hacer lo que necesitara para cumplir con sus deberes en la Iglesia.

Después de ser apartada, Delia se puso a trabajar en su nuevo llamamiento. Debido a que su rama era tan pequeña, ella sola era responsable de liderar y enseñar a los niños de la Primaria. Para capacitarla, el presidente Solari le dio un grueso manual de la Primaria y dos hojas de instrucciones mecanografiadas.

—Si tienes preguntas —le dijo—, ¡ora!

Antes de preparar su primera lección, Delia leyó las instrucciones. Luego, abrió el manual de la Primaria, colocó las manos en las páginas e inclinó la cabeza.

—Padre Celestial —dijo ella—, necesito enseñar esta lección a los niños y no sé cómo. Por favor, ayúdame.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Vintenes [pequeña cantidad de dinero] para el hospital

En calidad de nueva presidenta de la Primaria de Colonia Suiza, Uruguay, Delia Rochon dependía en gran medida de su manual de lecciones. La Iglesia había elaborado el manual específicamente para las maestras y líderes de la Primaria que vivían en las misiones y Delia oraba con frecuencia acerca de la mejor manera de usarlo. El manual se había escrito antes de que el Comité de Correlación de la Iglesia comenzara a revisar y simplificar todos los materiales de la Iglesia y tenía trescientas páginas. Aun así, Delia agradecía las muchas ideas de actividades y manualidades que proporcionaba. Aunque los niños de la Primaria a veces eran ruidosos durante sus lecciones, Delia era paciente. Si se comportaban mal, siempre podía pedir ayuda a sus padres.

Al preparar las lecciones de la Primaria, Delia sentía la obligación de seguir fielmente los materiales oficiales de la Iglesia. Un día, se encontró con instrucciones para llevar a cabo una colecta de fondos anual para el Primary Children’s Hospital [Hospital de Niños de la Primaria] de Salt Lake City. La colecta, que se había realizado cada año desde 1922, alentaba a cada niño de la Primaria a donar unos centavos para ayudar a otros niños necesitados. Delia nunca antes había visto un centavo y sabía muy poco sobre ese hospital. Tampoco tenía que salir a buscar niños con necesidades, había muchos de ellos en su clase de la Primaria. Sin embargo, ella y el presidente de rama, Victor Solari, sentían que aun así ella debía llevar a cabo una colecta de centavos para el hospital.

En lugar de unos centavos, Delia pidió a los niños que donaran vintenes, la moneda de menor valor de Uruguay. Uno de los padres hizo una pequeña caja de recolección de madera, la cual Delia colgó en una pared del centro de reuniones. Ella dijo a los niños de la Primaria que el dinero ayudaría a los niños que estaban enfermos, pero tuvo cuidado de no presionar a su clase. No quería que donaran ningún vintén que no pudieran dar.

Durante los meses siguientes, Delia no miró dentro de la pequeña caja ni señaló quién estaba donando y quién no. A veces, los niños traían vintenes y otras veces algún padre donaba algunas monedas para apoyar a la Primaria. De vez en cuando escuchaba el sonido de una moneda cuando la arrojaban al interior de la caja y los niños aplaudían al oírlo.

Cuando los líderes de la misión visitaron la Rama Colonia Suiza, Delia decidió abrir la caja. Estaba mucho más llena de lo que esperaba. Cuando contó las monedas, los niños habían donado casi dos dólares estadounidenses. Las monedas se sentían como una fortuna en las manos de Delia.

Más que eso, ella se dio cuenta de que los vintenes representaban la fe y el sacrificio de los niños de la Primaria y sus familias. Cada moneda era la blanca de una viuda, ofrecida con amor por los demás y por el Salvador.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

¿A quiénes apoyo?

Delia Rochon estaba leyendo el Libro de Mormón en su casa cuando recibió una impresión espiritual: “Necesitas irte”.

Era la impresión más poderosa que jamás había sentido. Solo tenía dieciséis años e irse de casa cambiaría la vida como la conocía, pero también sabía que quedarse donde estaba le impediría crecer y desarrollarse como seguidora de Cristo.

Desde el bautismo de Delia, su madre la había apoyado y, a veces, incluso había asistido a las actividades de la Iglesia, pero la familia tenía dificultades financieras, y había tensión entre su padrastro y su madre. Su padre, mientras tanto, vivía lejos y pensaba que la Iglesia la estaba separando de su familia. Cuando se quedaba con él, no podía llevar a cabo la Primaria ni asistir a las reuniones.

Afortunadamente, varias veces al año, Delia podía dejar su casa para asistir a conferencias de distrito y actividades de misión en Montevideo y otras ciudades. Delia amaba asistir a estas reuniones lejanas, especialmente a las conferencias de la AMM, donde podía hacerse amiga de otros jóvenes Santos de los Últimos Días, una oportunidad que no tenía en su propia rama pequeña. La reunión de testimonios al final de cada convención la ayudaba a que su fe creciera aún más.

Poco después de recibir su impresión, Delia habló con el presidente de la rama. El presidente Solari conocía la familia de Delia y no intentó convencerla de quedarse. Le mencionó a una pareja de la ciudad, los Pellegrini. Ellos no eran miembros de la Iglesia, pero su hija, Miryam, sí.

—Veamos si su familia podría acogerte —dijo el presidente Solari.

Los Pellegrini siempre estaban dispuestos a ayudar a alguien en necesidad y con gusto invitaron a Delia a vivir con ellos. Delia aceptó su amable oferta y se comprometió a ayudar en la limpieza de la casa y trabajar durante algunas horas al día en la tienda al otro lado de la calle. Aunque fue difícil mudarse de su casa, Delia prosperó en su nuevo entorno. Con los Pellegrini, encontró apoyo y estabilidad.

Aun así, su vida no estaba totalmente libre de conflictos. Uruguay era uno de los países más prósperos en Sudamérica, pero su economía estaba en un período de depresión. Algunas personas tenían muchas sospechas de los Estados Unidos y veían al comunismo como una respuesta a los problemas económicos de su país. Conforme otros países de Sudamérica experimentaban contratiempos económicos similares, el antiamericanismo se extendió por el continente. Debido a que las Oficinas Generales de la Iglesia se encontraban en los Estados Unidos, los santos sudamericanos a veces afrontaban desconfianza y hostilidad.

Muchos de los compañeros de clase de Delia apoyaban abiertamente el comunismo. Para evitar controversias, Delia revelaba su membresía y creencias de la Iglesia a solo unos pocos compañeros de clase. Si hablaba demasiado abiertamente, se arriesgaba a ser ridiculizada.

Una noche, los misioneros pasaron por la casa de Delia. Ella se estaba yendo a la AMM, por lo que los misioneros la acompañaron. Era agradable estar afuera, pero a medida que se acercaban a la plaza de la ciudad, Delia sabía lo que se avecinaba. A muchos de sus compañeros les gustaba reunirse en la plaza. Si la veían con los misioneros norteamericanos, descubrirían que ella era Santo de los Últimos Días.

Delia miró a los misioneros y decidió que no podía mostrarse avergonzada de ellos. “Sé que soy mormona —se dijo—, pero ¿qué tan mormona soy yo?”.

Juntando valor, cruzó la plaza junto a los misioneros. Sabía que se enfrentaría al aislamiento en la escuela, pero no podía dar la espalda a sus creencias. Su testimonio del Evangelio restaurado era demasiado fuerte.

Al igual que José Smith, sabía que era verdadero. No podía negarlo.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.