Relatos de santos
Celia Cruz — Puerto Rico


“Celia Cruz — Puerto Rico”, Historias de santos, 2024

Celia Cruz — Puerto Rico

Un robo tiene resultados inesperados en Puerto Rico

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Usted está asaltando a una sierva del Señor

La noche del 9 de agosto de 1995, Celia Ayala de Cruz, de cincuenta y nueve años, decidió ir a pie a su actividad de la Sociedad de Socorro. Le gustaba llegar puntual a las reuniones y la persona que le había prometido llevarla a la Iglesia no había aparecido. Afortunadamente, el centro de reuniones quedaba a solo ocho minutos caminando desde su casa. Si salía enseguida, podría llegar a la Iglesia con unos minutos de sobra. La actividad era una clase de acolchado y ella era quien la iba a enseñar.

Celia vivía en Ponce, una ciudad de la costa sur de Puerto Rico, en el mar Caribe. Los misioneros llevaban sirviendo en el Caribe desde la década de 1960, especialmente en Puerto Rico y, más tarde, en República Dominicana; dos países que contaban ya con decenas de miles de santos. El Evangelio restaurado también había echado raíces en otras naciones y territorios insulares, y había llegado a personas de diversas culturas, religiones, lenguas y etnias. Ahora se podía encontrar a santos en ciudades, pueblos y aldeas de todo el Caribe.

Celia salió para su reunión, llevando en su bolso un billete de cinco dólares y un ejemplar del Libro de Mormón envuelto en papel de regalo. Desde que el presidente Ezra Taft Benson había desafiado a los santos a renovar su enfoque en el Libro de Mormón, ella y otros miembros de la Iglesia habían buscado oportunidades para compartir el libro con los demás. El Programa del Libro de Mormón de familia a familia había animado a los santos a escribir sus testimonios en el interior del libro antes de regalarlo. Al principio, los Santos de los Últimos Días tenían que comprar sus propios ejemplares del Libro de Mormón, pero en 1990 la Iglesia creó un fondo de donaciones para proporcionar el libro gratuitamente a cualquier persona en el mundo.

Desde que se unió a la Iglesia dieciséis años antes, Celia había leído el Libro de Mormón varias veces. Ahora, una compañera de trabajo estaba pasando por un momento difícil en su matrimonio y Celia creía que el libro podría ayudarla. Había puesto un ejemplar del libro en una caja de regalo, la había envuelto en un bonito papel y le había puesto una cinta. En la caja, también había incluido una postal con su dirección y su testimonio escrito del Libro de Mormón. Llevaba el libro a la Iglesia esa noche para mostrarles a sus hermanas de la Sociedad de Socorro cómo podían compartir el Libro de Mormón con los demás.

Cuando se acercaba al centro de reuniones, Celia decidió tomar un atajo por detrás de un parque. Al pasar por una reja, un joven alto con un cuchillo se abalanzó sobre ella. La empujó y ella cayó de espaldas sobre unos matorrales.

—Estás asaltando a una sierva del Señor —le dijo Celia.

El joven no dijo nada. Al principio, Celia pensó que la iba a matar, pero entonces, le arrebató el bolso y rebuscó en él hasta que encontró el billete de cinco dólares y el Libro de Mormón envuelto para regalo. Una sensación de calma se apoderó de ella. Sabía que el joven no iba a lastimarla.

“Señor”, oró ella en silencio, “si esa es la forma que has elegido para que este muchacho se convierta al Evangelio, él no me va a matar”.

Empuñando su cuchillo, el joven tomó el dinero y el Libro del Mormón y desapareció en la oscuridad de la noche.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Sé que es verdadero

Un día, poco tiempo después de sufrir el robo, Celia Ayala de Cruz revisaba su buzón de correo y adentro encontró una carta sin nombre de una sola página. “Perdóneme, perdóneme”, decía la carta. “Nunca sabrá cuánto lamento haberla atacado”.

Celia continuó leyendo. El joven describió cómo el Libro de Mormón que le robó le había cambiado la vida. Cuando vio por primera vez el libro envuelto para regalo, pensó que era algo que podía vender, pero luego lo abrió y leyó el testimonio que Celia había escrito para su compañera de trabajo. “El mensaje que escribió en ese libro me hizo llorar”, le decía a Celia. “Desde el miércoles en la noche, no he podido dejar de leerlo”.

El joven se había sentido particularmente conmovido por la historia de Lehi. “El sueño de ese varón de Dios me ha estremecido”, escribió él, “y doy gracias a Dios por haberla encontrado a usted”. No sabía si Dios lo perdonaría por robar, pero esperaba que Celia pudiera hacerlo. “Le devuelvo sus cinco dólares”, agregó, “ porque no puedo gastarlos”. El dinero estaba con la carta.

También expresaba su deseo de aprender más sobre la Iglesia. “Quiero que sepa que volverá a verme, pero cuando lo haga no me reconocerá, porque seré su hermano”, le escribió. “No soy de su ciudad, pero aquí donde vivo, tengo que encontrar al Señor e ir a la iglesia a la que usted pertenece”.

Celia se sentó. Desde el ataque, había estado orando por el joven. “Si Dios así lo desea”, dijo ella, “que ese muchacho se convierta”.

Unos meses después, comenzó el nuevo año. Las Escuelas Dominicales de toda la Iglesia comenzaban un estudio de un año de duración sobre el Libro de Mormón. Para ayudar a los santos en sus estudios, Church News dedicó su primer ejemplar del año al libro. El ejemplar incluía una descripción general de las enseñanzas del Libro de Mormón sobre Jesucristo, varios gráficos y artículos para ayudar a los lectores a comprender mejor a sus personajes y acontecimientos, e información sobre una nueva videocinta que contenía nueve cortometrajes del Libro de Mormón para complementar las lecciones de la Escuela Dominical. Con el permiso de Celia, en la última página del periódico aparecía un breve relato de su experiencia con el joven, incluido el texto completo de su carta.

En febrero de 1996, Celia recibió otra carta del joven. Aún estaba demasiado avergonzado por el robo como para decirle a Celia su nombre, pero había visto la historia en Church News y quería que ella supiera que le iba bien y que estaba intentando cambiar su vida. Pensaba a menudo en ella y en el Libro de Mormón. “Sé que es verdadero”, escribió él. De hecho, hacía poco se había unido a la Iglesia y había recibido el sacerdocio. “Estoy trabajando para el Señor”, le dijo.

Le hizo saber que ahora vivía cerca de un templo, el cual había visitado recientemente. Aunque no entró en el edificio, había sentido poderosamente el Espíritu allí y supo que era la Casa del Señor.

El joven firmó la carta como el “hermano en la fe” de Celia. Él expresó su amor por ella y por su familia. Sabía que el Señor tenía un propósito para él.

“No quiero dejar la senda del Señor”, le dijo. “Me siento muy feliz”.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.