Relatos de santos
Anthony Obinna — Nigeria


“Anthony Obinna — Nigeria”, Relatos de santos, 2024

Anthony Obinna — Nigeria

Un sueño sobre el templo guía a un maestro de escuela nigeriano al Evangelio restaurado.

Una fotografía en una revista

El 19 de enero de 1971, Anthony Obinna, un maestro de escuela nigeriano de cuarenta y dos años, sacó un bolígrafo y una hoja de papel azul para escribir una carta al Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. “He leído varios libros en busca de la salvación —escribió él— y al fin encontré la respuesta”.

Durante los últimos años, Anthony, su esposa, Fidelia, y sus hijos habían estado confinados en gran medida en su casa mientras la guerra civil nigeriana hacía estragos a su alrededor. Un día, mientras Anthony pasaba largas horas de incertidumbre, abrió una revista vieja y vio algo que no esperaba: la imagen de un alto y majestuoso edificio de piedra con varias agujas grandes.

Ya había visto el edificio antes: en un sueño que había tenido antes de que estallara la guerra civil. En el sueño, el Salvador lo había guiado hasta el magnífico edificio, que estaba lleno de personas, todas vestidas de blanco.

—¿Qué es esto? —preguntó Anthony.

—Estas son personas que asisten al templo —respondió el Salvador.

—¿Qué están haciendo?

—Están orando. Oran aquí siempre.

Cuando despertó, Anthony quería saber más sobre las cosas que había visto. Contó el sueño a Fidelia y a sus amigos, y les preguntó qué creían que podía significar. Nadie fue capaz de ayudarlo. Finalmente pidió orientación a un reverendo. El reverendo tampoco pudo interpretar el sueño, pero le dijo a Anthony que si el sueño era de Dios, entonces sus preguntas se resolverían algún día.

Tan pronto como Anthony vio la ilustración en la revista, supo que había encontrado la respuesta. En la parte superior de la ilustración había una leyenda que la identificaba como el Templo de Salt Lake City.

“Los mormones, oficialmente los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, son diferentes”, decía al inicio del artículo. En él se relataba la historia de la Iglesia y se explicaban algunas de sus doctrinas básicas. “Es un estilo de vida completo”, decía el artículo. “La chispa religiosa que impulsa esa comunidad de esfuerzo es la creencia de que todos los habitantes de la tierra son hijos espirituales de Dios”.

El artículo hizo que Anthony pensara muchas cosas rápidamente. Vivía cerca de sus hermanos, así que inmediatamente los reunió y les habló de la imagen y de su sueño.

—¿Estás seguro de que es ese edificio? —preguntó su hermano Francis.

Anthony estaba seguro.

Desafortunadamente, no pudo escribir a las Oficinas Generales de la Iglesia en ese momento debido al bloqueo vigente durante la guerra. Tampoco conocía ninguna de las congregaciones no oficiales de Santos de los Últimos Días en Nigeria. Muchas de ellas se dispersaron durante la guerra y perdieron contacto entre sí y con la Iglesia. De algunos creyentes, como Honesty John Ekong, nunca más se supo. Ahora que la guerra había terminado, nada impedía que Anthony se comunicara con la Iglesia.

En su carta al Presidente de la Iglesia, Anthony expresó su deseo de tener una rama de la Iglesia en su ciudad. “El mormonismo es realmente único entre las religiones”, escribió él.

Unas semanas más tarde, recibió una carta. “En este momento no hay ningún representante oficial de Salt Lake City en su país”, decía en la carta. “Si lo desea, estaré encantado de mantener correspondencia con usted sobre las enseñanzas religiosas de Jesucristo”.

La carta tenía la firma de LaMar Williams, del Departamento Misional.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Una carta al profeta

En agosto de 1976, Anthony Obinna envió una carta al presidente Kimball. “Deseamos que preste atención a Nigeria —escribió—, y que dedique esta tierra a las enseñanzas del verdadero Evangelio de nuestro Señor Jesucristo”.

Habían pasado dos años desde la última vez que Anthony tuvo noticias de su contacto en el Departamento Misional, LaMar Williams. Mientras tanto, Lorry Rytting, profesor Santo de los Últimos Días de Estados Unidos, llevaba un año enseñando en una universidad de Nigeria. Anthony y otros creyentes se reunieron con Lorry y esperaban que su visita resultara en un contacto más directo con las Oficinas Generales de la Iglesia y, tal vez, en el comienzo de una misión. Lorry regresó a Utah y entregó a los líderes de la Iglesia un informe positivo sobre la preparación de Nigeria para el Evangelio, pero aún no pasaba nada.

Anthony no estaba dispuesto a darse por vencido. “Las enseñanzas de su Iglesia encarnan cosas tan buenas que no se pueden encontrar en otras —le escribió al presidente Kimball—. Dios nos manda a ser salvos y deseamos que usted apresure la obra”.

Anthony pronto recibió una respuesta de Grant Bangerter, presidente de la Misión Internacional de la Iglesia, una misión especial que supervisaba zonas donde vivían los miembros de la Iglesia, pero donde esta no era reconocida oficialmente. El presidente Bangerter le dijo a Anthony que entendía su situación, pero le informó que todavía no había planes para organizar la Iglesia en Nigeria.

“Le animamos, con todas las expresiones de amor fraternal, a que siga con la práctica de su fe lo mejor que pueda hasta el momento futuro en que sea posible que la Iglesia tome medidas más directas”, escribió.

Por aquel entonces, Anthony y su esposa, Fidelia, se enteraron de que sus hijos sufrían acoso y humillaciones en la escuela a causa de sus creencias religiosas. Su hija de ocho años les contó que los maestros le llamaban la atención a ella y a sus hermanos frente al cuerpo estudiantil durante las oraciones escolares, los obligaban a arrodillarse con las manos en alto y les golpeaban las manos con un palo.

Cuando Anthony y Fidelia descubrieron lo que estaba sucediendo, hablaron con los maestros. “¿Por qué hacen esas cosas? —preguntaron—. Tenemos libertad de culto en Nigeria”.

Los golpes cesaron, pero la familia y sus hermanos creyentes continuaron enfrentándose a la oposición de su comunidad. “La ausencia de las autoridades de Salt Lake City nos ha convertido en el hazmerreír de algunas personas aquí —escribió Anthony al presidente Bangerter en octubre de 1976—. Estamos haciendo todo lo que podemos para establecer la verdad entre muchos de los hijos de nuestro Padre Celestial en esta parte del mundo”.

niños después de las reuniones dominicales

Anthony Obinna (a la izquierda, en la última fila) con unos niños después de las reuniones dominicales, en 1971 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Anthony esperaba una respuesta, pero no recibió ninguna. ¿No habían llegado sus cartas a Salt Lake City? Como no lo sabía, volvió a escribir.

“No nos cansaremos de escribir y pedir que se abra la Iglesia aquí como en todo el mundo —afirmó—. En nuestro grupo seguimos fervientemente las enseñanzas de nuestro Salvador, Jesucristo. No hay vuelta atrás”.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.

Verdaderamente preparados

El 18 de noviembre de 1978, Anthony Obinna se acercó con solemnidad a tres estadounidenses (una mujer y dos hombres) que lo esperaban en el centro de reuniones de su congregación en el sureste de Nigeria. Anthony acudió apenas se enteró de su llegada. Llevaba más de una década esperándolos.

Los estadounidenses eran el élder Rendell Mabey, la hermana Rachel Mabey y el élder Edwin Cannon. “¿Es usted Anthony Obinna?”, le preguntaron.

“Sí”, respondió Anthony, y entraron al centro de reuniones. El edificio medía unos nueve metros de largo. Las letras “SUD” adornaban la pared sobre una puerta y las palabras “Hogar Misional” sobre otra. Justo debajo del techo, alguien había pintado las palabras “Santos de los Últimos Días nigerianos”.

—Ha sido una espera larga y difícil —dijo Anthony a los visitantes—, pero eso ahora no importa; por fin han venido.

—Una larga espera, sí —dijo el élder Cannon—, pero el Evangelio ya está aquí en toda su plenitud.

Los misioneros le pidieron a Anthony que les relatara su historia, así que les dijo que tenía cuarenta y ocho años y era ayudante de maestro en una escuela cercana. Contó que hacía años había soñado con el Templo de Salt Lake y que más tarde vio una fotografía de este en una revista antigua. Nunca había oído hablar de la Iglesia. “Pero allí, ante mis ojos —dijo Anthony, con la voz llena de emoción—, estaba el mismo edificio que había visitado en mi sueño”.

Les habló a los misioneros de su esmerado estudio del Evangelio restaurado de Jesucristo, de su correspondencia con LaMar Williams y de su tristeza por la continua ausencia de la Iglesia en Nigeria. Sin embargo, también dio testimonio de su fe y de su negativa a perder la esperanza, incluso cuando él y sus compañeros creyentes habían enfrentado persecuciones debido a su devoción a la verdad.

Después de que Anthony terminó su relato, el élder Mabey pidió hablar con él en privado. Entraron a la sala contigua y el élder Mabey preguntó si había alguna ley en Nigeria que restringiera el bautismo porque la Iglesia aún no estaba registrada legalmente. Anthony dijo que no había ninguna.

“Bueno —dijo el élder Mabey—, me alegra escuchar eso. Debemos viajar mucho durante las próximas semanas para visitar otros grupos como el tuyo”. Dijo que visitar a estos grupos podría tardar de cinco a seis semanas y que los misioneros podrían regresar entonces para bautizar a Anthony y su grupo.

—No, por favor —dijo Anthony, mirando al élder Mabey a los ojos—. Sé que hay muchas otras personas, pero nosotros llevamos trece años esperando. Si es humanamente posible, lleven a cabo los bautismos ahora.

—¿Está realmente preparada la mayoría de la gente? —preguntó el élder Mabey.

—¡Sí, por supuesto que sí! —respondió Anthony—. Bauticemos ahora a aquellos más fuertes en la fe y enseñemos más a los demás.

Tres días después, Anthony se reunió con el élder Mabey para analizar cómo dirigir una rama de la Iglesia. Afuera, los niños pequeños cantaban una nueva canción que habían aprendido de los misioneros:

Soy un hijo de Dios;

Él me envió aquí.

Me ha dado un hogar

y padres buenos para mí.

Poco después, Anthony, los misioneros y los demás creyentes se reunieron a la orilla de un apartado estanque del río Ekeonumiri. El estanque tenía unos nueve metros de ancho y estaba rodeado de densos arbustos y árboles verdes. Rayos de sol resplandecientes se filtraban a través de los árboles y danzaban sobre la superficie del agua, mientras pequeños peces de colores se movían de un lado a otro cerca de la orilla.

bautizando a un grupo de personas en un estanque

El élder Edwin Q. “Ted” Cannon Jr., bautiza a un grupo de nigerianos en un estanque in Nigeria.

congregación de la Iglesia.

Anthony y Fidelia Obinna (fila del centro, quinto y sexta desde la izquierda) con su congregación en Nigeria, aproximadamente en 1974 (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Una vez que la esposa de Anthony, Fidelia, y otras diecisiete personas fueron bautizadas, el grupo regresó al centro de reuniones. Anthony y tres de sus hermanos, Francis, Raymond y Aloysius, fueron ordenados al oficio de presbíteros en el Sacerdocio Aarónico. El élder Mabey apartó a Anthony como presidente de la Rama Aboh, con Francis y Raymond como sus consejeros.

Para ver las notas y las citas de las fuentes, vea el texto completo en la Biblioteca del Evangelio.